Yo no Quería Tener Hijos Capítulo 20
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Capítulo 20

Adriano

Me pasé el día siguiente entero en guardia.

Vimos la televisión, pedimos comida a domicilio a través del móvil y contemplamos la ciudad a través de los cristales, acariciándonos y buscando el contacto del otro en lugar de gastar palabras.

Cambié de turno en el hospital para quedarme a su vera todo el tiempo que hiciera falta.

Al caer la noche, me pidió quedarse en mi piso una noche más, pero justo en ese momento me vibró el mensaje de JP en el bolsillo. Le dije que me había surgido una urgencia, que allí estaba completamente segura y que a la vuelta le traería un capricho dulce para picar.

—Helado de guayaba —me pidió, y no pude evitar sonreír ante semejante antojo.

—No tengo ni la más remota idea de dónde voy a dar con eso a estas horas, pero descuida, que lo encuentro debajo de las piedras. —Le besé la frente y luego los labios—. Cualquier cosa que notes, me das un toque al móvil.

—Me voy a quedar frita —murmuró, cerrando los párpados.

Nicole se estaba permitiendo bajar la guardia, mostrarse vulnerable y dejar que otro le cubriera las espaldas. Con el embarazo, algo muy hondo se estaba reconfigurando en su interior.

Conduje durante un buen rato hasta un barrio periférico, un dédalo de casas sin enlucir, solares abandonados y pistas de tierra sin asfaltar.

Aparqué en la coordenada exacta que me había marcado JP en el mensaje: un tipo enfundado en un chaleco de cuero, vaqueros gastados y botas militares me aguardaba con las manos metidas en los bolsillos.

Reconocí de inmediato a Henri Premoli, el presidente del club de moteros Predadores.

Apagué los faros y me apeé del coche, decidido a zanjar este asunto de una puñetera vez para centrarme en el presente. El olor a hierba húmeda y a carbonilla flotaba en el aire gélido de la noche.

—Puntual como un reloj, doctor —saludó Henri, con tono seco—. Llegué a pensar que te entrarían los remilgos y mandarías a la policía para reventarnos el escarmiento.

—Nicole necesita descansar y estar en un entorno seguro para lidiar con la fobia y el embarazo sin complicaciones añadidas.

Si de verdad eres amigo suyo, entierra cualquier mierda que pueda perturbarle el presente —solté plantándome frente a él, sosteniéndole la mirada pétrea—.

Ya te lo advertí por teléfono: nada de lo que Nicole haya podido vivir en el pasado va a cambiar un ápice lo que siento por ella hoy.

Henri se cruzó de brazos sobre el pecho, taladrándome con una frialdad glacial.

—No se trata de lo que hiciera Nicole, sino de lo que le hicieron a ella. Ese matasanos, el doctor Rogério Camargo, fue un carnicero despiadado que engañó a su propia pareja.

—¿De qué estás hablando?

—Le sacaba un montón de años y era un manipulador de manual; le comió la oreja con promesas de boda, con marcharse a vivir juntos al extranjero, y ella se lo tragó a pies juntillas.

En esas, Nicole se quedó embarazada sin saberlo, pero él se olió la tostada.

Le mintió sobre una analítica rutinaria, confirmó la gestación a sus espaldas y le encasquetó unas pastillas diciéndole que eran vitaminas para el cansancio. A que no adivinas qué era en realidad.

Un latigazo helado me recorrió el espinazo de arriba abajo.

El ataque de histeria de Nicole en la habitación del hotel encajó de golpe en mi cabeza con una crudeza desgarradora.

—¿Le provocó un aborto clandestino sin que ella tuviera ni idea?

—Tal cual —continuó Henri, con las mandíbulas apretadas por la rabia—.

A las pocas horas la chica se estaba desangrando viva, sin entender un carajo, pensando que le pasaba cualquier otra cosa, hasta que...

En fin, te puedes ahorrar los detalles escabrosos, aparte de la carnicería médica que tuvo que padecer mientras Rogério fingía socorrer a su vecina de urgencia.

El muy cobarde ni siquiera tuvo los arrestos de dar la cara por su relación ni de acompañarla en el peor momento. De milagro no le vaciaron la matriz.

Se me formó un nudo asfixiante en la garganta, una mezcla atroz de náusea y desgarro. Resultaba intolerable que un colega de profesión hubiera actuado con semejante bajeza. Comprender que Nicole había salido adelante tras semejante infierno me hizo admirar aún más su entereza.

—¿Y cómo demonios has averiguado todo esto? ¿Tanta información has sacado tirando solo de un nombre?

—No fue la única víctima de ese malnacido. Al menos dos chicas vinculadas a Predadores pasaron por el mismo calvario con él. Una de las enfermeras de esa clínica de tres al cuarto, sin ir más lejos.

La imagen de Nicole temblando en la camilla de observación del bloque B, su pavor visceral a las pastillas, el pánico a las agujas y la culpa desgarradora por llevar una criatura en el vientre...

Todo cobraba un sentido atroz. No era arisca por capricho ni por soberbia: un monstruo que había jurado cuidar de la vida la había quebrado por dentro.

—No gastes saliva con la rabia. Lo tengo ahí dentro —dijo Henri, franqueando el umbral de la nave e indicándome con un gesto de cabeza que lo siguiera.

—¿Qué pretendes hacer con él?

—Míralo tú mismo.

Fui tras sus pasos y entré en una nave diáfana, alumbrada únicamente por una bombilla desnuda de luz amarillenta que colgaba de un cable en el techo. Otro motero aguardaba recostado junto a una mesa de acero inoxidable, con guantes de cuero y el semblante imperturbable, sin un ápice de compasión.

En el centro de la estancia, atado de pies y manos con cinta de embalar reforzada sobre un viejo potro ginecológico oxidado, yacía Rogério Camargo.

Estaba despojado de la americana, con la camisa abierta de par en par, el labio partido y los ojos desorbitados por el espanto. La mordaza de cinta adhesiva le taponaba la boca, amortiguando los chillidos guturales que pugnaban por salir.

Junto a la mesa metálica, dispuesta sobre una batea quirúrgica limpia, descansaban guantes estériles, sedas de sutura con aguja curva, pinzas hemostáticas, gasas y un mango con hoja de bisturí.

—Yo no soy como él, Henri. Lo mío es recabar pruebas forenses y llevarlo ante el juzgado para inhabilitarlo de por vida —solté, clavando la vista en el instrumental con el estómago encogido.

—En mi mundo las cosas funcionan por otra vía —repuso Henri con una calma que helaba la sangre—.

Ese tipejo le arrebató a Nicole la paz de afrontar una maternidad sin fantasmas.

Ha perdido el derecho a engendrar o segar una sola vida inocente en este planeta.

Le voy a cortar las pelotas. Tú decides si te quedas a mirar o le coses la avería al hombre que le arruinó la existencia a tu mujer.

—¡Te has vuelto completamente loco! —le espeté en el acto, dando un paso al frente para encararlo—. Ese desgraciado tiene que pudrirse en la cárcel y responder ante la ley por sus crímenes, no ser mutilado en un secuestro clandestino con riesgo de sepsis o algo peor.

—Haberlo pensado antes de tocarle un pelo a una protegida de Predadores —gruñó Henri.

En el potro, Rogério captó mi oposición y me buscó los ojos con desesperación.

Necesitaba entender, debía de haber una explicación que justificara que un médico cayera tan bajo.

¿Pero de verdad hacía falta buscarle explicaciones a la maldad?

La crueldad a veces no entiende de razones: simplemente existe y hay que extirparla.

Cegado por la impotencia, me acerqué a la mesa y le arranqué la cinta adhesiva de la boca de un tirón.

—¡Doctor Adriano! ¡Sáqueme de aquí, joder! —bramó Rogério, con voz gangosa, desquiciado por el pánico pero destilando el mismo veneno de siempre—. ¿Va a defender a estos criminales? ¿Se va a tragar sus patrañas? ¡Es todo una farsa!

—¿Vas a tener los santos cojones de negar que le diste un fármaco abortivo a Nicole a traición?

—¡Si era ella la que no quería tener un hijo ni en pintura! Va de mosquita muerta, pero la conozco al dedillo: ¡esa zorra solo busca pasta! ¡Y follar! ¡Vivía arrastrándose por mi polla! Sabía de sobra lo que se estaba tragando, y ahora va de víctima para cazar a otro primo como usted...

Le salían espumarajos de saliva de la boca, pero no llegó a terminar la frase: Henri le encajó un puñetazo seco en la mandíbula que le reventó los dientes. El mismo golpe que le habría propinado yo si hubiera seguido escupiendo basura por esa cloaca.

—Se acabó la cháchara. ¡Hasta aquí hemos llegado, pedazo de cabrón! —bramó Henri.

El motero cogió unas tijeras de vendajes de la mesa y le rasgó el pantalón y los calzoncillos de un tirón seco, dejándolo completamente expuesto sobre el metal.

Iba a cumplir su amenaza hasta el final.

—¡No! ¡No lo hagas! ¡Te vas a arrepentir, te juro que te busco la ruina! —aulló Rogério; las venas del cuello se le hinchaban como cuerdas mientras se retorcía como un poseso.

Antes de que pudiera abalanzarme para frenar aquella barbarie medieval, el filo del bisturí ya había hecho el corte; los alaridos de Rogério tardarían semanas en borrarse de mi cabeza.

Debería resultarme imposible sentir piedad por semejante despojo humano, pero era incapaz de evitarlo tras tantos años velando a enfermos terminales.

El grito de Rogério fue sobrehumano, un alarido desgarrador que sacudió los muros de la nave antes de que se le pusieran los ojos en blanco.

El shock del dolor fulminante le desconectó la consciencia de golpe: la cabeza se le venció a un lado y el cuerpo se desplomó laxo sobre el potro en un desmayo profundo.

Henri arrojó el tejido ensangrentado a un cubo metálico y se limpió la hoja ensangrentada con un trapo antes de encararme.

—Listo el trabajo. Te toca, doctor. ¿Le haces la cura de urgencia aquí mismo o prefieres que lo acerque a una sala de curas tan cutre como la que le buscó a Nicole en su día?

La sangre empezó a manar a borbotones del escroto mutilado, encharcando el suelo a una velocidad de vértigo. Las arterias testiculares no perdonan: si no se intervenía en cuestión de dos minutos, el shock hipovolémico se lo llevaría por delante en nuestras narices.

Se me revolvió el estómago de pura náusea, pero la deontología médica y el mandato implícito de no dejar morir a un hombre en mis manos tomaron el control de mi cuerpo de forma automática.

—¡Maldita sea, Henri! —maldije entre dientes, apartando al motero de un empellón.

—Que te suture el mismo que le está cerrando las heridas a tu víctima... En psicología a eso lo llaman justicia poética.

Me calcé los guantes quirúrgicos en un suspiro. El instrumental estaba perfectamente dispuesto por el propio motero: una emboscada milimétrica para obligarme a intervenir.

Agarré las pinzas hemostáticas, localicé los vasos sangrantes en mitad del hematoma expansivo y clampei las arterias, conteniendo la hemorragia activa.

Armé la aguja de sutura en el portaagujas y empecé a dar puntos con la agilidad y el pulso firme de quien lleva casi dos décadas cerrando brechas en boxes de críticos.

Punto tras punto. Ligando los cabos vasculares, afrontando los planos anatómicos y conteniendo el sangrado hasta sellar la piel del escroto por completo y garantizar una hemostasia segura.

Saldría adelante; y si le quedaba vanidad, ya se pondría prótesis de silicona el día de mañana, pero el objetivo de Henri estaba cumplido: jamás volvería a dejar embarazada a una mujer.

Comprimí la zona intervenida con gasas estériles y esparadrapo ancho, tomándole el pulso carotídeo a Rogério. Era débil y taquicárdico por el shock.

Me arranqué los guantes pringados de sangre y los tiré a la batea con rabia, jadeando mientras intentaba que la adrenalina me diera un respiro en las venas.

Me giré hacia Henri, que me observaba con una mirada de aprobación hosca.

—De esta no se muere —solté, con la voz rota y la respiración agitada—. Pero has cruzado todas las líneas rojas imaginables. Me juego la inhabilitación del colegio médico por encubrir esto, por no hablar de que alguna salpicadura le caiga encima a Nicole.

—¡Ni de coña! Tú estás limpio como una patena y, a efectos legales, jamás has pisado este cobertizo. A mí me la trae al pairo tu visto bueno; solo necesitaba comprobar si eras un hombre de verdad para estar al lado de Nicole.

—Nicole no necesita que nadie le pase revista a sus parejas. Tenle un respeto a mi mujer, Henri Premoli.

—Yo solo he sido el mensajero —zanjó Henri—. En cuanto este miserable recupere el conocimiento, se sube al primer vuelo fuera del país y no vuelve a poner un pie en este territorio en lo que le queda de vida. Como se le ocurra abrir el pico, le rematamos la faena en el cuello.

—La violencia no arregla nada. Tú...

—Yo me encargo de la mierda que nadie tiene cojones de limpiar, doctor Adriano. Te guste o no, estaré cerca cuando la justicia cojee.

Me tragué el regusto a hiel de aquella madrugada. Yo era un facultativo dedicado a acompañar a bien morir a los desahuciados, y allí, en aquel cobertizo mugriento, acababa de coser la venganza más salvaje que había presenciado en mi vida.

Tomé aire hondo varias veces seguidas para recuperar el centro.

No tenía por qué sentir compasión por aquel monstruo; la compasión se la debía a la mujer que llevaba en sus entrañas a mi hijo.

Al recordar las lágrimas de Nicole, la inocencia que le arrancaron de cuajo y la vida que latía ahora en su vientre, mi brújula moral encontró un remanso de paz extraño e innegociable.

Aquel malnacido jamás volvería a ponerle la mano encima. Y Nicole jamás cargaría con el peso de la sangre derramada para comprarle la tranquilidad.

—Nicole no tiene por qué enterarse de lo que ha pasado aquí —sentencié.

Henri asintió con la cabeza:

—Ese era el plan desde el principio. Hasta la próxima, doctor.

Me di media vuelta, salí de la nave sin mirar atrás y me metí en mi coche, acelerando en la negrura de la carretera de vuelta al único rincón donde de verdad necesitaba estar: al lado de mi mujer embarazada.