Yo no Quería Tener Hijos Capítulo 11
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Capítulo 11

Nicole

Una mujer con un expediente académico brillante, un posgrado a sus espaldas y una empresa consolidada que gestiona presupuestos millonarios debería ser inmune al pensamiento mágico. Debería saber de sobra que la biología no negocia con pretextos y que la fisiología no se pliega ante la negación.

Y, sin embargo, allí estaba yo, un domingo por la noche, sentada sobre las baldosas de gres del cuarto de baño, intentando autoconvencerme de que semana y media de retraso menstrual no era más que un desajuste del sistema nervioso por sobrecarga laboral.

Estrés. Por narices tenía que ser estrés.

La estampa de Adriano inclinado junto a la hija de aquel enfermo terminal, sosteniéndole la mano con una entereza casi litúrgica, no había dejado de repetirse en bucle en mi cabeza durante todo el fin de semana.

Aquel hombre no era el monstruo que yo me había inventado para justificar mi propio espanto.

Era un tipo íntegro, volcado con quienes ya no tenían cura, arropándolos en su momento de mayor desamparo.

Descubrir que el desconocido con el que compartí sábanas en la habitación 412 era una persona decente me sacudía los cimientos bastante más que si hubiera resultado ser un canalla engreído: me arrebataba la cómoda coartada de odiarlo.

Me pasé la mano por el vientre por debajo de la camiseta holgada.

Notaba una tensión anómala, una pesadez sutil y continua, acompañada de unos pinchazos leves que nada tenían que ver con los típicos retortijones de la regla.

Tenía el pecho dolorido al tacto, tan hinchado que el sujetador con aros se me clavaba al final de la tarde.

Y el aroma del gel de baño de lavanda, el mismo que llevaba utilizando años, me había provocado una arcada tan violenta durante la ducha que tuve que tirarlo a la basura con bote y todo.

Con el café me había pasado tres cuartos de lo mismo.

Mi cabeza intentaba buscar diagnósticos inofensivos: una gastritis nerviosa, un desajuste hormonal por agotamiento, un pico de cortisol, una gastroenteritis vírica.

Pero mi faceta pragmática, la profesional acostumbrada a lidiar con datos contrastados e informes implacables, sabía al dedillo cuál era la consecuencia directa de un coito sin preservativo en días fértiles, por muy nublado que estuviera mi recuerdo de aquella noche en el hotel.

Mis ciclos siempre habían sido irregulares y dispersos desde el legrado traumático de mi juventud, pero esto...

esto era harina de otro costal. Había una presencia sorda echando raíces dentro de mí, y la sospecha de esa certeza empezaba a cortarme la respiración.

Me levanté del suelo, me calcé las zapatillas, me eché una sudadera oscura con capucha por la cabeza y bajé al garaje.

Rozaban las once de la noche. No me acerqué a la farmacia que tenía debajo de casa, donde el boticario me saludaba por mi nombre de pila y se sabía de memoria la marca de mis analgésicos habituales.

Conduje hasta un polígono apartado y aparqué frente a una farmacia de guardia con la cruz de neón verde parpadeando sobre la acera desierta.

Crucé la puerta con las gafas de sol puestas y la cremallera subida hasta la barbilla, sintiéndome una auténtica delincuente en mi propia biografía.

Fui directa al expositor de autodiagnóstico, cogí dos marcas distintas —un test digital y otro convencional de tiras reactivas— y una botella de agua para disimular.

Pagué con tarjeta en la caja de autoservicio sin cruzar una sola palabra con el empleado de turno y regresé al coche con la bolsa ardiéndome contra el muslo.

El trayecto de vuelta fue un fundido en negro.

Ya en el piso, eché los dos cerrojos de la puerta de entrada, me descalcé de una patada y fui directa al baño. Rompí los envoltorios con dedos trémulos; me temblaba tanto el pulso que casi tiro los plásticos al lavabo.

Seguí las instrucciones del prospecto al pie de la letra: impregnar la tira durante los segundos indicados, colocar el capuchón, reposar el dispositivo sobre una superficie lisa y esperar el tiempo estipulado.

Coloqué ambos test en paralelo sobre la encimera de mármol blanco.

Apoyé la espalda contra la pared de enfrente y me fui deslizando despacio hasta quedar sentada en el suelo, con las rodillas abrazadas contra el pecho. La aguja de mi reloj no daba tregua. Cada segundo transcurrido parecía devorar un poco más del aire que quedaba en aquella estancia cerrada.

Un minuto.

La mente me arrastró de golpe a la clínica clandestina.

El hedor a desinfectante industrial mezclado con regusto a hierro.

La camilla metálica donde me tumbaron años atrás, con las piernas encajadas en las perneras, escuchando los comentarios hirientes de unas enfermeras que me miraban como si fuera una apestada.

«¿Cómo no ibas a saber qué clase de pastilla te estabas tragando? Muy madurita para abrirte de piernas, pero para apechugar con el marrón ya no tanto. Muy cómodo, maja; ahora te aguantas».

El dolor insoportable de los instrumentos metálicos dilatándome el cuello del útero, la invasión descarnada y la promesa solemne que me juré a mí misma al salir de allí a trompicones: nunca más.

Jamás permitiría que nadie volviera a tomar decisiones sobre mi anatomía y jamás, bajo ningún concepto, pasaría por un embarazo o un parto. No estaba dispuesta.

Mi pánico no era una exageración histérica: era la aversión visceral a perder el mando, a la mesa de operaciones, a la trampa que dinamitó mi tranquilidad en el pasado.

Tres minutos.

La vibración del reloj me sacudió la muñeca.

Contuve el aliento. Me quedé petrificada casi medio minuto, negándome a incorporarme.

Las piernas me pesaban una tonelada. Si no me asomaba a mirar, el mundo seguiría funcionando bajo el orden milimétrico que tanto me había costado levantar.

Si no miraba, seguiría siendo la mujer autosuficiente que maneja el timón de su destino sin rendirle cuentas a nadie.

Pero la huida hacia delante jamás me había resuelto una sola papeleta.

Apoyé las palmas en la encimera y me puse en pie despacio. Me incliné sobre el mármol frío.

El test tradicional marcaba dos líneas rojas impecables, nítidas, sin sombra de duda ni líneas de evaporación. Un positivo como una catedral.

Al lado, la pantalla de cristal líquido del test digital no se andaba con rodeos:

EMBARAZADA (+14 semanas)

El impacto de aquellas palabras me dejó noqueada.

Retrocedí dos pasos; se me nubló la vista por los laterales mientras una arcada repentina me subía a la boca.

Me llevé las manos al vientre por puro acto reflejo, en un espasmo de espanto absoluto; no era una caricia de afecto maternal, sino la sacudida de terror de quien se descubre atrapada en la mismísima encerrona que juró no pisar jamás.

Sin escapatoria.

Inevitable.

—No... —el murmullo se me escapó roto, atragantado, contra el vaho del espejo—. No, no puede ser...

Me doblé sobre el lavabo, cargando el peso de mi cuerpo sobre los antebrazos trémulos, con la tráquea completamente cerrada. La vergüenza era una losa tan descomunal que me dejaba sin oxígeno en los pulmones.

¿Cómo había sido capaz? ¿Cómo una tía con semejante autonomía, que escudriña contratos cláusula por cláusula, había vuelto a cometer la misma torpeza del pasado?

La ironía del destino me acababa de arrear un bofetón con la mano abierta.

Estaba embarazada de Adriano: el médico que me ofreció la anticoncepción de urgencia que yo rechacé presa del pánico; el intensivista bregado en mirar a la muerte de frente, acostumbrado a lidiar con el final, no con el principio; el jefe de la unidad donde me tocaba arrimar el hombro codo con codo durante los próximos meses.

Si llegaba a enterarse... su mirada clínica me juzgaría en el acto.

Pensaría exactamente lo que pensaría cualquiera: que había sido una negligencia, que estaba calculado, que era el fallo de una inconsciente.

Sobre todo teniendo en cuenta que él me puso la solución en bandeja y fui yo quien salió corriendo.

«¡Pegar el braguetazo del siglo!». Las bravuconadas que le solté a JP en tono de mofa me retumbaron ahora en la cabeza como un bochorno insoportable.

Volví a dejarme caer sobre las baldosas del baño, apoyando la coronilla contra la pared helada mientras un temblor incontrolable me sacudía de arriba abajo.

Consultas médicas. Revisiones invasivas.

El paritorio. El hospital. Todo lo que me había pasado una década esquivando con uñas y dientes me estaba aporreando la puerta de golpe.

La otra opción no era una alternativa viable: ya la había transitado una vez y seguía doliendo como una llaga viva; como si hubiera ocurrido ayer por la mañana.

Lo más desgarrador de aquella certeza era el silencio sepulcral que me envolvía: mi propio cuerpo me tenía contra las cuerdas, y esta vez no tenía ningún plan de escape a mano.