Yo no Quería Tener Hijos Capítulo 7
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Capítulo 7

Nicole

Una taza de café solo sin azúcar y una pantalla atiborrada de hojas de cálculo con presupuestos de proveedores a las siete de la mañana de un lunes solían ser mi bálsamo de paz.

Control. Cifras que cuadraban al céntimo, plazos de entrega que no admitían engaños y decisiones que dependían única y exclusivamente de mi solvencia técnica.

Aquella mañana, sin embargo, el vaho ardiente que desprendía la taza se antojaba una humareda inservible, incapaz de disimular el temblor sutil en la yema de mis dedos.

La cazadora de cuero salpicada de sangre seguía a remojo en la pila del lavadero de mi piso, un recordatorio gráfico y tosco de la pesadilla vivida hacía apenas unas horas.

Apenas había pegado ojo tras salir del Hospital Pitágoras de madrugada.

Cada vez que apoyaba la cabeza en la almohada, el eco de los pasos de Adriano Carvalho me retumbaba en las sienes, seguido de aquel tono cavernoso, áspero y desconcertantemente sosegado: «¿Qué fantasmas lleva a cuestas, Nicole? ».

Apoyé los codos en la encimera de la cocina, frotándome los párpados con rabia.

Lo que me quitaba el sueño no era un fantasma etéreo: era el regusto amargo y lacerante de mi propia ingenuidad.

Con veintipocos años, recién salida de la universidad, atiborrada de ilusiones y dispuesta a creer en finales felices, me había fiado a ciegas de un tipo que lucía exactamente la misma bata blanca que Adriano.

Un médico curtido, respetado y encantador que me tomó de la mano, me regaló una sonrisa tierna y me deslizó un frasco de pastillas asegurándome que eran vitaminas para compensar el tute del periodo de prácticas.

«Tómate todas de golpe antes de meterte en la cama, cariño. Te sentarán de maravilla».

Me las tragué sin rechistar. Porque en aquella época yo era la boba enamorada convencida de que los médicos eran semidioses incapaces de albergar maldad.

Horas después, lo que vino no fue un simple malestar.

Fue un dolor desgarrador, una cuchillada visceral en el bajo vientre que me dobló de rodillas contra las baldosas del baño, empapada en una sangre oscura cuyo origen ni alcanzaba a comprender.

Se había enterado del embarazo antes que yo, en una analítica de control en la propia clínica, y zanjó por la vía rápida el «problema» que amenazaba su inminente pedida de mano con la hija de un magistrado del Tribunal Superior.

Luego vino el legrado a matacaballo en una clínica clandestina de tres al cuarto, las miradas acusadoras de las enfermeras, los instrumentos metálicos raspándome el alma sin apenas anestesia y la advertencia siseada a un milímetro de mi oreja: «Como se te ocurra abrir la boca sobre esto, nadie te va a creer que no sabías lo que te estabas metiendo. La culpa siempre recae sobre la mujer».

El destrozo físico remitió con los meses, pero la vergüenza... la vergüenza jamás terminó de cerrar en falso.

Incluso años después, consolidada como una de las profesionales más cotizadas del sector, lúcida, resolutiva y dueña de cada céntimo que engrosaba mi cuenta corriente, la mera sospecha de que alguien pudiera destapar aquel episodio me revolvía el estómago de pura náusea.

¿Cómo demonios una mujer que hoy coordina a docenas de tíos en montajes millonarios pudo ser tan sumamente ingenua?

¿Cómo no até cabos sobre lo que me estaba tragando?

El juicio de los demás sería implacable.

Y la sentencia moral de un facultativo de prestigio como Adriano Carvalho supondría la defunción definitiva de mi dignidad.

El tono estridente del móvil sobre la mesa dinamitó el silencio sepulcral de la cocina, haciéndome dar un respingo en el taburete.

En la pantalla brillaba el nombre de JP.

Tomé aire dos veces seguidas, me cuadré de hombros antes de deslizar el dedo y me pegué el auricular a la oreja, impostando mi habitual acidez para camuflar el nudo que me estrangulaba la garganta.

—¿Ya en pie, señor heredero? Daba por hecho que te pasarías las próximas veinticuatro horas en coma inducido a base de calmantes.

—Ya quisiera yo, futura señora de Medeiros —respondió JP con la voz tomada por el sueño y esa cadencia arrastrada tan suya—.

Mi padre casi me echa la puerta abajo a las seis de la mañana con una bandeja de desayuno y un sermón de media hora sobre la madurez y los peligros de la noche.

Y, para rematar, me ha sacado las comparaciones con mi primo Enzo.

Ahí ya ha cruzado todas las líneas rojas habidas y por haber.

Se me escapó una risa ahogada, notando cómo se me aflojaba un poco la losa del pecho ante su tono de siempre. Enzo era un millonario del sector tecnológico que seguía comportándose como si tuviera dieciséis años recién cumplidos.

—Ya te advertí que lo sensato era volverte a tu piso, pero te emperraste en quedarte en casa de tu padre. Ahora te toca apechugar con Afonso ejerciendo de patriarca protector, que es lo que le va.

—Bastante faena tiene ya con los críos de Maria.

—Tus hermanos pequeños, querrás decir.

—Ya me entiendes, leñe. Con una mano inutilizada estoy a merced de la caridad ajena.

—Qué cruz tienes para dejarte cuidar.

—Si hubiéramos pasado por el juzgado, no te rechazaría ni media ayuda.

—Recuerda las cláusulas: yo soy la mujer florero. Te estás saltando el contrato a la torera.

—Pues llevas razón, qué putada; ya estamos tramitando el divorcio antes de firmar las capitulaciones —rezongó, y escuché el roce de las sábanas al cambiar de postura en el colchón—.

Oye, hablando de todo un poco: ¿tú cómo estás?

La enfermera me soltó si tenías el síndrome de la bata blanca, porque te vio a punto del colapso con las agujas en el box de curas.

—Menuda exagerada, si solo hice una pregunta técnica.

Estoy como una rosa —corté a toda prisa, sintiendo cómo se me disparaban las alarmas defensivas—.

Aborrezco los hospitales, ¿ya no te acuerdas?

Date con un canto en los dientes: no te habría hecho de chófer de haber sido una simple consulta de trámite.

—Pero ahora estás currando dentro de uno.

—Ser paciente no tiene nada que ver con prestar un servicio profesional externo.

Se hizo un silencio espeso de dos segundos al otro lado de la línea. JP podía ser un payaso, pero de tonto no tenía un pelo.

—Era el médico del hotel, ¿verdad? ¿Hablasteis a solas mientras me metían el suero?

Apreté los párpados, reviviendo el instante exacto en que la puerta se encajó y la presencia de Adriano pareció dejarme sin oxígeno en la habitación.

—No. Se limitó a... ir de sobrado y sentar cátedra, como hace cualquier matasanos con ínfulas. Pero le dejé meridiana una cosa: que no tenemos absolutamente nada de qué hablar y que cada uno se quede en su parcela.

—Nick... como a ese tipo se le ocurra hacerte pasar un mal trago o pretenda utilizar lo del congreso para ponerte contra las cuerdas, me lo dices en el acto —el tono de JP mudó a una gravedad inusual—.

Sé de sobra que te pirra echarte el mundo a la espalda e ir de tía de titanio, pero no estás sola en esto.

Si la influencia de mi padre no alcanza en ese hospital, ten por seguro que Henri Premoli y la gente de Predadores sí que saben cómo apretar las tuercas.

Un pellizco de emoción me templó la mirada, pero me tragué la debilidad antes de que asomara a la voz.

—Nadie tiene que salir a partirse la cara por mí, JP.

Me basto y me sobro solita para pararle los pies a quien sea, gracias.

Y ahora haz el favor de tomarte el antiinflamatorio, no te quites el cabestrillo y ni se te pase por la cabeza meterte a resolver correos.

Tengo que colgar ya: mi primera toma de contacto con la comisión de humanización empieza en dos horas.

—Mucha mierda, señora empresaria. No le arranques la yugular al doctor antes de tiempo.

Corté la comunicación y dejé el teléfono sobre el mármol.

Diez minutos después estaba frente al espejo del vestidor rematando los últimos detalles.

Elegí un pantalón de pinzas negro de corte impecable, una blusa de lino blanco con los dos primeros botones desabrochados con discreción calculada y unos zapatos de salón clásicos.

Me recogí la melena en un moño bajo, tirante y pulido, me apliqué un labial fijo en tono teja y rematé el conjunto con un reloj de pulsera de acero y unos pendientes discretos.

Mi armadura ejecutiva. Nadie que viera a esa mujer de planta impecable, porte altivo y mirada de hielo sería capaz de vislumbrar a la cría rota que se desangró hecha un ovillo en el suelo de un baño años atrás.

Recogí el maletín de piel con el dossier del acto benéfico, agarré las llaves del coche y salí del piso.

Hice el trayecto hasta el Hospital Pitágoras con la radio puesta para amortiguar el runrún mental. Mi cabeza tendía a ser un polvorín ruidoso cuando activaba el modo supervivencia.

Saint Asonia – Beast

A medida que mi utilitario enfilaba la barrera del aparcamiento para el personal y contratas externas, el edificio acristalado de seis plantas se alzó ante mi parabrisas con la solemnidad de un tribunal de justicia.

El tufillo a alcohol desnaturalizado y desinfectante que impregnaba el ambiente desde el vestíbulo principal me hizo apretar las mandíbulas nada más cruzar el torno de acceso.

—Buenos días, señorita Rocha. Segunda planta, sala de juntas dos, justo a la izquierda del servicio de paliativos —me indicó la recepcionista dedicándome una sonrisa protocolaria al tenderme la tarjeta magnética de visita.

—Muchas gracias —contesté, imperturbable.

¿En qué puñetero momento se me ocurrió que meterme a trabajar en este hospital era una jugada brillante para superar mis traumas?

Claro: la culpa la tenía aquella única sesión con Osvaldo, el terapeuta de Maria.

Aquella consigna de que, si pretendía plantarle cara a mis demonios, lo suyo era acercarme a ellos en un terreno donde yo tuviera la sartén por el mango.

Me subí al ascensor principal, viendo cómo los números del panel ascendían con parsimonia.

Uno. Dos.

Las hojas de acero inoxidable se abrieron al mismo compás desbocado de mis pulsaciones.

La segunda planta destilaba un ambiente radicalmente opuesto al frenesí del box de urgencias de la madrugada anterior.

No se oían carreras de camillas ni el aullido lejano de las ambulancias.

Reinaba un silencio denso, suavizado por una iluminación indirecta y revestimientos de roble claro en los paramentos, diseñados al milímetro para procurar una estancia cálida a los familiares y a los enfermos desahuciados.

Justo por esa fachada creí en su día que este encargo sería pan comido.

Avancé por el pasillo enmoquetado, con el maletín bien sujeto bajo el brazo, manteniendo la barbilla alta y un paso firme y medido.

Al pasar a la altura del control de enfermería de la unidad, la puerta entornada del despacho de la jefatura de servicio me atrapó la mirada de forma involuntaria.

Dentro, de espaldas al pasillo, estaba él.

El doctor Adriano Carvalho no llevaba puesta la bata blanca.

Estaba inclinado sobre un escritorio de madera maciza, repasando con minuciosidad el historial clínico de un paciente mientras le explicaba algo con voz pausada y paciente a una señora mayor que sollozaba en silencio al otro lado de la mesa.

Sus ademanes carecían por completo de prepotencia; no había un ápice de prisa en su actitud.

Con una mano señalaba una gráfica médica y, con la otra, arropaba la mano temblorosa de la anciana con una templanza que parecía absorber el desconsuelo de aquella familia.

Me quedé petrificada en mitad del pasillo durante una fracción de segundo, con el aire atascado en la laringe.

Aquel era el mismísimo hombre que me había acorralado en la sala de curas hacía apenas unas horas con la mirada encendida, exigiéndome explicaciones sobre nuestra madrugada clandestina.

Y sin embargo ahora, bajo la luz cruda de la mañana, lo que tenía delante era a un facultativo experimentado, despojado de cualquier soberbia y entregado con devoción al dolor ajeno.

Casi me atrevería a decir que desprendía una empatía sobrecogedora.

Adriano levantó la vista del expediente como si hubiera presentido mi sombra en el marco.

Nuestros ojos colisionaron a través de la franja de cristal translúcido de la puerta. No sonrió. No torció el gesto. Se limitó a sostener mi desconcierto con esa fijeza color ámbar que parecía desarmarme todas y cada una de mis corazas sin pedir permiso a nadie.

Aparté la cara al instante, sintiendo cómo las mejillas me ardían como ascuas, y apreté el paso en dirección a la sala de juntas del comité.

Solté el maletín sobre la mesa ovalada de conferencias, arrastré la silla tapizada y tomé una bocanada honda de aire, tratando de meter en cintura a mi corazón desbocado.

La convivencia forzosa era inevitable: un reto profesional que pensaba solventar con la gorra.

Mi única regla de oro para salir indemne de los próximos meses era no permitir jamás que el doctor Adriano Carvalho descubriera hasta qué punto su humanidad me dejaba con las defensas al aire.