Yo no Quería Tener Hijos Capítulo 1
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Capítulo 1

Adriano

Cuatro meses. Habían pasado cuatro meses enteros y aquella mujer seguía grabada a fuego en mi cabeza.

Guardias interminables en la UCI, historiales de pacientes desahuciados, comités clínicos agotadores y el engranaje implacable de quien ha elegido la medicina paliativa para lidiar con el final de las vidas ajenas, mientras la propia parecía estancada en un limbo bastante cómodo.

Creí haber sepultado aquella madrugada en lo más hondo de la memoria.

La resaca moral de aquel congreso médico de provincias debería haberme servido de escarmiento sobre el peligro de ahogar los fracasos en güisqui.

Mi compromiso de cinco años se había hecho trizas horas antes, cuando la mujer con la que proyecté media existencia me espetó a la cara que se negaba a pasar los próximos treinta años sin descendencia.

Fui tajante: la paternidad jamás había figurado entre mis planes, ni figuraría jamás.

Ni tampoco debería haberlo hecho en los suyos, entregada como estaba a viajar y a meter jornadas de más de doce horas diarias.

El hospital ya me servía tragedias de sobra en bandeja de plata; no necesitaba traer al mundo otra vida vulnerable para cargarle mis propias sombras a la espalda.

Y entonces, la puerta sin pasar la llave de la habitación 412 cedió. Y el caos entró de golpe sobre unos tacones de aguja.

El perfume dulzón mezclado con el regusto a ginebra, el calor de su piel pegada a la mía en la penumbra, la desesperación compartida por dos desconocidos que solo ansiaban huir de su propia realidad...

y el jarro de agua helada de la mañana siguiente.

Todavía me venía a la mente el pánico salvaje en los ojos de aquella mujer cuando le mencioné la píldora del día después, el alarido desgarrador cuando intenté sujetarla para evitar que se desplomara contra el suelo y la estampa de sus pies descalzos corriendo pasillo abajo, como si yo fuera el auténtico monstruo de su pesadilla.

Se había esfumado como un espejismo. Sin nombre, sin contacto, dejándome únicamente el poso amargo de haber quebrado el primer mandamiento de mi oficio: “primum non nocere”.

—¿Doctor Adriano? —La voz de Marta, la enfermera jefa, me arrancó del ensimismamiento con la sutileza de una sirena de ambulancia—: ¿Piensa bajar al patio central?

La dirección médica ha insistido en que todo el equipo de la UCI y de paliativos haga acto de presencia en la inauguración del plan de humanización.

Me pasé la mano por la mandíbula, notando la barba crecida tras una guardia de dieciocho horas, y me ajusté las solapas de la bata blanca sobre el pijama quirúrgico azul marino.

—No soy muy devoto de los paripés institucionales, Marta. Mi cometido es atender las camas, no regalarle sonrisas a los patrocinadores mientras como canapés resecos.

—El patrocinador principal es Premoli Promociones, junto al grupo inversor de los Medeiros y los Valentini, doctor —replicó con esa sonrisita irónica de quien sabe perfectamente qué tecla tocar para doblegar mi resistencia—: Como les dé por cerrar el grifo de las donaciones, la mitad de las bombas de perfusión continua de su planta se van a tomar por saco.

La dirección ejecutiva ha reclamado su presencia. Diez minutos tiene.

Solté un suspiro pesado, me encajé el fonendoscopio en el bolsillo lateral de la bata y asentí. Podría haberme puesto farruco, pero conocía a Marta al dedillo: jamás gastaba saliva en exigencias que no fueran estrictamente indispensables.

—Diez minutos.

Dejé atrás la tranquilidad de la tercera planta y tomé el ascensor de uso interno hacia la baja. Al Hospital Pitágoras se le caía la baba presumiendo de instalaciones de vanguardia, pero en las jornadas de etiqueta el patio interior mutaba en una auténtica pasarela de peloteo corporativo.

En cuanto las puertas metálicas se abrieron de par en par, el estruendo ambiental me pegó de lleno y no pude evitar torcer el gesto.

Había un murmullo constante, música ambiental suave de fondo, centros florales discretos y de buen gusto arropando las columnas de hormigón visto y un bufé impecable dispuesto junto a las cristaleras que daban acceso a los jardines traseros.

Todo milimétricamente cuadrado. Nada del habitual desbarajuste que otros organizadores de eventos solían dejar por los pasillos del hospital.

Crucé entre los corrillos de la plantilla médica, repartiendo cabeceos de compromiso a los compañeros y declinando con un ademán educado la copa que me ofreció un camarero.

Recorrí el espacio con la mirada buscando al director gerente para cubrir el expediente de rigor y regresar a escape al silencio de mi servicio.

Fue justo en ese segundo cuando se cruzó en mi campo de visión.

Me quedé clavado en mitad del patio, notando cómo la sangre me martilleaba las sienes con violencia.

No podía ser.

¿Era ella?

Sí, sin un ápice de duda: era ella.

No había penumbra que enmascarara sus facciones, ni la niebla del alcohol para distorsionar la escena. La mujer de la habitación 412 estaba a menos de diez metros de mí.

Llevaba un traje de chaqueta oscuro e impecable, pantalón de corte recto que le estilizaba las piernas y una camisa blanca abrochada bajo un collar de piedras en tonos tierra que le caía sobre el escote.

El pelo oscuro iba recogido en una coleta alta, tirante y pulida, realzando la línea esbelta del cuello y la firmeza de la mandíbula.

Sostenía una carpeta rígida en una mano y marcaba el compás con la otra mientras daba instrucciones rápidas a dos operarios del montaje.

Destilaba mando, porte, determinación y un control absoluto sobre el terreno; la antítesis perfecta de la chica temblorosa y desquiciada que me había gritado a pleno pulmón que no la tocara meses atrás.

Permanecí petrificado, apretando los puños dentro de los bolsillos de la bata, mientras mi cabeza intentaba encajar la ironía despiadada del momento.

No era ninguna timadora de poca monta, ni una huésped desorientada que se coló por error en el cuarto equivocado.

Trabajaba allí mismo, en mi propio centro de trabajo.

Como si sintiera la gravedad de mi mirada, la mujer giró la cara hacia mi posición.

Nuestros ojos colisionaron en un impacto silencioso, rotundo, casi físico.

Vi con absoluta nitidez el instante exacto en que su máscara de profesional implacable flaqueó durante una décima de segundo.

La sonrisa se le congeló en los labios. Abrió los ojos apenas un milímetro y la sangre se le retiró de las mejillas ante un sobresalto que hizo oscilar las hojas de su carpeta entre los dedos.

Me reconoció. La bata blanca, mi rostro a plena luz del día; el mismo hombre que la había tenido desnuda y entregada entre las sábanas de un hotel.

Amagué con dar un paso al frente, empujado por el impulso ciego de pedir explicaciones, de exigir respuestas, de entender de una puñetera vez a qué venía aquella huida despavorida.

Pero ella fue más rápida.

Con un gesto seco de barbilla se tragó el desconcierto, alzó la cabeza y recompuso la compostura. Rompió el contacto visual como si yo fuera una mancha invisible en la pared y se dio la vuelta para seguir coordinando a su equipo. Ni un milímetro fuera de sitio.

Una frialdad intachable. Estaba haciendo como si no me hubiera visto en la vida.

—¡Doctor Adriano, qué alegría que haya bajado!

—La voz estruendosa del doctor Matías Chagas, uno de los socios del consejo, me asaltó por el flanco derecho, flanqueado por un señor impecable con traje gris marengo—: Quiero presentarle al encargado del proyecto de adecuación de las áreas de estancia y acogida.

Forcé una sonrisa de compromiso, devolviéndole la atención al director, aunque cada fibra de mi cuerpo continuaba en guardia, pendiente de cada paso que aquella mujer daba por el salón.

—Buenas tardes, Matías —respondí, estrechándole la mano con firmeza—. El montaje está impecable. No solemos ver semejante nivel de coordinación en estas convocatorias institucionales.

—Bueno, el mérito es todo de la organizadora que hemos contratado para llevar los eventos de este semestre —comentó Matías con entusiasmo, señalando con un leve gesto de cabeza hacia el centro de la estancia—: Es de lo mejorcito que tenemos en la zona, avalada directamente por la familia Medeiros y la dirección de Premoli.

Una profesional como la copa de un pino.

—¿Ah, sí? —solté la pregunta con una ligereza calculada que escondía un filo cortante—: ¿Y cómo se llama?

Matías esbozó una sonrisa de oreja a oreja antes de soltarlo con naturalidad:

—Nicole. Nicole Rocha.

El suelo pareció ceder bajo la suela de mis zuecos durante una fracción de segundo. No se podía tener más mala baba.

Nicole.

El mismísimo nombre que musité en la penumbra de la habitación 412 mientras pensaba en mi exnovia. La desconocida que se metió en mi cama hasta las cejas de copas compartía el nombre exacto de la mujer que había mandado a paseo nuestro compromiso horas antes por empeñarse en ser madre a toda costa.

Una carambola grotesca, casi macabra, urdida por el más retorcido de los destinos.

Volví a clavar la vista en ella al otro lado de la sala.

Nicole fingía supervisar la disposición de las flores en la mesa presidencial, pero le cacé de inmediato la rigidez antinatural de los hombros y el compás desbocado de su respiración bajo la camisa.

Sabía de sobra que no le quitaba el ojo de encima.

Sabía perfectamente que parapetarse tras el papel de desconocidos era la única trinchera que nos quedaba.

A mí no me han gustado las medias tintas en la vida, y muchísimo menos dejar cuentas pendientes en el aire.

Si Nicole Rocha se creía que podía pasar página y fingir que la madrugada más desquiciada de mi vida jamás había existido, estaba a punto de comprobar que, en mi hospital, nadie se me escapaba dos veces. Ni siquiera la propia muerte.