Yo esa noche NOTA ANIVERSARIO #2
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NOTA ANIVERSARIO #2

Por su parte, la doctora en Física Giselle Mosso, creadora del Morphattractor, me aportó claridad en torno al caos que reina en la sociedad, el cual está lejos de ser anárquico.

Para ella “es el orden que existe detrás del desorden. Un orden camuflado, de naturaleza morfológica, que se hace pasar por azar, pero no lo es”.

El lado positivo del caos

El caos favoreció a Violeta Hernández Blanco y a sus padres, Eugenia y Rafael. Hoy la familia disfruta, con ciertos cuidados adicionales, de una rutina estable y tranquila.

Eugenia, recuperó las ganas de reír, y sus ojos destellan amor.

Ella es la encargada principal del cuidado de su hija y está feliz de que sea así.

Cada día, la deja temprano en el colegio y de ahí se dirige a la agencia de turismo donde trabaja hace años.

Gracias a sus compañeros, mantuvo el puesto en un momento delicado de su vida.

De vez en cuando, un cliente la reconoce y la felicita, mas ella prefiere pasar desapercibida y olvidar los seis meses de amargura.

Violeta consiguió, con asistencia psicopedagógica y procesos de readaptación, pasar de grado, estar al día con las materias y conservar sus amistades.

El pasado primero de junio, cumplió siete años y lo festejó por tandas en la intimidad.

Primero, con sus padres y sus abuelos; y a los días, la visitaron el tío y sus primos.

Rafael, a pesar de mostrarse frío y distante con los medios, de seguro está feliz de conversar, jugar y divertirse con su pequeña al regresar de la oficina.

Es probable que la aparente calma y esperanza que mantuvo en los seis meses se debiera a sus conocimientos avanzados de física, de matemática y de modelos de predicción.

Sospecho que el padre de familia había hecho las cuentas y confiaba en que la estadística jugaría a su favor.

Le agradezco la gentileza de haber charlado conmigo una mañana de diciembre, previo a salir para el trabajo.

Ellos fueron los más beneficiados con el caos, es indiscutible. Lo curioso es que no fueron los únicos.

Gracias al accidente, Ramiro Valerda se hizo conocido como el Chofer Justiciero, consiguió el cambio de turno que anhelaba hace años, lo cual le permitió fortalecer su matrimonio y reconectarse con sus hijos; y además, ganó un amigo venezolano: Josmar Zapata.

Él, por su parte, renunció a la bicicleta y consiguió un trabajo estable.

Gracias a las salidas que organiza con Ramiro, vuelve a sentirse querido y acompañado, tras haber enviudado.

Olivia Croche aseguró su puesto en la administración pública y, al mismo tiempo, conoció a su novia, Lorena, la mujer que detuvo la puerta para que no perdiera el subte.

Y la trabajadora de la noche, cambió el rumbo su vida profesional luego de replantearse el pasado, el presente y el futuro.

La lista de beneficiados por la liberación de Violeta continúa.

Sin embargo, sería tendencioso de mi parte enfocarme solo en lo agradable e ignorar que existieron consecuencias negativas.

Por respeto a sus familias, retendré los detalles y no los mencionaré, aunque créanme cuando les digo que hubo participantes directos e indirectos que no pudieron, no supieron o no quisieron resignificar lo sucedido el 29 de marzo.

Al fin de cuentas, el caos no es bueno ni malo, simplemente existe. Habrá personas que afrontarán cada situación con actitud positiva, así sea para aprender; otras se frustrarán, se enojarán, se aislarán y jurarán que la vida carece de sentido.

Claro que también estamos los que boyamos en un punto medio, en un limbo creado por el libre albedrío a la espera de que nos alcance la luz o de que nos traguen las sombras.

Yo, esa noche

El primer paso, en este apartado, es pedirles disculpas.

Les mentí, los engañé. Durante un año, les hice creer que mi labor periodística me había posicionado en la hora exacta y en el lugar preciso para cubrir la liberación de Violeta.

Eso no fue lo que ocurrió, y me gustaría dedicar las próximas líneas a explicarme.

A mediados de febrero del año pasado, llegó a mis oídos un rumor que valía la pena investigar: un referente de la oposición política escondía un hijo extramatrimonial.

Lo conversé con mi jefe de redacción y se mostró cauto.

“Movete con cuidado. Le pifiás en esa, y nadie te salva de la guillotina”.

Si bien es complicado meterse con políticos poderosos, él se refería a mis reiterados fracasos.

Solía acercarme a su despacho con proyectos dignos del Pulitzer, que acababan siendo HOAX surgidos de la computadora de un adolescente aburrido o de un jubilado conspiranoico que buscaba atención.

Incluso, uno de esos proyectos se publicó tiempo atrás.

No mencionaré cuál, todavía me avergüenza.

A partir de ese momento, mi popularidad pasó de ser nula a negativa.

Cuando la mala experiencia indicaba que debía calmarme y jugar a lo seguro, yo buscaba el modo de subir la apuesta.

Por redactar artículos de interés general, nadie me recordaría ni tampoco recompondría mi reputación.

Así que cuando apareció el rumor del hijo bastardo, me lancé a la pileta a ciegas con la esperanza de que hubiese agua.

Las primeras entrevistas fueron prometedoras, aunque a medida que me acercaba al núcleo de la verdad, los testimonios se empantanaban.

Si las garras de la política amedrentan a un juez, a un fiscal, a un policía o a un periodista, era lógico que sucediera lo mismo con la gente “común”.

Requirió esfuerzo y perseverancia obtener el apellido de la supuesta madre, Goroitía, y dar con el contacto de una enfermera que, en teoría, había asistido el parto.

El nombre de la profesional era poco común, por lo que la encontré en las redes sociales con cierta facilidad.

Intercambiamos unos cuantos mensajes. Parecía dispuesta a colaborar, mas prefería que conversáramos en persona.

“El texto deja rastros sin importar que uno borre los chats”, se excusó.

Acordamos reunirnos el 28 de marzo en una confitería por la tarde.

Me entusiasmé mucho. Hoy sé que demasiado.

Tanto que a una semana de la entrevista, refloté mis malos hábitos.

Comencé a alardear ante mis colegas y mi editor, a reclamarles por la falta de reconocimiento, a decirles que se arrepentirían de burlarse, y unas cuantas pavadas más.

Hasta me animé a escribirle a mi padre, Miguel, con quien no hablaba desde el primero de enero, para informarle que, en breve, su hijo sería famoso, para subrayar que se había equivocado sobre mi profesión y para exigirle que se disculpara por subestimar mis aptitudes.

Con el ego inflado, me desperté la mañana del 28. Fui a la redacción para cerrar unas notas menores y, cerca de las cinco de la tarde, le comenté al editor, a viva voz, que saldría antes para conseguir la primicia que sacudiría a la política argentina.

Llegué al café en el horario pactado. Ella no.

La esperé quince, veinte, treinta minutos.

Le mandé mensajes, que quedaron sin respuesta.

Luego de una hora, la llamé. “Cambié de opinión”, me dijo.

“La información de mis pacientes es confidencial y charlar con vos podría traerme problemas”.

Quise averiguar si sufrió intimidaciones o amenazas y contestó: “Disculpá, es una decisión personal”.

La desilusión y la angustia me mantuvieron rígido como estatua durante un largo rato. Recién cuando el mesero me preguntó si se me ofrecía algo más, pasadas las ocho de la noche, volví en mí. Me retiré del bar abatido y tomé los dos colectivos de regreso a casa.

Habré estado un cuarto de hora tirado en la cama con la mirada perdida en el techo cuando recibí un mensaje de mi editor.

Quería saber cómo había resultado la entrevista.

Lo ignoré. A los minutos, otro mensaje; me pedía que le confirme si la testigo era confiable.

Agarré el celular para inventar un pretexto que me absolviera de la culpa, que me evitara la vergüenza.

Un intento de homicidio o el accidente de un familiar, situaciones por el estilo.

No obstante, le envié: “Le asignaron un sobreturno. La veo en un rato”.

Y de inmediato, insistí con ella: “Necesito que nos veamos, mi trabajo corre peligro”.

Entonces, descubrí que su contacto estaba griseado, me había bloqueado.

Desesperado, compré por internet un informe detallado que incluía la situación laboral, fiscal, judicial y residencial de la testigo.

De ahí surgió el último domicilio conocido, sobre la avenida Eva Perón en Flores.

Como era tarde para combinar colectivos, pedí un auto.

Al cabo de media hora, me encontraba frente a un edificio de puerta vidriada.

Según la empresa de datos, ella vivía en el último de los siete pisos.

Toqué el timbre tres o cuatro veces… en vano.

Del otro lado de la puerta, a dos metros del ascensor, el encargado turno noche parecía dormitar sentado en una silla con los brazos cruzados y el mentón sobre su pecho detrás de un escritorio de madera.

Pensaba una excusa que sirviera para que me dejara pasar cuando un hombre de setenta y pico se paró a mi lado con el llavero en una mano y una caja de pizza en la otra.

“¿Ey, cómo estás?”, lo saludé rápido de reflejos.

“Bien, bien”, me sonrió, mientras empujaba la puerta.

Y al ver que me mandaba detrás de él, preguntó: “¿Vivís acá?”.

“Sí, obvio. En el séptimo D”. El hombre hizo una pausa, se mostró dubitativo.

“Soy el marido de la enfermera”, agregué.

“¡Ah! ¡La enfermera! Sí, sí, la recuerdo”.

Justo cuando el encargado abría los ojos, ingresamos al ascensor.