Yo no Quería Tener Hijos Capítulo 16
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Capítulo 16

Adriano

En la antesala de la segunda planta del Hospital Pitágoras, donde las mamparas de la galería fotográfica iban cobrando forma bajo la batuta técnica del equipo de Nicole, el ambiente parecía vibrar en una frecuencia distinta.

Estaba de vuelta. Había cumplido a rajatabla la pauta de reposo de cuarenta y ocho horas, ni un minuto más ni un minuto menos.

Llevaba puesta de nuevo la coraza de empresaria, aunque con un aplomo más sosegado.

Su rostro también desprendía una luz diferente, un atisbo de serenidad, sin perder del todo el recelo ni la rigidez de antaño.

Nuestras miradas se cruzaron en tres ocasiones a lo largo de la mañana. Opté por no incordiarla, consciente de que el hospital formaba parte de sus mayores fobias, pero me mantuve al quite de cada uno de sus pasos.

Ella no apartó la vista como la semana anterior.

Tampoco sostuvo esa pose desafiante de quien aguarda una embestida.

Se limitó a asentir con una leve inclinación de cabeza, con una comisura dibujando un gesto casi imperceptible de complicidad que traía de vuelta el eco de lo compartido en el box del bloque B.

Había una tregua tangible, era evidente; pero también la corriente subterránea de un beso que ninguno de los dos parecía dispuesto a archivar en el olvido.

Al caer la noche, en cuanto rematé la guardia y pasé revista al último paciente antes de hacer el traspaso al médico entrante, abandoné el hospital con la cabeza en cualquier parte: pensando en ella, pero también en la criatura que venía en camino.

Me metí en el coche y me quedé mirando la pantalla del móvil unos segundos. Busqué el contacto de Nicole y le di a llamar, con el corazón a punto de salírseme por la boca. La última vez que había experimentado semejante tembleque en las entrañas debía de rondar los años del instituto.

—¿Diga? —contestó ella.

—Nicole, ¿cómo estás? Soy Adriano.

—Sí, hola —susurró al otro lado.

—Sé que es tarde, pero... ¿podríamos vernos?

—¿Quieres subir a mi piso? Es decir... bueno...

—Te he entendido; subo para allá. Solo quiero que hablemos, no pienso forzar la máquina.

—De acuerdo; le dejo dicho al portero que te dé paso.

Colgó la llamada y me quedé unos instantes con la vista fija en el teléfono, firmando la paz conmigo mismo, asumiendo que tenía todo el derecho a cambiar de opinión, a desear un hijo hoy cuando me había pasado media vida pregonando que jamás querría descendencia.

¿Hacía falta buscarle una justificación milimétrica a mis impulsos? Al fin y al cabo, me estaba dejando llevar por lo que sentía.

Arranqué, encendí la radio del coche y conduje rumbo a la casa de Nicole, haciendo solo un pequeño alto en el camino.

Bad Wolves – Lifeline

Aparqué frente al portal, me identifiqué en conserjería y subí en el ascensor principal notando el calado insólito de lo que estaba a punto de plantearle.

Toqué el timbre dos veces.

Nicole abrió la puerta a los pocos segundos. Una camiseta blanca holgada, las piernas desnudas y la melena suelta dejaban ver a una mujer muy distinta de la que conocía en el hospital. Sin embargo, su postura distendida se tensó de golpe al advertir la bolsa que llevaba al hombro.

El recelo se le encendió en la mirada en el acto.

—Buenas noches, Nicole —saludé con un hilo de voz pausado, dando un paso atrás para respetar su espacio vital—.

He traído un aparato para escuchar el latido del corazón; una conversación entre nosotros tres, si me permites llamarlo así.

No es nada invasivo ni duele lo más mínimo.

Pero... si te abruma, dejo la bolsa aquí fuera en el rellano y charlamos sin más.

Miró de la mochila a mis ojos, mordiéndose el labio inferior por una esquina. Noté su vacilación, esa vieja coraza librando un pulso con la curiosidad, hasta que tomó aire hondo y se apartó para dejarme paso.

—Como me dé un parraque, tiro esa mochila por la ventana. ¿Te haces cargo del riesgo?

—Trato hecho. —Sonreí, aliviado al ver que se permitía bromear—. Pasa. Tengo helado. ¿Te apetece?

—No, gracias.

Entré y empujé la puerta suavemente a mis espaldas, viéndola coger la tarrina de helado para arrellanarse en el sofá. Abrí la mochila y caminé hacia ella para sentarme a su lado.

—¿Qué tal el día? —pregunté, con verdadero interés por escuchar de sus propios labios lo que ya había deducido vigilándola a distancia.

—Con algo de náuseas por la mañana, pero los líquidos bien fríos y las cosas dulces me lo calman bastante.

—Convendría que...

—Ni se te ocurra soltarme el mitin de la comida sana: no estamos en una consulta y tú no eres mi médico de cabecera. Mi única prioridad ahora mismo es no perder los papeles.

—Tienes toda la razón. —Extraje el Doppler fetal portátil, compacto, provisto de pantalla digital, junto con el bote de gel conductor y dos toallas de algodón limpias—.

Esto no es más que un amplificador acústico de ondas sonoras; se coloca sobre la piel de la tripa y lo único que vas a notar es frío en la zona, porque la sonda es metálica.

Clavó los ojos en el cilindro, tragó saliva y sacudió la cabeza en un gesto rotundo.

—¿Y para qué sirve eso?

—Para escuchar el latido del corazón del bebé.

—¿Y para qué? —Torció el gesto pestañeando varias veces seguidas mientras yo fruncía el entrecejo—. No me mires con cara de reproche, que no es falta de empatía: es que no me da la cabeza para más. Tenía este tema completamente desterrado de mi vida desde... desde hace una eternidad.

—¿Quieres hablar de esa eternidad? —Bajé el aparato sobre las rodillas; ella volvió a negar con la cabeza.

—No.

—Nicole...

—Sí, soy una tía complicada. Sí, voy a seguir reaccionando así, tengas tú paciencia o se te acabe la cuerda.

Vamos, que te puedes bajar del barco en cualquier momento si quieres.

—Se metió una cucharada de helado en la boca y tomó aire con fuerza; verla tan crispada me encogía el pecho: allí había una herida profunda—.

Yo... el crío... —Se puso en pie de golpe—. Se acabó el helado.

—Escuchar los latidos es una de las maneras más sencillas de comprobar el bienestar fetal. Como todavía no has empezado las revisiones ginecológicas...

—¿Podemos ahorrarnos los tecnicismos?

—¿Cuáles? —Apreté los labios para contener una sonrisa; ella volvió a sentarse a mi lado con un resto de helado en la barbilla.

—¿Qué miras? Que no estoy en mis cabales ya lo sabías de sobra.

—Con permiso. —Alargué el brazo, le toqué la barbilla y deslicé la yema del pulgar para limpiarle la gota.

Se quedó petrificada un segundo, para soltar después un bufido resignado—.

Tenías una mancha de helado y... —Me llevé el pulgar a los labios; ella se inclinó hacia delante y selló su boca contra la mía.

Soltamos un suspiro al unísono, un alivio compartido, una tregua reconfortante.

—Me gusta cómo besas —murmuró rozándome los labios antes de recostarse de nuevo en su rincón del sofá.

Le brillaban los ojos—. Y estoy así de desquiciada: a ratos me dan ganas de mandar todo a paseo y a ratos solo necesito un buen orgasmo.

La pura verdad es que se siente exactamente igual que llevar una trompa de campeonato, pero estando completamente sobria.

—Puede que tengas una pequeña revolución hormonal.

—Chitón. —Me plantó el índice sobre los labios—. Nada de jerga médica. Odio a los médicos, ¿te lo había dicho?

—A mí no me odias.

—A tu bata blanca desde luego que sí. —Me quitó el aparato de las manos—. A esto lo vamos a llamar «móvil inteligente».

—Por mí perfecto.

—¿No vas a rechistar? Te veo demasiado dócil.

—Creo que los dos nos llevamos una primera impresión bastante equivocada. —Me agaché de rodillas en la alfombra—. Ponte cómoda y levántate la camiseta cuando estés lista.

—Vas a tener que currarte un poco más la seducción, Adriano.

Me mordí el labio inferior y acorté la distancia con su cara; sus manos finas me acunaron las mejillas y volvimos a besarnos, con más calma, con una intimidad desarmante.

Nicole fue resbalando sobre los cojines del sofá; dejé que marcara ella el compás hasta que suspiró y deshizo el contacto, quedándose con los ojos cerrados.

Se llevó las manos al dobladillo de la camiseta y se la alzó despacio, dejando a la vista un vientre redondeado y un pantalón corto ceñido.

Ver aquella curva a la luz tenue del salón me cortó la respiración durante un segundo. La ciencia médica era capaz de explicar cada milímetro de esa distensión de tejidos, pero el hombre que latía bajo mi piel sentía el peso sagrado de saber que nuestro hijo estaba creciendo justo ahí.

Dios santo: iba a ser padre, y la mujer que lo llevaba dentro era infinitamente más de lo que jamás me habría atrevido a pedirle a la vida.