Capítulo 4
Una hora después, estaba poniéndome unos pendientes que mi abuela me regaló las últimas Navidades para completar mi look cuando llamaron a la puerta de mi habitación.
Ya estaba totalmente vestida, maquillada de forma muy sutil, ya que solo me había puesto máscara de pestañas y brillo de labios, y, como pensé por la mañana, me había recogido el pelo en una trenza lateral que me encantaba.
—Adelante.
Mi abuela entró y, nada más verme, sonrió.
—Estás preciosa, ratita.
—Son tus ojos los que me ven así, amona.
—Amaia, no digas bobadas, estás preciosa y el que no lo vea es que lo mismo no merece la pena que te mire.
Fruncí el ceño sin saber qué quería decir con eso.
—¿Qué quieres decir?
Soltó una risita.
—Que Eneko es idiota si no ve lo bonita que eres, tanto por fuera como por dentro.
Abrí los ojos como platos, sorprendida.
—No te sorprendas tanto. Los demás quizá no se hayan dado cuenta de que suspiras por ese chico desde hace años, pero yo no soy como ellos: yo veo todo en ti.
—Amona… Él nunca me mirará de manera especial .
—Pues eso que es idiota —dijo haciéndome reír.
—Además, Andrea está detrás de él como un perro buscando a su presa; hasta que no lo consiga, no parará, y yo, con ella, no puedo competir de ninguna manera.
—Por ahí sí que no vayas, Amaia. Nunca jamás te hagas de menos. Esa chica es guapa, sí, pero en la vida no tendrá la hermosura que tú tienes en tu interior. El tuyo es luz y el suyo es oscuridad.
No era un secreto para mí que mi abuela sentía antipatía por Andrea. No solo porque nunca la trató con el cariño que le daban Bosco y Eneko, sino porque no le agradaba en absoluto, como me había dicho en más de una ocasión con respecto a mi trato hacia ella.
Siempre gastándome bromas pesadas, ridiculizándome si se presentaba la ocasión e intentándome hacer quedar mal, sobre todo delante de Eneko.
No es que lo hiciera delante de la gente y mi abuela lo hubiera visto. No, eso no era así, porque Andrea era muy cuca y lo hacía cuando no había nadie de nuestra familia delante. Pero mi abuela tenía una intuición fuera de lo común y me lo había preguntado directamente alguna que otra vez.
Yo solo le había contado algunas cosas. Tenía mucha confianza con ella y, cuando tenía un problema, estaba triste o agobiada; aparte de Bosco, era a la primera a la que le contaba mis problemas y penas.
—Hoy no es día de pensar ni de dejar que la niña caprichosa te chafe el día, así que, si es necesario, ni la mires. Tú solo disfruta .
Asentí sonriendo.
—Antes me fijé en tu mano y ahora, con el vestido de escote, veo que tienes manchas en la piel. ¿Qué te ocurre? ¿Algo te dio alergia? —Me preguntó preocupada.
—No lo sé. Me salieron algunas manchas hace ya semanas. Al principio no le di importancia, pero cuando aumentaron en otros sitios, se lo dije a mi madre y me dijo que podía ser una alergia a la crema que uso.
—¿Dejaste de echártela?
—Sí, cambié de marca, pero no han desaparecido; parece que cada día que pasa van en aumento.
—Enséñame cuántas tienes y dónde —me pidió acercándose más a mí.
Me levanté el vestido y le enseñé las que ese mismo día me había visto en la rodilla.
La de las manos no hizo falta porque se veían a simple vista y la del escote me la bajé un poco para que las viera bien.
—¿Tienes en algún sitio más?
—No lo sé. En la espalda creo que no. O al menos yo, mirándome en el espejo, no me las he visto.
Asintió.
—¿Y en tus partes tienes?
—¡¿Qué?!
—Hija, no te escandalices, es una pregunta normal.
—No me escandalizo, sabes que no tengo problemas en hablar contigo de ningún tema. Es que me ha sorprendido la pregunta, nada más .
—¿Eso quiere decir que no tienes o que no te has mirado?
—Los segundos. Bueno, realmente no es así, porque me veo mi zona en el espejo cuando estoy desnuda y sabes que estoy depilada; lo habría visto. Pero si te refieres a más adentro, no lo sé; ahí no me ha dado por mirarme.
—Pasa al baño y hazlo, por favor.
—¿Ahora?
—Sí, ahora. Pero antes levanta los brazos y enséñame las axilas.
La miré extrañada porque mi abuela estaba muy seria y pidiéndome que me mirara en sitios en los que a mí en la vida se me hubiera ocurrido mirar.
Era como si supiera o sospechara qué era lo que podía pasarme en la piel y por eso me pedía que me mirara. Levanté los brazos como me había pedido y frunció el ceño nada más verme.
—¿Tengo más?
—Alguna pequeña —contestó—. Entra al baño y mírate.
Pasé al baño y, como me había pedido, me miré en mis partes.
Al parecer, o mi abuela era bruja o, como había pensado unos minutos antes, sabía lo que me pasaba. Al mirarme bien, abriendo un poco mis pliegues, vi enseguida cómo un par de manchas empezaban a asomar. Tenían pinta, como las otras, de que se irían extendiendo hasta hacerse más grandes .
Por la mañana ya me había preocupado un poco, pero en esos momentos ya lo estaba mucho más.
Salí del baño y mi abuela seguía esperándome sentada en mi cama. Su cara seguía seria y en sus ojos podía verse la preocupación que tenía.
Solo con mirarme no le hizo falta preguntarme, supo que había estado en lo cierto y que en mis partes sí que tenía manchas también.
Me senté a su lado con un nudo en la garganta y, cuando la miré a los ojos, los míos se me llenaron de lágrimas.
—Amona… ¿Qué me pasa? Tú lo sabes, ¿verdad?
Antes de contestarme, me abrazó contra ella, agarrándome del hombro con su brazo.
—No lo sé seguro, pero tengo una ligera sospecha. Pero si es lo que creo, no quiero que estés preocupada; no es grave.
Me sonrió, pero no fue una sonrisa sincera, porque la preocupación en sus ojos la opacó.
—¿Qué crees que tengo?
—Como te he dicho, no estoy segura; es mejor que un médico te vea. Pero eso será el lunes. Hoy es sábado y es un día muy importante para ti. Así que dejaremos esto estar por ahora.
—Pero…
—Nada de peros. Ahora se lo diremos a tus padres, así te quedas más tranquila, para que te pidan cita cuanto antes.
—Vale .
—Ahora vamos abajo, los invitados estarán a punto de llegar y tienen que ver primero a la más bonita de la fiesta —dijo agarrándome de la mano para que me levantara.
—Pues si ahora no me mira nadie, como las manchas sigan aumentando…
No me dejó acabar la frase; me cortó de manera radical, parándose en seco a medio camino entre la cama y la puerta.
—Amaia, te lo he dicho antes: donde tienen que mirar es aquí dentro —dijo tocándome en el pecho, a la altura del corazón—. El que no lo haga no te mira bien.
—Es que…
—No. Ahora eres muy joven y no lo entiendes, pero un día te darás cuenta, cuando encuentres al amor de tu vida, de que es el indicado porque mirará más allá de tu físico y verá lo importante que es cómo eres por dentro.
En ese momento las palabras de mi abuela me parecieron un consejo vacío que me dijo para que me quedara tranquila y no pensara en tonterías.
Pero con el paso de los años comprobaría que esas palabras serían totalmente ciertas y que tendría que agarrarme a ellas como si fueran un clavo ardiente para poder ser feliz.
Bajamos a la planta de abajo y mis padres ya estaban allí esperándonos. Los dos, nada más vernos, sonrieron, con una sonrisa amplia, a la vez que sus ojos brillaron de emoción.
—Estás preciosa, cariño —dijo mi padre mientras me dejaba un beso en la frente .
—Tu padre tiene razón, estás guapísima. Desde luego que tienes mejor gusto que yo por la ropa; elegiste un vestido ideal. La próxima vez elegirás el mío también.
Las sonrisas de mis padres se apagaron al ver que en mi cara no salía ninguna.
—Amaia, hija, ¿qué te pasa? —Me preguntó mi padre.
Miré de reojo a mi abuela y ella asintió.
—Gadea, ¿qué ocurre? ¿Tú sabes qué le pasa?
Mi abuela asintió.
—Esas manchas que tiene hay que mirarlas.
—¿Tienes más? ¿Es eso?
—Sí —le contesté a mi madre.
—¿Y cómo no nos has dicho nada?
—Yo pensé que, como dijo la ama, era alergia a la crema y que se me quitaría, pero hoy me he visto dos más en la rodilla, y la amona me ha dicho que me mirara en otros sitios, y tengo más.
—¿Otros sitios?
Me ruboricé. No pude evitarlo.
—¿Tiene manchas ahí?
—Sí —contesté a mi madre.
—Pero ahí crema no te echabas, entonces no puede ser una alergia.
—Porque no lo es —le respondió mi abuela.
—¿Tú sabes lo que es ama?
—No lo sé seguro, hijo, pero lo sospecho. Es mejor que la llevéis al médico; si es lo que creo, no es nada grave, pero es mejor que se lo digan cuanto antes .
—¿Qué crees que tiene?
—Como le he dicho a ella, prefiero esperar y no decir nada por si me equivoco.
Estaba segura de que mi abuela tenía razón en sus sospechas, pero, para curarse en salud, prefirió apelar a la prudencia y calló.
—El lunes a primera hora iremos al médico —sentenció mi madre.
—¿Te quedarás? —Le pregunté a mi abuela.
Ella nunca se quedaba en Bilbao más de un par de días. Y en esa ocasión solo había venido para mi cumpleaños, y sus planes eran irse a Ea al día siguiente, en cuanto mi padre pudiera llevarla.
—Me quedaré e iré con vosotros al médico si es lo que quieres.
—Sí.
—Pues ya está todo claro. Ahora, como le he dicho a ella, vamos a disfrutar del cumpleaños. Y quedaros tranquilos, de verdad que no es nada grave.
Las palabras de mi abuela, a la que los tres la considerábamos una mujer muy sabia y con mucha experiencia en la vida, hicieron que los tres nos relajáramos un poco y dejáramos, al menos por unas horas, de pensar en las dichosas manchas.
Los cuatro nos fuimos a la cocina y empezamos a sacar fuentes y platos para ponerlos en las dos mesas enormes que mi aita había puesto en el jardín, mientras hablábamos de cualquier cosa y reíamos de la exageración de cosas que había hecho mi madre.