Capítulo 5
Nicole
A João Pedro ya se lo habían llevado camilla adelante por el pasillo, dejando a sus espaldas únicamente el hedor acre a antiséptico, los lamparones de yodo sobre la encimera y a nosotros dos a solas.
El doctor Adriano Carvalho taponaba la única salida: alto, ancho de espaldas bajo la bata abierta, clavándome esa mirada de suficiencia de quien se cree con la sartén por el mango en cualquier situación.
Me crucé de brazos sobre el pecho, sintiendo cómo la tela acartonada por la sangre de mi cazadora me tiraba contra la piel.
Tenía el estómago del revés por el cóctel de vodka, adrenalina y el asco visceral que me provocaba este entorno; pero antes me tragaba mi propia bilis que mostrar un solo síntoma de flaqueza delante de él.
—A mí nadie me impone lo que tengo que hacer.
—Nicole...
—Apártese, doctor —solté, cortante, midiendo cada sílaba—. Mi acompañante está en la sala de curas y tengo que estar a su lado.
—Su acompañante es un tío hecho y derecho que solo necesita suero y analgésicos —replicó sin ceder un milímetro. Sus ojos de color ámbar me escanearon la cara con lentitud hasta detenerse en los manchurrones oscuros de mis mangas—. Y usted está saliendo por piernas otra vez.
—Yo no huyo de nada.
—¿Es su modus operandi habitual, Nicole?
Meterse en el cuarto de un extraño, pasar la noche juntos, montar un numerito histérico con la primera luz del día y ni siquiera ser capaz de aguantar cinco minutos de conversación para aclarar el entuerto.
¿O es que el derecho a ofenderse y arrastrar traumas existenciales es patrimonio exclusivo suyo?
El insulto me encendió la sangre como pólvora.
—¿Numerito histérico? —Di un paso al frente, dinamitando la distancia que él pretendía marcar—.
Cometí la cagada monumental de equivocarme de puerta porque iba doblada de alcohol.
Nos acostamos porque los dos estábamos deseando borrar del mapa nuestra patética existencia aquella madrugada.
Lo que vino después fue usted comportándose como un déspota prepotente, queriendo mangonear sobre mi cuerpo y encasquetándome pastillas como si yo fuera un estorbo prescindible que se despacha con un billete en la farmacia de guardia.
Sus dilemas existenciales me traen sin cuidado, ¡básicamente porque a usted mi persona le importó un soberano bledo!
A Adriano se le desencajó la mandíbula. Una vena le palpitó con fuerza en el lateral del cuello.
—Hice lo que cualquier persona sensata habría hecho tras una noche sin protección.
Asumí mi parte, encaré mi negligencia y di la cara.
Lo único que le puse sobre la mesa fue una solución para atajar consecuencias que ninguno de los dos había planeado.
Así que deje de colgarme el sambenito de depredador, porque no le tolero por ahí.
La insinuación de la palabra me abrió en canal la cicatriz del alma.
Aquel tipo no era Rogério. Me estaba pasando de frenada.
Adriano no sabía un carajo. Desconocía las cápsulas, la frialdad de la mesa de quirófano para el legrado y aquel aborto forzado contra mi voluntad que me segó el porvenir de cuajo.
Jamás se lo contaría.
—Usted no sabe una mierda de mí —contraataqué, aguantándole la mirada con rabia—.
No tiene ni la más remota idea de por lo que he pasado ni tiene vela en este entierro para juzgar cómo reacciono cuando un desconocido se toma confianzas que no le corresponden.
Me piré de esa habitación porque no le debía explicaciones a nadie. Y ahora sigo sin debérselas.
—¿Seguro que no me debe nada? —Avanzó un paso hacia mí, llenando la estancia con una presencia física asfixiante.
El aroma a jabón quirúrgico fundido con aquel perfume amaderado de la habitación 412 me invadió el sentido, desarmándome durante una décima de segundo—.
¿Y el chaval de fuera? ¿Sabe que le va a dar la patada en cuanto se le antoje mandarlo a paseo?
Pestañee, noqueada por semejante desplante.
—¿Qué tiene que ver João Pedro en esto?
—Parecía estar al corriente de todo el sainete.
Se ha marcado una pulla sobre la consulta del hotel y ha sacado las garras para marcar territorio.
—Adriano soltó una risa seca, cáustica y despectiva—: ¿Relación abierta?
¿O es su amante de turno? Porque me resulta fascinante que alguien se niegue en redondo a cruzar dos palabras sobre una noche juntos y luego no le tiemble el pulso para enredar a terceros.
La prepotencia de aquel hombre me revolvió el estómago de tal manera que las lágrimas de rabia amenazaron con asomarme a los ojos. El impulso de devolverle el bofetón dialéctico pudo más que la prudencia.
—¿Y a usted qué coño le importa? —le espeté con desprecio, alzando la barbilla—.
¿Y si resulta que es mi prometido, mi amante o el hombre con el que pienso casarme para dar el braguetazo del siglo?
Mi vida privada no es de su incumbencia, doctor Carvalho.
Por una puñetera jugarreta del destino, ambos somos personal externo contratado por la gerencia del Pitágoras y nos va a tocar vernos las caras una temporada.
Mi cometido es que los actos protocolarios salgan a pedir de boca; el suyo, coser borrachos y lidiar con historiales clínicos al límite.
Ya tiene bastante tajo como para buscarse marrones innecesarios.
Nuestra relación ni siquiera ha empezado, así que ahórrese el esfuerzo de clausurarla.
Hágase el favor de ignorarme exactamente igual que pienso hacer yo con usted.
Adriano se inclinó hacia delante, plantándose a escasos centímetros de mi rostro. El calor de su cuerpo era palpable; su respiración contenida y la tensión pura chirriaban en el aire como un cortocircuito.
—¿Que nuestra relación no ha empezado? ¿Segura?
—su tono cayó un compás entero, volviéndose ronco, denso, cargado de peligro—.
Porque cuando la miré en el patio el jueves, y ahora mismo, con esa cazadora llena de sangre, no le quedaba ni rastro de esta coraza de chula que me gasta.
Parecía la mismísima mujer que jadeaba contra mi piel a oscuras.
—¿A qué demonios viene eso ahora?
—A que quiero hablar. Necesito... —Se pasó los dedos por el pelo y desvió la mirada un segundo—. Tenemos que poner las cartas sobre la mesa respecto a lo que pasó.
—Usted venía de romper con una tía que se llamaba exactamente igual que yo. ¿Acaso se ha creído que el destino le ha montado una carambola cósmica?
—Esa mirada de espanto que me clavó no se me va de la cabeza, y me revienta no entender a qué vino. —Volvió a encararme, taladrándome con los ojos, desnudando zonas de mi intimidad que me negaba a poner a la vista de nadie—: ¿Qué fantasmas lleva a cuestas, Nicole?
—Ni me acuerdo.
—Pues yo tengo grabado a fuego lo bien que encajaban nuestros cuerpos.
El aire se me atascó en los pulmones. La cercanía me desbocó el pulso sin control, un fogonazo de memoria carnal que mi cuerpo reconoció antes de que la cabeza pudiera echar el cerrojo. Sí: había sido arrollador. Sí: me había sentido viva, libre y deseada como hacía una eternidad.
Sí: una parte traidora de mi mente reproducía una y otra vez el clímax salvaje que nos arrasó a los dos al mismo compás.
Antes de que pudiera soltarle una réplica hiriente para reventar el ambiente e impedir que volviera a tropezar con la misma piedra, sonaron dos golpes secos en la puerta a espaldas de Adriano.
—¿Doctor Carvalho? —la voz calmada de la enfermera traspasó la hoja de madera.
—¡Dígame! —El ramalazo de frustración en su respuesta fue evidente ante la interrupción.
—El paciente João Pedro ya tiene la medicación puesta y la fluidoterapia rematada. He considerado oportuno avisar a la familia Medeiros.
—De acuerdo.
—El doctor Matías está bajando a supervisar el alta.
La mención a Matías cayó sobre nosotros como un jarro de agua fría.
—Esto no se ha terminado aquí —murmuró Adriano en un susurro grave, una advertencia que me retumbó en el pecho como una factura pendiente.
Pestañee, saliendo del trance de tensión que nos mantenía hipnotizados. Adriano respiró hondo, recomponiendo la fachada médica en una milésima de segundo, y se echó a un lado para dejarme la puerta expedita.
—Ya salgo —le indicó hacia el pasillo con la voz perfectamente modulada, sin volverse a mirarme.
Me alisé la cazadora con los dedos aún agarrotados de rabia y adrenalina. Le pasé por el lado sin dirigirle la vista, sintiendo el peso de aquellos ojos ámbar abrasándome la espalda mientras enfilaba a paso ligero hacia la sala de observación.
Aquella tregua forzada iba a durar un suspiro. En los pasillos de este hospital, nuestro pasado común acababa de convertirse en una bomba de relojería.