Yo no Quería Tener Hijos Capítulo 22
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Capítulo 22

Nicole

Ni falta hizo que sonara el despertador.

A las cinco de la madrugada ya tenía los ojos abiertos de par en par, clavados en el techo blanco del dormitorio mientras la penumbra iba cediendo terreno ante la claridad grisácea del amanecer.

A mi lado, Adriano dormía plácidamente boca abajo, con una respiración acompasada y un brazo pesado cruzado sobre mi cintura, manteniendo la palma abierta sobre el flanco de mi tripa incluso sumido en el sueño.

Me quedé inmóvil unos minutos, limitándome a sentir el calor de su cuerpo pegado al mío y los movimientos lentos, casi perezosos, de la criatura ahí dentro.

Había llegado el día. Treinta y nueve semanas y dos días que parecían un espejismo inalcanzable cuando me descubrí embarazada sobre el suelo helado del baño se convertían ahora en la realidad inmediata de las próximas horas.

Me escurrí de la cama con sigilo para no despertarlo.

Apoyé las plantas de los pies en el suelo e hice fuerza con las manos sobre los muslos para ponerme en pie, acusando el lastre imponente de un vientre que había redefinido cada una de las líneas de mi silueta.

Fui hasta el vestidor, encendí la luz tenue del espejo de cuerpo entero y me quité el camisón.

Me miré de arriba abajo.

Ya no había forma humana de camuflarlo bajo trajes de chaqueta impecables.

La piel lucía tirante, satinada; la línea alba partía el abdomen en dos mitades como el mapa de una travesía en alta mar.

Las marcas del tiempo, de la retención de líquidos, de una vida que se abrió paso contra mi voluntad inicial y que, paso a paso, había ido arrancando cada una de las espinas que llevaba clavadas en el pecho.

Me posé las manos en la tripa, acariciando la curvatura rotunda con las yemas de los dedos.

Una parte de mí aborrecía semejante metamorfosis.

Otra estaba aprendiendo a disfrutarla. Me lo dejó bien claro Osvaldo, el terapeuta: ambas emociones podían coexistir bajo el mismo techo, y empeñarse en amordazar una de ellas era infinitamente peor que asumir que no soy perfecta.

Ya iba siendo hora de jubilar a la heroína incombustible que llevaba dentro.

—Es hoy, hijo —le susurré al cristal con un hilo de voz—. Vamos a vernos las caras. No me tengas en cuenta si a ratos me da un parraque, pero te juro que voy a dar el callo en todo momento.

Una corriente helada de angustia me mordió la boca del estómago.

La fobia a las agujas, el espanto a verme atada a una camilla, el recuerdo del metal quirúrgico y el hedor a hospital...

Todo seguía agazapado ahí dentro, en algún rincón oscuro de la memoria.

La gran diferencia radicaba en que hoy no me encontraba en un callejón sin salida: tenía una hoja de ruta, tenía voz y tenía a gente dispuesta a partirse la cara por mí.

No había miradas de juicio; solo un abrazo incondicional.

Dos brazos fornidos me rodearon los hombros por detrás. El pecho caliente de Adriano se amoldó a mi espalda, y apoyó la barbilla con dulzura en mi coronilla.

—¿Has podido pegar ojo? —la voz ronca por el sueño le vibró contra mi nuca.

—Sí. Me estaba despidiendo de la tripa —confesé, descansando mis manos sobre las suyas, que ya arropaban mi vientre—. Y tratando de convencer a mis tripas de que el ayuno es imprescindible, con el hambre canina que tengo.

Adriano me giró despacio entre sus brazos y me recorrió la cara con una mirada atenta. No había frialdad médica en su semblante: solo ternura y ese aplomo inquebrantable que me había servido de salvavidas durante los últimos meses.

Quién me iba a decir a mí que una carambola del destino me traería en bandeja un final feliz. Adriano me rozó la mejilla, acariciándome el pómulo con la yema del pulgar.

—Tu miedo no me asusta, Nicole. No me pienso separar de tu vera.

—Por eso mismo no pienso tirar la toalla —respondí con el corazón en la mano, forzando una sonrisa que me tembló al final—. Se me sale el corazón del pecho.

—Respira conmigo. —Inspiró hondo por la nariz, aguantó el aire y lo soltó despacio por la boca, esperando a que le siguiera el compás.

Repetí la maniobra tres veces hasta que el nudo de la garganta aflojó la presión—.

El equipo está más que avisado. El quirófano está preparado al milímetro según lo acordado.

Nadie va a ponerte un dedo encima sin mirarte a los ojos y pedirte permiso. Voy a estar pegado a ti como una lapa.

Me besó los labios con sosiego; un beso largo, dulce, que me asentó los pies en la tierra de golpe.

Nos dimos una ducha templada y rápida. Me enfundé un vestido camisero de algodón azul marino, fácil de desabrochar, y me calcé unas bailarinas planas. La bolsa para el hospital descansaba en el maletero del coche desde la noche anterior.

El trayecto hasta el Hospital Pitágoras discurrió al compás de mi lista de reproducción; una sugerencia de Claudia que me vino como anillo al dedo. Esas canciones se quedarían selladas en mi memoria para siempre, asociadas a una de las fechas más cruciales de mi biografía.

Any Given Sin – Still Sinking

Adriano me llevó la mano derecha sujeta sobre la consola del cambio de marchas durante todo el camino, acariciándome el dorso con el pulgar mientras el tráfico mañanero empezaba a espesarse.

Entramos directos por el aparcamiento privado de gerencia, esquivando el mostrador de admisión y los ojos curiosos del vestíbulo central.

Al enfilar el pasillo que desembocaba en el área obstétrica, se me secó la boca de golpe. El tufillo a antiséptico y el rumor lejano de monitores y carreras encendieron todas las alarmas de mi cabeza. Las piernas me pesaron una tonelada, hasta dejarme clavada a mitad de camino.

—¿Nicole? —Adriano se frenó en seco a mi lado, encarándome.

—Llevo semanas mentalizándome, pero... —susurré, clavándole los dedos en el antebrazo con tanta fuerza que le marqué la tela de la camisa con las uñas—. El olor, Adriano. Se me había olvidado por completo cómo me revuelve las tripas este olor.

Antes de que el pánico se hiciera con los mandos y me forzara a recular, la puerta batiente que teníamos enfrente se abrió de par en par.

Asomaron Maria y Claudia con sonrisas de oreja a oreja, trayendo un soplo de aire fresco providencial. Justo detrás, recostado contra el tabique con un vaso de café humeante en la mano y la cazadora vaquera doblada sobre el antebrazo, aguardaba JP.

—Miren quién se ha dignado a hacer acto de presencia —soltó JP con voz potente, reventando el silencio sepulcral del pasillo con ese descaro tan impertinente como entrañable—. Ya me veía yendo a buscarte al monte para ayudarte a parir en una cueva, Nicole.

—No le des ideas al coco —le frenó Maria, abalanzándose sobre mí para envolverme en un abrazo rotundo que olía a hogar, neutralizando al instante el tufillo que me estaba asfixiando—.

Estás radiante, Nicole. Toma aire. Nosotras llevamos aquí media hora; hemos inspeccionado la habitación y ya hemos dejado claro que aquí no entra ni el apuntador sin permiso.

Claudia me tomó de la otra mano; su mirada limpia me transmitió calma y una complicidad absoluta.

—Estamos orgullosísimas de ti. Los críos están que no cagan por conocer a su nuevo primo postizo.

—¿Se han quedado Afonso y Álvaro con la tropa?

—Están todos en la finca de los Medeiros con Augusto, Lígia, sus hijos y Enzo de niñero.

—Henri me ha dado esto para ti. —JP me tendió un pañuelo azul marino con cenefas blancas. El nombre “Henrique” destacaba en el centro junto al emblema del club de moteros Predadores—. Ya es miembro de la hermandad con pleno derecho.

—Vayamos por partes, hombre —medió Adriano besándome la frente, protector.

Solté una bocanada de aire con fuerza, sintiendo el bálsamo inmenso de estar arropada por gente que me quería de verdad. Blindada por su cariño.

—Gracias a todos —murmuré, emocionada.

—Venga, entra ahí y trae a mi ahijado a este mundo —le guiñó JP un ojo, dándole una palmada firme en la espalda a Adriano—. Cuídamela como oro en paño, doctor. Si hace falta cualquier cosa, estamos montando guardia en la sala de espera.

—Está en las mejores manos —repuso Adriano con una media sonrisa, pasándome el brazo por la cintura.

—Vaya si lo está —rematé yo, sacándole la lengua a JP en un gesto de guasa.

Enfilamos el acceso hacia el área de preanestesia. Yasmin nos esperaba allí, enfundada en un pijama quirúrgico verde claro y con el gorro desechable puesto. Me recibió con un abrazo templado.

—Buenos días, Nicole. Está todo listo dentro. La doctora Helena, nuestra anestesista de guardia, ya ha graduado la iluminación del quirófano a media luz y tu música ya está sonando en el altavoz. ¿Quieres que te eche una mano para ponerte el camisón de hospital?

—Yo voy a cambiarme también. ¿Te parece bien?

Asentí en silencio. Adriano me plantó un beso rápido en la frente y se marchó al vestuario de médicos para ponerse el traje quirúrgico.

La muda fue cuestión de un minuto y me subí a la camilla de traslado. Clavé los ojos en el techo mientras Yasmin me cubría las piernas con una sábana blanca.

—Cualquier cosa que necesites preguntar o soltar, desahógate sin reparos —me dijo Yasmin, rematando el embozo.

—Siento como si me fuera a tirar en paracaídas sin tener la certeza de si va a abrirse la tela.

Me dedicó una sonrisa dulce:

—En este salto cuentas con paracaídas de sobra y de repuesto, Nicole. La gravedad juega hoy a tu favor.

La camilla echó a rodar pasillo adelante y las puertas del bloque quirúrgico se abrieron de par en par.

Apenas me dio tiempo a registrar el espacio: el pánico amagó con desbordarme en cuanto me transfirieron a la mesa de operaciones.

Fijé la vista en un punto muerto del techo y me agarré a los acordes de la música como a un salvavidas, hasta que apareció Adriano.

Adam Lambert – Under The Rhythm

El padre de mi hijo asomó enfundado en el pijama verde, con la mascarilla quirúrgica cubriéndole la boca y el gorro en la cabeza. Sus ojos ambarinos se clavaron en los míos, desprendiendo una devoción tan inmensa que me colmó el campo de visión por completo.

Arrastró un taburete rotatorio y me aferró la mano con solidez, entrelazando sus dedos con los míos.

—Aquí estoy —me susurró pegado a la oreja—. No te voy a soltar.

La doctora Helena, la anestesista, se situó en el flanco opuesto y me habló con una cadencia sosegada y serena:

—Nicole, ¿cómo estamos? ¿Te parece bien que empecemos?

—Sí, doctora.

—Sé de sobra que ya te lo hemos explicado, pero el protocolo manda repasarlo.

Te voy a pedir que te incorpores y te sientes en la mesa; tienes que echar el torso hacia delante, flojita, como si quisieras darle un abrazo a la tripa.

Adriano te servirá de apoyo por delante; tú muérdelo, desahógate, suelta lo que te dé la gana, pero mantente quieta como una vela.

Lo normal es que apenas sientas un pellizco suave.

—Entendido.

—¿Alguna duda antes de liarnos?

—Ninguna.

Me senté a duras penas por el lastre del vientre, siguiendo sus indicaciones.

Con Adriano plantado frente a mí, le hundí la frente en el pecho, sintiendo el latido recio de su corazón bajo el tejido quirúrgico.

Me sujetó con firmeza por la nuca y los hombros, haciendo de sostén mientras yo regulaba el aire.

—Respira, cariño. Coge aire. Suéltalo despacio. Eso es...

Noté una leve presión en la zona lumbar, un escozor fugaz de apenas tres segundos y, a continuación, un cosquilleo cálido empezó a inundarme las piernas y la pelvis, igual que si me sumergiera de cintura para abajo en una bañera de agua tibia.

—Listo. Trabajo hecho —anunció Helena—. Puedes tumbarte otra vez. ¿Eres capaz de mover las piernas?

—Para nada. —Se me escapó una risa floja—. Qué sensación más rara.

—Se pasa en un par de horas.

Adriano me ayudó a recostar la cabeza con mimo en la almohada. Notaba las piernas pesadas, lejanas, completamente dormidas. Alzaron un paño quirúrgico estéril a la altura de mi esternón, levantando una barrera visual impecable que me libraba de presenciar el movimiento del instrumental médico.

—Tienes el pulso un poco disparado —comentó Adriano, acariciándome la frente con los nudillos—. ¿Te metemos una sedación suave?

—No hace falta, yo puedo con esto. Respiro hondo y ya...

La sonrisa que me dedicó al respetar mi decisión me templó el alma y me cargó las pilas de golpe.

El nudo que me atenazaba el esternón se fue disolviendo a cada bocanada de aire; los músculos se me aflojaron, la cabeza se me quedó liviana, pero con la lucidez intacta para ser consciente de cada segundo.

Con la mano limpia de guantes, Adriano me acariciaba el pelo mientras con la otra me apretaba los dedos, sin apartar los ojos de mi semblante ni un pestañeo.

—Me gusta esta canción —comentó él.

—Claro, la llevas en el coche.

—Le viene como anillo al dedo al momento.

Sleep Theory – It’s Over

Me puse a tararear en voz baja, a dúo con Adriano. Ni me enteré del trajín de los cirujanos ni de la coreografía aséptica del quirófano. Estaba metida dentro de mi propia burbuja, resguardada y a salvo... Hasta que un llanto desgarrador acaparó toda la estancia.

—Adriano...

—Henrique ya está aquí.

—¿Le corta usted el cordón, papá? —preguntó una voz tras el paño, y asentí con la cabeza para darle vía libre al padre de mi hijo.

Me dio la risa y el llanto a la vez al ver a Adriano regresar con un bultito diminuto entre los brazos. Me lo acercó a la cara; amagué con moverme o arroparlo, pero era un vendaval de emociones desbocadas.

—La pediatra tiene que hacerle la primera valoración; ahora mismo te lo traigo de vuelta.

—Te quiero —le susurré, un poco a Adriano y otro poco a nuestro hijo recién nacido.

—Y yo a ti.

Todo lo demás sucedió como a través de un cristal empañado.

El reloj solo recuperó su curso normal cuando esos ojitos hinchados y esa piel sonrosada volvieron a plantarse frente a mi rostro.

Y fue en ese preciso instante cuando tuve la certeza más rotunda de mi vida: no solo había salido con vida del trance, sino que había renacido con creces.