Capítulo 6
Apoyé la cabeza en la ventanilla mientras miraba pasar el paisaje, aunque realmente no veía nada; mis pensamientos estaban en otra parte, justamente en lo que había pasado en los tres últimos meses.
Desde el día de mi cumpleaños todo se había descontrolado.
El lunes siguiente a la fiesta, como habíamos quedado, mi madre pidió cita en el médico. Allí, acompañándome, no solo estuvo ella, sino también mi padre y mi abuela, como prometió que haría.
Durante toda esa semana, hubo pruebas, análisis y una derivación a la consulta de dermatología, donde me dieron el diagnóstico definitivo que, como pronosticó mi abuela, no era grave.
No, no lo era. Lo que sí sería era algo que me acompañaría el resto de mi vida, ya que no tenía cura.
Vitíligo. Ese fue el diagnóstico y la cruz que me acompañaría durante el resto de mi vida.
Las palabras del dermatólogo, que, por cierto, fue muy profesional y me trató, al verme tan hundida, de forma cariñosa, fueron sinceras, aunque un gran mazazo para mí.
Me dijo que no tenía cura, que no era contagioso y que solo estaba en el principio del desarrollo de mi enfermedad. Eso quería decir: en poco tiempo las manchas se harían más grandes y aparecerían más, sin posibilidad de frenar su avance.
Nos explicó, con palabras que nosotros pudiéramos entender, que lo que tenía era una enfermedad autoinmune que afectaba a mi piel, haciendo que algunas zonas perdieran la pigmentación; de ahí que esas manchas que tenía fueran de un color blanquecino y se notaran mucho con el resto de la piel que sí tenía.
Lloré. Lloré muchísimo. Pero, por supuesto, lo hice en la soledad de mi habitación porque había estado investigando en internet, mal hecho por mi parte, el aspecto final que tendría cuando las manchas se hicieran más grandes y visibles.
Sería un monstruo. Eso fue lo que pensé.
El dermatólogo me dio varias recomendaciones. Debía aplicar crema solar en abundancia y con mucha frecuencia si me exponía al sol, por ejemplo, al ir a la piscina o a la playa.
En esos momentos me dieron ganas de llorar y de reír al mismo tiempo. ¿A la playa y la piscina? Esos sitios serían los últimos a los que iría.
Y no porque no quisiera exponerme al sol, sino porque ni de broma dejaría que nadie viera el resto de mi cuerpo si podía evitarlo. No quería ver cómo la gente me miraría raro ni cómo algunos, los más descarados, vendrían a preguntarme qué era lo que me pasaba.
También me recomendó, o más bien se lo dijo a mis padres, que sería buena idea ir a un psicólogo para que me ayudara a gestionar el cambio que mi cuerpo estaba sufriendo .
Decliné la oferta, aunque mis padres, que estaban más preocupados por mi estado anímico que por la enfermedad en sí, insistieron mucho.
Y no porque pensara que no lo necesitara, sino porque ya tenía bastante pensando en lo que iba a decir la gente al verme, como para que también pensaran que iba al psicólogo porque estaba chalada.
Los días siguientes a su diagnóstico pasaron sin más.
Tardé casi un mes en contarles a Bosco, a Andrea y a Eneko lo que pasaba y lo hice por la insistencia del primero. Sus reacciones fueron distintas.
Cerré los ojos contra el cristal y reproduje la conversación en mi cabeza mientras me aguantaba las lágrimas.
Estábamos en casa de los mellizos, donde íbamos a tener una sesión de cine como tantas veces habíamos hecho.
—Amaia, te estoy preguntando si quieres un refresco.
—Perdona, estaba distraída. No quiero nada. Gracias, Bosco.
—¿Qué coño te pasa? Parece que te has perdido en tu propio mundo últimamente.
Andrea, siempre tan comprensiva, no me lo preguntó de buenas maneras.
—Nada.
—Amaia, no digas nada. Todos nos hemos dado cuenta de que te pasa algo. Estás rara. Sí, hasta has cambiado tus rutinas.
Claro que había cambiado mis rutinas, como bien decía Bosco. Y la primera que cambié fue la de ir a nadar a la piscina cubierta con él y con Eneko. Pasaba de tener que ver las miradas que me dedicarían.
—Hija, qué mal te han sentado los diecisiete. Eres más rara que un perro verde.
Las palabras de Andrea hicieron que se me humedecieran los ojos. Bosco se sentó a mi lado y me agarró la mano.
—Joder, Amaia, di qué te pasa; no te he presionado para que me lo contaras, pero estoy preocupado.
Al final acabarían enterándose. Bien, porque las manchas se extendieran más y me las vieran en cualquier momento, o porque pudieran oír algún comentario de sus padres o de los míos, así que cogí aire y lo solté sin más.
—Tengo vitíligo.
—¿Que tienes qué? —preguntó Eneko también preocupado.
Agarré la camiseta de manga larga que llevaba y me la levanté para que vieran cómo se extendía la mancha más grande que tenía desde un poco más arriba de los nudillos hasta la muñeca.
—¿Qué es eso?
—¿Estás bien?
—Joder, pareces un lagarto al que se le está cayendo la piel. Qué asco. ¿Eso es contagioso?
Bosco y Eneko, que habían sido los primeros en preguntarme preocupados, fulminaron a Andrea cuando habló por última vez por tener tan poco tacto.
Tragué saliva y le expliqué en cinco minutos todo lo que había pasado. Les conté cómo empezó todo, cómo mi abuela, sospechando lo que tenía, habló con mis padres para que me llevaran al médico el mismo día de mi cumpleaños y cómo la siguiente semana me dieron el diagnóstico.
—Vaya, ¿entonces no tiene cura?
—No. Además, irá a más hasta que llegue un punto en el que ya no me salgan más —le contesté a Bosco.
—Bueno, si no es grave y con crema estás protegida, solo tienes que aceptarlo y aprender a vivir con ello.
Asentí, agradeciéndole a Eneko sus palabras, sonriéndole. Sonrisa que me duró menos que nada. Lo justo en cuanto Andrea abrió la boca.
—Pues yo no podría aceptar vivir con algo así. Vas a parecer una cebra a rayas. Más te vale que renueves tu armario y te compres bastante ropa de manga larga porque no es plato de gusto tener que ver la piel de lagarto que se te está poniendo.
Bosco la miró como si quisiera matarla y Eneko negó con la cabeza, pero ninguno de los dos dijo nada.
—Gracias por tus consejos, Andrea. Ahora, si no os importa, me voy a casa. No me encuentro muy bien.
—Sí, será mejor que te vayas, porque no es que estés en tu mejor momento y aquí estamos para pasarlo bien, no para amargarnos.
Ni siquiera le contesté nada a su comentario dañino. Me levanté del sofá y salí del salón sin mirar atrás. Pero antes de llegar a la puerta, pude oír cómo Bosco, en voz alta, discutía con su hermana por el poco tacto que tenía, diciéndome esas cosas sin pensar si me harían daño .
Fui a abrir la puerta de la calle, pero una mano que yo conocía muy bien se posó sobre ella, impidiéndome abrirla.
—Amaia espera.
—Eneko vuelve dentro a ver la película; no les hagas esperar.
—Que esperen.
—¿Qué quieres?
—Saber si estás bien. Aunque después del numerito de Andrea, es una pregunta tonta por mi parte.
—Da igual, tampoco ha dicho nada que no sea verdad.
—Eso no es cierto.
—Claro que lo es.
—No. A mí me da igual cómo tengas la piel; me sigues pareciendo preciosa.
Solté una risa amarga.
—Pues deberías pedir hora para que te revisen la vista.
—No necesito que me revisen nada.
—Eneko…
No me dejó ni decir lo que quería; me agarró de la cintura y, sin que lo viera venir, se lanzó a mis labios.
Ese beso ya no fue como el de mi cumpleaños; ese beso ya no fue un simple roce de labios. Fue un beso de verdad. Uno que me dice que cuando los dos nos separamos, hasta el aire nos faltaba.
—Espero que con esto te hayan quedado más claras mis palabras de que me da igual cómo estés o lo que tengas. A mí me gustas de todas maneras .
Después de esa frase que me dejó loca, salí de la casa sintiéndome un poco mejor y con una sonrisa en la cara.
Pero una sonrisa de las de verdad, no como las fingidas que llevaba poniendo desde que me enteré de lo que me pasaba.
Los siguientes dos meses a eso las cosas cambiaron.
Andrea me miraba todo el tiempo como si fuera un bicho raro y me evitaba todo lo que podía, arrastrando a Eneko a hacer otros planes, a los que Bosco y yo no nos uníamos.
Bosco, mi amigo, mi hermano de corazón, estuvo para mí como siempre lo había hecho en todo momento.
Y Eneko… Pues lo de Eneko era algo que todavía no entendía.
Delante de la gente se seguía comportando conmigo como siempre había hecho, como un amigo, pero no muy estrecho. Pero luego, cuando coincidíamos a solas o, más bien, él forzaba esos encuentros, era un Eneko totalmente distinto.
Era comprensivo y cariñoso, y me trataba fenomenal. En todos esos encuentros no había habido uno solo en el que no acabáramos besándonos o, incluso, acariciándonos íntimamente sin llegar a acostarnos.
Y esos encuentros estaban muy bien y me sacaban una sonrisa, pero… como siempre, en todo parece que tiene que haber uno. Al llegar a casa y pensarlo en frío, me sentía fatal porque parecía que éramos dos fugitivos que hacían las cosas a escondidas .
Y no solo era una sensación mía. Es que era la realidad. Porque era algo que solo los dos sabíamos y que, por petición suya, ocultábamos al resto.
Según su argumento, lo mejor era mantenerlo en secreto y reservarlo solo para nosotros hasta que viéramos que seguía adelante y estuviéramos seguros de contárselo al resto. Eso era lo que él pensaba, claro.
Mis pensamientos iban por otro lado. Porque estaba convencida de que lo que le pasaba era que se avergonzaba de que le vieran conmigo por mi aspecto.
—Amaia, cariño, hemos llegado.
Las palabras de mi padre me hicieron volver al presente. Abrí la puerta del coche y me bajé.
Y por fin, después de tres meses en los que parecía que hasta el aire me faltaba, pude respirar de verdad. Porque estaba en Ea. Porque estaba en mi lugar seguro y lo mejor de todo es que estaba con mi abuela, la que mejor me entendía en el mundo.