Yo no Quería Tener Hijos Capítulo 19
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Capítulo 19

Adriano

Nicole me había pedido que esperase.

Que no necesitaba que nadie viniera a salvarla.

Fui incapaz de quedarme de brazos cruzados.

Había algo en el modo en que Nicole me miró antes de cruzar ese batiente que me encendió una alarma inconsciente.

La sonrisa forzada, esa coquetería que intentaba maquillar el peso de la barriga disimulada bajo el vestido vaporoso y la promesa de un fin de semana juntos en mi cama...

Todo resultaba demasiado quebradizo ante esa mirada asustada que se obstinaba en pedirme auxilio sin soltar ni media palabra.

El instinto médico me mantuvo con vida durante años en la UCI, pero en ese instante no era la razón la que llevaba el timón: era el hombre. El hombre que olía el peligro antes de que llegara a materializarse.

Solté la copa de agua en la primera bandeja que se me cruzó por delante.

No me paré a saludar a nadie, no miré hacia el escenario ni esperé a que el maestro de ceremonias diera el pistoletazo de salida a la subasta.

Empujé la puerta por la que ella había salido y enfilé directo por el pasillo de servicio, dejando que mis pasos rotundos retumbaran en ese espacio angosto.

El presentimiento no fallaba.

Nada más doblar el primer recodo del pasillo, se me revolvieron las tripas.

Nicole estaba acorralada contra la pared, deslizándose despacio hacia el suelo, con las manos apretadas contra el vientre en un intento desesperado por blindar lo que llevaba dentro.

Tenía la cara lívida, con un brillo de sudor frío en la frente y un pánico absoluto desencajándole las facciones.

Y, a menos de un metro de ella, un tipo de traje oscuro se inclinaba hacia su rostro; no para socorrerla: había una señal de peligro tan evidente que solo supe reaccionar por instinto.

Me hirvió la sangre. No me paré a pensar. No dudé ni una milésima de segundo.

Fui hacia ellos a la carrera. Antes de que el sujeto se percatara de que me le venía encima, le metí el hombro contra el pecho con toda la fuerza del cuerpo, empujándolo hacia atrás con tanta violencia que tropezó y casi da con los huesos en el suelo.

Me planté entre él y Nicole como un muro infranqueable.

Me agaché frente a ella y le toqué la cara.

—Eh, chitón. —Le planté un beso en la frente; parecía completamente ida, tenía que sacarla de allí ya—. Todo va a salir bien.

—¿Pero quién coño es usted? ¿Se ha vuelto loco? —rugió el hombre, recomponiéndose la chaqueta.

Me puse en pie, cuadrado como un miura. El tipo me miró la cara, reconoció el esmoquin y frunció el ceño.

—¿Doctor Adriano? ¿Qué demonios cree que está haciendo? Soy el doctor Rogério Camargo, vengo en representación de la...

—Cállese la boca —le ordené, con un timbre cavernoso, tan cargado de rabia que le cortó la frase en seco—.

Me importa un bledo quién sea usted o a quién represente.

Como dé un solo paso más hacia mi mujer, como vuelva a respirar en su dirección, me paso por el forro el juramento hipocrático y le parto el cuello aquí mismo.

Rogério reculó, desencajado al ver que no estaba de farol. La sonrisita cínica se le tambaleó, pero intentó agarrarse a lo que pudo:

—Solo estábamos hablando. Somos viejos conocidos, amigos de hace tiempo. Estábamos recordando viejos momentos...

—Lárguese de aquí ahora mismo —le gruñí entre dientes, acortando medio paso la distancia, escuchando a mi espalda el gemido desgarrador de Nicole en mitad del llanto. Me necesitaba—. Como no se esfume, llamo a seguridad para que lo echen a patadas a la calle, o aténgase a las consecuencias.

—¡Mi clínica tiene convenios con el Pitágoras! Usted no puede...

—Haré cosas bastante peores si no me obedece. Y Henri Premoli no dudará en echarme una mano. No suelo hablar en balde.

El poco color que le quedaba en la cara a Rogério se esfumó de golpe. Tragó saliva, me miró a mí, miró a Nicole hecha un ovillo en el suelo y se dio la vuelta, perdiéndose a paso ligero por la salida de incendios.

Volví a hincar las rodillas a su lado.

Nicole seguía pegada al rodapié, con las piernas recogidas contra el cuerpo, temblando con tal violencia que apenas le entraba aire en los pulmones.

Respiraba a bocanadas entrecortadas y mantenía las manos agarrotadas sobre la tripa, como si temiera un zarpazo de un momento a otro.

Eché un vistazo rápido alrededor para descartar cualquier indicio de sangrado o lesión traumática.

—Nicole... soy yo. Ya ha pasado. Ya se ha largado —le susurré con la voz tomada, pasándole los brazos por debajo de los hombros para despegarla de esas baldosas heladas.

En el instante en que la estreché, pareció volver en sí y se vino abajo del todo.

Hundió la cara contra mi pecho, aferrándose a las solapas de mi esmoquin con una fuerza desesperada.

No abrió la boca. No me dio explicaciones, no soltó nombres ni intentó justificarse.

Solo lloraba y jadeaba, intentando recuperar el control sobre sí misma.

La alcé en volandas, sosteniéndole todo el peso. Busqué una vía de escape que no me obligara a cruzar el salón noble y di con el acceso directo al aparcamiento. Redondo.

—Dios mío, Adriano, la subasta... tengo que...

—Tienes que dejar que cuide de ti. La gala puede seguir sin ti; tu equipo tiene tablas de sobra para torear cualquier imprevisto. Confía en ellos. Confía en mí.

—Está bien —susurró.

Acomodé a Nicole en el asiento del copiloto de mi coche.

Me quité la chaqueta del esmoquin, la arropé por encima, rodeé el capó para ponerme al volante y arranqué, pasando olímpicamente del evento, del código de circulación y de todo lo que quedaba a nuestras espaldas.

Necesitaba intimidad absoluta para cerciorarme de que Nicole y el bebé estaban fuera de peligro.

Meterla en un box de urgencias habría sido un disparate: echaría por tierra semanas de avances para acabar haciéndole lo mismo que en una consulta al uso.

—Adriano, lo que dijo Rogério...

—No tienes que darme explicaciones de nada. —Le busqué la mano y le entrelacé los dedos con los míos.

—No quiero remover el pasado —soltó con un hilo de voz angustiado.

—Ni falta que hace. —Le besé el dorso de la mano y se la devolví al regazo—. ¿Sientes dolor en alguna parte? ¿Molestias?

—No lo sé. Tengo miedo.

—Aquí estoy.

—¿Y si el bebé...?

—Aquí estoy, Nicole. —Giré la cara hacia ella y le sostuve la mirada todo lo que la prudencia y el corazón me permitieron—. Hay mil escenarios posibles, pero solo nos toca ocuparnos de uno. Confía en mí.

—Confío en ti.

Presa de los nervios, di un volantazo brusco para esquivar un bordillo, le di sin querer al botón del volante y la música del coche saltó a todo trapo. Una melodía cañera inundó el habitáculo; me dio exactamente igual, concentrado únicamente en llegar cuanto antes a mi portal.

From Ashes to New – Nothing

Llegamos a mi plaza de garaje. Apagué el contacto, bajé y la saqué del coche con sumo cuidado. Nicole apenas tenía arrestos para tenerse en pie; llevaba los zapatos de tacón en una mano mientras con el otro brazo le ceñía la cintura para guiarla hasta el ascensor privado.

Subimos en un silencio cargado de tensión hasta mi planta. Nada más entrar en el piso, tiré los zapatos a un lado y la llevé directa al dormitorio.

—No era así como me imaginaba acabar en tu cama —comentó, dejándose caer en el borde del colchón.

—Tampoco era así como pensaba quitarte la ropa, pero no por eso resulta menos íntimo ni menos necesario. —Le sujeté el bajo del vestido y la miré a los ojos—. ¿Me dejas?

—Sí. —Se puso en pie solo para facilitarme que la prenda le saliera por la cabeza. En ropa interior fina, su cuerpo no mostraba el menor signo de alarma.

Se recostó; le examiné el vientre, cerré los ojos y agucé el oído y el tacto. Apenas era perceptible, pero bastó para devolverme la calma: el corazón del bebé seguía latiendo con fuerza.

—¿Qué estás haciendo, Adriano?

—¿Te apetece una ducha caliente? —La miré a la cara, subiéndome al colchón para arroparla con la manta con delicadeza; se la veía bastante más serena.

—Tengo que llamar a alguien, avisar de que...

—De eso nada. —Le besé los labios dos veces seguidas—. Lo que necesitas es respirar a mi lado unos minutos, que nuestro sistema nervioso asimile que estáis bien. Que estás a salvo.

—Gracias —susurró.

—No te muevas de ahí; voy a quitarme este pingajo de encima.

Me quedé en calzoncillos y me metí bajo el edredón; Nicole se acurrucó a mi costado en el acto y cayó rendida por el sueño. No esperaba que me soltara lo que ese malnacido le había hecho, pero no hacía falta ser muy listo: aquel tipo tenía que ver directamente con su trauma y con la tocofobia.

Intenté pegar ojo, pero fui incapaz. Con movimientos milimétricos, la acomodé sobre las almohadas, le subí el embozo hasta los hombros y le di un beso suave en la frente.

Me senté en la butaca junto a la cama, velando el compás tranquilo de su respiración.

Nicole estaba bien, la criatura también; solo había sido un sobresalto.

Sin embargo, una rabia sorda no dejaba de latirme en las sienes.

¿Qué atrocidad le habría hecho ese cabrón para dejarla reducida a cenizas de esa manera?

Un zumbido tenue rasgó el silencio.

Fui tras el sonido: el bolso de Nicole se había quedado en la consola de la entrada; era su móvil. En la pantalla parpadeaba un nombre: JP. Debían de estar subiéndose por las paredes; mejor cogerlo que arriesgarme a que se plantaran aquí al deducir que estábamos juntos.

—¿Diga? —contesté en voz baja.

—¿Quién es? ¿Dónde está Nicole?

—Soy yo, JP. Adriano. Nicole está conmigo.

—¿Está bien? ¿Qué coño ha pasado? —JP hablaba a trompicones, entre el alivio y la histeria—. Desapareció de pronto, Henri puso a seguridad en guardia y en las cámaras del aparcamiento se te ve sacándola en brazos.

—Solo ha sido un encontronazo desagradable con un invitado. Nicole está perfectamente atendida, en mi piso. Durmiendo —respondí con aplomo.

—Antes de que salierais había otro tipo con vosotros. ¿Te suena de algo el doctor Rogério Camargo, Adriano?

—Ni me suena ni me interesa. Me trae sin cuidado, sobre todo sabiendo la aversión que le tiene Nicole.

—Pues debería importarte, porque esto va de honor y de proteger a los nuestros —la voz al otro lado del auricular cambió de golpe, volviéndose más profunda y autoritaria.

Henri le había quitado el teléfono a JP; su tono áspero retumbó tajante—.

En esta vida, el que la hace, la paga. En cuanto he fichado a ese matasanos por las cámaras, mi gente ha dado con la pieza del puzle que Nicole jamás tendrá el valor de ponerte delante.

¿Vida o muerte, doctor? Si de verdad pretendes construir un futuro con ella y cuidar de esa familia, te toca escuchar lo que tenemos que decirte.

El instinto de protección me hizo saltar al instante:

—A mí me resbala el pasado de Nicole, Henri. Lo que sea que haya vivido le pertenece a ella y a nadie más. No pienso permitir que le calentéis la cabeza con historias, y menos en el estado en que se encuentra, esperando un hijo mío.

—¿Calentarle la cabeza? —Henri soltó una carcajada seca, sin un ápice de gracia—.

No te enteras de una mierda, doctor. Aquí nadie quiere hacerle daño a Nicole.

Lleva bajo mi ala mucho antes de que tú asomaras el hocico en su vida.

Quiero lo mejor para esa mujer. Y para eso me toca ser el brazo ejecutor que ella jamás podrá ser, porque tiene demasiados escrúpulos.

Pero yo no. El doctor Rogério Camargo va a recibir la respuesta que vino a buscar, quieras tú formar parte del plan o no.

—Te estás pasando de la raya, Henri.

—No has visto nada todavía. —Se rio, con un deje peligroso—.

JP te va a mandar una ubicación —ordenó Henri, sin dar pie a réplicas—.

Preséntate aquí, solo. El hombre que pretenda ser digno de Nicole tiene que tener el cuajo de aguantar lo que hay aquí dentro.

No voy a consentir que esa chica vuelva a pasar un calvario... ni ahora ni nunca.

Cortó la llamada.

Me quedé petrificado en la penumbra del salón unos instantes.

Dejé el móvil dentro del bolso y regresé a la cama, debatiéndome entre intentar dormir o seguir custodiando el descanso de la mujer que no busqué en su día, pero por la que me partiría el pecho cada jornada para verla a salvo a mi lado.

Para construir una vida en paz con ella.

«El hombre que pretenda ser digno de Nicole tiene que tener el cuajo de aguantar lo que hay aquí dentro».

Tumbado junto a la mujer que llevaba en sus entrañas a mi hijo —la misma que aún no me dejaba pautarle un seguimiento médico tradicional, pero que estaba dispuesta a intentarlo, un paso detrás de otro—, tomé una decisión.

En cuanto el móvil vibrara con la ubicación de JP, iría a demostrarles a los amigos de Nicole que no había un hombre sobre la faz de la tierra más preparado para estar a su lado y partirse la cara por su familia.