Yo solo te veo a ti Capítulo 2
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Capítulo 2

Bosco: ¡¡¡FELICIDADES!!! ¿Cómo te sientes con diecisiete? ¿Te has levantado con alguna arruga más?

Solté una carcajada que retumbó en toda la habitación. No se podía ser más capullo. Arrugas, decía. Pues si con diecisiete ya nos salían arrugas, ¿qué nos saldría con cuarenta?, pensé mientras me calmaba para poder responderle.

Amaia: Gracias, petardo. Con diecisiete me siento igual que con dieciséis; en unas horas no ha cambiado nada. Y a lo de las arrugas, mejor ni te contesto. A ver, las que tienes tú dentro de tres meses, cuando sea tu cumple.

Bosco: Ja, ja, ja. Yo no voy a tener arrugas ni con ochenta, así que menos ahora. Voy a ser guapo y voy a estar estirado eternamente.

Pues los ojos en blanco. No tenía, porque la pobre murió, pero, aunque no hubiera sido así, mi amigo no necesitaba abuela; se lo decía él todo solo.

Todo en plan de broma, claro, porque él era así, un guasón sin remedio que siempre estaba bromeando y riendo. Era de esas personas vitamina que siempre te daban energía.

En eso no se parecía a su hermana. Eran polos opuestos en todo. Ella era, ¿cómo decirlo sin que suene mal?, una quisquillosa; sí, esa sería una buena palabra .

Con Andrea, mi relación no tenía nada que ver con la que tenía con su hermano.

Bosco era mi mejor amigo. Éramos inseparables. En cambio, con su hermana no me llevaba ni bien ni mal; simplemente me llevaba por las circunstancias que nos unían, por la amistad de nuestros padres.

Pero no podía considerarla una amiga. Al menos no como a su hermano.

Y con Eneko me pasaba algo parecido. A él sí que le consideraba amigo, pero era con Andrea como Bosco conmigo, por eso teníamos menos relación de la que yo quisiera.

Y eso era porque Eneko era… pues el chico que me hacía suspirar en silencio. Estaba pilladísima por él, pero eso ni Bosco lo sabía.

Dejé el tema de Eneko de lado porque ni siquiera me miraba, me ponía un pelín triste y me centré en hablar con Bosco.

Amaia: Lo tuyo no tiene nombre, tío, te tiras flores tú solo.

Bosco: Anda, coño, pues claro. Hasta que no encuentre una churri que me las tire, lo haré yo solo.

Amaia: Pues en el insti tienes donde elegir. Tú y Eneko levantáis pasiones.

Bosco: Bueno, tanto como pasiones, la que te has columpiado has sido tú, ¿eh?

No me había columpiado ni un poco. Los dos eran, con diferencia, los chicos más guapos e interesantes del insti, o al menos de nuestra clase .

Los suspiros y las miraditas que muchas de nuestras compañeras daban y les dedicaban cuando estaban cerca eran buena prueba de ello. Cada uno tenía una guapura distinta, pero la tenía.

Bosco tenía el pelo castaño claro, pero tenía algunos mechones más claros que, sobre todo en el verano, cuando estaba mucho al sol, parecían rubios. Sus ojos eran negros como el carbón. Y tenía una cara aniñada con una sonrisa pícara que le hacía parecer un pillín encantador.

En cambio, Eneko era moreno y no solo de pelo, sino también de piel. Era darle cuatro rayos de sol al principio del verano y ya estaba moreno.

Sus ojos eran azules. Pero no un azul cualquiera. Era un azul precioso que tenía motitas verdes, y encima tenía unas pestañas larguísimas que las hacían todavía más especiales. Era guapo hasta decir basta.

Yo, cuando estaba a mi lado, tenía que tragarme para disimular esos suspiros que a mí también me sacaba igual que a todas las demás.

Los dos en lo que sí se parecían era en el cuerpazo que tenían; estaban fabulosos, y eso era gracias al mucho deporte que hacían.

En eso los tres coincidíamos en que a mí también me gustaba mucho.

En invierno los dos practicaban boxeo; yo a tanto no llegaba. Pero en verano, los tres, sin falta, en Ea salíamos a correr al menos una hora todos los días a primera hora de la mañana, si no habíamos salido la noche anterior y nos habíamos acostado muy tarde, claro.

Ese día lo perdonábamos, pero luego nadábamos para compensarlo en el mar o en la piscina de la casa de mi abuela o en la suya.

Amaia: Sabes que no, ja, ja, ja. Si no tenéis novia ninguno, es porque no queréis.

Bosco: ¿Novia? Ni de broma, que estoy yo muy a gustito solo. Eneko, que haga lo que quiera, pero yo todavía tengo que disfrutar mucho de la vida.

Amaia: Vamos, que tienes que ser un picaflor antes de elegir con quién quedarte.

Bosco: Exacto. Ves qué bien me entiendes. Tengo que ver mundo antes de elegir en qué lugar quedarme.

Amaia: Pues no veas mucho, no sea que, por tanto mirar, al final te quedes debajo de un puente.

Me encantaba picarle igual que él a mí. Me estaba partiendo de risa mientras le escribía, porque no era la primera vez que hablábamos de ese tema y siempre decía lo mismo.

No quería novia, pero eso lo decía con la boca pequeña porque estaba segura de que, como se le cruzara una que le hiciera suspirar como me pasaba a mí con Eneko, perdería el culo detrás de ella.

Y Eneko, por lo que decía algunas veces, pensaba parecido a Bosco, aunque en los últimos meses a él y a Andrea se les veía más cercanos y cruzaban unas miraditas que decían mucho más de lo que lo hacían sus bocas .

A Andrea le gustaba Eneko desde hacía tiempo y, a diferencia de mí, ella no disimulaba muy bien, porque si te fijabas un poco, se veía a leguas que quería tener algo más que una amistad con él.

Si eso llegara a pasar, que no lo descartaba, me fastidiaría bastante, pero tendría que callarme y tragar.

Tenía asumido que yo, con él, nunca tendría la más mínima posibilidad, así que no me quedaría más remedio que aceptar lo que viniera y, si se diera el caso, llorar en silencio y en la soledad de mi habitación.

Y es que era entendible que él acabara con Andrea, porque había que ser realista: yo a su lado, bueno, y al lado de la mayoría de mis compañeras, no tenía nada que hacer.

Andrea era preciosa, no tanto por dentro como por fuera, pero lo era. Y no lo decía porque la tuviera envidia por la estrecha relación que tenía con Eneko, no, eso no era así, lo decía porque era la pura realidad.

Desde siempre había sido una niña caprichosa y dominante que hacía lo que hiciera falta para salirse con la suya, además de que tenía un carácter fuerte con el que manipulaba a la gente, que daba gusto.

Pero todo eso, al parecer, quedaba en segundo plano y los demás no le daban importancia porque su belleza lo opacaba.

Era rubia con reflejos dorados; su melena, esa que cuidaba como si fuera un imprescindible tenerla perfecta para existir, le llegaba casi hasta el trasero. Sus ojos eran del color de la miel y de forma almendrada; parecían los de una gata .

Era guapísima; eso lo sabía yo y el resto del mundo. Y encima tenía un cuerpo de infarto, con unas curvas donde había que tenerlas y además tenía una buena delantera que lucía bien con los escotes exagerados que se ponía a diario.

Si Bosco y Eneko hacían suspirar a las chicas, ella a los chicos de clase o a los que conocíamos cuando salíamos por ahí les hacía babear directamente.

Yo era la que no encajaba en nuestro grupo de cuatro porque no tenía nada que ver con ellos. Era, como se suele decir, una chica del montón. Aunque cuando lo había dicho alguna vez, sobre todo mi abuela se enfadaba al oírme hacerme de menos.

Ella me decía que la belleza solo está en los ojos de quien te mire, no en cómo tú te veas, y puede que tuviera razón, pero eso no hacía que, cuando estábamos los cuatro juntos, me sintiera inferior y bastante insegura.

Yo era morena, mucho, tenía el pelo de ese negro que le dicen azabache y no era ni liso ni rizado, ya que me salían varias ondas sin hacer nada.

Lo llevaba a la altura de los hombros; más largo nunca me había gustado, ya que solía recogérmelo en una coleta, sobre todo cuando salía a correr, y si lo llevaba más largo, luego el peso hacía que me doliera la cabeza.

Mis ojos eran lo único que podía destacar en mí, o al menos eso era lo que pensaba, ya que no tenía un color muy común.

Eran grises, un gris como el que se ponía en el cielo cuando había tormenta; eso era herencia de mi abuela, que mi padre también había heredado, ya que los tres los teníamos iguales.

Mi teléfono volvió a sonar y me sacó de golpe de los pensamientos en los que me había quedado inmersa.

Bosco: Para quedarme debajo de un puente, mejor me quedo solo. Oye, ¿ya ha llegado tu abuela?

Amaia: No, mi padre se marchó muy temprano a buscarla, así que estarán al caer.

Bosco: Tengo ganas de verla. Adoro a esa mujer.

Amaia: No seas geta. Lo que adoras es su comida. Te pones fino, sobre todo con los que adoras; es su comida, que te pones fino, sobre todo con los dulces, cuando vamos a Ea.

Bosco: Culpable de todos los cargos. Voy a ducharme y en un rato voy para echaros una mano con la decoración de la fiesta, ¿vale?

Amaia: Ya te dije que no hacía falta. Pero haz lo que quieras.

Bosco: Lo sé. Pero prefiero estar contigo que aquí, oyendo toda la mañana y parte de la tarde: ¿Cuál es la mejor manera de que un tirabuzón quede mejor?

Me eché a reír porque sabía, sin verle, que estaba poniendo los ojos en blanco. Y no me extrañaba nada; yo también lo hacía cuando Andrea se ponía pesadita explicándonos métodos de belleza que no nos interesaban lo más mínimo, pero que oíamos por educación o por no mandarla a la mierda.

Amaia: Vale, entonces en un rato nos vemos; yo voy a bajar a desayunar ya, que me ruge el estómago .

Bosco: Yo haré lo mismo en cuanto me duche y me vista. En menos de una hora estoy ahí, cumpleañera.

Amaia: ¿Te quedarás a comer?

Bosco: Si no es mucha molestia…

Amaia: ¿Eres idiota? Sabes que molestia ninguna. Además, mi madre ha hecho comida para medio Bilbao; necesitamos bocas extra para acabar con todo o estaremos comiendo sobras.

Cruzamos dos mensajes más y nos despedimos con un beso como hacíamos siempre.