Yo solo te veo a ti
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Capítulo 1
Salí de la ducha pensando en el día tan emocionante que me esperaba por delante. La celebración de mi decimoséptimo cumpleaños.
No sería un gran evento, pero sí sería un día en el que estaría rodeada de todas las personas importantes de mi vida. Y eso, para mí, era más que suficiente.
Mi madre llevaba dos días atacada preparando comida para un regimiento.
Pero los astros se alinearon echándome una mano, porque dos días antes de que se marcharan, cogí la gripe.
Aunque es que ella era así, exageradita de nacimiento.
Siempre decía que en su casa la gente no podía pasar ni frío ni hambre.
La fiesta sería en el jardín de nuestra casa y frío no íbamos a pasar, ya que estábamos en marzo y la primavera estaba a punto de darnos la bienvenida.
Y lo iba a hacer con fuerza porque no es que hiciera calor, pero con una chaquetilla en las horas puntuales era más que suficiente para disfrutar de un día al aire libre.
Y hambre tampoco pasaríamos, de eso estaba completamente segura.
Mi padre, con sus dos inseparables amigos, se encargaría de la barbacoa y mi madre había preparado bastantes cosas más para acompañar la carne .
La fiesta sería por la tarde y seguramente duraría hasta bien entrada la madrugada, así que nos esperaba un día largo por delante.
Ahí lo celebraríamos con todos los amigos de mis padres y con sus hijos, que eran a la vez los míos. También vendrían algunos amigos más del instituto y vecinos de la urbanización con los que teníamos mucha relación.
En resumen, que sería una fiesta no muy grande, pero lo importante es que estaríamos muy a gusto.
Yo era de las que pensaban que pocos, pero bien avenidos, son mejores que muchos y mal avenidos.
Con el albornoz puesto, salí del baño y fui directamente a mi vestidor para sacar ropa cómoda. Durante la mañana, entre mis padres y yo decoraríamos un poco el jardín, así que con un pantalón de deporte y una camiseta estaría mejor.
Luego, por la tarde, ya sería otra historia porque tenía preparado un vestido precioso que había ido a comprar con mi madre ya hacía más de una semana y sería lo que me pondría, conjuntándolo con unas sandalias también nuevas que me compré ese mismo día.
Me quité el albornoz y, cuando me fui a poner la braguita, me quedé mirando la piel de mi rodilla derecha.
Fruncí el ceño, pasé la mano por encima y me pregunté qué narices sería eso. Una nueva mancha había aparecido en mi piel.
No era la primera que me salía. En las últimas semanas me habían salido varias por el cuerpo; apenas se notaban, pero sí lo suficiente como para que empezara a preocuparme.
Tenía en esa rodilla que acababa de mirarme un par de ellas no muy grandes del tamaño de una moneda. También eso me lo había visto una semana atrás encima del codo de mi brazo izquierdo.
También otras apenas visibles en otras zonas. En el pecho tenía algunas, como si fueran salpicaduras; en el cuello, también algunas pocas, como si fueran pecas blancas.
Esas no me preocupaban mucho porque eran pequeñas.
Pero las que tenía en las manos, esas sí que empezaban a notarse bastante.
Tenía manchas en el interior de las muñecas de ambas manos.
Una de ellas era de buen tamaño y en el interior de las muñecas de ambas manos y una de ellas, una de buen tamaño que se extendía desde los nudillos hasta la muñeca.
Cuando se lo dije a mi madre al verme las primeras, me dijo que podía ser que la crema corporal que estaba usando me podría estar provocando alguna especie de alergia, que lo mejor era cambiar de marca.
Y lo había hecho ya un mes atrás, pero lejos de desaparecer, estaba pasando todo lo contrario: me estaban saliendo cada vez más .
Dejaría pasar unos días más y, si no se iban o la cosa iba a más, se lo volvería a decir a mi madre para que me pidiera cita con el médico. Mientras pensaba todo eso, terminé de vestirme.
Volví al baño y me recogí el pelo en una coleta alta. Ya por la tarde me esmeraría más y me lo dejaría suelto, o me haría una trenza ladeada, que me gustaba mucho cómo me quedaba.
Estaba dando el último cepillado a mi coleta cuando, desde el baño, oí cómo sonaba el móvil que había dejado encima de la mesilla de noche.
La sonrisa me salió sola porque, sin ver de quién era el mensaje, lo supe al instante.
Salí del baño y fui directamente a coger el teléfono. Me senté en la cama y abrí el chat. Y, por supuesto, no me había equivocado; el que me había escrito era Bosco, mi mejor amigo.
Bosco y su hermana Andrea eran los hijos mellizos de uno de los dos amigos y socios de mi padre. Nos conocíamos desde nuestro nacimiento. Habíamos compartido todo desde que íbamos en pañales.
Juegos, llantos, colegio, ahora instituto. Vamos, que habíamos crecido prácticamente juntos. Y no solo con ellos dos había sido así, con Eneko, que era el hijo del otro socio de mi padre, también.
Mi padre y el padre de Bosco y Andrea se conocían, al igual que nosotros, desde niños, ya que nuestros abuelos también eran amigos y vecinos; además, en el pueblo en el que solo mi abuela seguía viviendo, ya que los demás ya habían fallecido .
Pues esa amistad que tenían los unió en el colegio, siguió en el instituto y hasta en la universidad, ya que los dos estudiaron lo mismo. Y precisamente en la universidad fue donde se les unió su tercer amigo y ahora socio, que era el padre de Eneko.
Al terminar sus estudios, los tres hicieron lo mismo: arquitectura. Decidieron arriesgarse y montar su propio estudio de arquitectura; gracias al esfuerzo de los tres, al intenso trabajo y, no menos, a la buena suerte, les fue muy bien.
Con el paso del tiempo y ya asentados en el estudio, fueron apareciendo en sus vidas las mujeres con quienes compartirían sus vidas. Que eran, claro está, mi madre y las madres de mis amigos.
Se casaron con muy poco tiempo de diferencia, y también fueron padres con esa misma poca diferencia; por eso todos teníamos la misma edad, meses arriba o abajo.
Primero nació Eneko en enero, siendo el mayor; después, la siguiente, en marzo, fui yo, y, por último, los mellizos en junio. Así que, por eso, nuestras vidas desde bebés habían estado unidas.
Durante el periodo escolar nos lo pasábamos todos juntos en clase, y los fines de semana en casa de uno o de los otros, ya que vivíamos todos en la misma urbanización, en tres casas muy parecidas que nuestros padres habían diseñado ellos mismos.
Y cuando llegaba el verano, todos, sin excepción, desde que nacimos, lo pasábamos en Ea, que era el pueblo de mis abuelos y de los de Andrea y Bosco .
Yo me quedaba en casa de mi abuela con ella y mi madre. Bosco y Andrea, en la que su padre heredó de sus abuelos junto con su madre, y a ellos se les unían Eneko y su madre, ya que la casa que estaba justo al lado de la de mi abuela era enorme.
Nuestros padres durante el verano se quedaban en Bilbao, que era donde vivíamos, trabajando durante la semana, y se unían a nosotros los fines de semana.
Solo con pensar en Ea, la sonrisa me salía sola; para mí era el mejor lugar del mundo.
No es que Bilbao no me gustara, porque no, sí que me gustaba. Mi ciudad de nacimiento era una pasada de bonita o eso pensaba yo, pero Ea… eso ya eran palabras mayores.
Ea era un pueblo de ensueño. Sus puentes de piedra que cruzaban la ría eran espectaculares; el valle en el que estaba le daba ese aspecto de lugar de cuento y las casas, como las nuestras, casi a pie de playa, hacían el conjunto perfecto para no querer marcharse nunca de allí.
Allí siempre olía a sal, a paz, a esa tranquilidad que no existe en las ciudades. Allí todo el mundo se conocía, todos se saludaban, aunque no se supieran el nombre de la persona con la que se cruzaban.
Era más que un pueblo, al menos para mí. Y lo mejor de todo, con diferencia, era que cuando llegaba el verano e íbamos allí, era pasar ese tiempo con mi abuela.
Con mis padres tenía muy buena relación. Pero con mi abuela era un caso aparte. Con ella siempre tuve una conexión especial y, con el paso de los años, aunque yo había ido creciendo, eso no desapareció, sino todo lo contrario, se hizo más fuerte.
Nos adorábamos la una a la otra; ese podría ser un buen resumen para describir nuestra relación. Estaba deseando que mi padre y ella llegaran.
Mi padre se había levantado temprano para ir a buscarla a Ea. Vendría a casa para celebrar mi cumpleaños. Y venía solo por eso y porque era yo. Eso, bien claro lo había dejado siempre.
Si no fuera porque era mi cumpleaños, ni siquiera vendría a Bilbao bajo amenaza; no es que tuviera nada en contra de nuestra ciudad, sino que decía que aquí no se le había perdido nada y que en ningún sitio se estaba como en su pueblo.
Y la entendía, yo mejor que nadie la entendía. Porque Bilbao estaba bien, pero a mí si me dieran a elegir, me iría de cabeza y sin pensarlo siquiera a vivir al pueblo.
Pero había que ser realista. Allí no había universidad y yo quería estudiar; ya tenía claro el qué y también había menos oportunidades de encontrar trabajo, así que lo de vivir allí lo veía tela de difícil.
Habría que seguir conformándose con pasar el verano y algunos fines de semana sueltos en los que solía marcharme cuando no tenía mucho que estudiar.
Suspiré y aparté de mi mente a Ea y abrí el mensaje de Bosco.