Capítulo 5
A la gente le encantó la decoración del jardín, y no era por nada, pero es que nos lo habíamos currado muchísimo entre los cinco y era cierto que había quedado precioso.
Los farolillos que habíamos colgado con luces de colores le daban al jardín un aspecto de cuento y los globos con formas imposibles de definir le daban un toque divertido.
La música sonaba a un volumen perfecto para que quienes quisieran pudieran bailar.
Pero a la vez también podías hablar sin tener que desgañitarte para tener una conversación y que el otro te oyera perfectamente.
Miré desde la puerta de acceso del salón al jardín, donde me había quedado parada después de ir al baño, a todos los que estaban allí y sonreí.
Mis padres, con sus inseparables amigos, reían y bromeaban. Daba gusto verlos juntos.
Desde siempre, y según nos habían contado, mi abuela había apoyado esas historias porque había sido testigo de ello; nos habían dicho que su amistad había sido así de buena.
Y lo mejor de todo es que cuando llegaron sus tres mujeres, hicieron la misma piña que habían hecho ellos tres, así que ahí estaban los seis como siempre, dando ejemplo de lo que era la verdadera amistad .
En otra parte del jardín estaba mi abuela hablando con un matrimonio vecino con el que todos nos llevábamos estupendamente.
Eran mayores, más que mis padres, casi de la misma quinta que mi abuela y habían sido nuestros niñeros, los de los cuatro en alguna ocasión en la que por algún motivo habíamos tenido que quedarnos al cargo de alguien siendo niños.
En una parte apartada del jardín se oían risas escandalosas. Compañeros del instituto con los que me llevaba bien también habían venido, aunque no habían venido por mí; eso lo tenía claro.
Habían venido porque Bosco, Andrea y Eneko, que eran los populares del instituto, también estaban; si no, estaba segura de que me habrían puesto alguna excusa y no habrían venido.
Pero bueno, eso era algo que llevaba pasando como algo normal casi toda mi vida y ya estaba acostumbrada.
Yo no era Amaia para nadie.
Era la que iba con Bosco o la que se juntaba por la amistad de nuestros padres con Eneko y Andrea. Eso era lo que decía la gente. Aunque alguna vez se lo había dicho a Bosco, siempre me decía que eran tonterías mías y que no hiciera caso de nada.
Y caso no le hacía, porque intentaba pasar, pero eso no quitaba que doliera un poquito ser siempre la que parecía que se pegaba a ellos o con la que iban porque no le quedaba más remedio.
Entre todos esos compañeros están mis tres amigos .
Bosco seguramente estaba contando algún chiste porque, sobre todo, las dos chicas a su lado se reían a carcajadas.
A su lado también estaba Andrea. Negué con la cabeza mientras volvía a fijarme en el vestido que llevaba, ese por el que nadie en la fiesta se había fijado, no porque fuera bonito, sino porque dejaba muy poco a la imaginación.
Llevaba un escote tan pronunciado que, si se inclinaba un poco, hasta gente que no había venido podría verle el ombligo. Y la largura era ya imposible de ignorar; a ras de su culo lo llevaba. Imposible que se sentara en ningún sitio sin que los demás no la viéramos hasta las amígdalas.
A su lado, no por elección sino porque no se había separado de él, estaba Eneko. Decir que estaba guapo era quedarse corta. Se había puesto muy elegante, al igual que Bosco.
Ambos llevaban camisas que habían acabado arremangándose en los brazos y pantalones vaqueros. Bosco llevaba pantalones oscuros que contrastaban con su camisa blanca, mientras que Eneko llevaba pantalones claros que contrastaban con su camisa negra.
En un momento dado giró la cabeza y vio que le estaba mirando desde donde estaba. Retiré la mira corriendo cuando vi que me sonreía.
—Amaia, cariño, ¿puedes sacar una bolsa de hielo?
—Sí, ama, ahora mismo.
Me di la vuelta y entré en la cocina.
Abrí la puerta de la despensa que estaba pegando a la cocina y entré. Allí dentro teníamos un arcón en el que mi madre, para no variar, siempre tenía provisiones de todo lo imaginable congeladas.
Removí varias cosas hasta que di con los hielos y justo cuando me di la vuelta con ellos en la mano, casi me dio un infarto de la impresión. Eneko estaba detrás de mí.
—Dios, qué susto.
—Lo siento, no pretendía asustarte.
—Tranquilo, no pasa nada, es que no me esperaba que hubiera nadie detrás.
—Eso ya lo he visto —dijo soltando una risita.
—¿Necesitas algo? Las bebidas están en el frigorífico; ahora, al salir, te daré lo que quieras.
—No quiero nada, gracias.
Fruncí el ceño.
—¿Entonces qué haces aquí?
—Quería hablar un momento contigo.
Suspiré. Ahí se me encendió la bombilla y caí en la cuenta de lo que vendría a decirme. Hacía dos días que me había pedido mis apuntes de literatura. A mí era la asignatura que mejor se me daba y Eneko siempre la llevaba a rastras, por eso le solía pasar mis apuntes.
—Los tengo preparados; antes de que te vayas, te los doy.
Frunció el ceño y me miró como si no supiera de qué hablaba.
—¿De qué hablas?
—De los apuntes de literatura que me pediste. Es eso lo que vienes a pedirme, ¿no?
—No .
—¿No?
—¿En serio piensas que he venido hasta aquí para pedirte los apuntes?
—Pues sí, no podría haber otro motivo.
—Pues lo hay.
Alcé una ceja y me quedé mirándole sin saber qué decir porque no tenía ni idea de qué era lo que podría querer.
—Amaia quería felicitarte; creo que soy el único que no lo ha hecho.
Anda, mi madre, era eso. Pues sí, tenía razón, o casi, en lo que había dicho.
Sí que era verdad que, cuando llegó con Andrea, ninguno de los dos me había felicitado. Ella porque no le dio la gana y él porque cuando vi que iba a hacerlo, ella se encargó de que eso no pasara porque tiró de su mano cuando vio que iba a hablarme y lo arrastró hasta el jardín.
—No importa, me he dado por felicitada. Con venir a la fiesta es suficiente.
—A mí sí me importa. Quería felicitarte cuando hemos llegado, pero…
Dio un paso hacia mí y se pegó a mi cuerpo más de lo que nunca había estado.
Mi corazón, al tenerlo tan cerca, empezó a latir a toda velocidad y una gota de sudor por los nervios que me estaban entrando resbaló por mi espalda.
—No pasa nada, de verdad.
—Sí pasa, eres la cumpleañera, así que no me pienso quedar sin decírtelo .
Asentí, y mientras me decía eso, se acercó un poco más a mí y me acarició la mejilla con su mano.
Me tensé de inmediato, no porque me tocara, sino por cómo me estaba mirando. Bajó la mirada hasta mis labios y, un segundo después, volvió a subirla a mis ojos.
—Felicidades —dijo, acercándose más para decírmelo, susurrándolo contra mis labios.
—Gra… gracias.
El aire cambió y la habitación pareció hacerse más pequeña; fue como si todo lo que había allí en ese pequeño cuarto hubiera desaparecido y solo estuviéramos él y yo.
Alargó la mano y me agarró de la cintura para pegarme a su cuerpo. Incliné la cabeza y yo contuve el aire.
La leche… que iba a besarme. A mí. Que no me lo estaba imaginando, que iba a pasar de verdad.
Pero justo cuando quedaba un centímetro para que nuestros labios se juntaran, una voz chillona y demasiado alta nos interrumpió.
—¿Eneko? ¿Dónde estás? Vamos, tío, sal ya. Vamos a tomarnos la última y nos vamos de esta mierda de fiesta.
Cerré los ojos y suspiré.
—Ve, no la hagas esperar —dije intentando separarme hacia atrás sin mucho éxito, ya que la cámara estaba a mi espalda y no podía dar un paso atrás.
—Yo no pienso igual. Me gusta la fiesta .
Sonreí, una sonrisa que no llegó a mis ojos. Porque él podría decir lo que fuera, pero los dos sabíamos que, como Andrea le acababa de decir, en menos de media hora los dos se marcharían y ella se acabaría saliendo con la suya como siempre.
—Sal ya. Yo iré después.
—¿No sales conmigo?
Solté una risita amarga.
—Es mejor que no. No quiero enfadar a nadie.
—No…
—Eneko, sal, por favor. Los dos sabemos lo que hay. Es mejor así.
Asintió, pero vi en sus ojos que no se quedaba conforme con nada.
—Amaia…
—¿Qué?
—Estás preciosa hoy.
Le miré con los ojos abiertos como platos.
—No deberías beber más.
Soltó una risita.
—Solo he bebido una copa y, aunque hubiera bebido diez, seguiría pensando lo mismo.
¿Se estaría burlando de mí? Pensé frunciendo el ceño.
—¿No me crees?
—Pues no. Jamás habías dicho una cosa así y nunca me has mirado más de dos segundos seguidos, así que no es que sea difícil de creer, sino que me es imposible.
—Que no lo diga no significa que no lo piense. Y sí que te he mirado, más de lo que crees .
—¡Eneko!
Resopló al oír a Andrea volver a llamarlo; no se la oía cerca, así que no estaba en la cocina, pero sí cerca en algún lugar de la casa.
—Me voy o tirará la casa abajo con sus gritos.
Asentí.
Se fue a girar para marcharse, pero en el último momento se paró en seco, me miró, acercó su cara a la mía y, sin pensárselo siquiera, me dio un beso rápido en los labios, dejándome clavada en el sitio.
Se acercó a la puerta y, sin mirarme y antes de salir, dijo algo que sí que me hizo alucinar.
—Rectifico mis palabras de antes. No estás preciosa. Lo eres.
Cuando cerró la puerta, tuve que apoyarme en el congelador, aunque seguramente habría sido mejor que me hubiera metido dentro para que se me pasaran los calores que me recorrieron por todo el cuerpo.
El resto de la noche pasó demasiado rápido. La fiesta continuó.
Como Andrea había dicho u ordenado, tres cuartos de hora después no solo ellos dos se fueron, sino que también lo hicieron el resto de los compañeros que habían venido. Todos, menos Bosco, que no quiso ni oír ni hablar de ello y se quedó conmigo.
Esa noche, cuando me metí en la cama, no fui consciente de lo mucho que cambiaría mi vida en los próximos meses.