15 DE AGOSTO #2
JS: —Quedaron destrozados y no había fuerza para sostener una relación.
El lugar de Tami había sido ocupado por un agujero negro que absorbía las energías y las emociones de los tres.
Poco después del año, dejamos de ser una familia, formalmente; se divorciaron.
Mamá no volvió a ser la misma, y papá se mudó a Formosa.
Cada tanto hablamos. Todavía escucho la tristeza en su voz y el desgano al hablar.
Creo que preferiría estar muerto. Si se mantiene con vida es porque desea saber qué le pasó a su hija.
NC: —Lamento mucho lo que ocurrió con tu hermana y con tu familia.
JS: —Sí. Fue duro crecer en un entorno donde reírse o estar alegre generaba culpa.
NC: —Entiendo a qué te referís.
JS: —¿De verdad?
NC: —Ajá. Mi infancia también estuvo lejos de ser la ideal.
Ahora se cae de maduro por qué hiciste carrera en antisecuestros.
JS: —Cuando me anoté en la policía, quería cambiar el mundo.
Me creía especial; sentía que tenía una misión o un destino.
Juré que ninguna Tamara sería ignorada u olvidada.
Haría lo imposible para que cada niño o niña secuestrados volviesen con su familia.
Impediría que los padres y las madres vivieran preguntándose: ¿Cómo?
¿Por qué? ¿Dónde estará? ¿Cuándo sabré algo?
NC: —Un juramento noble.
JS: —Tan noble como difícil de cumplir. En el mundo desaparecen unos ocho millones de chicos por año; en la Argentina, cerca de cinco mil. Y esos son los casos denunciados. El número real puede ser el doble.
NC: —Conozco la estadística. Es impresionante. Asimismo, sé que la mayoría son encontrados, lo cual indica que hacés un buen trabajo. Perdón, que hacías un buen trabajo.
JS: —Un porcentaje elevado de los chicos aparecen, sí.
Más porque ellos dan señales de vida que por mérito policial.
El tema está con el resto, que exceden a situaciones de abandono del hogar por una aventura de adolescente o por violencia familiar.
Esos que faltan, esos que no encontramos quedan en manos de la peor basura que pueda caminar sobre la tierra.
Por ellos quise ser policía y sin embargo…
NC: —¿Sin embargo qué?
JS: —Dudo que haya marcado la diferencia. En tantos años de servicio, aporté más evitando el encarcelamiento de inocentes que encontrando chicos.
NC: —Debió ser frustrante.
JS: —¿Cómo se llamaba el famoso español que se enfrentaba a los ranchos sin darse cuenta de que no les podía ganar?
NC: —Calculo que te referís a Don Quijote.
JS: —¡Sí, ese!
NC: —Era un personaje de ficción, creado por el escritor Cervantes. Y peleaba contra molinos de viento.
JS: —Igual, entendiste a qué me refiero.
NC: —Ajá.
JS: —Yo enfrentaba a un rival al que jamás vencería.
¿Qué? ¿Por qué la cara de sorpresa? Sé que es lo último que la gente espera escuchar de una policía antisecuestros, pero es la verdad.
Desde que empecé en la división, fui tomando nota de los nombres y apellidos de los niños, niñas y adolescentes que debía buscar, rescatar o salvar para que ninguno fuese olvidado como pasó con Tami.
Así decidieran archivar las carpetas, ellos seguirían presentes en mi cuaderno y no los tacharía hasta encontrarlos.
Lo pensé como una motivación y acabó teniendo el efecto contrario.
Las páginas aumentaban de a decenas, y los renglones tachados apenas representaban un puñado.
En los últimos meses, fue imposible anotar nuevos casos sin llorar de la angustia.
Abrirlo se transformó en un martirio y sostenerlo era igual que cargar una bolsa de cemento.
Y aun así, lo repasaba cada noche antes de dormir.
NC: —¿Todavía lo tenés? ¿No se te ocurrió tirarlo?
JS: —¿Eh? ¿Tirarlo? ¡¿Vos te escuchás?! ¡¿CÓMO PODRÍA TIRARLO?!
NC: —Quise decir…
JS: —¿ACASO VOS TIRARÍAS A UN CHICO AL TACHO DE BASURA? ¡ESTÁS HABLANDO DE PERSONAS! ¿ENTENDÉS? ¡¡¡PERSONAS!!!
M: —Caballero, señorita, disculpen que los moleste. Imagino están tocando un tema sensible, mas debo pedirles que, por favor, bajen la voz o bien que continúen con la charla fuera de la confitería.
NC: —Sí, la verdad que molesta y la advertencia sobra. ¿Usted sabe quién soy? ¿Sabe a qué me dedico?
M: —Eh… eh…
JS: —Nicolás, la culpa es mía. Él cumple con su trabajo, nada más. Puede ir tranquilo, bajaré el tono. Le pido disculpas.
M: —Gra… gracias, a los dos.
Apuntes de la entrevista. Desarrollo
La mirada de Jésica se empañó al repasar el caso de su hermana.
Suspiró cuatro o cinco veces al contar qué pasó con su familia.
La bronca fue ganando terreno. Mencionó la estadística sobre chicos desaparecidos con los puños apretados y escondió la cabeza entre los hombros cuando recordó el cuaderno.
Si bien intentaba mostrarse calma, la tensión era visible en el contorno de su mandíbula y en la dificultad para articular las palabras.
Proponerle que se deshiciera del cuaderno fue un golpe bajo de mi parte.
Quise comprobar qué tanto la afectaba aquellos nombres volcados en unas cuantas hojas.
Era evidente que, para Jésica, los renglones representaban niños de carne y hueso, por eso, los gritos y el golpe con la mano abierta sobre la mesa.
Grabación de audio. Transcripción. Parte 4
NC: —¿Por qué renunciaste luego de la aparición de Violeta? Para un miembro de la división antisecuestros, debió ser motivante encontrarla con vida. Quizá, una reafirmación de que el laburo de policía vale la pena.
JS: —Yo lo interpreté como una señal.
En las semanas previas a que se resolviera el caso, mi realidad era bastante deprimente.
Era un tormento levantarme a la mañana para ir a trabajar y, a la vez, me era imposible dormir cuando me acostaba por la noche.
Comía lo mínimo e indispensable, rechazaba cualquier invitación de mis amigas y no tenía voluntad para entrenar.
Ni siquiera tenía ganas de mirar la tele.
No estaba bien… Bah, sigo sin estarlo, como te habrás dado cuenta recién. Pero en ese entonces, era muchísimo peor; en mi cabeza, existía un murmullo constante de negatividad y de pensamientos oscuros, hasta esa noche.
NC: —¿Esa noche? ¿Te referís a la del accidente que liberó a Violeta?
JS: —Sí.
NC: —Contame.
JS: —Dos horas antes, tuvimos un operativo a unos cinco kilómetros de donde apareció la menor.
Buscábamos en una propiedad abandonada a un joven de dieciséis años que se había ausentado de su casa tres días antes.
Nos acompañaba Avilés porque tenía vinculaciones con el gobierno nacional.
Mejor dicho, se rumoreaba que cierto funcionario tenía vinculaciones con el menor, y el comisario estaba preocupado.
NC: —¿Estás insinuando lo que imagino?
JS: —Las interpretaciones van por tu cuenta.
NC: —Okey, okey… ¿Lo encontraron?