Y todo por un like Capítulo 31 #3
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Capítulo 31 #3

Por primera vez, el cansancio en su expresión se mezcló con algo parecido a una risa.

Pequeña.

Frágil.

Real.

Helen respiró hondo.

—Quiero hablar contigo.

Alan la miró.

—Priya no ha levantado todavía la recomendación.

—Entonces no hablaremos de cosas profesionales.

Lillian levantó una ceja.

Theo ocultó una sonrisa.

Maya miró a Helen como si acabara de presenciar una decisión importante.

Alan tardó un segundo.

—¿Dónde?

Helen miró hacia los ventanales.

La ciudad estaba extendida al fondo.

Las luces empezaban a encenderse sobre el río.

—En la banca —dijo.

Alan sostuvo su mirada.

Y, por primera vez desde que todo había empezado a romperse, Helen vio algo que no era miedo en sus ojos.

Esperanza.

—De acuerdo —dijo.

A las siete y tres minutos, Helen llegó al parque.

La banca estaba vacía.

La misma de siempre.

El mismo árbol.

El mismo sendero.

Pero ahora había luces pequeñas entre las ramas y el parque se llenaba de sombras suaves, gente paseando perros y niños que volvían a casa con abrigos demasiado grandes.

Helen se sentó.

No tardó mucho en verlo.

Alan apareció desde el extremo del camino con un abrigo oscuro y las manos en los bolsillos. No llevaba corbata. Tampoco llevaba la rigidez de la oficina.

Parecía cansado.

Pero también parecía presente.

Se detuvo junto a la banca.

—¿Puedo?

Helen señaló el otro extremo.

—Sí.

Alan se sentó.

Por unos segundos, ninguno habló.

Helen observó una hoja arrastrada por el viento hasta sus zapatos.

Luego levantó la mirada.

—La investigación se ha cerrado.

Alan asintió.

—Sí.

—Daniel ya no puede usar la empresa para seguir haciendo esto.

—No.

—La campaña sigue adelante.

—Sí.

Helen lo miró.

—Y tú sigues intentando hablar como si todo eso fuera suficiente para que yo tenga que decidir qué quiero contigo.

Alan se quedó quieto.

—No.

—No lo es.

Él asintió.

—Lo sé.

Helen respiró hondo.

—No quiero que estés conmigo porque te sientas culpable.

—No lo estoy.

—No quiero que intentes compensar cada cosa que hiciste mal convirtiéndote en el hombre perfecto.

Alan soltó una risa baja.

—No creo que pudiera conseguirlo aunque quisiera.

Helen casi sonrió.

—Probablemente no.

Alan la miró.

—Pero sí quiero estar contigo.

La frase cayó entre ambos.

Sencilla.

Sin una gran explicación.

Sin una metáfora elegante.

Helen sintió que el corazón le latía con fuerza.

—¿Como Alan? —preguntó.

Él sostuvo su mirada.

—Solo como Alan.

Ella bajó los ojos.

—No sé si puedo confiar de inmediato.

—No te lo pediré.

—No sé si voy a dejar de enfadarme contigo cuando recuerde lo de Elliot.

—No te lo pediré.

—No sé si esto será fácil.

Alan sonrió apenas.

—Eso sí puedo responderlo.

Helen levantó una ceja.

—¿Ah, sí?

—No será fácil.

Ella soltó aire.

—Qué romántico.

—Estoy aprendiendo.

Helen lo observó.

El hombre que había conocido como Elliot Reed estaba allí.

También estaba Alan Bryce.

El CEO serio.

El hombre que llegaba antes a todas partes.

El que tenía miedo de que las personas lo quisieran por su apellido.

El que había cometido errores.

El que seguía aprendiendo a no convertir la protección en control.

Y, pese a todo, era el mismo hombre que se había sentado en aquel parque sin pedirle que lo perdonara.

Solo había dicho la verdad.

—¿Sabes qué quiero? —preguntó Helen.

Alan se giró un poco hacia ella.

—Dímelo.

Helen miró la banca.

Luego el sendero.

Después a él.

—Quiero que mañana vengas al lanzamiento.

Alan frunció levemente el ceño.

—Helen, no participaré en decisiones de campaña.

—No te he pedido que participes.

—Entonces, ¿qué quieres?

Helen sonrió un poco.

—Que estés allí. Como invitado. Como Alan.

Él se quedó inmóvil.

—¿Estás segura?

Helen pensó en el primer like.

En el primer mensaje.

En aquel hombre que se escondía detrás de una fotografía de una banca vacía.

Y en el que ahora esperaba una respuesta sin atreverse a decidirla por ella.

—No —dijo—. Pero quiero hacerlo de todos modos.

Alan soltó aire.

Parecía que había estado conteniendo la respiración desde que se sentó.

—De acuerdo.

Helen asintió.

El espacio entre ambos seguía siendo pequeño.

Elegido.

Esta vez, Alan no levantó la mano primero.

Helen fue quien lo hizo.

Rozó sus dedos con los de él sobre la madera de la banca.

Alan no cerró la mano de inmediato.

Esperó.

Helen entrelazó sus dedos con los suyos.

Entonces él la sostuvo.

No demasiado fuerte.

No como una promesa que tuviera que resolverlo todo.

Solo como alguien que, por fin, entendía que podía quedarse sin dirigir el camino.

Y Helen pensó que quizá el amor no empezaba cuando una persona te salvaba.

Quizá empezaba cuando dejaba de intentar hacerlo y se sentaba a tu lado, esperando a que eligieras qué hacer juntos.

A lo lejos, una luz se encendió entre los árboles.

Helen miró el parque.

Mañana sería el lanzamiento.

La campaña.

La prensa.

La ciudad.

Todo lo que habían construido.

Y, por primera vez, no sintió que estuviera a punto de entrar en una sala donde alguien podía decidir quién era.

Sintió que estaba a punto de contar una historia.

La suya.

La de la campaña.

La de una mujer que volvía a sí misma.

Y la de un hombre que había aprendido, por fin, a llegar sin esconderse.