Yo no Quería Tener Hijos Capítulo 12
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Capítulo 12

Adriano

El compás de los cuidados paliativos exigía pausas reflexivas, pero la antesala de la segunda planta distaba mucho de cualquier sosiego aquel martes.

Un equipo de montaje descargaba perfiles de aluminio, paneles de contrachapado y bobinas de moqueta gris para la instalación de la galería fotográfica.

En el epicentro de aquel vendaval de cables y escaleras de tijera, Nicole cortaba el bacalao.

Llevaba la carpeta rígida de metacrilato negro apretada contra el pecho.

Su atuendo, como de costumbre, era la mejor coraza de empresaria de postín, aunque a mí no me engañaba: estaba tirando de reservas en el límite estricto de sus fuerzas.

La palidez que le cacé la semana anterior no había remitido; muy al contrario, las sienes le brillaban con una película mate de sudor bajo los fluorescentes del pasillo y tenía los labios casi descoloridos a pesar del carmín.

Me detuve en el mostrador de enfermería para firmar el tratamiento de un paciente en postoperatorio tardío, pero la vista se me iba hacia ella cada dos minutos.

El ojo clínico, afinado tras casi dos décadas de medicina intensiva, me encendía un piloto rojo en la nuca: aquel patrón respiratorio superficial y esa falta de aplomo al pisar no eran fruto de un simple cansancio.

Llevaba demasiados años bregando con la impotencia ante mis enfermos; debería tener más que dominada la angustia de quedarme de brazos cruzados limitándome a observar el deterioro ajeno.

Sin embargo, con Nicole me sentía como un residente de primer año, desesperado por no dar con la terapia milagrosa para un ser querido en las últimas.

—El panel principal tiene que quedar a metro y medio del acceso —le escuché ordenar, con voz resuelta pero entrecortada a todas luces por la falta de aire—: La iluminación indirecta no puede deslumbrar el paso de las sillas de ruedas...

Se le quebró la frase a mitad de camino.

Nicole se llevó la mano libre a la frente y pestañeó deprisa, como si intentara espantar una cortina de niebla ante los ojos. La carpeta se le escurrió entre los dedos, rebotando contra el suelo y desatando el estrépito en el pasillo.

—¿Señorita Rocha? —el auxiliar de producción dio un traspié, desconcertado.

No hubo tiempo para maniobrar.

Las piernas de Nicole se doblaron como mantequilla. Se desplomó de costado a plomo, desamparada; el hombro le chocó contra la esquina de uno de los bastidores metálicos justo antes de estamparse contra el suelo.

Solté el bolígrafo sobre el mostrador y crucé el pasillo a la carrera, con el corazón golpeándome las costillas antes de que la cabeza pudiera asimilar el susto.

—¡Atrás todo el mundo! ¡Hagan sitio! —La orden retumbó en la antesala mientras me tiraba de rodillas a su vera.

El ayudante y dos operarios recularon en el acto. Nicole yacía de lado, con los ojos cerrados, inconsciente y la piel del rostro fría y perlada contra la moqueta. La respiración era superficial y agitada; en la muñeca, el pulso me latía filiforme y débil bajo los dedos.

—¡Marta, traiga la camilla de traslado y el maletín de triaje ahora mismo! —bramé hacia el control, sin quitarle ojo a Nicole.

Cuidando de no comprometer la columna cervical, giré despacio el cuerpo de aquella mujer que había llegado a la extenuación.

Le acomodé la cabeza sobre mi antebrazo, asegurando la permeabilidad de la vía aérea.

Los párpados le temblaron un par de veces, pero no recobró el sentido. La lipotimia había sido completa.

Marta y un celador irrumpieron a los pocos segundos empujando la camilla.

—Tensión arterial casi imperceptible en radial, Marta.

Shock vasovagal o hipotensión severa con pérdida brusca de tono.

Nos vamos al box de estabilización del bloque B —indiqué, metiendo los brazos bajo sus hombros y sus rodillas para izarla en vilo del suelo, sin paciencia para aguardar a que se cumplieran los protocolos de transferencia.

Su cuerpo resultaba engañosamente liviano entre mis brazos, despojado de esa armadura ejecutiva que defendía con uñas y dientes. La acomodé sobre el colchón de inmediato y metimos la camilla en el box, echando la puerta para cortar de raíz el morbo de los operarios.

—Monitor de constantes y pulsioxímetro —reclamé, calzándome los guantes de látex mientras Marta le colocaba las derivaciones en el tórax.

El monitor emitió un pitido agudo, arrojando las cifras en pantalla: tensión arterial de ochenta sobre cincuenta; frecuencia cardíaca disparada a ciento quince latidos por minuto.

—Mírale la glucemia capilar y canaliza una vía para meterle un suero fisiológico a chorro —murmuré, clavando la vista en el trazado del ecógrafo—. Saca una analítica completa y perfiles de urgencia.

Marta canalizó una vena en el antebrazo de Nicole con pulso certero, conectando el gotero.

Mientras la fluidoterapia empezaba a pasar a torrente, me aproximé para practicar una exploración física sistemática. Necesitaba descartar a toda costa un sangrado interno derivado del golpe o un abdomen agudo que estuviera cursando con shock distributivo.

Desabroché los tres botones inferiores de la blusa ejecutiva de Nicole para dejar al descubierto el vientre.

Posé la palma abierta sobre el hipogastrio para palpar por cuadrantes, esperando dar con una contractura muscular refleja o defensa peritoneal. Sin embargo, en cuanto la yema de mis dedos se hundió con delicadeza por encima de la sínfisis púbica, se me congeló el ademán en seco.

La anatomía no encajaba con el patrón habitual.

El útero no estaba alojado en la pelvis menor.

Había una masa esférica, firme y nítidamente delimitada, cuyo fondo uterino rebasaba el reborde óseo y rozaba prácticamente la altura del ombligo.

Una elevación sólida, redondeada e inequívoca para cualquier facultativo que hubiera hecho una sola guardia en paritorios o ginecología.

Me fijé con más detenimiento en el relieve de Nicole y el aire se me atascó en los pulmones.

Me incliné más, palpando a dos manos, comprobando la consistencia y la altura de aquel fondo uterino. No era un mioma. No era meteorismo ni distensión por estrés. Era un útero grávido de segundo trimestre, rotundo, rebosante de vida.

Entre doce y dieciséis semanas. Cuatro meses.

Cuatro meses justos desde aquella madrugada en el hotel comarcal.

Desde que la puerta de la habitación 412 se abrió de par en par en mitad de la penumbra.

Desde aquellas horas en las que su piel se fundió con la mía en un arrebato de desesperación compartida, y la mañana siguiente en la que huyó despavorida rechazando la anticoncepción de urgencia que le puse en la mano.

Me esperaba una patología, barajaba mil cuadros clínicos que requirieran tratamiento de choque; pero ninguno tenía que ver con la realidad que tenía bajo las yemas de los dedos.

Nicole estaba embarazada.

Y la cronología no dejaba margen a ningún otro hombre. ¿O me estaba tragando mi propia pesadilla para expiar culpas que no me correspondían?

—¿Doctor Adriano? —la voz de Marta llegó amortiguada, arrancándome de aquel pozo de estupefacción—. La tensión ha empezado a remontar. Ya va por noventa sobre setenta. ¿Preparo el ecógrafo portátil para descartar lesiones por la caída?

Tragué saliva a duras penas, bajándole la camisa sobre el vientre con un celo reverente antes de arroparle el cuerpo con la sábana blanca hasta la altura del cuello.

—No... no hace falta el ecógrafo para protocolo de trauma, Marta —contesté, forzando un tono entero a pesar de que sentía las yemas de los dedos entumecidas dentro del látex—.

La exploración física me ha dado otro diagnóstico.

Bájate el Doppler obstétrico del armario y confirma qué ginecólogo está de guardia por si nos hace falta interconsulta.

Marta enarcó las cejas con un chispazo de asombro, mirando a la mujer tendida en la camilla y luego a mí.

—¿Está...?

—Traiga el aparato y déjenos a solas un momento, por favor —pedí en voz baja, sin apartar los ojos del rostro pálido de Nicole.

Marta asintió con esa prudencia intachable que tanto le valoraba y abandonó el box, entornando la puerta sin hacer ruido.

Me quedé plantado junto a la camilla, con el pitido rítmico del monitor rellenando el silencio de la estancia.

Contemplé los rasgos relajados de Nicole, limpios de cualquier rastro de soberbia o aspereza.

Los cabos sueltos de las últimas semanas encajaron en cascada: el pulso trémulo, los mareos repentinos, el pánico cerval a las agujas y esa negativa visceral a someterse al criterio de cualquier médico.

Ella lo sabía. O lo intuía de sobra.

Y estaba cargando con semejante losa en completa soledad, asfixiada dentro de su propia armadura, aterrada ante el mundo y, por encima de todo, aterrada ante mí.

Alargué la mano hacia el colchón, rozándole con las yemas los dedos helados.

La renuncia premeditada a tener descendencia, la certeza inamovible de que un médico intensivista no tenía derecho a ser padre para no condenar a nadie a la ausencia, se daban de bruces contra la evidencia incontestable de aquella vida diminuta que latía bajo la tela de su ropa.

Yo sabía acompañar a bien morir, procurar consuelo a los que se quedaban huérfanos; pero no tenía ni la más remota idea de cómo encarar el albor de una vida. Y menos aún una en cuya concepción había participado de lleno.

Por más que el fracaso de mi compromiso aún me escociera en el pecho, sentía despuntar otra pulsión distinta: un impulso ciego de aferrarme a esa brizna de esperanza, de atisbar luz al final del túnel en el que había convertido mi zona de confort.

Un resquicio de humanidad donde el control no pintaba nada y la vida se abría paso sin pedir permiso.

Un quejido débil rasgó el silencio.

Nicole ladeó la cabeza contra la almohada; los párpados le temblaron despacio a medida que el suero y el aporte de oxígeno le devolvían la consciencia. Había llegado la hora de poner las cartas sobre la mesa.