Capítulo 10
Adriano
«¡No me toque!».
Me quedé petrificado cerca de un minuto entero frente a las puertas metálicas del ascensor, con la carpeta metálica pesándome entre los dedos y el chorro del climatizador secándome el sudor frío que ni me había percatado de tener en la frente.
«¡No me toque!». No lo había escupido con rabia; lo había soltado con el espanto ciego de quien aguarda un golpe inminente.
A lo largo de mi carrera me las había visto con pacientes en pleno brote psicótico, familiares fuera de sí por una pérdida fulminante y hombres embrutecidos por el dolor que amagaban con partirme la cara en Urgencias cuando la situación se desmadraba.
Sin embargo, ver a Nicole Rocha —una mujer elegante, brillante, acostumbrada a meter en cintura a decenas de proveedores sin pestañear— temblar de puro pánico solo porque le había rozado el antebrazo para que no se desplomara, me dejó un regusto amargo en la garganta.
Yo no era ningún monstruo. Pero para ella, cada centímetro de mi bata blanca cargaba con el peso de una guillotina.
—¿Doctor Adriano? —la voz queda de Marta, la enfermera jefa de paliativos, me sacó de golpe de aquella parálisis incómoda—. El nivel de consciencia del señor Antenor ha empezado a caer en picado. La respiración se está volviendo ruidosa y la hija está deshecha en la habitación cuatro.
Me pasé la mano por los párpados, tomando una bocanada honda de aire para resetear la cabeza antes de entrar al box.
—Voy para allá, Marta. Silencia las alarmas acústicas del monitor y tráete la hoja de confort para que ajuste el caudal de la bomba.
Enfilé el pasillo a zancadas, sofocando el impulso visceral de salir detrás de Nicole.
Aquel era el núcleo duro de mi oficio. Antenor era un maestro jubilado de setenta y dos años, en fase terminal por un adenocarcinoma gástrico refractario.
Llevaba tres semanas ingresado con nosotros.
Habíamos conseguido meter en cintura el dolor y asegurarle días enteros de lucidez para que charlara con sus nietos y se despidiera de los suyos sin el calvario del encarnizamiento terapéutico.
Ahora, su organismo iniciaba el apagado definitivo.
Empujé la puerta; la penumbra del cuarto era acogedora, tamizada por la cortina beige que dejaba entrever el follaje verde de los árboles del patio interior.
En una esquina, hundida en la butaca, Bianca, la única hija del profesor, lloraba con la cara tapada entre las manos, con los hombros estremeciéndose en silencio al compás de la respiración entrecortada y periódica de su padre.
Me acerqué despacio y acerqué un taburete bajo para situarme a su misma altura antes de tocar al paciente.
—Bianca —la llamé en un susurro templado, esperando a que alzara el rostro bañado en lágrimas—. Aquí estoy.
—Es que... respira de una forma tan rara, doctor Adriano... —murmuró, con la voz rota por la angustia—. Parece que se ahoga. ¿Está sufriendo? Por favor, dígame que no tiene dolor.
—No está sufriendo. Se lo juro —le aseguré con firmeza, posando mi mano sobre sus dedos trémulos para ofrecerle el ancla que necesitaba en ese segundo—.
Ese sonido que escucha es lo que en medicina llamamos el estertor de la agonía.
Los reflejos para tragar se relajan y las secreciones se acumulan en la garganta, pero él no es consciente de nada.
Está profundamente sedado, sumido en un sueño tranquilo; aunque la escuchará si le habla, porque el oído y la parte inconsciente siguen despiertos.
Su cuerpo se está limitando a buscar su propio ritmo para descansar.
Soltó el aire en un sollozo largo, apoyando la frente en el lateral del colchón.
Me levanté sin hacer ruido, rodeé la cama y me incliné sobre el anciano.
Me templé la yema de los dedos antes de rozarle la piel, una regla básica que me grabé a fuego en mis primeros años de residencia y que jamás he dejado de aplicar.
Le acomodé la almohada para elevarle ligeramente la cabeza y suavizar el ruido respiratorio.
Con una gasa empapada en agua fresca le limpié con cuidado los labios resecos.
Después revisé la bomba de perfusión continua con la pauta de analgesia, verificando la titulación para cerciorarme de que ningún pico de dolor turbara la paz de aquel hombre.
—Le apasionaba escuchar a Serrat y las canciones de cantautores clásicos, ¿verdad? —le pregunté a Bianca, sin pizca de frialdad clínica en el tono.
Levantó la cabeza, sorprendida, sorbiéndose la nariz.
—Sí... decía que eran los poetas de su juventud. Ponía los vinilos todos los domingos por la mañana; perdí la cuenta de las veces que le oí tararear «Cantares».
—Pues saque el móvil y póngale alguna de esas canciones muy bajita, aquí al lado de la almohada. El oído es el último sentido que se apaga. Que lo último que perciba sea esa voz que tanto le llenaba y la música que le alegraba la vida.
Bianca asintió con las manos temblorosas y sacó el teléfono. En cuestión de segundos, los acordes suaves de una guitarra española llenaron el cuarto, amortiguando los ruidos metálicos del entorno hospitalario. El semblante del profesor pareció aflojarse a cada compás.
Me quedé junto a la cama quince minutos más, tomándole el pulso periférico, arropándole los pies fríos con la manta y asegurándome de que Bianca tuviera a mano un vaso de agua y una postura cómoda para sostener la mano de su padre hasta el desenlace.
El trance final podía resolverse en unos minutos o alargarse varios días; manejamos estadísticas clínicas, pero el momento exacto jamás se puede predecir al milímetro.
Al girarme hacia la puerta con la hoja de evolución en la mano, me frené en seco a mitad de paso.
La puerta entornada daba al pasillo del área de descanso. Y allí, a escasos tres metros, apoyada en el aparador de madera clara, estaba Nicole.
Llevaba un rollo de planos arquitectónicos apretado contra el pecho; probablemente habría vuelto sobre sus pasos a recoger el material olvidado en la sala de juntas.
Pero no se movía. Tenía los ojos clavados en mí, brillando con una humedad manifiesta que intentaba disimular en la penumbra del pasillo.
Nicole lo había presenciado todo.
Había visto cómo me agachaba para reconfortar a Bianca, la delicadeza con la que atendí al anciano sin asomo de prisa y la falta absoluta de distancia o soberbia en mis gestos.
La mujer que me tachó de verdugo y me gritó histérica que no la tocara hacía solo un rato me miraba ahora como si estuviera viendo una aparición.
Su armadura no solo presentaba grietas: se le había caído a los pies.
Crucé el umbral entornando la puerta con cuidado para preservar la intimidad de Bianca y de su padre. Di dos pasos hacia Nicole, dejando las manos bien a la vista y bajas, respetando ese perímetro de seguridad que ella necesitaba como el aire.
Esta vez no retrocedió. No gritó. No alzó la barbilla con esa soberbia que usaba de trinchera. Se limitó a sostenerme la mirada, con el pecho agitándose despacio bajo la camisa de lino y los labios entreabiertos en un silencio cargado de asombro.
—Has vuelto —solté en un susurro cómplice.
Nicole tragó saliva, parpadeando para disipar el agua de los ojos. Miró el rollo de planos que llevaba entre los dedos y luego me buscó la cara, como si estuviera intentando conciliar a dos personas radicalmente distintas bajo el mismo cuerpo.
—El... el arquitecto se había dejado la copia original con las cotas de la galería sobre la mesa. —Su fragilidad saltaba a la vista. Carraspeó, intentando recuperar un hilo de empaque profesional—: He subido a por ella antes de que el personal de limpieza echara la llave a la sala de juntas.
—Comprendo.
Se abrió un silencio denso entre los dos. Los acordes de la guitarra aún se filtraban por la rendija de la puerta, envolviendo el pasillo en una calma solemne.
Nicole miró hacia la habitación del profesor Antenor y luego se fijó en mis manos vacías.
—¿Se... se va a morir hoy? —la pregunta se le escapó de los labios antes de que le diera tiempo a filtrarla. No había morbo alguno en su tono; era una tristeza auténtica, casi infantil, propia de quien le tiene pavor a lo frágil de la vida.
—Seguramente en las próximas horas —contesté con total franqueza, sin apartar los ojos de los suyos—.
Pero está tranquilo, sin dolor y arropado por los suyos.
La muerte no tiene por qué ser un espanto, Nicole.
Cuando la enfermedad ya no tiene cura, nuestro cometido pasa por cuidar a la persona.
Darle paz al que parte y sostén al que se queda.
Mis palabras parecieron calarle hondo en el pecho, desarmándola. Un rubor tímido le tiñó las mejillas pálidas y bajó la vista hacia el suelo; los hombros se le destensaron por primera vez desde que nos reencontramos en este hospital.
—Yo... lo lamento mucho —murmuró con un hilo de voz casi inaudible.
—¿Por el paciente?
—Por todo. —Volvió a levantar la mirada, y lo que tuve delante ya no era la relaciones públicas blindada de los Medeiros, sino una mujer de treinta años asustada por su propia vulnerabilidad—: Por cómo le hablé antes junto a los baños.
Yo... no suelo perder los estribos de esta manera.
Solo que llevo muy mal que me invadan, que la gente se empeñe en hacerme revisiones médicas.
Una media sonrisa involuntaria, cansada pero templada, me asomó a los labios.
—Ya me he dado cuenta, Nicole. Y no me lo tomo como algo personal. Ya no.
Apretó los labios, descolocada ante mi falta de reproches. Se encajó los planos bajo el brazo y dio medio paso atrás en dirección a los ascensores; sin embargo, en su actitud ya no había rastro de huida despavorida, sino la necesidad de coger aire para digerir su propio terremoto interior.
—Le agradezco que no insista, doctor Adriano. Yo... tengo que tirar para la agencia.
—Vaya con cuidado —le pedí con suavidad, echándome a un lado para dejarle el pasillo completamente despejado—. Coma algo suave antes de ponerse frente a la pantalla. Y beba mucha agua.
Nicole asintió en silencio con una inclinación contenida, un gesto de deferencia que jamás me había dedicado. Enfiló el pasillo con un paso más pausado, sin la prisa asfixiante de antes.
Me quedé contemplando su espalda hasta que las puertas metálicas se abrieron y se la llevaron. Apoyé la carpeta en el mostrador de enfermería, sintiendo un alivio sutil ensancharme el pecho. La muralla de Nicole Rocha seguía en pie, pero el primer rayo de luz había logrado colarse por una rendija.
Y, por primera vez en cuatro meses, no me había visto como una amenaza, sino como el hombre que era en realidad.