Capítulo 23
Adriano
Tras la cesárea, subieron a Nicole y a Henrique a planta; ella dormitaba sobre la cama con el rostro sereno y la melena desparramada por la almohada. Las visitas despejaron la habitación a escape, regalándonos ese remanso de intimidad que tanto nos hacía falta como familia.
Yo seguía en pie, apoyado junto a la cuna de metacrilato, incapaz de apartar la mirada de aquel bultito diminuto envuelto en la toquilla azul.
Henrique se revolvió, soltando un puchero leve.
Las manitas buscaron el aire a ciegas y la boca se le movió en un mohín, protestando por el frío del entorno.
Me acerqué muy despacio y deslicé los brazos bajo su cuerpecito frágil. Nicole se incorporó en el colchón buscando una postura cómoda para recibirlo.
—¿Crees que ahora agarrará el pecho? —preguntó, con la inseguridad asomándole a la voz.
—Probemos a ver. Lo fundamental es no tirar la toalla a la primera.
—Ni de coña me rindo ahora, después de haber llegado hasta aquí.
—Espera, que te acerco el cojín de lactancia.
Le deposité al pequeño en el regazo; se quedó embobada contemplándolo mientras yo le calzaba las almohadas en los riñones y bajo el brazo.
Se desabrochó el tirante del camisón, luego el del sujetador de lactancia y me buscó con los ojos pidiendo auxilio.
No era mi especialidad médica, pero como padre estaba dispuesto a empaparme de lo que hiciera falta para ser el pilar de esa casa.
Me incliné y acomodé a Henrique pegado piel con piel contra su pecho. El contacto obró el milagro en el acto: los lloros cesaron de golpe, el cuerpecito se le relajó y empezó a buscar pezón con el hociquillo, afianzando un agarre firme.
Nicole soltó un suspiro largo, posándole una palma en los costados.
—Tiene que abarcar no solo el pezón, sino casi toda la areola. Puedes ayudarle conformando el pecho con los dedos en forma de pinza...
—¿Así? —Nicole usó la mano libre para seguir mis pautas; Henrique embocó y empezó a succionar a compás—. ¡Ostras! ¿Lo he hecho bien?
—De libro. —Se me escapó una risa cuando el crío soltó el pecho de golpe y rompió a llorar—. Venga, otra vez con paciencia.
—Creo que ya le he cogido el truco.
Me senté a los pies de la cama para dejar que madre e hijo forjaran su propio vínculo.
Me sentía un mero espectador ante semejante milagro de la biología: no alcanzaba a comprender en qué momento de mi vida me había obcecado en mirar únicamente hacia el final, cuando el principio resultaba tan abrumador.
—¿Qué se te está pasando por esa cabeza, Adriano? —inquirió ella en un susurro templado.
—Pensaba en que me pasé media vida jurando y perjurando que jamás me vería en una como esta.
—¿En una cómo? ¿Con familia?
—Eso es. Tenía la certeza absoluta de que no quería descendencia ni en pintura.
Me autoconvencía de que la rutina hospitalaria me convertiría en un padre ausente, de que traer una criatura al mundo con la que está cayendo era una temeridad y que la vida arrastra demasiado dolor.
Llegué a mandar a paseo un compromiso matrimonial por cerrarme en banda en eso, Nicole.
Me creía a pies juntillas mi propia farsa.
—Entonces somos un par de hipócritas de campeonato, ¿no crees?
Miré a Henrique mamando con los ojillos cerrados y luego le busqué las pupilas a ella.
—O simplemente un par de humanos que han cambiado de parecer porque se les ha cruzado la persona idónea en el camino.
Contemplo a este renacuajo y siento que cualquier guardia, cualquier dogma inamovible de mi pasado no vale un pimiento al lado de lo que tengo aquí delante.
Se me ha borrado de la cabeza el tipo que era antes de conocerte; tengo la sensación de que he empezado a vivir ahora mismo.
Nicole guardó silencio unos instantes mientras le acariciaba la mejilla sonrosada al bebé con la yema del índice. Una sombra fugaz de duda le empañó la mirada.
—A veces le doy vueltas a la cabeza, Adriano...
—¿Vueltas a qué?
—Si no llega a ser por Henrique... ¿estaríamos juntos?
—¿A qué viene eso ahora?
—Lo nuestro empezó por un calentón en una habitación de hotel. Luego vino el bombazo, el embarazo, mi fobia incontrolable. Tú te pusiste la capa de superhéroe para apechugar con todo mientras yo colgaba la armadura de tipa dura. Pero... ¿nos queremos de verdad o solo estamos atados por la criatura?
Me arrastré sobre el colchón hasta plantarme a escasos centímetros de su rostro, sujetándole la barbilla con delicadeza para obligarla a mirarme a los ojos.
—Un crío puede generar sentido del deber, Nicole, pero el amor no te lo impone nadie por decreto. Henrique fue el puente que nos impidió perdernos de vista, no te lo niego. Pero lo que me ha atado a ti no ha sido únicamente el papel de padre.
—¿Y qué ha sido, entonces?
—La convivencia pura y dura. Tú. Estos meses compartiendo techo, los piques de risa en la cocina, verte mangonearme incluso cayéndote de sueño, esa forma tan tuya de plantarle cara al mundo sin achantarte...
Me he enamorado hasta las trancas de la mujer que eres.
Adoro a mi hijo con el alma, pero adoro infinitamente más el hogar entero que hemos levantado los dos.
Nicole tragó saliva; se le humedecieron las pestañas ante semejante declaración.
—Lo sueltas con tanto aplomo que me dejas sin réplica posible.
—Porque no me cabe la menor duda. Y hay otra cosa que quiero poner sobre la mesa.
—¿Más todavía?
—Quiero casarme contigo.
Nicole pestañeó, pillada a contrapié, y soltó una risita ahogada.
—¿Casarnos? Pero si, en la práctica, ya estamos más que casados viviendo juntos bajo el mismo techo.
—No: tú te mereces algo más. Nosotros nos merecemos algo más.
—¿Con vestido blanco, velo y toda la pesca? ¿Bodorrio tradicional?
—Como te dé la real gana. Por el juzgado, por la iglesia, con anillos en los dedos y juerga hasta que cante el gallo. Te quiero en mi vida con todas las consecuencias.
Bajó la vista hacia el regazo, contemplando a Henrique completamente saciado contra su pecho, y volvió a encararme con una media sonrisa pícara.
—Vuelva a formular la pregunta, doctor.
—¿Te casarías conmigo, Nicole? ¿Aceptas ser mi mujer y la madre de mis hijos?
—¿En plural? Adriano, si casi me da un síncope con este y ya me estás pidiendo el segundo.
—Te amo con locura. —Me incliné y le sellé los labios con un beso suave para templarle las dudas—. Cásate conmigo, cariño. Sin letra pequeña, sin condiciones, un día detrás de otro.
—Trato hecho, doctor. Te digo que sí... Pero ahora mismo, ni hablar.
—¿Cómo que ahora no? ¿Por qué?
—Porque me niego a pasar por el altar hasta que Henrique no tenga dos añitos bien cumplidos, camine sin tambalearse y luzca un trajecito a medida para llevarnos las alianzas sin pegarse un morrazo por el pasillo. Y yo estaré en plena forma para vivir la mejor noche de nuestras vidas. ¿Cómo lo ves?
—Me parece una estampa redonda y con un simbolismo insuperable.
Sonreí, sintiendo en el pecho una ligereza que llevaba años sin experimentar. La besé despacio, saboreando su calidez y el aroma a recién nacido que nos envolvía en la estancia.
—Zanjado: tenemos una cita fijada para dentro de dos años.
—Y a la mejor relación públicas del país coordinando el sarao.
—De eso nada: tú no vas a organizarte tu propia boda.
—¡Y un cuerno! Saldrá impecable: yo al mando de las operaciones y todo rodando según lo previsto.
—Como mandes; se hará a tu manera. Con eso me basta y me sobra.