Yo no Quería Tener Hijos Capítulo 14
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Capítulo 14

Adriano

El goteo del suero fue espaciándose hasta que la última burbuja resbaló por el tubo de plástico.

Durante los cuarenta minutos que tardó en vaciarse el frasco, el box permaneció sumido en un silencio denso, rasgado únicamente por el zumbido sordo del climatizador y la respiración contenida de Nicole.

No me soltó la mano en ningún momento. Mantuvo los dedos entrelazados con los míos con una fuerza vacilante, como quien se agarra a una maroma sobre el abismo sin tener la certeza de si aguantará el nudo.

Me puse en pie despacio para no sobresaltarla, tomando la gasa con alcohol y el esparadrapo de papel de la bandeja metálica.

—Ya ha pasado —le avisé en un susurro—. Voy a retirarte la vía ahora mismo. No hace falta que mires.

Nicole volvió la cara hacia la pared contraria en el acto, apretando los párpados y encogiendo los hombros. Respiraba por la boca abierta, con el pecho subiendo y bajando a un ritmo entrecortado que delataba la guerra interna que libraba para no entrar en pánico ante otra aguja.

Le sujeté el antebrazo con la mano izquierda, afirmando la presa para darle estabilidad.

—Toma aire despacio, Nicole. Suéltalo poco a poco. Estás a salvo.

Despegué las tiras adhesivas con cuidado para no darle tirones en la piel, presioné el apósito seco justo sobre el punto de punción y extraje el catéter con un ademán fluido y certero. Nicole dejó escapar un jadeo tenso, clavando las uñas de la otra mano en la sábana bajera.

—Ya está —murmuré, fijando el vendaje con dos tiras cruzadas—. Listo.

Nicole despegó los párpados lentamente. Se miró el brazo limpio, liberado de cables y soportes de gotero, y soltó una bocanada larga y temblorosa, igual que quien sale a la superficie tras un buceo en aguas heladas.

Tenía las mejillas menos cenicientas; el rubor regresaba despacio a unos labios que antes lucían secos y descoloridos.

—Tengo que marcharme —dijo con la voz rasgada, amagando con descolgar las piernas por el lateral de la camilla.

—Despacio. Apoya primero las suelas en el suelo. Sin prisas, no te vaya a dar otra bajada de golpe.

Me arrimé a ella, abriendo los brazos por si le fallaba el equilibrio.

Nicole se deslizó por el borde del colchón y los tacones hicieron contacto con el suelo.

En cuanto intentó cargar el peso sobre las piernas, las rodillas se le doblaron un milímetro hacia dentro, traicionadas por un mareo residual que le venció el torso hacia delante.

Le pasé los brazos por la cintura en el acto, atrayéndola con firmeza contra mi pecho antes de que se fuera de bruces. Nicole chocó con suavidad contra mi cuerpo y me plantó las palmas sobre los hombros por puro acto reflejo para no desplomarse.

El impacto fue fulminante, rotundo y mudo.

Esa coraza inexpugnable tan suya pareció desmoronarse durante una fracción de segundo.

Nicole no retrocedió. No se puso a chillar pidiéndome que le quitara las manos de encima.

Con un suspiro que sonó a rendición incontestable, apoyó la frente en el hueco de mi clavícula, hundiendo el rostro en la tela de mi pijama quirúrgico azul.

Percibí el calor de su piel, el temblor sutil que aún le sacudía los hombros y la fragilidad desgarradora de una mujer que llevaba demasiado tiempo empeñada en levantar una catedral a pulso sin pedirle un cuarto al tendero.

Le apreté los brazos alrededor de la espalda, sosteniéndola por completo. Le subí una mano hasta la nuca, enredándole los dedos en los mechones sedosos que escapaban del moño.

—Aquí estoy —le susurré al oído, sintiendo el latido desbocado de su carótida martilleando contra mi mandíbula—. Si te vienes abajo, yo te sujeto.

Nicole tomó una bocanada honda; el vaho ardiente de su respiración me rozó el cuello, arrancándome un escalofrío que me encogió el estómago de golpe. Levantó la cara despacio.

Nuestros ojos colisionaron a escasos centímetros.

No quedaba ni rastro de la armadura, ni de los cuchillos afilados con los que se empeñaba en poner tierra de por medio.

Tenía la mirada empañada, indefensa, destilando una vulnerabilidad tan pura que parecía un grito de auxilio sin palabras.

Entreabrió los labios trémulos, encendidos por el flujo de sangre que volvía a circular con fuerza.

El recuerdo de la habitación 412 no regresó como un fantasma del pasado: prendió como una brasa viva, palpitante. Su olor —no el desinfectante del hospital, sino aquel perfume cítrico y cálido fundido con su propia piel— devoró cualquier brizna de oxígeno que quedara en la habitación.

El destino habría jugado sus cartas con mala leche, pero era la pura atracción física y esa afinidad sin nombre lo que nos mantenía imantados cuatro meses después.

Le deslicé la mano de la nuca a la mejilla; la yema áspera de mis dedos le acarició el pómulo con parsimonia, dándole todo el margen del mundo para apartarse si le venía en gana.

Nicole no movió un músculo. Bajó la vista hacia mi boca y me volvió a buscar los ojos, formulando una petición que no admitía debate.

Incliné la cabeza y le cubrí los labios con los míos.

El primer contacto fue contenido, blando, una toma de contacto prudente entre dos personas que llevaban semanas haciéndose sangre en la distancia. Pero en cuanto su boca cedió a la presión de la mía con un gemido ahogado contra mis labios, las compuertas reventaron de cuajo.

La estreché aún más contra mi cuerpo, devorándole la boca con un hambre voraz que ni yo mismo era consciente de llevar reprimiendo cuatro meses enteros.

Su lengua rozó la mía con cautela al principio, para responder de inmediato con un ímpetu desesperado, vivo, casi abrasador.

Nicole me llevó las manos al pelo, enredándome los dedos largos en la coronilla, pegándose a mi pecho como si aquel beso fuera el único clavo ardiendo en mitad de un mundo que se le caía a pedazos bajo las suelas.

Había regusto a menta fresca, lágrimas secas y una corriente eléctrica tan pura que el corazón me retumbó en la garganta.

Durante unos segundos que suspendieron el tiempo, dejamos de ser el facultativo y la empresaria de éxito; dejamos de ser los testigos mudos de un embarazo imprevisto.

Solo éramos un hombre y una mujer asumiendo que lo nuestro jamás fue el patinazo de una noche de copas, sino una marea demasiado brava para contenerla a base de orgullo o barricadas.

Le bajé la mano libre por la espalda hasta posarle la palma abierta en la curva de las lumbares, manteniéndola pegada a mí con posesión firme.

El beso fue perdiendo fuelle despacio, abandonando la urgencia carnal para transformarse en caricias lentas, pausadas, hasta que nuestras bocas se separaron por apenas un milímetro.

Nicole se quedó con la frente apoyada en mi barbilla, con el pecho agitándose contra mi torso y los labios húmedos y enrojecidos. Mantenía las manos sobre mis hombros, visiblemente aturdida por su propia entrega.

—Adriano... —susurró, conmovida, sin dar con las palabras para bautizar lo que acababa de pasar.

—Lo sé, Nicole —le aseguré con ternura, sin aflojar el abrazo—. No te voy a pedir explicaciones por esto. Ni por esto ni por nada.

Tragó saliva despacio y dio medio paso atrás para marcar distancia física. Tenía la cara encendida de rubor, pero el pavor de sus pupilas había mutado en un desconcierto espeso, terrenal.

—Tengo que volver a mi piso. Necesito... coger aire. Sola. Lejos de todo el mundo.

—Te acerco en un momento.

—No —cortó con firmeza, pero despojada de la aspereza de antaño—. Por favor, Adriano. Hoy no. Necesito poner en orden las ideas para digerir todo esto. Si vienes conmigo, me voy a nublar del todo.

Le sostuve la mirada, calibrando la determinación que latía tras la súplica. Imponer mi presencia ahora sería un disparate. El puente estaba tendido, pero las tablas aún eran demasiado quebradizas para cargarlas de golpe.

—De acuerdo —cedí, soltándole la cintura a regañadientes—. Pero de conducir, ni hablar. Tu coche se queda en el aparcamiento de dirección hasta mañana. Te pido un VTC y te bajo hasta la cancela principal. ¿Te parece bien?

Nicole asintió en silencio, abrochándose la chaqueta y recogiendo el bolso de la encimera.

La escolté hasta la salida lateral del hospital, guardando una distancia prudente pero a tiro para sostenerla si las piernas le volvían a fallar.

Esperé de pie en la acera a que se acomodara en el asiento trasero del coche, siguiendo con la vista los pilotos traseros hasta que el vehículo cruzó la verja y se diluyó en el tráfico de la avenida.

Desanduve el pasillo de la segunda planta con las sienes ardiendo y la boca todavía encendida por su sabor.

Pasé de largo del control de enfermería y enfilé directo al despacho de dirección. Llamé con dos golpes secos en la madera maciza y entré sin aguardar respuesta.

Matías estaba sentado tras el escritorio revisando informes, mientras Yasmin, su mujer, recolocaba una carpeta de historiales en la balda metálica. Ambos alzaron la vista al unísono, calándome el semblante antes de que pudiera colocarme la máscara de médico.

—¿Qué ha pasado, Adriano? —inquirió Matías soltando la estilográfica—. Marta me ha comentado que Nicole ha tenido un desvanecimiento en el pasillo.

Cerré la puerta a mi espalda y me acerqué a la mesa. Apoyé las palmas en el respaldo de una de las confidencias, tomando aire hondo para que no me temblara la voz.

—Está embarazada.

Se quedaron esperando a que continuara, pero el aire se me atascó en la garganta. Matías pestañeó un par de veces, estupefacto. Yasmin se quedó con la mano congelada sobre el lomo de un archivador y se giró despacio hacia mí, con los ojos abiertos como platos.

—¿Embarazada? —repitió Yasmin en un susurro atónito.

—De entre doce y dieciséis semanas —rematé, sosteniéndoles la mirada sin pestañear—. La criatura... es mía.

Matías soltó el aire despacio, recostándose en el sillón con los brazos en los reposabrazos, asimilando el calado del bombazo.

—No tenía ni idea de que os conocierais de antes.

—Es una historia larga. El problema gordo...

es que padece tocofobia —le atajé antes de que soltara cualquier juicio moral, con un tono firme y protector que me salió de las tripas—.

Pánico visceral a los hospitales, fobia a las exploraciones invasivas, a las agujas y terror ciego al paritorio.

Arrastra un trauma brutal; de ahí las salidas de tono, las crisis de ansiedad.

Yasmin avanzó dos pasos hacia la mesa; la doble faceta de enfermera de oncología y de mujer bregada en años de agresivos tratamientos contra la leucemia tomó el mando de la conversación. En sus ojos no había reproche: solo una comprensión lúcida y sin adornos.

—Por lo que intuyo, no estáis juntos como pareja, pero os va a tocar ejercer de padres de esa criatura que viene de camino.

—Tal cual. Y pienso responder hasta las últimas consecuencias.

—Nicole no va a aguantar el protocolo ginecológico estándar de una consulta al uso, Adriano —sentenció Yasmin con voz pausada—: A la que sienten a esa chica en un potro de exploración con un desconocido dándole órdenes y programándole pruebas en frío, le va a dar un brote psicógeno o va a salir por patas. Si no algo peor.

—Por eso mismo he venido a buscarte —repuso, mirándola de frente—.

Yo no puedo asumir el papel de su ginecólogo, pero me niego en redondo a que nadie pase por encima de la autonomía de Nicole ni pisotee sus límites.

Me gustaría contar con tu ayuda, Yasmin.

Para acompañarla, hablar con ella y plantearle todas las opciones que tenemos sobre la mesa para llevar este embarazo sin que se convierta en una tortura china a cada segundo que pase.

Yasmin me escrutó unos instantes, reconociendo la determinación absoluta que me ardía en los ojos. Una media sonrisa templada y cómplice le asomó a los labios.

—¿Y esto lo ha pedido ella, o ya estás tú planificándole la vida por tu cuenta?

—Maldita sea. —Cerré los párpados un segundo; había dado en el clavo—. Me puede la deformación profesional de ir por delante de los acontecimientos. Quédate con la idea en la recámara; se lo plantearé yo mismo.

—¿Se fía de ti, Adriano?

Me vino a la cabeza la respiración de Nicole abrasándome la clavícula, la presión de sus dedos en mi pelo y la entrega absoluta de su boca en la sala de curas.

—Le aterra dar el paso —admití con el corazón en la mano—. Pero hoy... hoy hemos abierto una rendija. Y pienso mover cielo y tierra para que esa puerta no vuelva a cerrarse.

—En ese caso, cuenta conmigo.