Yo no Quería Tener Hijos Capítulo 17
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Capítulo 17

Adriano

Una versión antigua de mí contemplaba lo que estaba viviendo en ese instante y no se reconocía. ¿Era lo sensato? ¿Tenía que confiar a ciegas en aquella mujer, dar por sentado que esa criatura era sangre de mi sangre?

La duda se desvanecía a cada roce, con cada permiso tácito que me concedía Nicole al sobreponerse a su propio espanto para hacerme partícipe.

Apliqué una nuez de gel conductor sobre su vientre y le tendí la sonda cilíndrica.

—Toma.

Abrió los ojos y frunció el entrecejo, mirándome las manos.

—¿Qué? Yo no sé manejar este trasto.

—Te enseño; tú eres la dueña de tu cuerpo —rebatí con tacto, deslizándole el mango del transductor entre los dedos largos—. Tú lo vas a posar sobre la piel. Tú vas a graduar la presión. Yo solo voy a poner la mano sobre la tuya para guiar la inclinación y dar con el foco del corazón.

Nicole se quedó mirando el aparato unos instantes. Poco a poco, el tembleque de las yemas se le fue templando. Extendió el gel sobre el vientre con el cabezal, dejando escapar un suspiro breve al comprobar que el líquido estaba templado, apenas desentonando con su propia temperatura corporal.

Me arrimé un poco más y posé mi mano, grande y cálida, sobre el dorso de la suya. El contacto le cortó la respiración, pero no hizo el menor ademán de apartarse. Nuestros dedos se entrelazaron alrededor del plástico mientras yo giraba la rueda lateral para encender el dispositivo.

Un chasquido de estática inundó el silencio del salón.

—Muévelo despacio, hacia la izquierda, justo por debajo del ombligo —le indiqué en un murmullo muy cerca de la oreja.

Nicole desplazó la sonda con tiento. El frote rugoso reverberaba en el altavoz. Durante casi un minuto solo se escuchó el soplo acompasado y denso del flujo de la arteria materna, con el vaivén pausado de las olas de la orilla.

—¿Y bien?

—Calma, todavía no hemos dado con la zona.

—A ver si va a estar averiado —farfulló, con un poso de angustia mal disimulada—. ¿Y si le pasa algo? ¿Y si...?

—Hay un abanico enorme de explicaciones si no lo cazamos a la primera. —Crucé una mirada con ella, sin perder de vista la tripa—. Ahora mismo solo te puedo asegurar que... Un pelín más abajo. Eso es. Justo ahí.

Le tembló el pulso, pero sostuve el movimiento con firmeza.

De golpe, la estática se quebró ante un latido nuevo.

Rápido. Galopante. Rotundo y enérgico, como tantos otros corazones que había auscultado en mis años de medicina. No: este sonaba infinitamente más vivo.

Tum-tum-tum-tum-tum-tum-tum-tum...

La pantalla arrojaba ciento cincuenta latidos por minuto de pura fuerza vital.

El sonido barrió la estancia, colmando cada rincón con una presencia atronadora. Fascinado: no cabía otra palabra para describir cómo me sentía en ese segundo.

Nicole soltó el aire de golpe, con la boca entreabierta por el impacto.

Se le dilataron los ojos, hipnotizada ante el visor digital que corroboraba la taquicardia fetal, antes de que las lágrimas rompieran a manar, empapándole las mejillas hasta gotearle en la barbilla.

Perdió la fuerza en la mano sobre el transductor, pero la mía mantuvo la sonda bien fijada en el sitio, custodiando aquella sinfonía milagrosa.

—¿Eso significa... que es el corazón? —preguntó.

—Sí, es el corazón; y todo apunta a que está como un roble —contesté, metiendo en cintura el entusiasmo para no abrumarla.

Había pasado media vida escuchando cómo se ralentizaban los trazados en los monitores de la UCI, aprendiendo a guardar silencio ante el desenlace de los enfermos terminales; y ahora me descubría totalmente desarmado ante semejante pistoletazo de salida.

Ahí no pintaba nada el rigor aséptico: era la vida abriéndose paso.

Una vida que era mitad suya y mitad mía, dinamitando de un plumazo todos nuestros miedos al porvenir.

Aguardé unos segundos más antes de apagar el aparato. Tomé la toalla y le limpié el abdomen a conciencia, con suma delicadeza, volviendo a cubrirle el vientre con el tejido de la camiseta.

Nicole se llevó las manos a la cara, tomando aire hondo, conteniendo el llanto mientras se serenaba con una inspiración honda y una exhalación lenta. No me quedaba otra opción que ser ese punto de apoyo que tanto me había esmerado en pulir en cada despedida en planta.

Me subí al sofá, sentándome a su lado, y me traje el cuerpo trémulo de Nicole hacia mi regazo.

No opuso resistencia. Al revés: se giró de costado, hundiendo el rostro en el hueco de mi cuello y rodeándome los hombros con los brazos con una fuerza desesperada.

La estreché contra mi pecho, acariciándole la espalda con pasadas suaves, arropando cada bocanada de aire como quien custodia el tesoro más valioso sobre la faz de la tierra.

—Hay un bebé dentro de mí.

—Sí, lo hay.

—¿Cómo va a salir? —Me apretó con fuerza—. ¿Cómo va a sobrevivir?

—Eres mucho más fuerte de lo que crees, Nicole.

—Soy un fraude con patas, todo va a salir como el culo...

—Y yo estaré a tu vera corrigiendo cada paso en falso, hasta que todo salga a pedir de boca.

Levantó la cara, se sorbió la nariz y sacó arrestos para no desmoronarse del todo delante de mí. Teníamos los rostros a escasos centímetros. Sus manos treparon de mis hombros a mis mejillas; los dedos me acariciaron la línea de la barba y no pude evitar sonreír.

—Estás como una regadera, ¿lo sabías?

—¿Yo? ¿Por qué?

—Te ha dado por quedarte con una tía que se llama exactamente igual que tu ex.

—¿Ah, sí? —bromeé, y ella puso los ojos en blanco—. Ahora mismo estoy centrado en otra cosa.

—¿En ser un buen... padre?

—En conquistar a la mujer que cayó en mi cama, pero que necesita amor para quedarse en mi vida.

—No hace falta que me digas que me quieres; no me lo creo.

—El amor se construye. Pero también está el que elegimos. —Le acaricié la cabeza y le deslicé los dedos por el pelo—. Ya no estás sola.

—No sé si eso es una mala noticia para ti o para mí.

—Lo iremos viendo juntos.

—Pues cállame la boca antes de que suelte otra bordería.

Incliné la cabeza y la besé, sellando una promesa mucho más honda que cualquier confesión.

El beso arrancó despacio, salado por las lágrimas que había intentado frenar sin éxito, y fue ganando intensidad a medida que Nicole entreabría los labios para acogerme, apasionado a cada respiración.

Su lengua buscó la mía con una entrega desprovista de corazas, con un calor maduro y urgente que devoró la última brizna de duda entre nosotros.

Mis manos bajaron hasta su cintura, estrechándola todavía más contra mí, hasta sentir el ardor de su cuerpo fundirse con el mío.

Nicole soltó un suspiro contra mi boca, enredando los dedos en mi pelo, atrayéndome con una pasión que me desbocó el pulso al compás del latido del bebé.

Nos quedamos así, abrazados en la penumbra del salón, besándonos entre susurros y bocanadas cortas de aire, sellando en silencio el pacto de que, sin importar la dimensión del miedo o las sombras del pasado, plantaríamos cara a lo que viniera juntos, sencillamente porque habíamos elegido darnos una oportunidad.

Elegimos ese territorio ignoto que solo la vida sabe ponerte por delante.

El ambiente entre los dos se volvió espeso, cargado de esa urgencia carnal que nos habíamos empeñado en maquillar desde el mismo instante en que crucé el umbral de su piso.

Nicole pasó una pierna por encima de mi cadera, acomodándose en mi regazo con la soltura de quien por fin se rinde a la evidencia de la piel.

Aparté mi boca de la suya apenas una fracción de segundo, sosteniendo mi frente pegada a la suya mientras nuestros alientos entrecortados se mezclaban.

—Nicole... ¿estás segura?

—Como te pares ahora, Adriano, te tiro por la ventana a ti y a tu aparatito —me amenazó con la voz entrecortada, con las pupilas dilatadas mientras sus manos bajaban de mi cuello al bajo de mi camisa para tirar de la tela hacia arriba.

Sonreí y la ayudé a desvestirme, dejando caer la prenda sobre la alfombra. El contraste de mi cuerpo caliente contra el suyo le arrancó un gemido sordo. Nicole me clavó las uñas en los hombros, notando cómo la tensión de mis músculos cedía por completo ante su contacto.

Le sujeté el dobladillo de la camiseta holgada y se la fui subiendo despacio. Nicole alzó los brazos, permitiendo que la prenda saliera por la cabeza. Sin ataduras, su cuerpo reflejaba con orgullo los cambios de la gestación y la curva rotunda del vientre dibujaba un relieve precioso sobre el sofá.

Le posé la palma abierta sobre el vientre, sintiendo el calor vivo de su piel, y ascendí despacio en una caricia pausada. Nicole arqueó la espalda, echando la cabeza hacia atrás con un suspiro ronco.

—Estás preciosa —murmuré, bajando la boca por su cuello, mordisqueándole la curva del hombro hasta alcanzar la piel sensible del escote.

—Me siento pesadísima, Adriano...

—Estás perfecta.

La besé con devoción y parsimonia mientras mi mano descendía hacia la cinturilla de su pantalón corto. Nicole me hundió los dedos en el pelo, atrayéndome hacia ella con un apremio que casi me hizo perder el sentido.

Se incorporó apenas un instante para que terminara de despojarla de la ropa. Deslicé las prendas por sus piernas con agilidad, liberándola de cualquier barrera. Nicole se quedó expuesta ante mi mirada, vulnerable pero con un brillo en los ojos que desafiaba cualquier resquicio de miedo.

Me puse en pie para quitarme los pantalones a toda prisa, devorado por el deseo. La mirada de Nicole me recorrió despacio, midiendo cada centímetro antes de volver a clavarse en mis ojos con una media sonrisa retadora.

Hice que se acomodara de nuevo y me situé de rodillas frente a ella. Le posé la mano en el muslo, abriendo espacio con suavidad, y busqué su calor más íntimo. Soltó un suspiro trémulo en cuanto la acaricié; estaba encendida, entregada y lista para recibirme.

—¿Llevas preservativo? —susurró, con un deje de ironía y deseo a partes iguales.

Sonreí, inclinando el cuerpo hacia delante hasta rozar su entrada.

—Creo que esta noche no nos hace falta pensar en precauciones, Nicole. Las consecuencias de nuestra falta de cuidado ya se han convertido en nuestro mejor regalo.

—Qué conveniente para ti —repuso mordiéndose el labio inferior en cuanto busqué el contacto, haciéndole notar mi cercanía—. No me hagas rabiar, Adriano. Demuestra lo que vales.

No necesité que me lo dijera dos veces.

Le sujeté la cadera con firmeza, cuidando la curvatura de la tripa, y me uní a ella por completo. Su calidez me envolvió de golpe. Dejé escapar un gemido bronco contra su boca, cerrando los ojos al sentir cómo su cuerpo me acogía sin reservas.

Nicole contuvo el aliento, me clavó las uñas en la espalda y entreabrió los labios, desbordada por la sensación.

—Adriano...

—¿Te duele? ¿Quieres que pare?

—Ni de coña —susurró, rodeándome la cintura con las piernas y atrayéndome aún más contra sí—. Es perfecto. Sigue.

Nos dejamos llevar por un compás acompasado y hondo. El roce constante y las respiraciones desbocadas llenaban el silencio del salón. Nicole gemía bajito a cada vaivén, entregándose por entero, sin barreras, sin fingimientos, sin esa armadura que tanto se empeñaba en cargar a cuestas.

Apoyé una mano en el respaldo del sofá para descargar el peso de mi cuerpo mientras la otra se posaba en su vientre, acompañando cada movimiento.

La caricia le arrancó un suspiro entrecortado; en su mirada brillaba una mezcla de placer absoluto y una entrega emocional que jamás habíamos compartido hasta esa noche.

El ritmo fue ganando intensidad, encontrando el ángulo exacto que le robaba el aliento.

Nicole se arqueó en mis brazos, desbordada por una marea incontenible que la sacudió de arriba abajo.

Su éxtasis me arrastró en el acto: me aferré a la madera del sofá y me vacié en ella por completo, dejándome llevar por el latido de todo lo que llevaba meses guardándome dentro.

Me incliné hacia delante con cuidado, apoyando los antebrazos a ambos lados de su cabeza para no ejercer presión sobre la barriga. El pecho nos subía y nos bajaba al unísono, bañados en una fina película de sudor, con los corazones galopando en la misma sintonía.

Nicole me llevó la mano a la cara, apartándome los mechones pegados a la frente. Había una serenidad limpia y desarmada en sus facciones que jamás le había visto.

—Tenías razón —susurró, con el aliento aún pesado rozándome los labios.

—¿En qué?

—En lo de las consecuencias. —Sonrió débilmente, bajando los dedos por mi torso hasta posarlos sobre su vientre—. A lo mejor no fue un error, sino un regalo.

Le besé la punta de la nariz y luego los labios con una calma infinita, estrechándola contra mí mientras el silencio de la noche nos servía de cobijo. Ya no éramos dos extraños huyendo del pasado: éramos una familia, y no pensaba moverme de su lado jamás.

Si deseas ajustar algún matiz de este pasaje o continuar con otro fragmento o proyecto, dime y lo trabajamos.