NOTA ANIVERSARIO #3
Me despedí del hombre en el tercero y, al minuto, estaba en el departamento de la testigo.
Toqué el timbre y… nada. Utilicé los nudillos como aldaba; suave la primera vez, con ímpetu la segunda, y nada.
Espié por la cerradura y encontré pura oscuridad.
«Debe estar de guardia», recuerdo que pensé. «La mentira se convirtió en verdad».
«¿Y ahora?». Cada respuesta que surgía, me atormentaba: «Es inútil que la espere, ella no quiere hablar». «Los de redacción me van a boludear por meses». «Otro fiasco más, no sirvo para el periodismo». «Miguel tenía razón, soy un fracasado».
Giré sobre mi eje y me dirigí hacia el elevador. Sin embargo, antes de pulsar el botón, descubrí un cartel de fondo verde con letras blancas que indicaba “terraza”, acompañado de una flecha que apuntaba hacia las escaleras.
Inhalé profundo, contuve el aire y subí el primero de los escalones.
Estiré la mano para alcanzar la baranda, tomé impulso y guié al pie izquierdo.
Cerré los ojos, apreté los párpados. Levanté el pie derecho.
Se me cerró el esófago, estaba mareado y con ganas de vomitar.
Pie izquierdo. Las náuseas no brotaban del estómago, sino del corazón.
Pie derecho. El nudo en la garganta era de angustia.
Pie izquierdo. Sentía las mejillas húmedas, la tristeza se condensaba formando lágrimas. Pie derecho.
Al final de la escalera, había una puerta de metal. Accioné el picaporte y la empujé. Del otro lado, me esperaba un piso rojizo, recubierto con membrana poliuretánica, un muro de un metro y medio, que bordeaba el perímetro, y la luz tenue de la luna, que me mostraba el camino a seguir.
Vacilé por un instante. Las piernas me temblaban, indecisas, cuando escuché las risas de mis colegas.
Las del pasado y las del futuro. Yo era un árbol caído del que obtendrían leña.
Y no serían los únicos. Mi padre, haría lo mismo.
Se pondría en la fila a esperar su turno; paciente, con una sonrisa en el rostro y una filosa lengua como hacha.
Desbordado por la bronca y la impotencia, caminé directo al muro.
Si no existía en la mañana, nadie podría humillarme.
Me impulsé, primero, con los brazos y, luego, con las piernas.
El ancho de la pared coincidía con el tamaño de mi calzado.
La brisa era fresca y ligera, no empujaba.
Abrí los brazos, me incliné levemente y miré hacia abajo.
El asfalto me seducía, el vacío me llamaba.
En un segundo, los problemas dejarían de ser problemas, las frustraciones y las tristezas se esfumarían, la presión (o la prisión) del qué dirán cesaría y, por fin, me liberaría de la culpa, de la maldita culpa que me asfixiaba desde que había nacido.
La culpa que me hacía sentir en deuda por cada minuto que respiraba, la culpa que me recordaba que nada de lo que hiciese sería suficiente, la culpa que me provocaba asco al mirarme al espejo.
La culpa que sentía por mi mamá, que murió al parirme y la culpa de haber dejado solo a mi papá, que perdió al amor de su vida.
Entonces, justo en el momento que levantaba un pie para sellar mi acuerdo con la Parca, un grito agudo captó mi atención.
Alcé el mentón y encontré en la mano de enfrente a un hombre que se sacaba de encima a una mujer para ir tras los pasos de una niña que cruzaba a los tumbos por Eva Perón.
En cuanto bajó del cordón, un colectivo lo atropelló, y el resto es historia conocida.
Cuestión de perspectiva
Un solo hecho puede derivar en múltiples historias.
Cada punto de vista, cada interpretación aportará un matiz que la hará diferente a las otras.
A su vez, cada historia sufrirá cambios, adaptaciones, mutilaciones, dependiendo de quién la escuche.
Aunque queramos contar “la verdad”, lo dicho será ciento por ciento subjetivo.
Cuando planifiqué esta nota aniversario, creía que Violeta Hernández Blanco estaría en el centro de la escena y que narraría cómo el secuestro afectó su vida, la de sus padres y la de los testigos.
Sin embargo, a medida que avancé con la investigación, la incertidumbre fue ganando terreno, al punto de tornarse incómoda y angustiante.
A fines del año pasado, mi perspectiva cambió.
Entendí que era imposible encontrar respuestas si desconocía cuál era la pregunta y decidí tomarme un respiro, un tiempo para mí, para reflexionar y cuestionarme, para expresarme y que me escuchen.
La parte más difícil fue pedir ayuda y cortar con la inercia que repetí durante treinta y siete años: “Estoy bien, puedo solo”.
Al verme atrapado en el laberinto del yo-yo-yo en donde “mis problemas son los peores, mis desgracias nadie las entiende y mis frustraciones serán eternas”, perdí de vista que soy parte de un mundo en el que habitan otras personas atravesadas por la angustia y la desesperanza, personas con quienes podía compartir el dolor y sentirme comprendido, personas dispuestas a guiarme y contenerme.
Hoy, con un nuevo punto de vista, intento abandonar la pregunta “¿Por qué sigo vivo?”, y en su lugar pretendo responder: “¿Qué vida quiero vivir?”.
Para ir cerrando, de las múltiples enseñanzas que me dejó esa noche, la más importante, la que deseo que recuerden es: Cada persona cuenta .
Aunque desconozcamos el cómo, el cuándo y el por qué, cada vida tiene un propósito .
Y no es un principio de autosuperación o resiliencia, ni una cuestión religiosa, sino que proviene de un axioma científico.
Somos parte del caos —nos guste o no— por lo que nuestra historia influirá, tarde o temprano, en la historia de los demás.
Al fin y al cabo, el destino es un camino rizomático y, mientras respiremos, las posibilidades son infinitas.
Nicolás Cattaneo, desde el lugar de los hechos.