Yo esa noche 20 DE NOVIEMBRE
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20 DE NOVIEMBRE

Entrevista a Rosana Bastía

Nota de voz preliminar. Transcripción

Pasaron quince minutos de las cuatro de la tarde y contando.

Detesto que me hagan esperar, aunque de esta mujer no me sorprende.

Al menos, el cielo está cubierto de nubes, y corre una brisa agradable.

Estos son los días de primavera que quiero, ni cálidos ni fríos, sin los rayos abrasivos del sol y sin la lluvia que me arruina los zapatos.

Hasta me pude dar el lujo de ponerme mi saco preferido.

Rezo para que la información sea buena. Le debo guita a Miguel por esta mujer.

Bah, ni que se la hubiera pedido. ¿Por qué estoy obligado a devolvérsela?

Aparte él disfruta refregarme en la cara su solidez económica.

Podría dejarlo contento y que se lo pague Dios, cumpliendo con el prejuicio de Rosana.

En fin. Si no aparece en los próximos cinco minutos, la llamo. La ansiedad es mala carta de presentación, pero si me piensa dejar plantado prefiero enterarme pronto.

Grabación de audio. Transcripción. Parte 1

NC: —Estaba por irme, te soy sincero.

RB: —¡Ni que fuera medianoche!

NC: —Son y treinta y ocho. Te llamé y veinte. Me dijiste que estabas a cuatro cuadras.

RB: —Querido, sacate la gorra, ¿querés? Que sos periodista, no policía de la ciudad.

NC: —Justamente. Soy un reconocido periodista, y mi tiempo vale.

RB: —Mirá, vos me buscaste a mí, no fue al revés. ¿Okey? Ahora bajemos los humos; con ese tonito, me sacás las ganas de conversar.

NC: —Mis ganas tampoco abundan al cabo de cuarenta minutos de espera.

RB: —Vamos, arranquemos. Caminar sirve para calmar las aguas.

¿Dónde queda el outlet barato que sugeriste?

NC: —Está a mitad de cuadra, sobre Boedo.

Antes decime, ¿de qué trata la data?

RB: —Fui clara por teléfono, primero, pagá la heladera y, después, te comparto el secreto.

Tranquilo. Es innecesaria esa mirada de macho cabrío. Cumpliré con mi parte.

NC: —Mejor. Sería estúpido joder al cuarto poder.

RB: —Claro, y soy una mujer inteligente.

Grabación de audio. Transcripción. Parte 2

RB: —¿Qué te parece si repasamos los últimos minutos de Nemesio Sklier?

NC: —Es un comienzo. ¿Cómo fue el encuentro con él?

RB: —Yo estaba… trabajando, digamos.

NC: —¿Trabajando? Pensé que buscabas la parada de colectivo para volver a tu casa.

RB: —Te recomiendo que guardes silencio y escuches. Resuelto el caso, puedo blanquear ciertas cuestiones sobre las que mentí al prestar declaración.

Por cierto, rechazo de lleno la publicación de mi testimonio, al igual que prohíbo la utilización de mi nombre real.

NC: —¿Pretendés que pague y no publique?

RB: —Sí. En unos minutos, comprenderás por qué.

¿Es acá?

NC: —Sí, adelante.

RB: —Gracias.

NC: —Agarrá el pasillo central. Al fondo, se ven las heladeras.

Me decías que esa noche estabas trabajando cuando lo cruzaste al secuestrador.

RB: —Sí. Yo esa noche andaba corta de plata, así que arranqué a caminar la zona desde las diez y media, once, sin demasiadas expectativas. Con el paso de los años, me puse selectiva con los clientes, sumado a que las cuarentonas no somos las más buscadas.

Sobra decir que “un hombre con una nena tomada de la mano” no era mi “objetivo” típico.

NC: —Interpreto que sos una “acompañante nocturna”.

RB: —Primero: a buen entendedor, pocas palabras. Agradeceré que no se enteren los vendedores del local. Segundo: era. Dejé la profesión hace unos meses.

NC: —¿Por? ¿Qué cambió? ¿El accidente influyó en tu decisión?

RB: —Sí, así fue.

NC: —¿Cómo? Eso me interesa. El Proyecto Aniversario abarca las consecuencias en las vidas de los testigos.

RB: —Después, llegaremos a ese punto. Y recordá que no podés publicar nada.

NC: —Nada que te exponga o que permita que te identifiquen los lectores.

Continuá.

RB: —Te decía que llevaba rato caminando calles y pasajes cercanos a la avenida Eva Perón, cuando lo vi con la nena tomada de una mano y un bolso colgando de la otra.

Como la recaudación continuaba en cero y yo tenía sed y hambre, se me ocurrió acercarme para tantearlo.

¿Me seguís? Siempre fui rápida con las manos.

NC: —Sí, deduzco que era otra de tus “changuitas”.

RB: —Ahora decilo sin el tono arrogante ni la mirada juzgona. Me fastidia la gente con superioridad moral. ¿Qué sabés de mi presente o de mi pasado?

Todos sacan bíceps para levantar el dedito acusador, pero nadie se toma el tiempo de conocer la historia de la persona a la que critican ni tampoco se ocupan de ayudar.

Aparte, ¿quién tiene el culo limpio? Ahí sí cambia la perspectiva, ¿no?, cuando la acusación recae sobre uno. De golpe, aparecen las excusas y se vuelven comprensivos.

NC: —¿Cómo lo encaraste? ¿La parada del 50 fue la excusa?

RB: —Fue la excusa, sí.

Si bien estaba frente a él, a unos metros, y caminaba en su dirección, me costó captar su atención.

Tenía la vista perdida y, a la vez, lucía concentrado.

Es decir, estaba ido o enfocado en sus pensamientos, en lugar de observar lo que sucedía en la vereda.

La nena, en cambio, estaba desorientada.

Avanzaba como un zombi, con los hombros caídos y el mentón sobre el pecho.

Cuestión que debí apoyar una mano en el hombro de Nemesio para que se detuviera; y al hacerlo, me lanzó una mirada que me puso la piel de gallina.

Sus ojos eran opacos en el centro y brillosos en los bordes.

Me hizo recordar a un par de clientes retorcidos que, por desgracia, me contrataron cuando era nuevita, ingenua, en el oficio de la calle.

Quiso esquivarme y me desplacé en igual sentido para bloquearle el paso.

“Disculpe, estoy perdida y es tarde. Necesito encontrar la parada del 50”, le dije.

Él contestó con un gruñido de ultratumba.

Buscó flanquearme; y de nuevo, me interpuse.

Habrán sido dos o tres pasos de baile en falso antes de que avanzara con ímpetu.

Y yo, en lugar de correrme, forcé que nuestros cuerpos se chocaran.

Su brazo dio contra mi pecho y, mientras lo distraía con mi grito de dolor, mitad fingido, mitad real, estiré el brazo hacia uno de sus bolsillos. El que se veía hinchado.

NC: —Ya que lo mencionás, ese quejido me hizo mirar para abajo, en tu dirección. Dijiste: “¡Ay!”. Y enseguida, “¿Qué hacés?”.

RB: —Supongo, es posible.

Nemesio avanzó un paso, no le importó el golpe ni mi queja y, de inmediato, se detuvo. Giró hacia mí con el ceño fruncido, al tiempo que se tanteaba los bolsillos con una de las manos.

NC: —La que sujetaba a Violeta.

RB: —Exacto. Ni siquiera atinó a bajar el bolso. Se ve que confiaba en que la nena estaba sedada.

NC: —Error fatal.

RB: —Nunca mejor dicho.

Violeta, maltrecha como estaba, habrá entendido que era su oportunidad de escaparse e inició el cruce, lo cual me vino bárbaro. “Tu nena bajó del cordón”, le comenté. No seré hipócrita: lo dije para evitar que me descubriera, y funcionó. El tipo me insultó por distraerlo y fue tras ella.

Después sucedió lo que todo el mundo sabe: se lo llevó puesto el Chofer Justiciero, y fin de la historia.

NC: —Te comparto una duda respecto al instante previo al accidente.

RB: —Decime.

NC: —Esperá, antes te pregunto: ¿Qué te parecen estas?

RB: —Esa tiene un rayón en el costado, esa otra un bollito en la puerta inferior y la tercera es de color rojo.

NC: —Sí. Las tres son no frost y están dentro del presupuesto. Elegí una.

RB: —Dios… ¿Cuál era la duda?

NC: —¿Fue determinante la baldosa floja? Yo lo vi tropezar, mas quiero tu opinión.

RB: —Con o sin baldosa, el accidente hubiese ocurrido. Digamos que ese traspié lo terminó de condenar a muerte.

NC: —Explicate.

RB: —Si bajaba del cordón erguido, en equilibro, el parabrisas lo hubiera golpeado, primero, en el hombro. En el mejor de los casos, se hubiera comido un espejazo durísimo. ¿Hubiera muerto de todas formas? Puede que sí, puede que no.

Ahora bien, esa baldosa floja llevó a que Nemesio iniciara el cruce volcado hacia adelante, con la cabeza como punta de lanza. ¿Viste las carreras de atletismo cuando al llegar a la meta, estiran el cuello para ganarle por un pelo al adversario?

NC: —Ajá.

RB: —Bueno, esa era la postura.

El tipo estaba sentenciado a la guillotina, y el colectivero fue el verdugo.

Grabación de audio. Transcripción. Parte 3

Empleado de comercio (EC): —Perfecto. La factura incluye el costo del flete, por eso, la diferencia.

RB: —Excelente, gracias.

EC: —¿Cómo piensan abonar?

NC: —Con transferencia.

EC: —Fíjese en este cartel, tiene los datos para enviar el dinero.

NC: —Deme un minuto, por favor.

EC: —Tómese el tiempo que necesite. Yo seguiré atendiendo a los clientes, cuando haya pagado me avisa.

RB: —¿Qué pasa, Nicolás? Mandale la platita de una vez.

NC: —Lo haré, cuando sienta justificada tanta bondad.

RB: —¿Con lo charlado no te alcanza?

NC: —¿Eh?

RB: —¿Acaso no aporté el dato crucial de la baldosa floja?

NC: —¿Me estás jodiendo? ¡Decime que me estás jodiendo!

RB: —Bajá el tono de voz, che. Nos miran todos.

NC: —Rosana, evitame la angustia y me calmo.

RB: —Okey, okey. Mi lado sádico quería jugar un poco con vos. No te imaginaba un tipo sensible.

NC: —¿Entonces? Hablá si querés la heladera.

RB: —Revisá el bolsillo derecho de tu saco.

Ese es el izquierdo, el otro.

NC: —¿Qué…?

RB: —¿Sorprendido? Te dije que soy hábil con las manos.

NC: —¿Cómo…?

RB: —Miralo con disimulo, Nicolás. Te pido, por favor.

NC: —¿Cómo es posible?

RB: —Cuanto antes pagues, antes te cuento. Y salgamos. No quiero que nadie nos escuche.

Grabación de audio. Transcripción. Parte 4

NC: —Hablá, dale. ¿Cómo conseguiste el DNI del secuestrador? Se lo manoteaste esa noche cuando se chocaron. Claro, tiene sentido. La policía declaró, en los medios, que el hombre no tenía ninguna identificación. Ni tarjeta de crédito, ni registro de conducir, ni documento de identidad.

¿Le afanaste la billetera?

Sklier debió darse cuenta, por eso, volteó a confrontarte, y ahí se le escapó la nena.

RB: —¿Te cuento? ¿O preferís seguir adivinando?

NC: —Soy puro oídos.

RB: —Igual estás encaminado, solo que es imposible que deduzcas lo siguiente.