21 DE AGOSTO
Entrevista a Josmar Zapata (JZ)
Nota de voz preliminar. Transcripción
Es una tarde templada en la Ciudad de Buenos Aires. Tenemos veintidós grados en pleno invierno, y dicen que vendrán días peores. Me resulta inverosímil que haya personas que nieguen el cambio climático, incluso, cuando lo experimentamos en carne y hueso.
Estoy caminando por una de las calles más concurridas del barrio de Balvanera, a unos metros del domicilio laboral del señor Josmar Zapata. Según la hoja que me facilitó Jésica, es un empleado de comercio. Dice que el dato fue actualizado a fines de abril.
De este lado la numeración es impar, debería cruzar la calle y…
¡Ahí está! Parece un local de cotillón. Veo globos, guirnaldas, vasos y centros de torta con motivos de Disney.
El sol de la tarde, que se refleja en la vidriera, impide distinguir si hay clientes o si está el señor Zapata. Será cuestión de entrar…
Grabación de audio. Transcripción. Parte 1
NC: —Hola. Buenas tardes.
JZ: —Aló, buenas tardes… ¡Ey! ¡Hermano! ¿Cómo le va?
NC: —Bien. ¿Y usted? ¿Me recuerda?
JZ: —¡Pues claro! Estoy en presencia de Nicolás Cattaneo. ¡El afamado periodista que cubrió la aparición de Violeta! La carajita secuestrada en septiembre del año pasado.
NC: —Sí. Ese soy.
JZ: —Dígame pues. ¿A qué debo su honrosa visita?
NC: —Quería conversar unos minutos con usted si no es molestia. ¿Está ocupado?
JZ: —No, jombre . ¡Qué va! Estoy atascadísimo de clientela. ¿Acaso no se da cuenta?
NC: —Eh…
JZ: —¡Era una broma! Espero lo tome a bien.
NC: —Jajaja. Lo tomo a bien.
JZ: —A esta hora, no entran ni las moscas, ¿sabe?
NC: —¿Será que la gente está almorzando?
JZ: —O que están haciendo la digestión; es un poco tarde para almorzar. ¡Aunque ustedes los argentinos tienen los horarios corridos! Llevo más de una década aquí y todavía no me acostumbro. Desayunan cerca del almuerzo, almuerzan cerca de la merienda y cenan cuando deberían estar durmiendo.
NC: —Doy fe que es cierto.
JZ: —Dígame, entonces… ¿Qué quiere preguntar? ¿Es acerca de la carajita ? ¿Hubo novedades que desconozca?
NC: —Estoy trabajando en un proyecto que se centra en Violeta, sí. No obstante, también me interesa conocer las historias periféricas. Quiero darles voz a los protagonistas secundarios de aquella noche.
JZ: —Arranquemos, pues. Yo estoy ready .
Apuntes de la entrevista. Desarrollo
El local está prolijo. Hay una variedad abrumadora de productos, diferenciados por tipo y color. El olor a látex perfumado de los globos que se venden sueltos invade el ambiente.
Josmar se encuentra del otro lado del mostrador, cerca de una silla ergonómica similar a la que usan los gamers .
Es alto y delgado. Me saca unos seis o siete centímetros, así que supera el metro ochenta y cinco.
A su derecha, hay una máquina contadora de efectivo y, a su izquierda, una notebook con un programa de gestión abierto.
Se lo ve alegre, sonríe con ganas. Eso me permite descubrir que lleva tiempo sin visitar a un dentista.
La actitud jovial lo hace aparentar de cincuenta, cuando sé que pasó los sesenta.
Las arrugas de expresión le recorren el rostro como ríos secos en tierra árida.
¿Consecuencias de una vida bajo los rayos del sol?
En resumen, está cambiado respecto de la noche en que lo conocí.
En ese momento, lucía apagado y triste. ¿Aunque cómo no estarlo con lo sucedido?
Espera mis preguntas con los codos sobre el mostrador y el torso inclinado hacia adelante. Señales típicas de quien pretende colaborar.
Grabación de audio. Transcripción. Parte 2
NC: —¿Podemos tutearnos?
JZ: —¡Por supuesto! Aunque tú no quieras eso…
NC: —¿Disculpá? ¿No quiero tutearte?
JZ: —Exacto, hermano. Tú quieres vosearme, tratarme de vos. ¿No e’ jasí ?
NC: —Sí, a eso me refería. Lo di por sentado.
JZ: —Pues, Nicolás, en mi país, tutear es tratar de tú. Los argentinos piden permiso para tutearme y, luego, me dicen “vos esto”, “vos aquello”. ¡Jajaja!
NC: —Pido vosearte, entonces.
JZ: —Permiso otorgado. Hablemos en confianza.
NC: —¿Podrías contarme acerca de vos antes del accidente?
JZ: —Puedo, puedo. Supongo te interesa lo relacionado con la noche del veintinueve de marzo. Las otras seis décadas me las reservo, jajaja.
NC: —Arrancá dónde quieras y vamos conversando.
JZ: —Como tú digas…
A principio de año, trabajaba de repartidor.
NC: —Recuerdo haberte visto con la mochila de delivery cuando nos conocimos. Tengo una pregunta al respecto… me la guardo para más adelante.
JZ: —Ajá, pues, decía que trabajaba con una bicicleta. Pedaleaba día y noche para comer y pagar el alquiler. ¿Sabes una cosa, Nicolás? ¡Odiaba cargar comida! ¡Odiaba esa maldita mochila y a la mugrosa aplicación de celular!
NC: —¿Llevabas mucho tiempo en eso? ¿Antes a qué te dedicabas?
JZ: —¡Demasiado tiempo! En mi país, era ingeniero mecatrónico.
Estuve contratado por una refinería diecisiete años hasta que comenzó la crisis del petróleo.
Luego, debí regresar a compartir el techo con mis padres en Barquisimeto, mi ciudad natal.
Allí me volqué a la educación: fui docente en la UNEXPO, impartía clases de Neumática y Oleohidráulica.
Renuncié el día que decidí emigrar por la salud de mi esposa, era imposible conseguir sus medicamentos.
NC: —¿Qué padece tu esposa?
JZ: —Padecía… Falleció hace seis años.
NC: —Lo lamento.
JZ: —Más lo lamento yo, hermano. Su ausencia es un puñal que se me entierra en el corazón.
Cada mañana al despertar, lloro una lágrima en su memoria.
Tenía una enfermedad en los pulmones, ¿sabes?
¡Y estuvimos tantísimos meses con la medicina a cuenta gotas!
Ella empeoró y entendimos que debíamos abandonar Venezuela.
En cuanto llegamos aquí, a la bellísima Buenos Aires, retomó el tratamiento, consiguió las drogas y se repuso un poco.
Al menos, eso creímos durante cuatro navidades.
NC: —Entiendo.
JZ: —Desde que fue abrazada por Dios, mi vida perdió sentido.
Por un tiempo, continué con el negocio de tequeños, arepas, hallacas y otras vainas que habíamos montado.
No tanto por el dinero, sino por mantener vivo lo que ella había construido.
¿Sabes qué paso, Nicolás? Pues, ella era quien cocinaba.
Yo me encargaba de los números y la logística.
NC: —¿Los clientes se dieron cuenta?
JZ: —Sí, en cuanto se acabó la producción que estaba en el congelador. Las reseñas negativas comenzaron a surgir, y debí cerrar el emprendimiento. No sabes la pena que sentí, lloré como si mi amada hubiera muerto por segunda vez.
NC: —¿Y surgió la idea de trabajar con la bicicleta?
JZ: —Inicialmente, no. Probé dando clases de apoyo a estudiantes de ingeniería y de colegios secundarios.
El asunto fue mi humor, mi mal humor. Nadie quería contratar a un hombre a fines de los cincuenta con cara de perro triste y actitud perezosa para escucharlo arrastrar las palabras mientras hablaba de matemática.
También intenté con albañilería, a pesar de que no me daba el cuerpo para semejante ajetreo.
NC: —Yo te veo en gran forma. Seguro aguantarías más que yo levantando paredes.
JZ: —Los músculos no son lo único que empujan al cuerpo, Nicolás. Lo principal es el espíritu, y el mío se arrastraba por el suelo.
NC: —Comprendo.
JZ: —Estuve cinco meses sin ninguna chamba .
Racioné los ahorros que habíamos reunido con mi esposa hasta que no me quedó otra que ponerme a pedalear.
Por mis padres, ¿sabes?, con quienes colaboraba enviándoles dinero a Venezuela.
De ser por mí, hubiera esperado a que me desalojen del departamento para luego vivir en la calle.
NC: —Esa fue tu excusa para seguir adelante.
JZ: —Sí. El ejercicio me ayudaba, además de mantenerme ocupado. Claro que el destino todavía no había acabado conmigo y, a fines del año pasado, me asestó un par de golpes duros.
NC: —¿Tus papás?
JZ: —Sí. Primero, ella y, al rato, él. El maldito dengue se los llevó.
NC: —¡Qué cagada!, che.
JZ: —No pude despedirme, ¿sabes? Un día simplemente recibí el último mensaje de papá al celular. Me puso que mamá estaba luchando y que él estaba con dolores. Me pidió que rezara. Y listo, se acabó…
NC: —Lamento que fuera así, Josmar.
JZ: —¿Tú tienes padres, Nico?
NC: —No. O sea… Mamá falleció al darme a luz. Queda mi padre.
JZ: —Bueno, pues. Dile que lo quieres. Díselo cada vez que puedas. Nunca sabes cuándo será la despedida. Yo sigo atragantado con las palabras que callé.
NC: —¿No fuiste a despedirlos? Quiero decir, a visitarlos en donde estén descansando o a buscar sus cenizas.
JZ: —Quería. Pero demoré dos años en reunir el dinero necesario para los pasajes de ida y de regreso, más la estadía en Venezuela. Allí todo es carísimo. Además, en cuanto pisara mi querida tierra, vendrían a buscarme los prestamistas a los que mi padre les debía.
En lugar de viajar, les recé para que me comprendieran y utilicé los dólares en ponerme al día con mi vida.
Apuntes de la entrevista. Desarrollo
Comenzó a hablar de sus seres queridos, y el semblante jovial se esfumó.
En su lugar, apareció una mirada apagada, perdida.
Por un instante, recordé a la subcomisaria Scarpin.
Dicen que los ojos son las puertas del alma —o una ventana por la cual espiar—, y tanto los de Josmar como los de Jésica transmiten una desazón inconfundible.
Están angustiados. Si bien reman para salir adelante, siguen rotos.
¿Será que de eso se trata? ¿De aprender a caminar con el dolor a cuestas?
Al fin y al cabo, las tragedias tarde o temprano nos alcanzan a todos.
Grabación de audio. Transcripción. Parte 3
NC: —Gracias por compartir parte de tu historia.
JZ: —Me fui por las ramas. Disculpa.
NC: —Para nada, Josmar. Uno de los aspectos de este proyecto consiste en conocer a las personas que estuvieron presentes en el accidente.
JZ: —Ya, ajá. Comprendo.
NC: —Contame, ¿por qué viajabas en colectivo a esa hora?