Yo esa noche NOTA ANIVERSARIO
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NOTA ANIVERSARIO

CASO VIOLETA HERNÁNDEZ BLANCO: LA HISTORIA JAMÁS CONTADA

Secretos y confesiones de los protagonistas de un hecho que conmovió a la Argentina.

Por Nicolás Cattaneo

Faltaban minutos para la medianoche cuando Nemesio Sklier decidió abandonar su escondite. A las apuradas, guardó lo que consideró importante en un bolso, adormeció a Violeta con un fármaco inyectable y salió a la calle sujetándola de la mano.

A esa misma hora, a unas pocas cuadras, una empleada administrativa del Gobierno de la Ciudad acudía en un horario extremadamente inusual al taller de su mecánico, para retirar el Chevrolet Corsa con el que iba a salir de viaje a la mañana siguiente, y un trabajador independiente tomaba un colectivo de la línea 50 para entregar un pedido, dado que un ladrón acababa de robarle la bicicleta.

A bordo de la unidad, se cruzaría con un muchacho de pésimo humor, recién despedido de su trabajo, y un chofer con pocas pulgas que, en unas cuantas paradas, se convertiría en justiciero.

En simultáneo, una trabajadora de la noche recorría la avenida Eva Perón a la espera de juntar unos pesos para cenar y pagar cuentas atrasadas.

Estas personas que nunca se vieron la cara, esa noche, compartirían un propósito sin siquiera sospecharlo: regresar a Violeta a los brazos de sus padres.

Destinos entrelazados

“Imaginate que te aplaudan por matar a un tipo”.

La frase, dicha con vergüenza y culpa, pertenece a Ramiro Valerda, a quien entrevisté en septiembre del año pasado.

El reconocido Chofer Justiciero lejos estuvo de mostrar orgullo por atropellar al secuestrador, y considera el siniestro como una cruz que cargará por el resto de sus días.

Tal vez por eso, busca redimirse mediante el personaje que cobró vida en las redes sociales.

“Hoy soy un canal de comunicación abierto a la sociedad. Permito que se escuche la voz de gran cantidad de víctimas que sufren injusticias a diario”, me comentó al final de la entrevista.

Valerda ignora —y anhelo que estas palabras le brinden cierta paz— que hubo otros justicieros ese 29 de marzo.

Cada quien jugó su parte y cada parte fue esencial.

Bastaba con que uno de los testigos —o más bien partícipes— se quedara en cama enfermo para que Violeta padeciera un final trágico o, por lo menos, diferente.

Por ejemplo, Josmar Zapata, uno de los dos pasajeros, tomó el colectivo porque momentos antes le habían robado la bicicleta con la que realizaba repartos.

“Pedaleaba día y noche para comer y pagar el alquiler”, me explicó.

Y además agregó: “un mensaje de la compañía de internet me forzó a dejar la cama. Decía que procederían a cortar el servicio si no regularizaba la deuda”.

Sin esos veinte o treinta segundos que demoró en subir a la unidad de la línea 50, el colectivo hubiera pasado antes por la esquina de Castañón y Eva Perón, no hubiera embestido a Sklier, y este hubiera recapturado a la nena.

Lo mismo aplica para Alexis Simunovic, quien se encontraba alterado y furioso por haber perdido su trabajo.

Culpa del pésimo humor que traía, se enredó, desde los asientos del fondo, en la acalorada discusión que Zapata y Valerda mantenían por el cobro del boleto.

¿El altercado pudo afectar la velocidad con la que se desplazaba la unidad?

¿Distrajo al conductor? Son preguntas contrafácticas que jamás tendrán respuesta, pero apostaría a que las tres personas a bordo de la línea 50 fueron piezas necesarias para la liberación de Violeta.

Igual de transcendental fue el rol de la trabajadora sexual, cuya identidad reservaré.

Durante la hora previa al siniestro, caminó la avenida Eva Perón y sus calles transversales en busca de su primer cliente “sin demasiadas expectativas”, según su testimonio.

“Con el paso de los años, me puse selectiva con los clientes, sumado a que las cuarentonas no somos las más buscadas”.

Frustrada y con el estómago vacío (al igual que los bolsillos), pensó en pedirle unos pesos a un hombre que caminaba tomado de la mano de quien creyó era su hija.

“Tenía la vista perdida y, a la vez, lucía concentrado. Es decir, estaba ido o enfocado en sus pensamientos, en lugar de observar lo que sucedía en la vereda. La nena, en cambio, estaba desorientada. Avanzaba como un zombi, con los hombros caídos y el mentón sobre el pecho”.

La charla fugaz que mantuvo con el secuestrador fue clave; Sklier se distrajo, y Violeta intentó escapar.

Entonces, entró en el juego Olivia Croche, la mujer que manejaba un Corsa Súper por la vía contraria.

En el mismo instante que el cráneo del criminal se fracturaba en múltiples pedazos, el cuerpo de la menor secuestrada quedaba expuestó al paragolpes del auto.

En un principio, declaró que había frenado, aunque al entrevistarla pasados unos meses relató: “la aguja de la temperatura del motor captó mi atención: estaba sobre la franja roja. Anduve otras dos cuadras antes de que apareciera el olor a quemado; a la vez, un vapor empezó a salir por los costados del capot. El auto fue perdiendo potencia, el acelerador no me respondía. Finalmente, se frenó”.

¿Qué hubiera sucedido si el motor no se hubiese recalentado o si Olivia hubiera elegido otra calle para volver a su casa? “¡Si los autos de atrás hacían luces y tocaban la bocina porque yo iba lento!”.

Cinco personas aportaron su grano de arena esa noche para que hoy recordemos con alegría la aparición de Violeta.

Cinco destinos se entrelazaron para hacer justicia.

Personajes ocultos

A medida que realizaba las entrevistas, mantenía conversaciones e investigaba ciertas pistas, la investidura de Chofer Justiciero se diluía más y más.

No eran dos, ni tres, ni cuatro las personas que participaron de modo directo o indirecto en la liberación de Violeta.

De golpe, me encontré con una decena de colaboradores y comprendí que, si seguía indagando, el número se incrementaría.

Ramiro Valerda estuvo años pidiendo que le asignaran el turno mañana. Los de Recursos Humanos hicieron su aporte a la causa y rechazaron cada una de las solicitudes.

Josmar Zapata colaboró para ubicar el colectivo donde debía estar en ese preciso momento porque otras personas influyeron en él.

Si la compañía de internet no le hubiese enviado el mensaje de corte del servicio, si un cliente no hubiera pedido empanadas, si el retiro de la comida no hubiese estado dentro del restaurante y si un delincuente no se hubiera robado la bicicleta, el señor Zapata no hubiera subido a esa unidad.

Alexis Simunovic, el otro pasajero, trabajaba en una concesionaria de autos cero kilómetro hasta horas antes del siniestro.

El jefe de ventas decidió, de mal modo, finalizar su contrato de trabajo.

¿Qué hubiera sucedido si lo echaba un día antes o un día después?

¿Hubiera viajado en el 50? ¿Hubiera estado de mal humor?

Olivia Croche manejaba su Corsa por la avenida Eva Perón pasada la medianoche, luego de ir al taller mecánico.

Hacía un ruido extraño y al día siguiente debía viajar a Venado Tuerto para el cumpleaños número treinta de su hermano.

¿Por qué lo retiró tan tarde? Porque sus compañeros de oficina la recargaron de trabajo haciendo valer el derecho de piso.

¿Qué taller la recibió a esa hora? Uno cuyo dueño es amigo de la familia.

Y si Olivia pudo tomar el subte E desde Parque Patricios hasta Flores, fue gracias a una mujer que le sostuvo la puerta del vagón en el último servicio del día.

Cada una de estas intervenciones fue tan necesaria como la del mecánico que, por error, ahorcó una manguera de refrigeración y provocó que el motor del Chevrolet se detuviera, recalentado, a centímetros de Violeta.

Por último, queda mencionar a dos supuestos participantes que intenté rastrear por todos los medios. Lamento decirles que no tuve éxito más allá de conseguir ciertos indicios de su existencia.

El primero fue quien reparó la vereda por la que caminaba Nemesio Sklier. Diferentes testigos declararon que el secuestrador se tropezó con una baldosa floja justo antes de bajar del cordón. Sin ese traspié, ¿hubiera sido atropellado por el Chofer Justiciero?

El segundo rompió la inercia de un caso sin avances ni sospechosos.

Fue quien puso en marcha la maquinaria del caos para conectar cada uno de los hechos que, por su propio peso, no hubieran liberado a Violeta, fue quien, con una advertencia, sacó al secuestrador de su guarida.

“Nosotros sabemos”, decía la nota que este personaje deslizó por debajo de la puerta de la vivienda donde Violeta estuvo secuestrada durante medio año.

Este sería el eslabón perdido que explicaría por qué Sklier salió apurado a media noche sujetando a la niña de una mano y con un bolso en la otra.

¿Hacia dónde? Nunca lo sabremos. Se llevó esa respuesta a la tumba en cuanto bajó un pie de la vereda.

¿Casualidad o causalidad?

Intrigado hasta la médula por la cantidad de participantes y la multiplicidad de sucesos que fueron necesarios para que Violeta recuperara la libertad, decidí conversar con dos profesionales muy respetadas en el mundo académico.

Candela Szischik, licenciada en Física y docente de la materia Física III en la Facultad de Ciencias Exactas, me hizo comprender que estaba frente a un sistema complejo en el cual “varios ingredientes interactúan entre sí de forma no lineal y que, asimismo, cuentan con propiedades emergentes. O sea, el efecto de la interacción no puede explicarse del análisis de cada componente. El todo es más que la suma de las partes”.