Yo no Quería Tener Hijos
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Prólogo
Nicole
Quienquiera que dijese que el tiempo lo curaba todo no cargaba con una herida tan profunda como la mía. Me quejé entre dientes de ese y de otros refranes mientras sentía cómo la moqueta del pasillo del hotel se ondulaba bajo mis tacones de aguja, como si el suelo se hubiese vuelto líquido.
Creo que bebí demasiado.
La música amortiguada del salón de actos de la planta baja todavía me zumbaba en los oídos, mezclada con los efectos de las tres copas de ginebra —o quizá fueron seis— que me metí entre pecho y espalda para soportar la clausura de la gala benéfica de cuidados paliativos.
La organización había salido redonda: los patrocinadores estaban eufóricos y la dirección del hospital alabó cada detalle del protocolo.
Ese era mi trabajo; el control férreo de los tiempos, la mantelería, las flores y la iluminación constituía mi especialidad.
Nadie entre los asistentes sospechaba que aborrecía los hospitales, ni que implicarme en mi peor fobia era mi retorcido intento de hacer terapia de choque.
Para colmo, aquella fecha marcaba el aniversario de una catástrofe en mi biografía.
Y, por encima de todo, nadie imaginaba cómo me desgarraba por dentro aquel día en concreto.
Cada año que caía en el calendario equivalía a contabilizar el tiempo transcurrido desde que me extirparon de cuajo cualquier vestigio de inocencia.
Significaba recordar las cápsulas translúcidas empujadas sobre la mesa, las palabras melosas asegurando que solo eran vitaminas para coger fuerzas y el cólico desgarrador, gélido y solitario que vino después, arrebatándome el derecho a decidir sobre mi propio cuerpo.
Necesitaba anestesiarme. Solo por esta noche, necesitaba que el mundo dejara de girar contra mis barricadas.
Rebusqué la tarjeta magnética dentro del bolso de mano; mis dedos temblaban torpes.
La numeración dorada de las puertas parecía desdibujarse ante mi vista turbia.
¿Cuatrocientos doce? ¿Cuatrocientos veintiuno?
Me detuve frente a una puerta de madera oscura cuya cerradura electrónica parpadeaba en verde, mal encajada contra el marco.
—Genial... ni cerrar bien esta porquería saben —mascullé arrastrando las palabras, empujando la hoja pesada con el hombro.
La habitación estaba sumida en una penumbra casi absoluta, rasgada únicamente por los haces de luz de las farolas que se colaban por la cortina entornada.
El climatizador soplaba un aire helado, pero la estancia olía a güisqui, cuero gastado y perfume amaderado.
Sonaba una base electrónica densa de fondo, lo justo para acentuar esa atmósfera ajena a la realidad.
Raster Dust – Melt Into the Beat
Tiré el bolso sobre el primer mueble que encontré y sentí un alivio instantáneo al quitarme los zapatos de una patada.
Mis pies descalzos se hundieron en la moqueta mientras avanzaba con pasos lentos hacia la cama de matrimonio, con la sola intención de desplomarme boca abajo y apagar los recuerdos amargos del día.
Una silueta se alzó de entre las sombras.
—Has vuelto... —una voz masculina, áspera y grave, quebró el silencio.
Había en ese tono una vibración densa, cargada de dolor y de un poso evidente de alcohol.
Antes de que mi cerebro embotado lograra procesar que había alguien más en la habitación, unas manos grandes y calientes me apresaron la cintura con una firmeza desesperada, estampando mi cuerpo contra un torso ancho y desnudo.
El choque térmico de su piel contra la tela fina de mi vestido me cortó la respiración, pero no retrocedí. La embriaguez difuminaba el miedo, sustituyendo las alarmas habituales por una necesidad urgente, casi animal.
—Nicole... —susurró contra la curva de mi cuello; su aliento entrecortado y ardiente me abrasaba la piel—. Dime que has recapacitado. Dime que no vas a tirarlo todo por la borda. Quédate conmigo, por favor.
El sonido de mi propio nombre en boca de un extraño se sintió como un delirio inducido por el alcohol. Mi nombre. ¿Había alguien en mitad de las sombras que supiera quién era yo? ¿O el destino se estaba pitorreando de mí con una broma macabra?
No quería pensar. Pensar dolía. Pensar traía de vuelta las pastillas, la sangre y la impotencia que llevaba años devorándome.
—No hables... —le rogué en un murmullo entrecortado, subiendo las manos por sus hombros en tensión, encontrando una musculatura firme y una respiración tan desbocada como la mía—. Solo... no digas nada.
Soltó un gemido sordo, casi un lamento de pura agonía, y me devoró la boca con rabia.
Era un beso urgente, desesperado, con regusto amargo a alcohol y la vehemencia de quien busca redimirse en mitad del caos.
Sus manos bajaron por mi espalda con posesión, tirando de la cremallera de mi vestido con prisa febril.
La tela resbaló por mis caderas hasta caer a nuestros pies.
Me sentía expuesta, pero por primera vez en años no tenía miedo.
Sentía calor. Sentía el latido rotundo de un cuerpo vivo sacándome del letargo.
Me alzó en volandas sin esfuerzo aparente y me depositó de espaldas sobre el colchón.
En la penumbra distinguí la línea marcada de su mandíbula, facciones angulosas y unos ojos oscuros que brillaban con un tormento que reflejaba el mío, aunque ignorase sus motivos.
No fue delicado, pero tampoco había crueldad en sus caricias: solo una necesidad angustiosa de olvidar, de ahogarse en la fricción de piel contra piel.
Estábamos en la misma sintonía.
Cuando terminó de desvestirme y se quitó la ropa, el acoplamiento entre mis muslos fue directo. Lágrimas silenciosas por el peso de aquella fecha se mezclaron con el calor de ese choque arrebatador, trayéndome una ligereza insólita.
Me colmó con una determinación rotunda. Su deseo me hizo sentir viva, importante. En cuanto encontró una cadencia constante, solo me importó atrapar esa sensación para siempre.
Nos movimos al compás de un vendaval imprevisible. Yo me deshacía en quejidos; él contenía gruñidos sordos. Cada envite firme, cada presión de sus dedos en mis caderas y cada respiración compartida actuaban como un bálsamo que disolvía mi dolor.
Sobre esa cama yo no era las relaciones públicas cerebral. No era la mujer rota por un crimen impune del pasado. En esa cama extraña, dentro de una habitación anónima, no era más que instinto, vértigo y olvido.
—Nicole... —pronunciaba mi nombre como una plegaria.
—Chitón... no pares, ámame.
El clímax nos arrolló casi al unísono, arrancándole un gemido ahogado contra mi clavícula y dejándome a mí con una bocanada larga de agotamiento.
Se desplomó a mi lado; su respiración pesada fue desacelerando poco a poco mientras uno de sus brazos me retenía contra su pecho. La mezcla de alcohol y semejante entrega física me arrastró al fondo de un sueño sin imágenes.
La claridad de la mañana se coló por los resquicios de las cortinas, clavándose en mis párpados con saña.
Pestañee despacio, con la cabeza retumbándome en un compás punzante y la boca seca como un esparto. Poco a poco recobré las sensaciones físicas: las sábanas de algodón blanco, un perfume desconocido en la almohada y el peso de un cuerpo dormido a mi vera.
Giré la cabeza lentamente, atónita.
Tumbado boca abajo, con media cara hundida en el almohadón, descansaba un hombre corpulento, de hombros anchos, pelo castaño oscuro revuelto y facciones nobles, casi aristocráticas. Había una rigidez latente en su semblante, incluso sumido en el sueño.
Los retazos de la madrugada regresaron en una tromba implacable.
El pasillo. La puerta mal encajada. Las copas. El murmullo de mi nombre. Su cuerpo sobre el mío. El orgasmo.
Eché un vistazo rápido alrededor y lo confirmé: no era mi habitación.
El pánico me subió por el esófago como un trago de ácido.
Me había colado en el cuarto de un huésped desconocido y me había acostado con él como si fuera una cría inconsciente.
Yo, que había levantado un muro de hormigón para no permitir jamás que un hombre me pusiera la mano encima sin medir antes cada milímetro, acababa de hacer saltar por los aires todos mis principios en una sola noche de flaqueza etílica.
Intenté incorporarme sin hacer ruido, pero el somier crujió con mi movimiento brusco.
El hombre se revolvió. Sus párpados se alzaron despacio; eran unos ojos color ámbar, inquisitivos y hondos, que parpadearon contra la resolana antes de clavarse en mí.
Durante un segundo vi la perplejidad cruzar su semblante, pero lo que se adueñó de su gesto no fue enfado, sino un desconcierto absoluto al constatar que la mujer de su cama no era quien él creía.
¿Cómo podía ser, si sabía mi nombre de pila?
Apoyó los codos en el colchón y se sentó despacio, cubriéndose la cintura con la sábana, recorriendo con la mirada mi expresión descompuesta.
—¿Estás bien? —su voz grave sonó ronca por el sueño, pero cargada de una alerta inmediata, protectora—. ¿Qué... qué pasó anoche?
—Me equivoqué de puerta —mi voz salió como un chirrido, casi inaudible, mientras tiraba del embozo de la sábana para taparme, temblando de arriba abajo—. La habitación... bebí demasiado al terminar la gala y la cerradura no había encajado. Lo siento en el alma. Me tengo que marchar.
Frunció el entrecejo al notar mi respiración superficial y el espanto pintado en mi cara. Se aproximó un poco, manteniendo una distancia prudencial, con los hombros inclinados hacia mí.
—Tranquila. No te asustes —dijo con suavidad, mostrando las palmas de las manos en un ademán conciliador—. Yo también iba cargado de copas. Te confundí con otra persona en cuanto abriste la puerta... acabo de salir de una ruptura muy jodida y creí que... en fin, que la culpa no ha sido solo tuya.
—Claro que la culpa es mía.
—Que no. Pero... ¿cómo te encuentras? ¿Te duele la cabeza? ¿Quieres que pida agua o algo de desayuno al servicio de habitaciones?
—¡No! No quiero nada. Solo necesito salir de aquí —contesté a trompicones; el corazón me golpeaba las costillas y sentía que el aire se espesaba en la estancia.
Asintió con paciencia, pero su mirada se desvió un segundo hacia el suelo, junto a la cama, donde la sábana bajera colgaba revuelta. Una sombra de recelo le cruzó los ojos; soltó un suspiro pesado, midiendo las palabras con sumo cuidado para no alarmarme.
—Escucha... ninguno de los dos era dueño de sus actos anoche y se nos fue de las manos. Estoy completamente sano, por mi parte no hay de qué preocuparse. Pero... lo hicimos sin protección.
La constatación cayó sobre mí como un bofetón helado. La sangre se me retiró de golpe del rostro y la bilis me quemó la garganta. Empecé a temblar de forma incontrolable.
Al ver mi estado de choque, ladeó el torso hacia mí, bajando el tono a un registro sereno, casi médico:
—No te me vengas abajo, de verdad; todo tiene arreglo si lo atajamos a tiempo. Puedo bajar a la farmacia de guardia ahora mismo y comprarte algo... la píldora del día después evita cualquier susto y...
Pastilla.
La palabra detonó una sirena ensordecedora dentro de mi cabeza.
La habitación empezó a dar vueltas. Las paredes parecieron encogerse sobre mí, trayendo el eco de una voz masculina del pasado asegurándome que solo era una vitamina, que era por mi propio bien, justo antes de que unos dolores atroces me desgarraran las entrañas.
—¡No! —grité, saltando de la cama en un movimiento convulso.
Me apreté el vestido arrugado contra el pecho desnudo, incapaz de coordinar los brazos para ponérmelo, retrocediendo a trompicones hasta chocar de espaldas contra el armario empotrado.
Él se puso en pie de golpe, tirando de un pantalón de chándal para cubrirse, con los ojos desencajados ante mi ataque de pánico. Dio dos zancadas hacia mí, abriendo los brazos con cautela manifiesta:
—Oye, quieta. No estás bien. Vamos a...
En cuanto sus manos me rozaron los antebrazos para sujetarme y evitar que me desplomara, el contacto me abrasó como si fueran ascuas.
—¡SUÉLTAME! ¡NO ME TOQUES! ¡QUÍTAME LAS MANOS DE ENCIMA! —bramé con todo el aire que me quedaba en los pulmones, revolviéndome desquiciada; mi alarido retumbó en las paredes como si tuviera delante a mi verdugo.
El hombre replegó los brazos al instante, retrocediendo un paso con las palmas en alto, lívido ante semejante muestra de histeria.
—¡Solo intento echarte una mano! —exclamó con una preocupación palpable, cuidando cada gesto—. Tenemos que hablarlo con calma; se hará como tú decidas y no pienso escurrir el bulto. No voy a volver a ponerte un dedo encima, te lo juro. Pero... necesitas respirar. Toma aire, por favor.
Solo intento echarte una mano.
La frase me taladró el alma, ácida y ponzoñosa.
Una ayuda idéntica a esa me arruinó la vida.
Sin mediar palabra, me pasé la tela arrugada por la cabeza con ademanes torpes y desesperados, agarré del suelo los tacones y el bolso con los dedos entumecidos, quité el pestillo de un tirón seco y salí disparada al pasillo.
Corrí descalza sobre la moqueta sin mirar atrás, huyendo del fantasma de mi pasado, de la habitación 412 y de los ojos ambarinos de aquel hombre que pretendió ofrecerme la misma salvación que un día me partió en dos.
El tiempo no cura un carajo; se limita a devolverte a la casilla de salida una y otra vez. Todos los años.