Yo no Quería Tener Hijos Capítulo 8
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Capítulo 8

Adriano

Acompañé a doña Iriana hasta el quicio de mi despacho, posándole una mano firme pero liviana sobre el hombro encorvado.

Habían sido cuarenta minutos de charla muy dura sobre sedación paliativa y los últimos compases de su marido en planta, pero el llanto inconsolable del inicio había dado paso a un alivio resignado.

Cuidar de quienes se quedan también formaba parte de mi vocación.

En cuanto cerré la puerta de la consulta, eché un vistazo al fondo del pasillo y vi girar la manilla de la sala de juntas número dos.

La silueta que acababa de cruzar ese umbral no requería presentación alguna.

El repiqueteo decidido de aquellos tacones sobre el suelo y ese moño pulcro e impecable eran el sello inconfundible de Nicole Rocha.

La mismísima mujer que había pasado como una exhalación ante mi puerta entornada minutos antes, fingiendo que yo era una sombra invisible del mobiliario mientras le sostenía la mano a una viuda en pleno duelo.

Tomé aire hondo, notando el frío del climatizador calarme la piel.

Agarré la carpeta con las directrices asistenciales del servicio y me dirigí a la reunión.

Sabía elegir mis batallas. No habría reproches sobre habitaciones de hotel, ni pullas sobre resacas o juergas nocturnas.

Le había empeñado mi palabra a Matías, y a mí mismo, de mantener una línea estrictamente profesional.

Si Nicole necesitaba parapetarse tras una trinchera para sentirse a salvo en mi territorio, no sería yo quien metiera la piqueta.

Giré el pomo y entré.

Nicole aguardaba de pie en la cabecera de la mesa ovalada de juntas. Había desplegado informes encuadernados, cronogramas impresos y una tableta para consultas rápidas. Su porte era intachable: barbilla alzada, atuendo ejecutivo impecable y una autoridad manifiesta en cada ademán.

Al escuchar el chasquido de la puerta al encajar, sus ojos se clavaron en los míos. Durante una décima de segundo noté la tensión muscular atenazarle los hombros bajo la blusa, pero se tragó el malestar antes de que cuajara en vacilación.

—Buenos días, doctor Adriano —saludó con un tono protocolario y aséptico, señalándome una de las sillas con un ademán de la mano—.

En secretaría de dirección me han informado de que los responsables de captación de fondos están en una videoconferencia urgente y se retrasarán unos veinte minutos.

Dado que andamos justos de tiempo, sugiero empezar con la coordinación técnica entre la organización y la jefatura de cuidados paliativos.

Aparté la silla situada a su derecha y tomé asiento con parsimonia. No me pasó desapercibido el cálculo milimétrico con el que había marcado las distancias, situándose justo al otro lado de la esquina de la mesa.

—Buenos días, Nicole. Me parece perfecto. Cuanto más directos y al grano vayamos, mejor para el servicio.

Asintió en silencio, tomó uno de los dosieres y lo deslizó sobre la madera hasta dejarlo frente a mí.

—He diseñado una propuesta estructurada en tres fases para este trimestre.

La primera consiste en un cóctel de presentación para los grandes mecenas —incluyendo a los Medeiros, los Valentini y el grupo Premoli— que se celebrará en los salones del hotel de la cadena asociada, y no en estas instalaciones, para no interferir en la rutina asistencial de los pacientes ingresados.

La segunda fase contempla intervenciones puntuales de humanización: recitales acústicos semanales en la zona de descanso y una galería fotográfica con testimonios de familias atendidas en el servicio.

La tercera fase culminará con la subasta benéfica de final de año en un espacio singular, para maximizar el impacto social y mediático.

Me crucé de brazos, escuchándola con detenimiento.

Su soltura resultaba fascinante. Nicole no se expresaba como una decoradora de eventos pendiente de la mantelería; manejaba los términos logísticos con soltura, planificaba los flujos de tránsito, calculaba el impacto acústico sobre las camas y presentaba unas previsiones presupuestarias que habrían encandilado a cualquier director financiero.

La tía era brillante. Sagaz, resolutiva y plenamente consciente del poder que manejaba.

—El asunto de la galería fotográfica es delicado —apunté con calma, señalando el epígrafe en la página tres—.

En cuidados paliativos gestionamos el proceso de morir.

Muchas familias exigen anonimato y máxima reserva durante el duelo; el dolor es un camino que no entiende de plazos de caducidad.

¿De qué forma plantea abordar esos testimonios sin caer en la tentación de edulcorar el final de la vida ni trivializar el desgarro de los que se quedan?

Nicole no titubeó. Se inclinó levemente sobre el tablero, con los ojos encendidos por la convicción de quien se ha preparado la reunión a conciencia.

—La participación será estrictamente voluntaria y canalizada a través del equipo de psicología, doctor.

Ningún nombre ni imagen saldrá a la luz sin un consentimiento informado firmado tras el alta o superada la fase de duelo agudo.

No pretendemos comercializar el drama ajeno para recaudar fondos; pretendemos evidenciar que una muerte digna es un derecho asistencial complejo que exige equipos multidisciplinares y camas debidamente dotadas.

El ser humano sale adelante porque necesita aferrarse a la esperanza.

Mi objetivo es la humanización de los cuidados, no el amarillismo.

Guardé silencio unos instantes, asimilando su respuesta categórica. Una media sonrisa discreta se me dibujó en la comisura de los labios.

—Ha dado usted en el clavo, Nicole. Esa es exactamente la filosofía de esta unidad.

Nicole pareció descolocada ante mi conformidad sin peros. Se le encendieron ligeramente las mejillas y desvió la mirada hacia la tableta, carraspeando para recomponer la compostura.

—Bien... celebro que estemos en la misma sintonía en este punto. Ahora nos toca cerrar el cuadrante de los facultativos que intervendrán en el turno de ponencias institucionales.

Mientras hablaba, estiró la mano izquierda para alcanzar el bolígrafo y el vaso de agua servido en la bandeja de cristal.

Fue justo en ese instante cuando el médico que llevo dentro registró lo que la organizadora intentaba ocultar por todos los medios.

Le temblaba el pulso. No era una simple fatiga muscular; era una sacudida nerviosa, rítmica, que delataba que cada fibra de su cuerpo funcionaba en alerta máxima.

Cuando las yemas de sus dedos rozaron el cristal, el agua del vaso osciló visiblemente.

Nicole intentó disimularlo replegando el brazo con rapidez, pero los nudillos se le quedaron blancos de la fuerza con la que se aferró al borde de la mesa.

Más revelador todavía: el ambiente aséptico del hospital, que para mí era un mero trámite diario, la estaba asfixiando por momentos. Su respiración era superficial, contenida, agitándose con un compás demasiado acelerado bajo la tela de la camisa blanca.

Me vinieron a la cabeza las palabras de Matías de madrugada: No deja entrever ni una sola fisura en su armadura, seguramente porque en el pasado alguien aprovechó una grieta para hacerle una avería.

Allí estaba ella, capitaneando la mesa con maestría, mientras libraba una batalla sorda contra su propio pánico a cada bocanada de aire que respiraba dentro de estas cuatro paredes.

—Nicole —la llamé en voz baja, aparcando el tono corporativo.

—¿Dígame?

—¿Le importa que abra un poco la ventana? El aire acondicionado de esta planta suele dejar el ambiente demasiado reseco.

Detuvo el hojeo de las notas, pero tardó unos segundos en levantar la cabeza.

Cuando al fin me sostuvo la mirada, vi asomar en sus ojos un recelo automático; la coraza se le cerró de golpe en cuanto intuyó que me había percatado de su malestar.

—No es necesario, doctor Adriano. Me encuentro perfectamente.

—No me cabe duda —respondí con tranquilidad, sin segundas intenciones, modulando la voz en ese registro pausado que utilizo para calmar a los pacientes en crisis—.

Pero un poco de ventilación natural nunca viene mal.

Nos pasamos la vida encerrados entre tabiques y se nos olvida que ahí fuera el mundo sigue girando. Foco en la humanización, ¿no era eso?

Me puse en pie sin esperar a que me diera el visto bueno, rodeé la mesa con pasos lentos y liberé el anclaje de la ventana abatible que daba a la copa de los árboles del jardín interior.

El trino suave de los pájaros y la brisa limpia de la mañana se colaron en la sala, disipando la atmósfera cargada y el tufillo penetrante a desinfectante.

Seguro que algún purista de mantenimiento me echaría la bronca por abrir con el climatizador en marcha, pero me importaba un soberano rábano.

Regresé a mi asiento, tomé el vaso de agua de la bandeja y lo deposité con cuidado a una distancia cómoda para que pudiera alcanzarlo sin invadir su espacio vital.

Nicole siguió cada uno de mis movimientos con una expresión indescifrable. Su hostilidad parecía haberse topado contra un muro de serenidad que no sabía cómo combatir. Apretó los labios, tragó saliva despacio y alargó la mano hacia el vaso, bebiendo dos tragos largos para aliviar la garganta seca.

—Gracias —murmuró con un hilo de voz, clavando los ojos en el tablero.

—No tiene por qué dar las gracias por una obviedad.

—Todavía no me acostumbro al olor de los hospitales.

—Ni tiene por qué forzarse a hacerlo si le remueve asuntos delicados.

El valor de haber venido ya dice bastante de su entereza.

—Apoyé los antebrazos sobre la mesa, mirándola a los ojos con total franqueza—: Sé de sobra que preferiría estar en cualquier otro rincón del planeta antes que a solas conmigo en esta sala, Nicole.

Pero quiero que le quede clara una cosa: respeto profundamente su trabajo.

Lo que va a poner en marcha es crucial para mis enfermos.

Por mi parte solo va a encontrar colaboración, las cosas claras y todo el espacio que necesite.

No estoy aquí para juzgarla, y muchísimo menos para hacerle la puñeta.

Mis palabras parecieron descolocarla bastante más que si le hubiera soltado una borderia. Abrió los ojos apenas un milímetro; un poso de vulnerabilidad desnuda y desarmada le cruzó las facciones antes de que pudiera volver a levantar sus barricadas habituales.

Amagó con abrir la boca para contestar, pero el chasquido del picaporte reventó el instante.

La puerta se abrió de par en par y los miembros de la comisión directiva irrumpieron en tropel, cargados de carpetas, disculpándose atropelladamente por el retraso y repartiendo saludos efusivos.

Nicole pestañeó, recomponiendo la fachada de profesional implacable en una milésima de segundo. Cuadró las hojas sobre la mesa, dedicó una sonrisa protocolaria a los recién llegados y tomó las riendas de la reunión como si no hubiera pasado nada.

Sin embargo, mientras desgranaba la presentación con un discurso firme y milimétrico, sus ojos volvieron a cruzarse con los míos a través de la mesa. Ya no quedaba rastro del sarcasmo de la madrugada ni de la furia de la sala de curas.

Había una tregua. Frágil, muda e inesperada; pero suficiente para darme a entender que, bajo aquella coraza blindada, Nicole Rocha acababa de registrar que yo no estaba allí para causarle daño.