Yo no Quería Tener Hijos Capítulo 9
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Capítulo 9

Nicole

—¿Se ha puesto malo este café?

El aroma a grano recién molido siempre había sido mi ritual sagrado para plantarle cara al mundo. Aquel viernes, sin embargo, el vapor que salía de la cafetera automática de mi despacho parecía despedir un tufillo rancio, ácido, casi podrido.

Tuve que retroceder a toda prisa, tapándome la nariz con el dorso de la mano mientras una arcada violenta me quemaba el esófago.

Tragué saliva a duras penas, respirando por la boca entreabierta hasta que la náusea remitió.

Tiré el líquido oscuro por el fregadero sin darle un solo sorbo y abrí de par en par la ventana que daba a la avenida.

El aire fresco de la mañana ayudó a despejar el mareo repentino que me había hecho dar vueltas el techo durante tres segundos interminables.

Puro estrés.

Esa fue la coartada lógica e inmediata que se apresuró a montar mi cabeza.

Llevaba toda la semana al límite, durmiendo cuatro horas por noche, corriendo entre reuniones de presupuesto con los proveedores de iluminación técnica y cuadrando los balances de la campaña benéfica del Hospital Pitágoras.

Si a semejante tute le sumabas la madrugada demencial con JP desangrándose por un botellín roto y la presencia inquietantemente templada del doctor Adriano Carvalho merodeando por mi entorno laboral, lo raro era que mi cuerpo no hubiera petado antes.

La factura del cansancio, nada más.

El telefonillo del escritorio sonó y la voz de mi secretaria anunció a JP antes de que me diera tiempo a sentarme.

La puerta se abrió de par en par con un empujón suave y asomó él.

João Pedro ya no llevaba el cabestrillo; en la mano derecha solo lucía un apósito reforzado con gasas y esparadrapo sobre la hilera de puntos negros.

Llevaba un polo claro, bermudas de loneta y esa actitud desenfadada que conseguía que cualquier despacho corporativo pareciera el salón de su casa.

—Buenos días a la mujer que lleva ignorando mis mensajes por sistema desde ayer por la tarde —soltó a bocajarro, arrastrando el sillón de piel frente a mi mesa para dejarse caer con las piernas estiradas—.

¿Cómo lo llevas? ¿Tengo ya luz verde para partirle la cara al matasanos o le concedemos una prórroga para que siga respirando en este planeta?

Cuadré los papeles sobre la mesa, forzando una sonrisa cáustica para camuflar el sudor frío que todavía me perlaba la raíz del pelo.

—El doctor Adriano está cumpliendo su parte del acuerdo con una pulcritud intachable, por si te pica la curiosidad.

Cero roces, cero pullas sobre hoteles y una implicación absoluta en las pautas clínicas de la recaudación de fondos.

El tío me ha dejado a cuadros: es un profesional de los pies a la cabeza, JP.

No como tú, que tendrías que estar guardando reposo en vez de venir a gastar suela a mi agencia.

Mi amigo alzó las manos en señal de rendición, meneando la cabeza con una sonrisita socarrona.

—Mírala ella, si ya hasta sale a partirse la cara por el doctorcito. ¿Debería ir preocupándome por nuestro acuerdo prematrimonial ficticio?

—Deja de hacer el payaso. Esta coña con la boda me va a costar un disgusto.

—Me sé un remedio de primera y no hablo de los que despachan en la farmacia de guardia.

—Paso mil pueblos. ¿Cómo va esa mano?

—Tira un poco, pero está entera. El cirujano que me remendó sabe lo que se hace, las cosas como son. Me acerqué a una clínica privada a que le echaran un ojo, por si tu médico se había querido vengar de ti haciéndome una carnicería, pero está todo en orden.

—¡No me puedo creer que hicieras semejante estupidez! JP, córtate un pelo, de verdad.

—Los hechos son los hechos. Sé de sobra que te gusta tenerlo todo atado y bien atado antes de mover ficha. Y como tú misma has dicho, el pavo es un profesional.

—Ya te he dicho que me basto y me sobro sola, no necesito que me hagas de guardaespaldas.

JP echó el cuerpo hacia delante y apoyó los antebrazos en el borde del escritorio. El tono de guasa se le evaporó de la mirada, dando paso a una agudeza que rara vez sacaba a relucir delante de su familia.

—Hablando en plata, Nick... tienes una cara de perro que asusta.

—Tener mala cara no significa que necesite que vengan a rescatarme.

—No estoy de coña. Estás blanca como la cera, llevas unas ojeras de espanto y da la impresión de que te vas a doblar en cuanto sople un poco de brisa. ¿Has comido algo hoy? ¿Has desayunado?

—Lo de siempre —murmuré, clavando la vista en la pantalla del ordenador—.

Y estoy perfectamente, solo que tengo el agua al cuello de curro, que es como a mí me gusta estar.

A las once y media tengo una visita técnica en la segunda planta del Pitágoras con el escenógrafo para medir el espacio de la galería fotográfica.

En veinte minutos tengo que salir pitando.

JP soltó un suspiro pesado y se recostó contra el respaldo.

—Ya sé que te crees Supermán y que necesitas demostrarle al mundo entero que puedes con todo tú sola, pero no eres de titanio. Como sigas metiéndote esta tralla, te vas a desmayar en mitad de ese hospital y vas a terminar de paciente de tu médico misterioso.

La sola mención de la palabra “paciente” me pegó un pellizco desagradable en el estómago.

—Se agradece el interés, pero te lo puedes ahorrar. Jamás seré paciente de ese hombre —solté con aspereza, cerrando la carpeta de golpe—. No ha pasado antes ni va a pasar ahora.

Pestañeó, sorprendido por la bordería de mi contestación, pero me tenía suficientemente calada como para no tensar más la cuerda. Se limitó a levantarse, tanteando las llaves del coche en el bolsillo de la bermuda.

—Tú sabrás... Pero si te hace falta que te acerque o alguien que te sujete la cinta métrica en el hospital, dame un toque. Total, estoy de baja forzosa en la empresa.

—Descuida, señor heredero. Guarda la pasta para la subasta benéfica en la nave de Predadores; me han comprado la propuesta.

—Faltaría más: eres una fiera, Nicole.

Mantuve la sonrisa hasta que la puerta encajó a su espalda.

En cuanto me vi sola, apoyé los codos sobre la mesa y tomé aire hondo tres veces seguidas.

El mareo había remitido, pero me quedaba una pesadez extraña en el bajo vientre, como una retención de líquidos rara y a destiempo.

Abrí la aplicación donde anotaba mis ciclos: el calendario marcaba que la regla me tendría que haber bajado a principios de semana.

Los retrasos siempre habían sido una constante en épocas de estrés extremo, así que no le di la menor importancia.

Agarré el bolso, la carpeta con los planos y salí hacia el hospital.

Hice el trayecto en piloto automático. El bochorno del mediodía se disipó de golpe al cruzar las puertas del Pitágoras, sustituido por el chorro glacial del climatizador.

Subí directa a la segunda planta. El encuentro con el arquitecto en el pasillo posterior fue ágil, resolutivo y milimétricamente técnico, pero a cada paso que daba por aquel suelo la sensación de ahogo se volvía más asfixiante.

El olor a yodo y a éter parecía habérseme metido hasta el tuétano. La vista empezó a nublárseme por los laterales; una lluvia de motas plateadas danzaba en el aire.

—Pues queda así la cosa, señorita Rocha: el martes por la mañana le traigo el montaje de los paneles —remató el arquitecto, tendiéndome la mano a modo de despedida.

—Perfecto, Ricardo. Muchas gracias —respondí, forzando la voz para que no me temblara mientras le estrechaba los dedos.

En cuanto el hombre dobló la esquina hacia los ascensores, el estómago se me encogió en un nudo ciego y la náusea me embistió con violencia.

El ardor me subió a la boca, ácido, quemando, incontrolable.

Contuve el aliento, me apreté los planos contra el pecho y enfilé a paso ligero hacia el aseo de señoras del personal, a mitad de pasillo.

Me metí en la primera cabina libre, eché el pestillo y me doblé sobre la taza, vomitando pura bilis amarga y jugos gástricos, ya que tenía el estómago completamente vacío.

El temblor de las piernas era tan bestia que tuve que apuntalarme contra la mampara para no dar con los huesos en el suelo. Un sudor helado me resbalaba por la nuca, empapándome el cuello de la camisa de lino.

Aguanté cinco minutos hasta que los espasmos aflojaron.

Tiré de la cadena, caminé a trompicones hacia los lavabos y me enjuagué la boca con agua fría una y otra vez.

Me miré en la luna manchada del espejo: tenía los labios exangües, sin una gota de color, y las pupilas brillantes por la fiebre del agotamiento.

—Respira, Nicole —me dije al reflejo—. Es cansancio, nada más. Puro estrés. Solo tienes que meterte en el coche y plantarte en tu casa.

Me sequé la cara con papel, me metí los mechones sueltos dentro del moño y quité el cerrojo para salir.

Di dos pasos hacia el pasillo y me quedé clavada en el sitio.

El doctor Adriano Carvalho estaba parado a menos de dos metros de mí, sosteniendo una carpeta metálica con historiales clínicos. Llevaba el pijama quirúrgico azul marino bajo la bata blanca abierta y el fonendoscopio colgándole del cuello.

Frenó en seco en cuanto reparó en mi presencia.

Aquellos ojos ambarinos me radiografiaron la cara con una precisión clínica que me desnudó de arriba abajo.

El médico que llevaba dentro cazó cada detalle en una décima de segundo: mi palidez de muerto, la respiración entrecortada y el temblor sutil de mis nudillos intentando aferrar la cartera de piel.

—¿Nicole? —soltó en voz baja, con una alarma tan auténtica que me mandó las defensas a paseo.

Di medio paso atrás, pegando la espalda contra el marco de la puerta del aseo.

—Doctor Adriano. Yo... ya me iba. La medición para la galería está lista.

A él le importó un bledo la galería. Bajó la carpeta junto al muslo y dio un paso lento hacia mí, sin movimientos bruscos, con la misma cautela con la que uno se arrima a un animal herido que está a punto de tirar la dentellada.

—Está blanca como el papel. Y me juego el cuello a que si le toco las manos las tiene heladas, a pesar del sudor.

—Es el contraste del calor de la calle con el aire acondicionado de aquí dentro —tiré balones fuera a toda prisa, con la voz quebrándoseme al final. Intenté dar un paso al frente para esquivarlo, pero un pinchazo agudo detrás de los ojos hizo que el pasillo entero se inclinara.

Las piernas me fallaron en falso.

Adriano reaccionó al vuelo y me sujetó del antebrazo con firmeza pero sin brusquedad antes de que me fuera al suelo. Su contacto era cálido, seguro, y desprendía una templanza que chocaba de lleno con el terremoto que llevaba yo dentro.

—Despacio —me indicó con voz pausada, sin soltarme la mirada—. Le ha pegado una bajada de tensión. Como siga forzando la máquina se va a desmayar aquí mismo. Deje de hacerse la heroína.

La presión de aquella mano médica sobre mi piel desató todas las alarmas de mi cabeza. La frialdad de la camilla, los malos modos de las enfermeras y la sensación atroz de estar a merced de un tipo con bata blanca regresaron en tropel como una apisonadora.

Tiré del brazo con un golpe seco, rompiendo el agarre como si me estuviera quemando viva.

—¡No me toque! —salté, con la respiración rota por el espanto, retrocediendo dos pasos hasta chocar contra la pared.

Adriano levantó las manos en el acto, mostrando las palmas abiertas y dando un paso atrás para darme aire.

No había enfado en su rostro. No había rastro del despecho del hombre al que acaban de mandar a paseo.

Solo una paciencia honda, casi dolorosa, y esa mirada fija de quien está intentando descifrar el origen exacto de mi pánico.

—De acuerdo. No la toco —dijo despacio, sereno, sin subir el tono ni un ápice—. Pero tiene que sentarse, Nicole. El office del personal está a tres puertas de aquí. Hay un sofá, agua fresca y ventilación. Solo quiero mirarle la tensión y asegurarme de que no se me va a desplomar en el aparcamiento.

—¡No necesito que me mire absolutamente nada!

—repliqué con la voz temblorosa, con la adrenalina disparada en la sangre.

Me apreté la cartera contra el pecho como si fuera un escudo medieval—.

Yo no soy su paciente, doctor. Estoy perfectamente cuerda.

Ha sido un simple mareo porque no me ha dado tiempo a almorzar.

—Nicole, un síncope por bajada de tensión con sudor frío no es ninguna tontería si se empeña en mantener este ritmo de...

—¡Ya le he dicho que estoy bien! —le corté, levantando la barbilla con toda la soberbia y el orgullo que fui capaz de rascar del fondo de mi alma—. Déjeme en paz de una vez. Sé cuidarme yo solita.

Le aguanté la mirada durante tres segundos agónicos, esperando que saltara a degüello como en la habitación del hotel.

Pero Adriano no contraatacó. No tiró de galones ni intentó retenerme por la fuerza.

Se limitó a contemplarme con una tristeza contenida e impotente en el fondo de sus ojos ámbar; la mirada de alguien que cala a la perfección el tamaño de mi herida, pero asume que cualquier movimiento por su parte solo servirá para hurgar en la llaga.

Sin esperar a que abriera la boca, me di la vuelta y eché a andar con las piernas rígidas hacia los ascensores. Sentía las rodillas como si fueran de gelatina y el corazón me retumbaba en las orejas, pero mantuve la espalda recta hasta que las puertas de acero se cerraron, dejándolo al otro lado.

Me apoyé contra la chapa metálica de la cabina y me fui deslizando despacio hasta quedar sentada en el suelo, incapaz de frenar el llanto caliente de rabia y vergüenza que terminó por desbordárseme de los ojos.

Odiaba sentirme vulnerable. Aborrecía ese hospital. Pero, por encima de todo, me aterraba la certeza de que, por primera vez en diez años, mi propio cuerpo estaba escapando por completo a mi control.