Y todo por un like Capítulo 32
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Capítulo 32

El lanzamiento de Éclat Nocturne comenzó antes de que llegara la primera invitada.

Comenzó a las cinco y veinte de la tarde, cuando Helen entró en la nave de Hunters Point con un café en una mano, una carpeta en la otra y la certeza de que había olvidado algo importante.

No sabía qué.

Podía ser una frase de la presentación.

Un dato de seguridad.

El nombre de una periodista.

O quizá una parte esencial de su sistema nervioso.

La nave estaba irreconocible.

La entrada se había convertido en una ciudad nocturna.

Paneles de cristal reflejaban luces de tráfico, anuncios difusos y sombras de edificios.

Una proyección lenta de lluvia recorría las paredes sin mojar a nadie.

Sonaba un murmullo urbano: pasos, motores lejanos, el aviso de una estación de metro, una puerta de taxi cerrándose al otro lado de una calle imaginaria.

No era estridente.

Era reconocible.

Al avanzar, las luces se volvían más suaves.

El ruido de la ciudad disminuía.

Los espejos de la zona central devolvían fragmentos de las personas que cruzaban el espacio: un hombro, una mano, una silueta, una mirada fugaz.

Y al fondo estaba la casa.

No una casa completa.

No hacía falta.

Una ventana iluminada.

Una lámpara de pie.

Una silla con un abrigo doblado sobre el respaldo.

Una mesa pequeña con un libro abierto, una taza vacía y un frasco de Éclat Nocturne bajo una luz cálida.

La manta azul de Helen estaba sobre el sofá.

No la original.

Maya se había negado a permitir que una manta con una mancha de tinta real participara en un evento internacional, aunque Helen había insistido en que era parte del concepto.

La versión elegida era parecida.

Azul profundo.

Suave.

Imperfectamente doblada.

Parecía que alguien acababa de llegar a casa y no había tenido tiempo de fingir que todo estaba en su sitio.

Ciudad.

Casa.

Tú.

Helen se quedó quieta en mitad de la nave.

Sienna apareció a su lado con un auricular en una oreja y una lista de tareas en la mano.

—No puedes quedarte mirando como si fueras una invitada.

Helen parpadeó.

—Lo siento.

—No lo sientas. Está bien. Pero tenemos ocho minutos antes de que llegue prensa y necesito saber si la proyección de la segunda zona te parece demasiado lenta.

Helen miró los espejos.

En ellos aparecían frases breves, casi transparentes.

Cuando cierro la puerta de casa.Cuando dejo de fingir que no estoy cansada.Cuando recuerdo que sigo siendo yo.

Las palabras aparecían y desaparecían entre los reflejos.

—No es lenta —dijo Helen—. Deja que la gente tenga tiempo de verse.

Sienna asintió.

—Eso pensaba.

—¿Y la luz del fondo?

—Perfecta.

—¿La seguridad?

—Perfecta.

—¿Los proveedores?

—Sorprendentemente sobrios.

Helen levantó una ceja.

—Eso sí es una mala señal.

Sienna soltó una risa.

—Maya los ha amenazado con cinta de doble cara si cambian una sola flor.

—Eso suena muy profesional.

—En Bryce Atelier Group, la profesionalidad tiene muchas formas.

Maya apareció desde la zona de vestuario con un vestido negro ajustado, labios rojos y una carpeta de emergencia bajo el brazo.

—Helen.

Helen se giró.

Maya la observó de arriba abajo.

—Bien. Sigues teniendo cara de mujer que está a punto de presentar una campaña mundial, pero al menos ya no pareces que vas a abandonar el país.

—Gracias.

—Es un cumplido.

Maya se acercó y le arregló el cuello del vestido.

Helen llevaba un vestido azul noche, sencillo, sin brillos innecesarios. Tenía mangas largas, cintura marcada y una caída suave hasta las rodillas. No parecía una directora de una firma de moda. Tampoco una asistente que se había vestido demasiado para una ocasión importante.

Parecía ella, solo que más segura.

O, al menos, como una versión de sí misma que podía fingir seguridad el tiempo suficiente para que se volviera real.

—¿Ha llegado Lillian? —preguntó Helen.

—Hace quince minutos. Ya ha corregido tres carteles, una línea de catering y la postura de un fotógrafo.

Helen sonrió.

—Entonces todo está bajo control.

—Lo más parecido a control que vamos a conseguir.

Maya bajó la voz.

—¿Y Alan?

Helen intentó no mirar hacia la entrada.

Falló.

—No ha llegado todavía.

Maya consultó el reloj.

—Faltan seis minutos para que empiece la recepción.

—Alan Bryce llega antes a cualquier sitio.

—Eso era antes.

Helen la miró.

Maya inclinó la cabeza.

—Ahora está aprendiendo a no usar la puntualidad como una defensa emocional.

Helen soltó una risa.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Lo tiene. Solo que tú estás nerviosa.

Helen quería negar.

No lo hizo.

—No sé por qué estoy más nerviosa por verlo que por tener a media prensa de moda en este sitio.

Maya suavizó la expresión.

—Porque la prensa puede publicar una mala crítica. Alan puede mirarte y hacer que olvides una frase completa.

Helen respiró hondo.

—Gracias por tranquilizarme.

—No estoy aquí para tranquilizarte.

—Ya lo sé.

Maya le rozó el brazo.

—Estoy aquí para recordarte que esto es tuyo, Helen. No porque estés sola. Porque lo has hecho.

Antes de que Helen pudiera responder, Theo apareció junto a ellas con un esmoquin oscuro, una corbata negra demasiado estrecha y una expresión de alguien que se había peleado con cinco periodistas y había ganado cuatro veces.

—Buenas noticias —anunció.

Maya cruzó los brazos.

—¿Las de verdad o las que empiezan bien y terminan con una catástrofe?

—Las de verdad. Marissa Cole ha publicado su pieza.

Helen se quedó quieta.

—¿Ya?

Theo le mostró el teléfono.

El titular no hablaba de rumores.

No hablaba de relaciones.

No hablaba de crisis internas.

Decía:

ÉCLAT NOCTURNE: LA APUESTA DE brYCE ATELIER POR UN LUJO QUE VUELVE A LA VIDA REAL

Helen leyó las primeras líneas.

Marissa hablaba de la campaña, de los grupos de prueba, de la idea de que el lujo podía ser íntimo sin ser pequeño. Citaba varias frases de Helen sobre deseo, identidad y belleza cotidiana.

Solo al final, en un párrafo breve y sin dramatismo, mencionaba que la empresa había reforzado sus protocolos internos para preservar la autonomía creativa de sus equipos.

No había nombres.

No había insinuaciones.

No había escándalo.

Helen levantó la mirada.

—Es buena.

Theo sonrió.

—Es muy buena.

—¿Ha dicho algo Daniel?

Theo negó con la cabeza.

—Legal ha confirmado que no podrá comentar nada relacionado con Bryce Atelier Group mientras sigue la revisión de su conducta. Y, francamente, su credibilidad acaba de caer por una ventana bastante alta.

Maya sonrió con satisfacción.

—Qué pena.

—Terrible —dijo Theo—. Estoy destrozado.

Helen devolvió el teléfono.

El alivio no fue completo.

No esperaba que lo fuera.

Las cosas que Daniel había dicho no desaparecían porque una noticia buena reemplazara una mala. Las conversaciones privadas seguían existiendo. Alan seguía teniendo que responder por Elliot. Ella seguía teniendo que aprender a confiar sin olvidarse de sí misma.

Pero Daniel ya no controlaba el relato.

Y eso era suficiente para aquella noche.

—Cinco minutos —dijo Sienna desde la entrada.

La nave empezó a cambiar de ritmo.

El equipo de recepción ocupó posiciones. Las luces de la ciudad se elevaron apenas. Un suave aroma de la fragancia comenzó a recorrer el espacio: bergamota, iris, madera clara y algo cálido que Helen siempre había asociado con abrir una ventana después de un día largo.

Las primeras invitadas entraron.

Periodistas.

Compradoras internacionales.

Diseñadoras.

Personas del mundo cultural.

Algunas mujeres de los grupos de prueba.

La arquitecta de París, elegante con un traje oscuro y una sonrisa tranquila. La mujer de Madrid que había dicho que volvía a escucharse cuando cerraba la puerta de casa. Una profesora de Brooklyn que había hablado de ponerse perfume antes de cocinar para sí misma.

No llevaban carteles.

No estaban allí como testimonios.

Eran invitadas.

Parte de la historia porque la historia también les pertenecía.

Helen las vio entrar en la zona de ciudad.

Vio cómo se detenían al leer las frases reflejadas.

Vio a una periodista levantar el teléfono para fotografiar un panel.

Vio a una mujer tocarse la muñeca al escuchar la voz de otra participante que sonaba en una proyección discreta:

—A veces no necesito que nadie me vea. Solo necesito volver a verme yo.

Helen sintió un nudo en la garganta.

Maya se acercó a su lado.

—Eso ha funcionado.

Helen no respondió.

No podía.

Porque, por primera vez, estaba viendo una idea salir de su cabeza y entrar en otras personas sin perderse por el camino.

Entonces las puertas se abrieron otra vez.

Alan llegó.

No entró como director general.

No hubo asistentes a su alrededor. No hubo gestos de seguridad, ni conversaciones detenidas, ni miradas que se apartaran deprisa.

Llevaba un traje negro sin corbata, camisa blanca y un abrigo oscuro sobre el brazo. Su cabello estaba algo desordenado por el viento. Parecía elegante, como siempre.

Pero no inaccesible.

Helen lo vio detenerse al comienzo del recorrido.

La ciudad reflejada en los paneles le devolvió varias versiones de sí mismo: una más oscura, otra fragmentada, otra casi borrada por una frase que aparecía sobre el cristal.

Cuando dejas de fingir que no te importa.

Alan leyó la frase.

Después levantó la mirada.

La encontró al fondo de la nave.

No caminó hacia ella de inmediato.

Primero hizo el recorrido.

Pasó por la ciudad.

Se miró en los espejos.

Entró en la casa.

Se detuvo junto a la manta azul, la ventana iluminada y el libro abierto sobre la mesa.

Helen no sabía por qué aquello le conmovió tanto.

Quizá porque Alan no estaba intentando saltarse la historia para llegar a ella.

La estaba atravesando.

Como todos los demás.

Cuando llegó a su lado, no la besó ni la abrazó.

No era el momento.

Había cámaras, invitados y demasiadas cosas que aún necesitaban cuidado.

Solo la miró.

—Es precioso —dijo.

Helen tragó saliva.

—Gracias.

Alan miró alrededor.

—No parece un evento.

—Ese era el plan.

—Parece una noche que alguien recuerda.

Helen lo observó.

—Eso es mucho mejor.

Alan sonrió.

—Lo sé.

Maya apareció entre ellos, con una copa de agua en una mano.

—Perdonad que interrumpa este intercambio de miradas perfectamente contenido, pero Helen tiene que prepararse para hablar en dos minutos.