Yo no Quería Tener Hijos Capítulo 3
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Capítulo 3

Nicole

Los graves del rock progresivo hacían retumbar el altillo de metal y cristal bajo la suela de mis botas.

La discoteca del magnate alemán parecía una nave industrial futurista recién sacada de los bajos fondos de Berlín: ráfagas estroboscópicas rasgando la penumbra, humo denso con aroma a vainilla artificial y una marabunta de pijos quemando la pista como si el mundo fuera a saltar por los aires el lunes a primera hora.

Blindlove – Birds and the Bees

Plan redondo. La sobreestimulación sensorial era justo la anestesia que necesitaba para callar el eco de mis propios fantasmas.

Apoyé los antebrazos en la barandilla de hierro, contemplando la marabunta apiñada abajo mientras le daba un trago largo a mi copa de vodka con frutos rojos.

Estaba dulce de más, pero el porcentaje de alcohol cumplía de sobra con la promesa de desatar el nudo marinero que llevaba atravesado en el pecho.

JP se arrimó a la mesa alta haciendo equilibrios con un tercio de cerveza de importación en una mano y dos chupitos de tequila en la otra. Lucía una cazadora de cuero sobre la camiseta negra y esa cara de crío consentido al que acaban de colar gratis en el parque de atracciones.

—Dos lingotazos de valor líquido —anunció, empujando uno de los vasitos en mi dirección con una sonrisa descarada—: Porque la futura señora de Medeiros todavía gasta cara de preferir estar cuadrando un Excel de gastos.

—Me tienes calada.

—Todavía me quedan muchos secretos por desenterrar de ese corazón de kiwi tuyo.

—¿De kiwi?

—Áspero y con pelusa por fuera, pero fruta dulce por dentro.

Puse los ojos en blanco aguantándome la risa, agarré el chupito y me metí el trago abrasador de golpe entre pecho y espalda. El fuego me bajó arañando el esófago, encendiéndome hasta las uñas de los pies.

—No malgastes la labia conmigo, JP. No hace falta que me hagas de carabina; vete a dar una vuelta y pásatelo bien, que mañana quiero que me des carnaza cuando te despierte después del polvo salvaje que te habrás echado con alguna afortunada.

—No he salido de caza. Mi único cometido esta noche es despejar a mi amiga del alma, que le hace tanta falta airearse como a mí —replicó, zampándose su trago sin pestañear y metiéndole un sorbo a la cerveza acto seguido para amortiguar el latigazo—: Canta de una vez, Nick.

Te has pasado el domingo entero con cara de entierro.

Y sé de sobra que no es solo el muermo del almuerzo familiar. ¿Quién es el desgraciado?

Lo miré fijamente. La penumbra y los destellos violetas del reservado invitaban a soltar los pecados bajo secreto de confesión. El alcohol ya se había cargado mis filtros de contención, y la pura verdad era que aquel misterio me estaba devorando las entrañas desde el jueves.

—¿Me juras por tu coche nuevo que esto no sale de aquí? —le solté, clavándole los ojos con total gravedad.

JP levantó la mano libre, componiendo un semblante solemne:

—Por el motor turboalimentado y la tapicería de cuero. Desembucha, Nicole.

Me arrimé a él para no tener que desgañitarme por encima de los altavoces.

—¿Te acuerdas de aquellas jornadas de cuidados paliativos en el hospital comarcal el mes pasado?

—Claro que me acuerdo. Volviste de allí con una resaca de tres días y una mala leche que espantaba.

—No fue solo la resaca, JP: tuve un apagón de vergüenza monumental.

—Suspiré, notando cómo me ardían las mejillas con solo revivir la escena—: Estaba...

fue un día para olvidar. Me metí tantas copas de ginebra que perdí la noción del espacio.

Subí a la planta de las habitaciones, me lié con los pisos y empujé la puerta de la 412, que estaba entreabierta.

A JP se le arqueó una ceja al instante.

—No me digas que tú...

—Pues sí: me colé en el cuarto que no era.

Con la mala sombra de que dentro había un tío tan tajado como yo.

Me agarró en la oscuridad, me soltó un «Nicole, has vuelto», y a mi cabeza anestesiada por las copas le pareció lo más normal del mundo.

Nos acostamos en mitad de la penumbra. Fue una locura, un despropósito, un arrebato...

una imprudencia como la copa de un pino.

A JP se le desencajó la mandíbula, ojiplático perdido.

—¡Nicole Rocha! ¿La reina del control, de las líneas rojas y de los límites innegociables?

—Espera, que todavía se pone peor —le corté, apartándome la melena de la cara con nerviosismo—: Por la mañana nos despertamos frente a frente.

Él no tenía ni repajolera idea de quién era yo, ni yo de quién era él.

Por lo que alcancé a hilar, a él le habían dado la patada esa misma tarde...

y a que no adivinas cómo se llamaba la exnovia.

JP pestañeó un par de veces seguidas, procesando el dato, hasta que la comisura de los labios le empezó a temblar.

—No me jodas...

—Sí, señor: Nicole. Le hice de doble de cuerpo involuntaria a la mismísima ex. Aquel hombre fue... mi peor pesadilla.

El silencio de JP duró medio segundo antes de que le brotara una carcajada histérica de la garganta.

Se dobló sobre la barra partiéndose de risa, tapándose la cara con una mano y soltando auténticos hipidos de diversión.

La gente de la mesa de al lado se giró a mirarnos, pero a él le resbaló por completo.

—¡Deja de reírte, pedazo de cabrón! —le solté, metiéndole un empujón en el hombro, aunque lo rocambolesco del cuadro acabó por arrancarme una media sonrisa avergonzada.

—¡Doble de luces de la ex prometida! —soltó atragantándose entre risotadas, señalándome con el botellín—. ¡Nicole, es que eres única! ¡Eso es el karma de los organizadores de eventos, no me cabe duda! ¿Y qué cara se le quedó al pobre infeliz cuando se dio cuenta del patinazo?

—Bueno... el tío mantuvo el tipo bastante bien, me empezó a hablar con una condescendencia como si fuera una pobre desgraciada que necesitara asistencia médica. Y en cuanto me sacó a relucir el tema de las pastillas...

A JP se le borró la sonrisa de golpe. Sabía de sobra el abismo que mediaba entre mi persona y cualquier cosa que oliera a fármacos. No arrastraba solo una fobia cerval al embarazo: cualquier tratamiento médico me disparaba las alarmas del trauma.

—Y ahí fue cuando perdiste los papeles.

—Le monté un número en la habitación como si fuera a degollarme, recogí los trapos del suelo a trompicones y salí por piernas descalza pasillo abajo. Parecía una fugada de un psiquiátrico.

JP soltó un silbido largo, meneando la cabeza con reproche fraternal:

—Propio de ti: convertir un sainete absurdo en una tragedia griega de Sófocles. Pero bueno, al menos fue fuera de la ciudad. A ese pájaro no te lo vas a volver a cruzar en la vida.

Clavé los ojos en el fondo de mi vaso vacío, tragando saliva antes de soltar la traca final:

—¿Tú te crees que yo tengo semejante potra, con el historial que gasto?

—¿Qué pasa ahora?

—Que es el doctor Adriano Carvalho. El nuevo jefe de la UCI y de cuidados paliativos del Hospital Pitágoras. El mismísimo centro donde la gerencia de Matías me ha fichado para coordinar todos los actos institucionales de este semestre. Me lo comí con patatas el jueves por la tarde.

Esta vez JP se quedó tieso como una vela. El cachondeo se le evaporó de la cara, transmutando en un pasmo solidario incontestable.

—Me cago en la mar salada. ¡No me jodas! El destino tiene una mala leche que espanta contigo, Nick.

—Me caló al segundo. Me hice la sueca como si fuera transparente, pero el tío me clavó los ojos como si quisiera hacerme una autopsia en mitad del patio.

Estoy en un callejón sin salida, JP. ¿Cómo coño voy a currar en ese hospital sin que me entren ganas de meterme bajo tierra cada vez que me cruce con esa bata blanca?

—¿Y qué es lo que te reconcome exactamente? ¿La vergüenza de lo que pasó, o que te quedaste con ganas de repetir faena?

—Deja de soltar burradas, que el tema es peliagudo.

JP desterró cualquier rastro de guasa. Se cuadró de hombros, apoyó el botellín en la mesa alta y me posó ambas manos en los hombros con una firmeza que me recordó lo incalculable de su apoyo. Entre bromas pesadas y asuntos trascendentales, jamás me soltaba de la mano.

—Escúchame muy bien: no estás en ningún callejón sin salida.

Eres Nicole Rocha, la tía más válida y con más arrestos de toda la comarca.

Lo que ocurrió entre esas cuatro paredes fue un gatillazo de dos borrachos con el corazón roto.

En el hospital tú llevas la batuta de los eventos y él se dedica a auscultar enfermos.

Como al doctorcito se le ocurra soltarte una indirecta, vacilarte o hacerte pasar un mal trago, me pegas un toque.

No tienes por qué darle explicaciones de nada, ¿te enteras?

Si te cuesta Dios y ayuda encarar el asunto, le dices que hable con mi abogado.

Me planto en su despacho con Henri Premoli y la tropa entera de los Predadores y le dejamos las cosas muy claritas si se pasa un pelo contigo. ¿Estamos?

¿Por qué no sería capaz de enamorarme de este hombre, Dios mío?

Un alivio templado y balsámico me aflojó el nudo de las tripas. Le arreé un puñetazo cariñoso en el pecho.

—No me hace falta que salgas de justiciero a librar mis batallas. Gracias por escucharme; a lo mejor no es tan grave como me lo pintaba mi cabeza.

—Pintaba mal, pero no tiene por qué ser el fin del mundo. ¿Fue caballeroso contigo? ¿Te sentiste violentada? La peña se acuesta con desconocidos todos los días del año. El alcohol te nubla el juicio y te hace pensar en fantasmas, pero... los dos estabais con las defensas bajas.

—Tienes toda la razón, pero sigo sin necesitar que me saques las castañas del fuego.

—No me toques las palmas, futura señora de Medeiros, que me conozco —bromeó, guiñándome un ojo con ese descaro incorregible—. Venga: brindemos por tu independencia y que le den morcilla al doctor Carvalho.

JP alzó el botellín en el aire con un ademán teatral y exagerado, soltando una carcajada sonora.

El aspaviento fue demasiado amplio para el pasillo angosto entre la mesa alta y la barandilla de hierro. Un chaval que pasaba a toda prisa con una bandeja cargada de copas le arreó un golpe seco en el codo.

El botellín salió despedido de sus dedos.

Por puro instinto, para evitar que el casco cayera al vacío sobre la cabeza de alguien en la pista, JP amagó con atraparlo al vuelo.

Pero la maniobra fue torpe y precipitada: cerró la mano en falso en el preciso milisegundo en que el culo de la botella chocaba de lleno contra la esquina de forja de la barandilla.

El chasquido del vidrio al reventar compitió en decibelios con la música; el estropicio fue dantesco.

La base rota actuó como un serrucho dentado, rajándole la palma de la mano derecha de lado a lado mientras intentaba frenarla.

—¡La madre que me parió! —rugió JP de dolor, recogiéndose el brazo ensangrentado contra el pecho.

La sangre no goteó: brotó a borbotones. Un chorro espeso y escarlata le chorreó entre los dedos, encharcando la tarima oscura del suelo y salpicando la manga de mi cazadora en cuestión de segundos.

A JP se le retiró el color de la cara; le había pegado un bajón de tensión fulminante. Se tambaleó hacia atrás, apoyando la espalda en la mesa contigua con los ojos en blanco y la respiración entrecortada por el zarpazo del dolor.

—¡JP! —me abalancé sobre él, olvidándome del vodka, del tequila y de Adriano en la misma milésima de segundo.

Me arranqué el pañuelo grueso de algodón anudado al asa del bolso y le envolví la mano con fuerza, taponándole la brecha con toda la presión que me daban los brazos. La tela clara empezó a empaparse en sangre al instante.

—Nick... me cago en diez, cómo duele... tengo cristales clavados ahí dentro —gimió apretando los dientes; la frente le brillaba de sudor frío y las rodillas le flaqueaban.

—¡Ni se te ocurra desmayarte, mírame a los ojos!

¡Apriétate eso contra el pecho, João Pedro!

—le ordené levantando la voz para sacarlo del colapso.

La profesional acostumbrada a gestionar catástrofes en segundos tomó el mando absoluto de mi cuerpo—: Vamos, nos largamos de aquí echando leches.

Sigue contándome los detalles de nuestra boda ficticia, señor Medeiros.

Le pasé su brazo izquierdo sobre mis hombros, agarrándolo con firmeza por la cintura para que no se me desplomara sobre la tarima con el mareo.

Lo arrastré por el altillo a empujones, abriéndome paso entre la peña que seguía bailando ajena al rastro de sangre que íbamos sembrando rumbo a la salida de emergencia.

Bajamos la escalera de servicio a trompicones hasta ganar la calle. El bofetón de aire gélido de la madrugada me devolvió la lucidez a mí, pero no a JP.

Los coches de transporte privado estaban en fila ante la entrada principal, pero esperar a que maniobraran y guardar cola con semejante carnicería en la mano era una temeridad. La sangre ya rebosaba por los extremos del pañuelo, espesa y tibia contra mis dedos.

—¡Taxi! —le grité a un coche que acababa de parar en la acera de enfrente, agitando el brazo libre como una descosida.

El taxista desbloqueó los seguros al ver la cara de angustia y el reguero escarlata. Metí a JP en el asiento de atrás de un empujón, me encajé a su vera y le mantuve la mano alzada contra el esternón con las pocas fuerzas que me quedaban.

—Perdone, oiga, intentaremos no mancharle la tapicería. ¡Llévenos a las urgencias más cercanas cagando leches, por favor! —rogué, notando el pulso desbocado en las sienes.

El chófer miró por el retrovisor, abrió los ojos como platos al calibrar la sangría y metió primera con un tirón seco:

—El Pitágoras está a seis manzanas bajando la avenida, señorita. Es el único que tiene guardia de traumatología abierta a estas horas.

—Gracias al cielo.

Miré la mano de JP y luego el semblante demacrado de mi amigo, que empezaba a cerrar los ojos vencido por la debilidad. Un escalofrío helado me atenazó el espinazo.

No había escapatoria. No había margen para la huida. El destino acababa de montarme en un taxi rumbo al mismísimo hombre al que juré no volver a cruzarme en la vida.