Yo no Quería Tener Hijos Capítulo 13
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Capítulo 13

Nicole

Una luz blanca e hiriente me inundó la vista antes de que lograra despegar los párpados del todo. El aire que me entraba por la nariz era gélido, seco, cargado de ese inconfundible hedor a desinfectante hospitalario que me revolvía las tripas.

Intenté levantar el brazo derecho para taparme la cara, pero un tirón punzante en la flexura del codo me frenó en seco.

Miré de reojo. Un tubo de plástico transparente nacía de una vía periférica canalizada en mi vena, fijada con tiras de esparadrapo blanco, por la que caía una solución cristalina a goteo continuo.

Junto a la camilla, el compás monótono y estridente de un monitor de constantes traducía en pitidos el ritmo desbocado de mi corazón.

Hospital. Camilla. Agujas clavadas en mi carne.

—No... —murmuré.

El pánico me embistió como una locomotora desbocada, barriendo cualquier resto de sopor de un plumazo.

Alargué la mano izquierda libre hacia el catéter, dispuesta a arrancarme aquel plástico de las entrañas antes de que volvieran a avasallarme el cuerpo.

Pero, antes de que las uñas alcanzaran el apósito, unos dedos firmes y calientes me envolvieron la muñeca, frenando el ademán con una precisión milimétrica: me impidió zafarme sin llegar a hacerme daño con una fuerza desmedida.

—Quieta, Nicole. Te vas a destrozar el brazo y te vas a desgarrar la vena.

La voz grave y pausada surgió de la penumbra junto a la cabecera.

Giré la cara de golpe. Adriano estaba de pie al lado de la cama.

Se había despojado de la bata blanca y solo vestía el pijama quirúrgico azul marino, con el torso inclinado hacia mí.

Tenía aspecto de no haber dormido en horas, pero se mantenía en guardia absoluta.

En sus ojos brillaba tanto desconcierto como el que me nublaba la mente a mí, como si tuviera entre manos el diagnóstico más espinoso de toda su carrera médica.

Tiré del brazo contra su agarre, boqueando en busca de aire; las paredes del box parecían cerrarse sobre mi cabeza.

—¡No quiero esto, suélteme! —le ordené; la voz me salió rota, chirriante—. Quíteme esto del brazo. Me largo de aquí ahora mismo.

—La tensión te ha caído en picado a ochenta cincuenta.

Te has golpeado el hombro y te has desplomado redonda delante de todo el equipo de montaje —me explicó sin alzar la voz, sin aflojar la presa en mi muñeca hasta tener la certeza de que no volvería a tirar de la vía intravenosa—: Estás deshidratada y con una hipoglucemia de caballo.

Te hacen falta al menos quinientos mililitros de este suero antes de amagar con ponerte en pie, o volverás a doblarte en cuanto apoyes las suelas en el suelo.

—¡Ese es mi puto problema! Yo no le he dado permiso para ingresarme, ni para ponerme la mano encima, ni para obligarme a meterme...

—Hice fuerza con la espalda contra el colchón para incorporarme, pero el box entero dio un giro brusco de noventa grados en una marea grisácea que me obligó a apretar los párpados y dejar caer la cabeza en la almohada con un gemido ahogado.

—Nicole, deja de pelear, por favor; es solo suero salino, algo tan inocuo que se lo pautamos a un recién nacido.

No estás en una trinchera, aquí nadie va a hacerte daño.

Créeme, te lo pido por lo que más quieras: no voy a tocarte un pelo —me rogó.

Al fin aflojó la presión en mi muñeca y deslizó la palma despacio hasta cubrir con templanza mi mano temblorosa, abrigándome los dedos helados—.

No te he ingresado. Estamos en el box de observación rápida del bloque B. No hay nadie más que tú y yo.

Abrí los ojos muy despacio, tragándome la bilis amarga que pugnaba por salir.

Tenerlo ahí tan cerca, sosteniéndome los dedos sin el menor asomo de brusquedad, me mantenía en una alerta insoportable.

Tenía la blusa ejecutiva abrochada, pero el faldón asomaba ligeramente por fuera de la cinturilla del pantalón de pinzas.

Un latigazo de espanto me recorrió el espinazo.

“La exploración física...”

Me vinieron en tropel las conversaciones que solía escuchar en los pasillos sobre los protocolos de urgencias. Cuando un paciente pierde el conocimiento, lo revisan todo. Tocan. Auscultan. Palpan.

Retiré la mano izquierda con un latigazo brusco, me subí la sábana blanca hasta la barbilla y le clavé una mirada desencajada; el corazón me latía tan desbocado que el monitor que tenía al lado aceleró la cadencia de sus pitidos.

Adriano no pestañeó. Me sostuvo la mirada con serenidad, tomó aire hondo y apoyó ambas palmas en el borde del colchón, inclinando la cabeza en un gesto de absoluta vulnerabilidad.

—He tenido que palparte el abdomen en cuanto te trajeron inconsciente, Nicole. Tenía que descartar una hemorragia interna provocada por el golpe o que viniera de antes.

Me quedé sin pestañear. La estancia pareció quedarse sin una sola molécula de oxígeno en una décima de segundo.

—¿Usted... qué?

—El fondo uterino te llega casi a la altura del ombligo —soltó con tono aséptico, sin pizca de reproche, pero con la contundencia inapelable de un informe clínico—: Firme, perfectamente delimitado y aumentado de tamaño.

Si tuviera que mojarme, diría que estás de entre doce y dieciséis semanas de gestación. Cuatro meses.

Apreté los párpados con rabia, notando cómo un ardor asfixiante me trepaba desde el cuello hasta las mejillas.

La vergüenza. La humillación descarnada de ver mi intimidad expuesta sobre la mesa de aquel hombre.

Las lágrimas que llevaba días conteniendo reventaron la presa de golpe, resbalando calientes y mudas por mis sienes hasta perderse en el nacimiento del pelo.

El silencio en el box caía a plomo; me sentía hundiéndome en un pozo de aguas negras.

Esperé el zarpazo. Aguardé la reprimenda que me habría soltado cualquier hijo de vecino.

Estaba convencida de que me miraría por encima del hombro con la suficiencia del que sentencia: «Intenté darte la pastilla a la mañana siguiente y me montaste un pollo de campeonato.

Ahora te fastidias, la culpa es tuya». Esperaba que pensara que le había ocultado el embarazo adrede, que le estaba tendiendo una trampa o que solo era otra cría insensata incapaz de cuidar de su propio cuerpo.

Apreté los ojos con más fuerza todavía, mordiéndome el labio inferior hasta sacarme el regusto metálico de la sangre.

—Suéltelo ya —murmuré, con la voz rota por un sollozo seco que fui incapaz de frenar.

—¿Que suelte el qué?

—¡Lo que se le está pasando por esa cabeza!

—estallé, abriendo unos ojos encendidos en cólera para encararlo a través del velo de mis lágrimas—.

¡Dígame que he sido una inconsciente! ¡Que rechacé la puñetera pastilla que bajó a comprarme a la farmacia porque soy una histérica de mierda!

¡Suélteme que soy su peor pesadilla y que se huele que pretendo hacerle la cama delante de la dirección del hospital!

¡Diga que estoy chalada, que este crío no es suyo y que la culpa es mía y solo mía!

¡Dígalo de una puta vez, Adriano! ¡Es lo que soltáis siempre los tíos cuando una mujer os descuadra la vida!

Adriano parpadeó, visiblemente descolocado ante la crudeza de mi estallido. Apretó las mandíbulas durante un instante, pero la mirada no se le endureció ni un milímetro. Al revés: una sombra de tristeza honda y auténtica le empapó las facciones.

Rodeó la camilla con pasos lentos, se situó en el flanco contrario y arrastró una silla para sentarse justo dentro de mi campo visual, sin invadir mi espacio vital.

—Me tienes en tan pésimo concepto que lo único que me pide el cuerpo es borrar del mapa al malnacido que te hizo ponerte a la defensiva de esta manera. —Tomó aire despacio—. Jamás se me ha pasado por la cabeza nada de eso, Nicole. Ni por una fracción de segundo.

Su templanza me golpeó la coraza como un mazo acolchado, tambaleando toda la empalizada que me había costado tanto levantar para protegerme.

—¿A quién pretende engañar? —repliqué, sorbiéndome la nariz y limpiándome las lágrimas con la manga de la camisa—.

Me limito a analizar los hechos, la evidencia nos da en las narices: usted es un médico de renombre, un tipo inteligente; sabe de sobra que la culpa de este desmadre es mía por haber salido por piernas de esa habitación sin tragarme lo que me puso delante.

—La culpa fue de los dos —sentenció con aplomo—.

Y bastante más mía que tuya, si tenemos en cuenta que soy médico y que tenía arrestos de sobra para haber parado a tiempo lo que hicimos, pero preferí agarrarme a un clavo ardiendo.

Fuimos dos adultos que se pasaron de copas y actuaron como unos imprudentes en la cama de un hotel.

No tienes por qué cargar con esa madrugada a la espalda tú sola, como si hubieras cometido un delito penal.

Lo miré, noqueada. El derrumbe de mis prejuicios fue tan fulminante que volví a quedarme sin respiración.

—No puede estar hablándome en serio —susurré, con la fragilidad colándoseme por las rendijas de la voz sin que pudiera evitarlo—. Ni siquiera me conoce. Yo... usted... nosotros... ¿Qué demonios piensa hacer con este bebé?

Adriano desvió la vista hacia la ventana cerrada un segundo, con las manos apoyadas sobre los muslos en una actitud reflexiva. Al volver a mirarme a los ojos, se había quitado cualquier máscara.

—No te voy a maquillar las cosas: necesitas que te hable con los pies en el suelo y es lo que pienso hacer.

La paternidad no entraba en mis planes. Mi noviazgo se fue al traste porque me negué en redondo a tener descendencia con la mujer a la que...

quería. O al menos eso creía por entonces.

La rutina de esta planta me consume prácticamente todo lo que soy, y me llena.

—Prefiere entenderse con la muerte antes que con la vida.

—Es una forma de verlo. Pero eso no borra lo que hicimos hace cuatro meses, ni anula los cambios de tu cuerpo, ni la vida que se está abriendo paso en tu vientre, Nicole.

—Señaló con delicadeza hacia mi abdomen, sin amagar con tocarme—.

Lo que yo quiera o deje de querer ha dejado de estar sujeto a debate.

Y no soy un cobarde que sale por patas cuando la situación se le escapa de las manos.

Jamás he escurrido el bulto ante mis responsabilidades, ni soy tan cerrado de mollera como para mantener una postura inflexible solo por el qué dirán de quienes no están en mis zapatos.

Prefiero ser un veleta en constante cambio antes que un necio inmóvil. Yo me quedo hasta el final, Nicole.

Ese «hasta el final» me retumbó en las entrañas como un trueno sordo, resucitando el pavor que me devoraba viva desde la noche del test. Estar embarazada no era un interruptor que pudiera apagarse a voluntad, ni un contrato mercantil que se pudiera rescindir con una indemnización; conllevaba un proceso implacable, etapas biológicas que me aterrorizaban antes de alcanzar el desenlace.

—Esto no tenía que haber pasado. Fue solo una noche... —balbuceé.

—Y bastó de sobra.

—¡Lo que no le da derecho a adueñarse de mi cuerpo!

—¿Y hasta cuándo pensabas seguir ocultando el embarazo?

—¡No tengo ni la más remota idea!

—¿Por qué te aterra tanto la idea de estar embarazada?

—¡Porque soy incapaz! —Me tapé los ojos con el antebrazo, sintiendo cómo el pecho se me convulsionaba en un llanto amargo, desgarrado, sin filtros—.

Yo no puedo pasar por esto, Adriano. No lo entiende...

Padezco tocofobia. No puedo lidiar con...

con esto. ¡Ni siquiera soy capaz de nombrarlo!

El hospital, las revisiones ginecológicas, el paritorio... Me voy a morir, no voy a soportarlo.

La confesión de mi fobia me salió a borbotones, despojada de toda la compostura ejecutiva de la que tanto presumía. Era la cría aterrorizada chillando a través de la mujer de treinta años.

Escuché el chirrido suave de la silla al moverse. Adriano no amagó con abrazarme ni me despachó con frases hechas de taza de café. Se limitó a posar la palma abierta sobre el colchón, a escasos centímetros de mis dedos, dejándome a mí la decisión de buscar el contacto o rechazarlo.

—Estás intentando procesar demasiadas cosas de golpe, Nicole, y lo único que requiere solución inmediata hoy es tu propia salud —dijo, con esa misma voz templada e inquebrantable que empleaba para calmar las aguas en la habitación de sus pacientes terminales—: Un paso detrás de otro.

Lo primero es estabilizarte la tensión, terminarte este suero y asegurarnos de que estás fuera de peligro.

El resto... si me das margen, lo iremos toreando.

Juntos. No pienso dejarte en la estacada; y no me refiero al dinero, que ya me has dejado claro que te bastas y te sobras tú solita.

Hay mil maneras en las que puedo arrimar el hombro en tu vida.

No pretendo invadirte ni hacerte pasar un mal trago, pero me resulta imposible echarte una mano si pones un abismo de por medio.

Podemos marcar tus tiempos y tus normas si nos sentamos a hablarlo.

Te doy mi palabra de que puedes fiarte de mí.

Me retiré el antebrazo de la cara muy despacio, clavando los ojos en su mano tendida sobre la sábana blanca.

Por primera vez en una década, el hombre que tenía delante, con el oficio que gastaba, no parecía empuñar un bisturí para rajarme el alma, sino un parapeto para frenar el desplome de mi mundo.

Y, aunque el pavor visceral al embarazo seguía asfixiándome por dentro, sentí que el suelo bajo mis pies dejaba de tambalearse.

¿De verdad podía atreverme a confiar en él? ¿O volvería a acabar hecha pedazos por culpa de mi maldita ingenuidad?