Yo esa noche 20 DE NOVIEMBRE #2
68%

20 DE NOVIEMBRE #2

Al meter la mano en su bolsillo, sentí en mis dedos la textura inconfundible del papel, y el bulto que envolvía este papel generó cierta resistencia sobre la billetera al momento de retirarla. Estimo que Nemesio percibió la fricción.

NC: —¿Te referís a un sobre?

RB: —Exacto. Y en los sobres… se suele guardar…

NC: —Guita.

RB: —Me arriesgué de más, pero en cuanto lo vi tendido en la calle, en lo primero que pensé fue en eso.

NC: —¿En lo primero? ¿Cero angustia, culpa, desesperación? Había un tipo tirado sobre el asfalto. ¿Ni siquiera se te ocurrió llamar a una ambulancia?

RB: —De nuevo la arrogancia del moralista.

Nicolás, algunas personas estamos vacunadas contra el horror.

Atravesamos tantas situaciones de mierda que llegamos al punto en que nuestro cuerpo y nuestra mente nos aíslan de ciertas emociones.

El instinto de supervivencia nos inmuniza.

Y ese mismo instinto me dijo: “Rosana, el tipo está muerto. Agarrá el sobre antes de que se lo quede un paramédico o un policía”.

NC: —Esa noche declaraste que te acercaste a asistirlo.

RB: —Sí. Con una mano, fingí tomarle el pulso; mientras con la otra, busqué lo que, en verdad, me interesaba.

NC: —¿Era un sobre, finalmente?

RB: —Era un sobre.

NC: —¿Y cuánto había?

RB: —Cero pesos, una decepción. Al menos, cargaba una suma decente en la billetera.

NC: —¿Entonces? ¿Había documentación importante? ¿Apuntes? ¿Datos de otras víctimas?

RB: —Nada de eso.

Dentro había una factura de Edesur, y el sobre estaba sin abrir.

NC: —¿Estás jugando conmigo?

RB: —No.

NC: —Me explicás, por favor, cuál es la relevancia de una boleta de luz.

RB: —Miralo por vos mismo. Tomá.

¡Esperá, esperá!

Antes de hacerlo un bollo, revisalo.

Del otro lado.

NC: —¿Esto?

RB: —Sí, eso.

NC: —¿Qué significa?

RB: —Supongo que es una advertencia.

NC: —“Nosotros sabemos”. ¿Quiénes saben? ¿Qué saben? ¿Lo escribió él?

RB: —Tengo mis dudas.

Pensá que Nemesio se tomó el palo de golpe. Agarró lo que pudo y salió de la casa en la que se escondió durante medio año con el riesgo de que descubrieran a la nena. Suena a que se escapaba…

NC: —Te sigo, te sigo.

RB: —Y a pesar del apuro, se tomó la molestia de guardar una factura de Edesur sin abrir, una factura en la que alguien escribió en el envoltorio con birome azul: “Nosotros sabemos”.

O tenía un TOC con sus obligaciones o se sintió amenazado por el mensaje.

NC: —¿Quién pudo saber?

RB: —Vos, por ejemplo.

NC: —¿Eh?

RB: —Te vi en la tele y en las redes sociales repetir que una investigación exhaustiva te llevó hasta la zona donde residía el secuestrador.

NC: —Claro, sí, sí, sí. Aunque no sabía cuál era la casa.

RB: —Ajá… ¿Seguro que no estabas ahí de casualidad? Porque dentro del local dijiste que mi quejido te hizo mirar hacia la calle y que ahí notaste la situación.

Suena a que estabas en un balcón haciendo vaya a saber uno qué; y de casualidad, te topaste conmigo, con Violeta y con Nemesio.

NC: —Estás confundida. Yo no dije eso.

RB: —Claro que lo dijiste. Cuando llegues a tu casa, revisá la grabación.

NC: —¿De qué grabación me hablás?

RB: —¡Ay, Nicolás! ¡Por Dios! Desde que nos saludamos que andás con el celular en la mano y ni fingiste tomar apuntes en este rato.

NC: —Estás equivocada. Mirá, lo guardo.

RB: —No hace falta. Mientras respetes tu palabra, y mi nombre se mantenga fuera de cualquier publicación.

Grabación de audio. Transcripción. Final.

RB: —Acabo de sacarme un peso de encima.

NC: —¿Por…?

RB: —Por entregarte el sobre y el DNI.

NC: —¿Temías que la policía los encontrase en tu casa? ¿Creés que te hubieran vinculado con el secuestrador o que te hubieran acusado de robo?

RB: —Es complicado.

NC: —Puedo manejar lo complicado.

RB: —Esa noche, cuando llegué al departamento, vacié el contenido de la billetera sobre la mesada de la cocina.

Me guardé los pesos en el bolsillo del pantalón y fui tirando el resto al balde de la basura.

Tarjetas de distintos profesionales, electricistas, gasistas, mecánicos, plomeros, contadores, abogados, al tacho.

Una constancia de CUIL plastificada, que parecía prehistórica, al tacho.

Decenas de cupones de descuentos, de supermercados, de locales de comida, al tacho.

Tickets de cualquier tipo de compras, al tacho.

Y en esa limpieza, entre tanto papel inservible, apareció el documento de Nemesio. Si bien amagué con tirarlo, mis dedos se negaron. En cambio, lo acercaron a mi rostro para que lo mirara a los ojos una vez más. “Estaba vivo”, recuerdo que pensé. “Cuando se tomó esta foto, estaba vivo”.

Sé que suena estúpido, pero me mantuve en esa posición, atrapada en mis pensamientos, un rato largo. “Este hombre no existe, se extinguió”. Una obviedad que debía procesar, masticar, comprender.

NC: —Se ve que tu vacuna contra los “horrores” es parcial.

RB: —La inmunidad de la que te hablo evita que reaccione a los gritos, que corra como desquiciada o que me desmaye por ver un muerto bañado en sangre sobre el asfalto.

Distintas son las emociones que quedan y se acumulan en el cuerpo, en el corazón, desgracia tras desgracia.

Y creeme cuando te digo que he atravesado muchas.

Días y noches repasé las escenas del accidente.

Al despertarme, al comer, al ir al baño y al meterme en la cama, miraba la foto de Nemesio y me enfocaba en sus ojos, apáticos, inexpresivos y, al mismo tiempo, vivos; mientras, su final se repetía en mi cabeza una y otra vez.

Comencé a coquetear, como en otras oportunidades, con la idea de ser yo la muerta, de extinguirme, de desaparecer.

“¿Qué hubiera pasado si Nemesio me empujaba, enfadado, hacia la calle?”.

La respuesta me asfixiaba. No por dejar de vivir, sino por lo aún no vivido. “¿Listo? ¿Esto fue todo? ¿Se acabó?”.

NC: —“¿A esto vine al mundo?”.

RB: —Claro, exacto.

Me da bronca, ¿sabés? Yo puedo ser la próxima víctima de un accidente de tránsito, de un tiroteo en un robo o de un cáncer de pulmón, y todavía no he disfrutado de esta vida, ni siquiera un poco.

¡¿Cuarenta y siete años de qué?! ¡Eh! ¿De qué?

Uf… Me agito…

Dame… un segundo…

NC: —¿Querés que entremos a un bar? ¿Te gustaría tomar algo?

RB: —No… ya está… pasará…

NC: —Ahora entiendo por qué te alivia darme el DNI y el sobre.

RB: —Sí, tengo… Tengo que soltar.

Soltar el pasado, que es historia, que no puedo cambiar.

Soltar los pensamientos que me hunden y los hábitos que me condenan, que me consumen.

Es hora de mirar para adelante, ¿me comprendés?

Yo todavía respiro. Aunque no sepa hasta cuándo, hoy respiro.

Nemesio, no. Nemesio no puede cambiar, no puede mejorar, no puede ser distinto.

Nemesio es pasado, yo soy presente. Yo existo y quiero un futuro.

NC: —Así acabaste refiriéndote a él como Nemesio, ¿verdad? Desde el inicio de la charla, mencionás su nombre de pila con cierta cercanía. ¿Es por cómo influyó en tu vida?

RB: —Sí. Nemesio me cambió, sin negar que la persona que llevaba el nombre era un reverendo sorete. Presenciar el accidente fue un quiebre para mí.

NC: —No sos la única. También fue una noche significativa para los otros testigos.

RB: —Igual que para vos, Nicolás.

NC: —¿Eh?

RB: —Tu profesión se vio beneficiada por el hallazgo de Violeta, es bastante obvio.

NC: —Mi carrera estaba en ascenso con o sin el accidente de esa noche, y así continúa.

RB: —Imagino que después de la cobertura del caso, la gente debía pararte en la calle, saludarte, pedirte fotos, felicitarte, etcétera.

NC: —Sí, ¿y? Soy una figura pública, reconocida por la sociedad.

RB: —Entonces, explicame por qué nadie te dio bola ni te reconoció en el local de electrodomésticos ni ahora que estamos caminando.

NC: —La entrevistada sos vos, y las preguntas las hago yo. ¿Okey?

RB: —Si vos lo decís…

De todas formas, podríamos darle un cierre a la nota. Tenés la información que viniste a buscar y no queda nada por contarte.

NC: —¿Una heladera a cambio de un documento de identidad y de un sobre?

RB: —Un sobre que indica que una o varias personas conocían qué hacía Nemesio en esa casa. Si descubrís quiénes son y lo publicás, serás famoso de nuevo.

Acá está mi parada, Nicolás. Debo volver a casa para bañarme y cambiarme, a la noche trabajo.

NC: —Creí que habías abandonado la…

RB: —Querido, hay otros laburos nocturnos. ¡Por suerte! Me sería imposible levantarme temprano.

Ahí viene el bondi. Nos vemos y gracias por la heladera.

NC: —Estamos en contacto.

Nota de voz de cierre. Transcripción

Rosana Bastía es una mujer indescifrable. Hubo momentos donde parecía tomarme el pelo, y otros donde sentía que abría su corazón. ¿Cuánto de lo que me dijo será cierto?

No dudo del factor “baldosa floja”. De hecho, reavivó mi interés por contactar al responsable de mantenimiento de la ciudad. ¿Sabrá el albañil que arregló esa vereda la relevancia de su trabajo deficiente? Espero que Olivia me consiga un contacto…

Respecto a la factura de Edesur: el modo en que Nemesio Sklier dejó su guarida es una pata floja de la mesa.

Ni la División Antisecuestros, ni el cuerpo fiscal, ni los periodistas lograron responder esa pregunta: ¿Por qué abandonó su refugio?

Este mensaje con tono de advertencia, “Nosotros sabemos”, puede ser el factor desencadenante, el que pone en marcha la seguidilla de casualidades y coincidencias sospechosas.

Sería la primera pieza de un laberinto armado con fichas de dominó, es decir, la pieza que provocó la caída de las demás.

Conversación con Jésica Scarpin

Visita a su lugar de trabajo. Parte 1. Transcripción

NC: —Buenas tardes, Jesi.

JS: —¡Ey, qué sorpresa! ¿Qué hacés vos por acá? ¡No me digas que la cena era hoy!

NC: —Jajaja. No, no, tranqui. Quedamos para mañana, a las nueve de la noche en El Antojo.

JS: —¡Uy, sí! ¡Qué ganas de comer esa milanga!

¿Entonces? ¿Andabas por la zona?

NC: —No, vengo de Boedo. Entrevisté a Rosana Bastía.

JS: —¿Y? ¿Estaba chamuyando o tenía información?

NC: —Si me hubiera chamuyado no estaría acá.