Capítulo 32 #3
—Que todo esto salga bien y que, de pronto, pensemos que ya hemos resuelto todo.
Alan guardó silencio.
No intentó decirle que lo habían resuelto.
Eso le gustó.
—No lo hemos resuelto todo —dijo al fin.
—No.
—Todavía tengo cosas que demostrar.
Helen lo miró.
—No quiero que vivas intentando demostrarme algo cada día.
Alan bajó la mirada.
—Entonces, ¿qué quieres?
Helen pensó en la pregunta.
Era una buena pregunta.
Y, por primera vez, no sintió que tuviera que responderla deprisa.
—Quiero que seas honesto incluso cuando te dé miedo que no me guste lo que vas a decir.
Alan levantó los ojos.
—Puedo hacerlo.
—Quiero que no decidas por mí solo porque crees que estás protegiéndome.
—Puedo intentarlo.
Helen inclinó la cabeza.
—No. No puedes intentarlo. Tienes que hacerlo.
Alan sonrió apenas.
—Entonces lo haré.
—Y quiero que sigamos hablando.
Él se quedó quieto.
—¿Hablando?
Helen sonrió.
—En persona. Sin perfiles falsos. Sin mensajes escondidos. Sin bancos deprimidos.
Alan soltó una risa baja.
—La banca no estaba deprimida.
—Tenía una foto en blanco y negro y una frase triste. Era claramente una banca deprimida.
—Puede que solo fuera introspectiva.
—Eso es exactamente lo que diría una persona que defendió una banca deprimida durante semanas.
Alan la observó.
La sonrisa se le fue suavizando.
—No quiero volver a esconderme detrás de Elliot.
—Bien.
—Pero me gustaba hablar contigo.
Helen sintió que el corazón le daba un golpe suave.
—A mí también.
Alan dio un paso más cerca.
No invadió su espacio.
No asumió nada.
Solo redujo la distancia hasta que Helen pudiera apartarse si quería.
Ella no se apartó.
—Helen —dijo él.
Ella levantó la mirada.
—¿Sí?
—Puedo preguntarte algo.
Helen sonrió apenas.
—Eso ya es una mejora.
Alan respiró hondo.
Por primera vez en toda la noche, pareció nervioso.
Más nervioso que delante de un consejo.
Más nervioso que al hablar de una crisis de reputación.
—¿Quieres cenar conmigo mañana?
Helen parpadeó.
—¿Eso es todo?
Alan frunció levemente el ceño.
—¿Debería haber dicho algo más?
—No. Es que esperaba una frase muy intensa sobre el destino o una declaración bajo una ventana.
Alan consideró la idea.
—Podría conseguir una ventana.
Helen soltó una risa.
—No hace falta.
—¿Entonces?
Ella lo miró.
No como Elliot.
No como el director general de Bryce Atelier Group.
Como Alan.
Solo Alan.
El hombre que había cometido errores, había aprendido algunas cosas y seguía sin tener respuestas perfectas para todo.
—Sí —dijo—. Quiero cenar contigo mañana.
La expresión de Alan cambió.
No fue una sonrisa enorme.
Fue más contenida.
Más preciosa.
Como si no quisiera estropear algo importante moviéndose demasiado deprisa.
—Bien —dijo.
Helen levantó una ceja.
—Eso ha sonado casi emocional.
—No exageremos.
Ella miró sus manos.
Luego volvió a mirarlo.
—Y hay otra cosa.
Alan esperó.
Helen dio un paso hacia él.
—Esta vez puedes besarme.
Alan no se movió durante un segundo.
No porque dudara de ella.
Porque estaba dejando que la elección tuviera espacio.
Después levantó una mano y rozó suavemente su mejilla.
Helen cerró los ojos.
El beso fue lento.
No fue perfecto.
No tenía que serlo.
Sabía a promesa pequeña, a alivio, a nervios, a todo lo que habían dicho y a todo lo que aún necesitaban aprender.
Cuando se separaron, Helen apoyó la frente contra la de él.
—No hagas que esto sea complicado mañana —murmuró.
Alan soltó una risa baja.
—No puedo prometerlo.
—Alan.
—Puedo prometer que no llegaré con un perfil falso.
Helen sonrió.
—Eso es un comienzo.
A unos metros, Maya se aclaró la garganta de forma escandalosamente teatral.
Helen abrió los ojos.
Maya estaba junto a Theo.
Theo tenía una copa de agua en la mano y una sonrisa que sugería que había ganado una apuesta invisible.
Lillian estaba un poco más lejos, hablando con Victoria en la pantalla. No parecía mirar hacia ellos.
Lo cual significaba que estaba mirando hacia ellos perfectamente.
Helen se apartó apenas de Alan.
—No digas nada —murmuró.
Alan miró a Maya.
—No voy a decir nada.
Maya levantó ambas manos.
—Yo tampoco.
Theo se inclinó hacia ella.
—Eso es una mentira muy evidente.
Maya sonrió.
—Pero elegante.
La música siguió sonando.
Las luces de la ciudad se reflejaban en los cristales.
La casa al fondo permanecía iluminada, cálida y silenciosa, con la manta azul sobre el sofá y el frasco de Éclat Nocturne brillando bajo la ventana.
Helen miró una última vez el recorrido.
Ciudad.
Casa.
Tú.
Todo había empezado por un like accidental.
Una banca vacía.
Un mensaje equivocado.
Una conversación con alguien que no era quien decía ser.
Pero elegir qué hacer después nunca había sido un accidente.
Helen entrelazó sus dedos con los de Alan.
Él la miró.
No le pidió una explicación.
No necesitó una.
Y, mientras la noche de Queens seguía encendida al otro lado del río, Helen comprendió que no había vuelto a una versión anterior de sí misma.
Había llegado a otra.
Una en la que podía entrar en una sala, defender una idea, querer a alguien sin desaparecer dentro de él y decir, sin pedir permiso, exactamente quién era.