25 DE SEPTIEMBRE #3
Para cuando cumplí doce, mamá tenía dos trabajos. Durante el día, era administrativa en una pyme metalúrgica y a la noche, atendía cuatro horas un kiosco cerca de casa. Como era desde las ocho hasta las doce, solíamos cenar a las siete, así le alcanzaba el tiempo para llegar.
Pero un año después, el país entró en una de sus tantas crisis, y la pyme cerró. Además, por la recesión el kiosco vendía cada vez menos y le habían avisado que si no repuntaba, eliminarían el turno noche.
Entonces, en el cumple de setenta de una tía abuela, apareció “el primo salvador”.
Así lo llamaba mamá, porque entre hamburguesas y gaseosas se enteró de nuestra situación y le ofreció trabajo.
Él tenía una fábrica de ropa en Floresta y distribuía en locales de la avenida Avellaneda, en Flores.
Gracias a que la gente buscaba ropa barata, el negocio estaba creciendo y necesitaba otra empleada para costura.
NC: —Imagino que ella aceptó.
EB: —Sí. Estaba contenta, aunque las jornadas eran extensas. Si bien su horario era de ocho a dieciocho de lunes a sábado, la mayor parte de la semana salía cerca de las veinte. Eso me obligaba a pasar la tarde en la fábrica.
NC: —¿Por qué te obligaba? Muchos adolescentes se quedan en sus casas mientras los padres trabajan.
EB: —Mamá pensó que era peligroso que estuviera sola en el departamento. Temía que pudiera ocurrir una tragedia estando lejos de ella. Por eso, pidió permiso a “el primo salvador” para que fuera a la salida del cole a la fábrica.
Recuerdo que al principio lo… lo qui… lo quise mucho.
Disculpá, me cuesta.
NC: —Hacé las pausas que necesites.
EB: —Te decía…
Al principio, fue como un padre para mí. Yo pasaba muchas horas en su oficina. Hacía la tarea, hablaba de mis amistades, le contaba de mis sueños. Él era chistoso, nos reíamos seguido, me daba consejos y me ensañaba ciertos aspectos del negocio. “Me lo agradecerás al crecer”, solía repetirme.
Disfrutaba tener un referente del mundo adulto aparte de mamá. Hasta que… Hasta que mi… mi cuerpo se desarrolló.
NC: —¿Cambió la forma en que te trataba?
EB: —Sí, cambió la forma en la que él se dirigía a mí.
Sus miradas eran raras e incómodas; cuando charlábamos, usaba un tono grave y áspero; y los abrazos que me daba eran demasiado largos para ser amistosos.
Merodeaba donde yo me sentaba y generaba roces innecesarios con mi cola, con mi pecho.
Sumado a que me ofrecía masajes constantemente y me preguntaba a diario si tenía novio porque “estaba muy linda”.
Le dije a mamá que quería ir directo a casa, que estaba grande y que podía cuidarme sola, que confiara en mí.
Fue inútil. Ella estaba más asustada que antes por mi crecimiento, por mi atractivo.
Intenté insinuarle mi incomodidad en la fábrica, porque había hombres que me miraban raro.
Ella repetía que eran pavadas, que ahí éramos una familia grande y que nos cuidábamos entre todos.
Así que continué sufriendo las actitudes del primo de mamá.
Yo hacía lo imposible por evitarlo. Incluso, trabajé gratis a la par de las operarias con tal de no quedarme a solas con él.
NC: — ¿Cuánto duró esta situación?
EB: —Casi toda la secundaria. El día que cumplí los diecisiete, me planté firme y le dije a mamá que dejaría de ir a la fábrica, que ya era adulta y que podía cuidarme sola. Ella, a regañadientes, aceptó.
Y entonces él…
NC: —¿Se enojó con tu mamá por no verte más? ¿La echó del laburo? ¿O te buscaba fuera de la fábrica también?
EB: —¡Dejá de interrumpirme! ¡Por favor!
Estoy forzándome para contarte. Dame espacio, sé paciente.
NC: —Disculpá. Esperaré a que termines.
EB: —Una tarde, merendaba viendo la tele cuando tocó el timbre. “Bajá, que tengo una sorpresa. Es por tu viaje de egresados”, fueron sus palabras exactas; y sé que jamás las olvidaré.
Faltaban pocos meses para ir a Bariloche, y mi presencia estaba descartada desde el año anterior, momento en el que la mitad del curso contrató a la empresa de turismo.
Obvio que eso me tenía triste. Tanto por despedirme de mis amigos de la secundaria como por perder la chance de salir de Buenos Aires.
Llevábamos una década sin vacacionar y no conocía ninguna otra provincia.
Llegué a planta baja entusiasmada. Por un momento, la ilusión solapó el asco que me generaba su presencia. De golpe, me convertí en el perro fiel que regresa a su amo moviendo la cola, a pesar de haber recibido una patada. En la juventud, la ingenuidad suele disfrazarse de esperanza, ¿no?
“Mirá”, dijo y levantó un sobre papel madera.
“Acá está la plata para que viajes con tus amigos. Hace un rato, la convencí a tu mamá para que me dejara pagarlo y quise darte la noticia en persona. Peeero… sabés qué opino del mérito y del esfuerzo. Prefiero enseñar a pescar que regalar el pescado”.
Yo, hipnotizada, miraba cómo sacudía el sobre de un lado a otro.
Entonces, ingresó de prepo y encaró hacia el ascensor.
“Acompañame y te cuento cómo ganártela”.
Cuando subimos al departamento…
Eh… Em…
Uf…
NC: —Ey, ey… Euge. Tranquila. Tomá, una servilleta.
¿Querés un vaso de agua? ¿Sí?
Permiso, abro la heladera.
¿Vasos? Ah sí, acá. Servite.
Respirá, eso. Con calma, inhalá, exhalá.
Tranquila.
EB: —Disculpá. No puedo seguir.
NC: —Está bien. No hace falta que sigas.
Apuntes de la entrevista. Desarrollo
Tengo la piel erizada y un nudo en la garganta. Como periodista debería escucharla con calma e integridad profesional. No obstante, se me complica mantener la entereza al verla llorar, ahogada, sin consuelo.
¿Qué habrá sucedido después? ¿Le habrá contado a su mamá? ¿Lo habrán denunciado? ¿Estará preso o seguirá haciendo de las suyas?
Investigaré por mi cuenta, luego. Puede que Jésica Scarpin sea de ayuda para completar la historia. A esta mujer prefiero dejarla en paz. Suficiente que me haya confiado su secreto más oscuro.
Nadie debería padecer semejante aberración.
Grabación de audio. Transcripción. Final
NC: —¿Cómo te sentís? ¿Querés que cortemos acá?
EB: —Sigamos, aunque prefiero que cambiemos de tema. En un ratito, llegarán mis amores y no quiero que me vean así.
NC: —Perfecto. Si te soy sincero, me alivia saber que estarás con ellos.
EB: —Su cariño es un bálsamo para las heridas. Son lo mejor que me pasó en la vida.
NC: —Si bien no dudo que lo decís de corazón, ¿por qué percibo resignación en tu voz?
EB: —Es que los amo, los necesito y… son parte del problema.
NC: —Me perdí.
EB: —Ojalá fuera sencillo de explicar. Durante décadas, fantaseé con la posibilidad de viajar al pasado.
Miento, todavía lo hago. Siguen intactas mis ganas de retroceder en el tiempo para impedir que mamá trabaje con su primo.
Asimismo, cuando imagino cómo sería mi vida si nada horrible hubiese sucedido, me pregunto: ¿Habría conocido a Rafa? ¿Viole existiría?
NC: —Entiendo el dilema.