Yo solo te veo a ti Capítulo 3
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Capítulo 3

Bajé las escaleras de dos en dos, como siempre hacía cuando estaba sola; claro, si estuviera acompañada, mi madre, al verme, pondría el grito en el cielo y, como siempre, me diría que tuviera cuidado, que cualquier día me partiría la cabeza.

Yo siempre le contestaba lo mismo. Le decía que si cuando era una bebé no me había partido los dientes en la escalera, tendría mucha guasa que lo hiciera siendo ya mayor.

Nuestra casa era una pasada, al igual que lo era la de mis amigos.  Pero claro, es que eran prácticamente iguales.

Las tres estaban en una urbanización junto con veintisiete viviendas más, haciendo un total de treinta en total.

Todas fueron diseñadas por nuestros padres al principio de su andadura como arquitectos y, cuando les encargaron ese trabajo, que fue el primero, más grande e importante, llegaron a un acuerdo en el que tres de las casas serían para ellos.

Y desde que se terminaron, que eso fue justo después de que los tres matrimonios se casaran allí, vivían, siendo además de amigos y socios, vecinos.

Las casas eran de dos plantas. En la planta baja estaba la cocina. Era enorme y no le faltaba detalle alguno. Tenía una isla central en la que bien a gusto se podían sentar ocho personas y no molestarse mientras comían.

Además de estar provista de todos los electrodomésticos necesarios y de una mesa con seis sillas junto al gran ventanal que daba al jardín.

En esa planta también había un salón enorme que tenía hasta chimenea. Un aseo completo y un despacho que era donde mi padre trabajaba algún día.

En la segunda planta teníamos cinco habitaciones.  Más que de sobra para nosotros. Pero claro, a mis padres les hubiera gustado tener más hijos, pero no quisieron venir y tuvieron que conformarse conmigo.

Así que, de esas habitaciones, una era la suya, otra la mía.

La tercera la usaba mi abuela en las raras ocasiones en que venía.

Otra era la de Bosco cuando se quedaba a dormir.

Mi abuela usaba la tercera en las raras ocasiones en que venía.

La otra era la de Bosco cuando se quedaba a dormir.

En las raras ocasiones en que venía, otra era la de Bosco, cuando se quedaba a dormir, y en la última había dos camas por si alguna vez tenía que quedarse alguien.

Pero creo que en toda mi vida no la había visto ocupada nunca, pero ahí estaba por si acaso. Aunque, desde luego, lo mejor de toda la casa era el jardín que tenía. O al menos para mí lo era. Allí, si el tiempo lo permitía, era donde pasaba más tiempo. Allí hasta estudiaba.

En el jardín lo que no teníamos era piscina. En la urbanización había dos que eran comunitarias. Una descubierta que se usaba de junio a septiembre y una cubierta que estaba disponible todo el año.

En esa piscina, yo no perdonaba ir a nadar al menos cuatro días a la semana, y Bosco y Eneko solían unirse a mí.

Andrea, no, claro. Ella si era en la descubierta para lucirse; sí que se nos unía, pero en la otra a la que íbamos a nadar y ejercitarnos, no. Porque, según ella, era una pérdida de tiempo.

Cuando entré en la cocina, no pude evitar poner los ojos en blanco y que se me escapara un resoplido, bajito, eso sí, porque si no, mi señora madre estaba segura de que me habría fulminado con la mirada por protestar.

Pero es que no solo era para protestar, era para llevarse las manos a la cabeza al ver el despliegue que tenía allí montado.

La mesa de la cocina, que pequeña precisamente no era, estaba llena de fuentes con varias cosas preparadas, de las que no necesitan refrigeración, claro, para la fiesta de por la tarde.

La isla estaba parecida. Y sin mirar supe que dentro del frigorífico, que era de esos grandes de dos puertas, el panorama era el mismo.

Exagerada, la señora Aroa, que así se llamaba mi madre, era un rato, pero ella decía que no era exageración, sino previsión.

Levantó la cabeza de los canapés que estaba decorando y, nada más verme, dejó todo y vino corriendo hacia mí.

—¡Felicidades, txiki !

Ni tiempo a moverme me dio, me envolvió entre sus brazos y me abrazó muy fuerte contra su pecho.

—¿Hasta cuándo vas a seguir llamándome txiki? Recuerdas que hoy cumplo diecisiete, no cinco, ¿verdad? —dije riéndome contra ella.

Txiki era algo que en Bilbao se usaba para referirse a los niños, a los pequeños, no ya a los que éramos adolescentes, pero, al parecer, mi madre seguiría llamándome así hasta que me salieran esas arrugas a las que Bosco había hecho referencia en su mensaje.

—Para mí serás mi txiki hasta cuando yo esté en el otro mundo y tú seas una viejita adorable.

Me retiré poniendo los ojos en blanco y riéndome. Tenía que reírme con ella, no podía ser de otra manera.

Se me quedó mirando unos segundos y su sonrisa de cariño lo decía todo; me quería al igual que yo a ella. Señalé con la cabeza la mesa y solté una risita antes de hablar.

—Ama, creo que la gente se quedará con hambre; deberíamos hacer diez o doce fuentes más.

Resopló antes de negar con la cabeza y volverse a la isla a seguir decorando canapés.

—Amaia, no te cachondees. Sabes mis normas en la casa cuando viene gente.

—Nadie pasa frío ni hambre.

—Exacto.

—Hambre no van a pasar seguro. Y frío, pues ni aunque nevara, pasaría eso, porque solo de ver toda la comida que vas a poner les dará hasta sudores. Levantó la cabeza para mirarme y, dos segundos después, estábamos las dos riéndonos a carcajadas.

Y así nos encontraron mi aita Jon y mi amona Gadea.  Solo con oír la risita de mi abuela, se me fueron las piernas solas y corrí a tirarme a sus brazos.

—¡Amona! Cómo te he echado de menos.

—Felicidades, mi ratita —me susurró.

Sonreí contra su pecho al oírla llamarme así. El mismo mote cariñoso con el que me llamaba desde que era una niña pequeña. Mote que solo me lo decía en nuestra intimidad, sin que nadie la oyera.

Según ella, era algo nuestro y a nadie le interesaba saberlo. Me dio varios besos en la cabeza y yo, a ella, en la cara antes de separarnos.

—Aroa, ¿y todo esto? —le preguntó a mi madre al ver la cocina, que parecía un restaurante en la hora punta de las comidas.

—Para la fiesta de esta tarde.

—Pero cuánta gente viene, ¿España entera y parte del extranjero o qué? —dijo conteniéndose la risa.

—En mi casa…

—Sí, si lo sé. En tu casa nadie pasa hambre ni frío, pero de las indigestiones no dices nada.

Los cuatro nos echamos a reír. Mi padre se acercó a mí y también me abrazó.

—Felicidades, cariño, diecisiete ya… qué viejo me haces sentir —dijo riendo.

—Anda ya, si estás hecho un chaval, aita —le contesté protestando .

Mi padre se marchó a su despacho para terminar unas cosas que había dejado pendientes mientras yo desayunaba en la cocina, acompañada de mi madre y mi abuela.

Una hora después, estábamos las dos ya en el jardín, sacando de las cajas los farolillos con luz que colgaríamos, cuando llamaron al timbre.

—¿Quién será a estas horas?

—Ama, es Bosco; se empeñó en venir a ayudar. Ah, y se quedará a comer; se me olvidó decírtelo.

—Menos mal que hice un poco de más, que si no nos tocaría pedir algo a domicilio.

La carcajada de mi abuela llenó el jardín y la mía la acompañó solo un segundo después.

Es que ni pude contestar a mi madre, de verdad que no; ¿cómo podía decir que había hecho un poco de más si con lo que había en la cocina comería toda la urbanización durante varios días?

Yo misma fui a abrir la puerta y Bosco, nada más verme, me levantó en volandas y dio varias vueltas conmigo en brazos mientras me cantaba el cumpleaños feliz.

Los dos juntos, riéndonos y agarrados, entramos en el jardín, donde seguían mi madre y mi abuela, y también se les había unido mi padre.

—Gadea, cada día estás más joven y más guapa. Si fuera mayor de edad, te pediría matrimonio.

El saludo de mi amigo a mi abuela, acompañado de un abrazo, la hizo reír y a mí poner los ojos en blanco; era un pelota de mucho cuidado .

—No seas zalamero, si cuando vayas a Ea te voy a alimentar igual y te daré todos los dulces que quieras, no hace falta que me regales los oídos.

—Vaya fama que tengo —dijo llevándose las manos al pecho de forma dramática.

—La que tú te creas, chaval —le contestó mi padre, haciéndonos reír a todos.

El resto de la mañana lo pasamos entre risas. Farolillos que nos costó un triunfo colgar. Los globos casi nos hacen salir volando. Mi madre, fiel a su exageración, no se conformó con cincuenta; con cincuenta no pudo conformarse; por ser pocos, tuvimos que poner cerca de doscientos.

La comida fue más de lo mismo: risas, anécdotas contadas por parte de mi abuela de nuestros días en Ea, con las que nos sacó los colores a mí y a Bosco, haciéndonos reír a todos.

—Me voy a casa a cambiarme.

—Yo también voy a subir a darme una ducha. Tendré que estar preparada la primera; si empiezan a llegar los invitados y sigo con estas pintas, a mi madre le dará un siroco.

Bosco se echó a reír y negó con la cabeza, dándome la razón, antes de salir por la puerta.

Subí a mi habitación y lo primero que hice fue ir de cabeza a la ducha.