Capítulo 32 #2
Helen cerró los ojos.
—Claro.
Alan dio un paso atrás.
No porque quisiera alejarse.
Porque entendía.
—Te irá bien —dijo.
Helen lo miró.
—No puedes saberlo.
Alan levantó una ceja.
—No. Pero lo creo.
Y aquella vez, en lugar de sentir que necesitaba que él tuviera razón, Helen sintió que podía permitirse creerlo también.
La presentación empezó a las ocho y media.
Las luces bajaron.
El sonido de la ciudad llenó la nave.
No con ruido excesivo. Con una acumulación de pequeños detalles: una puerta que se cierra, una notificación, pasos rápidos, una voz que dice “llego tarde”, el aviso distante de una estación.
Las invitadas se reunieron frente a la zona de la casa.
Helen esperaba detrás de una pantalla lateral con el micrófono en la mano.
Maya estaba junto a ella.
Theo revisaba el orden de intervención por última vez.
Lillian permanecía cerca, con los brazos cruzados y una expresión tan seria que Helen no sabía si estaba preocupada o emocionada.
Probablemente ambas cosas.
—Treinta segundos —dijo Theo.
Helen miró el escenario.
No había escenario como tal.
Solo un espacio junto a la ventana iluminada.
Un lugar donde una mujer podía hablar sin quedar por encima de nadie.
Maya le apretó la mano.
—No te conviertas en otra persona.
Helen sonrió.
—Esa frase empieza a perseguirme.
—Es una buena frase.
—Sí.
—Y es verdad.
Theo levantó tres dedos.
Dos.
Uno.
Las luces cambiaron.
Helen salió.
No había música grandiosa.
Solo una respiración suave.
Una imagen de Nora entrando en el apartamento apareció sobre la pared.
Helen caminó hasta el centro de la zona.
Miró a las personas reunidas.
Reconoció a Marissa Cole entre las periodistas. A Victoria Lane junto a una columna de cristal, conectada a través de una pantalla en directo desde Londres. A Lillian, Theo, Maya y Sienna. A las participantes de los grupos de prueba.
Y a Alan, de pie al fondo.
No estaba en primera fila.
No ocupaba el centro.
Solo estaba allí.
Helen respiró.
—Buenas noches.
Su voz salió firme.
Más firme de lo que esperaba.
—Durante mucho tiempo, las campañas de lujo nos han invitado a mirar una vida perfecta desde fuera.
La imagen de Nora se movió sobre la pared.
La puerta.
El bolso.
Los zapatos en la mano.
—Nos han mostrado lugares imposibles, noches impecables y personas que parecían no tener que llegar tarde nunca, ni cansarse, ni dudar de sí mismas.
Se escucharon algunas risas suaves.
Helen sonrió apenas.
—Pero Éclat Nocturne nació de otra pregunta.
La imagen cambió.
Aparecieron las frases.
Cuando cierro la puerta de casa.Cuando dejo de fingir que no estoy cansada.Cuando me quito los zapatos y recuerdo quién soy.
—¿Qué ocurre cuando dejamos de intentar impresionar a los demás y volvemos a escucharnos?
La nave permaneció en silencio.
No un silencio incómodo.
Un silencio atento.
—Esta fragancia no pretende decirnos que debemos convertirnos en alguien distinto para merecer algo bello. Pretende recordar que también podemos elegir algo hermoso para nosotras mismas, dentro de nuestra propia vida.
Helen notó que las palabras no le temblaban.
No porque no estuviera nerviosa.
Porque sabía por qué las estaba diciendo.
—El lujo puede ser una ciudad brillante. Puede ser una noche inolvidable. Puede ser una pieza de ropa que nos hace caminar de otra forma. Pero también puede ser un momento pequeño: cerrar una puerta, dejar el abrigo en una silla, respirar y recordar que seguimos aquí.
La imagen de Nora se detuvo junto a la ventana.
La actriz se quitaba los zapatos.
Miraba el reflejo de la ciudad.
Sonreía para sí misma.
Helen levantó la vista hacia las invitadas.
—Éclat Nocturne es para ese momento.
La luz bajó un poco.
En la pared apareció la frase final.
NO TIENES QUE CONVERTIRTE EN OTRA PERSONA PARA SENTIRTE INOLVIDABLE.
Helen dejó que el silencio viviera unos segundos.
Luego habló una vez más.
—Cuando el día termina, vuelves a ti.
La música comenzó.
No una melodía grandiosa.
Algo cálido y suave, con piano y cuerdas ligeras.
La campaña se proyectó completa.
Nora entrando en la casa.
El gesto de dejar el bolso.
Los zapatos.
La ventana.
El perfume sobre la muñeca.
La respiración.
La sonrisa.
Mientras la película avanzaba, las frases de las participantes aparecían de forma casi imperceptible entre los reflejos de la nave.
No eran eslóganes.
Eran voces.
Al terminar, nadie aplaudió de inmediato.
Helen sintió un segundo de pánico.
Luego una mujer del público empezó.
Después otra.
Después toda la nave.
El aplauso creció.
No era estruendoso.
Era sostenido.
Cálido.
Real.
Helen miró a Maya.
Maya estaba llorando sin ninguna intención de ocultarlo.
Theo aplaudía con una mano y se limpiaba los ojos con la otra, fingiendo que era una reacción alérgica al perfume.
Sienna sonreía de oreja a oreja.
Lillian aplaudía una vez cada varios segundos, como si necesitara comprobar que nadie pudiera acusarla de entusiasmo excesivo.
Victoria inclinó la cabeza desde la pantalla.
Y Alan…
Alan no apartaba la mirada de Helen.
No parecía orgulloso de tener razón.
Parecía orgulloso de que ella hubiera llegado hasta allí.
Helen sintió que, por primera vez, podía recibir esa mirada sin sentir que tenía que justificarla.
El resto de la noche se volvió más rápido.
Hubo entrevistas.
Fotografías.
Preguntas sobre la fragancia.
Preguntas sobre el cambio de identidad creativa de Bryce Atelier Group.
Preguntas sobre la decisión de hacer el lanzamiento en Queens.
Helen respondió a todas.
No sola.
Lillian habló de estrategia.
Sienna explicó el recorrido visual.
Theo convirtió varias preguntas incómodas en conversaciones útiles.
Maya salvó a una periodista de derramar una copa de champán sobre una instalación de luz y, después, le dijo que aquello era “parte de la experiencia inmersiva”.
A las diez y cuarto, Marissa Cole se acercó a Helen junto a la zona de la ventana.
—Ha funcionado —dijo.
Helen sostuvo una copa de agua entre las manos.
—Creo que sí.
Marissa miró alrededor.
—No parece una campaña intentando demostrar que entiende a las mujeres. Parece una campaña que se ha tomado el tiempo de escucharlas.
Helen sintió que la frase le llegaba más hondo de lo que esperaba.
—Gracias.
Marissa sonrió.
—Esa es la historia que voy a escribir.
Cuando se alejó, Helen se quedó junto a la ventana.
La nave estaba llena de gente.
Pero, por primera vez en semanas, no se sintió observada como un problema.
Se sintió presente.
Alan apareció a su lado.
No llevaba una copa.
No parecía interesado en hacer conversación con nadie más.
—Marissa es muy buena —dijo Helen.
Alan miró hacia donde se había alejado la periodista.
—Lo sé.
—Eso no era una pregunta.
—Lo sé.
Helen soltó una risa.
—Sigues haciendo eso.
—Estoy intentando no hacerlo.
—No te esfuerces demasiado. A veces es gracioso.
Alan la miró.
—Eso es una concesión enorme.
—No te acostumbres.
Él sonrió.
El ruido de la nave seguía alrededor.
La música.
Las conversaciones.
Los flashes lejanos.
Pero el espacio junto a la ventana parecía más tranquilo.
Helen miró el reflejo de ambos en el cristal.
No se tocaban.
No hacía falta.
—¿Sabes qué me preocupa? —preguntó ella.
Alan se volvió un poco hacia ella.
—¿Qué?