Yo esa noche 25 DE SEPTIEMBRE #2
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25 DE SEPTIEMBRE #2

EB: —Hace tiempo le planteé la misma inquietud. Él me contestó que, a pesar de la inviolabilidad de los archivos o del acceso restringido a la red, no tenían forma de evitar que una persona ajena a la empresa leyera información confidencial en la pantalla de un empleado que trabaja desde su casa.

NC: —Claro, vos podrías estar sentada a su lado mirando lo que hace.

EB: —Creo que les preocupa la competencia, no una empleada de turismo.

NC: —¿Cómo afrontó el secuestro de Violeta? ¿Se tomó vacaciones para buscarla?

EB: —Tocaste una fibra sensible. Discutimos fuerte en su momento y si bien con el diario del lunes tengo que darle la razón, todavía es un tema conflictivo. Mejor que esté en el cine con Violeta.

NC: —Hablá con libertad. Te aseguro que excluiré lo que pueda ocasionar cortocircuitos en la pareja.

Apuntes de la entrevista. Desarrollo

Asumía un reconocimiento mayor por parte de los compañeros de Eugenia y de sus jefes. Quizá, está siendo modesta o prefiere mantenerse fuera del centro de atención.

Lo de Rafael me sorprende. Conocía que era un profesional vinculado con la matemática, mas no que se destacara internacionalmente.

Se graduó de la secundaria antes. Estudió actuario, una carrera que apenas la termina un puñado de personas por año.

Maneja conocimientos de física y trabaja para una corporación financiada por potencias mundiales, en modelos de predicción e inteligencia artificial bajo un riguroso contrato de confidencialidad.

¿Será esta la razón que lo mantuvo alejado de los medios en plena búsqueda de su hija? ¿Habrá estado sobrepasado de trabajo?

Grabación de audio. Transcripción. Parte 3

EB: —Cada uno afrontó el secuestro de modo diferente.

Al comienzo, recorríamos juntos la ciudad y la periferia del AMBA.

Repartíamos volantes y los pegábamos en los postes de luz, charlábamos con los vecinos de cada barrio y les contábamos a los policías nuestra situación con la intención de que la gente nos comprendiera y nos ayudara.

Esos días sí se pidió vacaciones, igual que yo.

Sin embargo, al comienzo de la tercera semana, su actitud cambió.

Comenzó a pasar más tiempo en la oficina y parecía desentenderse de la situación que atravesábamos.

NC: —¿Desentenderse? Si lo interpreto literal es fuerte. ¿Cómo un padre se desentiende del secuestro de su hija?

EB: —Ese era mi planteo. “Te estás rindiendo”, le decía. “Viole te necesita y vos trabajás como si nada”.

Estaba furiosa. Pensaba frases hirientes a cada rato para hacerlo reaccionar, aunque al final me las tragaba. Después de buscarla día y noche, de hablar en cuanto medio televisivo, radial o virtual me contactara, no me quedaban energías para pelearme en casa.

NC: —Entiendo. ¿Qué contestaba tu marido?

EB: —Que estaba preocupado por Viole y que le partía el corazón imaginarla indefensa a merced de un enfermo, un depravado o un psicópata. Que también sufría, solo que lo exteriorizaba de forma distinta porque no había vivido lo mismo que…

NC: —¿Sí? Continuá, por favor.

EB: —Disculpá, perdí el hilo. No sé qué te quería decir.

NC: —Retomemos las fricciones con Rafael y si recordás a dónde apuntabas, me avisás.

EB: —Dale, gracias.

NC: —Si estaba tan afligido, ¿por qué iba a la oficina en lugar de ayudar con la difusión?

EB: —Él decía que, a su modo, estaba colaborando; que en su laburo, aportaba más que conversando con los medios de comunicación; y que íbamos a encontrar a Viole.

NC: —¡Cuánta confianza!

EB: —Me daba bronca. Aunque el optimismo es una de sus cualidades positivas, en ese contexto era irritante. Se la pasaba repitiendo: “Estaremos juntos pronto” y “Es cuestión de tiempo, volverá”.

NC: —Es delgada la línea que separa la esperanza de la negación.

EB: —¡Exacto! La psicóloga que nos asignaron como apoyo emocional llegó a la misma conclusión. Ella consideraba que Rafael estaba disociado de la realidad e intentó guiarlo, sin éxito.

“Hablá con ella, por favor”, le insistía por las noches en la cama.

“Estoy bien, amor”, me contestaba. “Juntos hemos superado situaciones durísimas, y esta no será la excepción”.

Lejos de calmarme, esas respuestas me crispaban los nervios.

Cuando nos acostábamos en la cama, me daba vuelta y dormía dándole la espalda si tenía la suerte de dormir.

NC: —Eso me interesa.

EB: —¿Qué cosa?

NC: —Conocer las otras situaciones difíciles que atravesaron.

EB: —Eh… cuestiones del pasado.

NC: —Saber qué sucedió, me permite darle un mejor encuadre a la forma en que afrontaron el secuestro.

EB: —Mirá, Nicolás, me cuesta hablar de esos temas.

Es como hurgar en el basural de la memoria.

Si sé que está podrido y repleto de gusanos, ¿qué gano con entrar ahí?

Aún dudo sobre contarle a Viole cuando crezca y no deseo que se entere porque el papá de una compañerita leyó tu nota o que de grande lo encuentre en internet.

NC: —No lo publicaría sin tu consentimiento.

EB: —¿Me lo jurás?

NC: —Lo juro. Esto queda entre nosotros.

Apuntes de la entrevista. Desarrollo

Rafael Hernández: más conozco de él, más me intriga.

Sin dudas, debo conseguir una entrevista.

Su comportamiento estuvo lejos de ser el esperado o razonable para un padre cuya hija fue secuestrada.

¿Será posible que estuviera en shock ? Quizá, es un síntoma de déficit emocional o de cierto grado de autismo.

Al fin de cuentas, la historia de la humanidad está llena de genios inexpresivos y antisociales.

Eugenia Blanco: el trauma se percibe en sus expresiones. Al surgir las “otras situaciones”, escondió la cabeza entre los hombros, se cruzó de brazos y comenzó a mover las piernas. No me mira a la cara. ¿Será vergüenza o nervios?

Grabación de audio. Transcripción. Parte 4

NC: —Euge, tranquila. Tomate tu tiempo.

EB: —Años… años atrás, cuando estaba embarazada de Viole, estuve involucrada en otro accidente. En esa oportunidad, también un hombre murió atropellado.

NC: —¿Cómo fue? Contame.

EB: —Estaba apurada por llegar al control médico de la semana veintidós.

En una esquina, a dos cuadras del consultorio, el semáforo peatonal cambió a verde e inicié el cruce sin mirar.

Llevaba días con presión alta y con bastantes mareos, mis pensamientos se desbordaban entre las posibles causas y las consecuencias para el bebé.

Lamentablemente, no fui la única distraída aquella tarde de verano…

Por esa calle, un tipo mandaba mensajes de texto mientras manejaba un Ford Focus.

Llegó a la intersección, no vio el semáforo y pasó en rojo.

Yo… Pensé que íbamos a morir. Contuve la respiración y cerré los ojos a la espera del golpe por debajo de la cintura.

Sin embargo, el impacto lo sentí en la espalda y caí de boca al asfalto.

Me levanté y apenas sangraba en uno de los codos. Al voltearme, entendí que un hombre me había empujado para salvarme de la muerte y que, al hacerlo, había ocupado mi lugar.

Minutos después de ser atropellado, falleció.

NC: —Es una historia fuerte. Imagino que la forma en que recuperaste a Viole debió reflotar las angustias de ese entonces.

EB: —Días después, sí, aparecieron. Yo, esa noche, estaba demasiado eufórica y feliz para vincular los hechos.

NC: —Es una coincidencia llamativa, sin lugar a dudas. Aunque intuyo que hay otra situación que mantenés en secreto.

EB: —Uf… No fue la primera vez que estuve cara a cara con la muerte.

Conocí a Rafa en la época más oscura de mi vida.

A pesar de que tuve otros períodos tristes y dolorosos, en ninguno experimenté un bajón tan profundo como en esos años.

Y él me rescató; o mejor dicho, me acompañó a salir.

Rafa lo suele remarcar: “El sendero de espinas lo superaste vos, yo solo caminaba a tu lado para darte ánimos”.

Era joven. Muy joven. No obstante, me resultaba imposible pensar en el futuro. Había sido sentenciada a perpetua y cada mañana era el primer día de la condena. Sin importar qué hiciera o dónde fuera, cargaría esa angustia inagotable. Me creía rota y sin solución. Por lo que la única salida…

Perdón, permitime una pausa.

NC: —Respirá, tomate el tiempo que necesites.

EB: —Entonces, apareció Rafa. Su contención, su paciencia, su sentido del humor, fueron destellos de luz en un mundo sombrío.

Fue un milagro cruzármelo.

NC: —Está bien llorar, Euge. No hace falta que te tragues las lágrimas. Yo te entiendo.

EB: —¿En serio?

NC: —Sí. Esta nota aniversario está revelando que dentro del pozo oscuro hay más personas de las que uno creería.

EB: —Es un lugar espantoso del que salí con ayuda.

NC: —¿Hiciste terapia?

EB: —Sí y no fue fácil. Me costó decidirlo. Todavía estaba aprendiendo a abrirme con Rafa como para contarle mis traumas.

NC: —¿Y conseguiste trabajar esos traumas?

EB: —Necesité del combo de profesionales, psicóloga y psiquiatra, pero pude.

NC: —¿Qué o quién te causó tanto daño?

EB: —Yo crecí con mamá. Mi padre se fue cuando tenía ocho y no supe más de él. No escribió ni llamó. Tengo el recuerdo borroso de ella hablando con una abogada con la intención de que se haga cargo de la cuota alimentaria. Nunca lo ubicaron.

NC: —¿Ni siquiera el último año con tu cara en todos los medios del país?

EB: —No. Dudo que me reconociera y si lo hizo, tampoco le importó.

NC: —¿Te marcó el abandono? ¿Te echaste la culpa?

EB: —Para nada. Mi padre era camionero y se la pasaba ausente. No hubo tanta diferencia, excepto por la plata que traía a casa.

Recuerdo que pasábamos bastante tiempo en el súper porque mamá analizaba los precios de las segundas o terceras marcas y evaluaba qué productos llevar y cuáles, no.

A veces, el debate estaba entre comprar un champú o una lata de atún o conseguir un aceite en lugar del suavizante para la ropa.

Encima, el alquiler y los servicios subían cada dos por tres.