Capítulo 31 #2
No hubo alivio perfecto.
Daniel había dejado marcas antes de irse.
Pero, por primera vez, no parecía que él tuviera la última palabra.
—¿Y Alan? —preguntó.
Priya y Lillian intercambiaron una mirada breve.
Helen sintió que el corazón le volvía a latir demasiado rápido.
Priya respondió.
—El señor Bryce ha presentado una declaración completa. Ha asumido que su conducta respecto a la identidad de Elliot Reed fue impropia y ha aceptado las medidas de separación profesional recomendadas.
Helen bajó la mirada.
—¿Dónde está?
Lillian habló entonces.
—En una reunión con el consejo.
Helen levantó la vista.
—¿Por qué?
Lillian tardó un instante.
—Porque Daniel ha intentado convertir la revisión en una discusión sobre la capacidad de Alan para dirigir la empresa.
Helen se quedó inmóvil.
—¿Qué?
Priya cerró los ojos un segundo.
—El consejo no considera que haya pruebas para una sanción contra él. Pero Alan ha pedido hablar directamente y explicar su posición.
Helen notó una mezcla de rabia y miedo.
—¿Él ha pedido hablar?
Lillian asintió.
—Sí.
—¿Y va a decir qué?
Lillian sostuvo su mirada.
—Eso tendrá que decírselo él.
Helen se levantó de golpe.
—Quiero ir.
Priya extendió una mano.
—Helen, no es necesario.
—No he dicho que fuera necesario.
—Es una reunión del consejo.
—Lo sé.
Lillian dio un paso hacia ella.
—No puede entrar ahí y defenderlo.
Helen miró a Lillian.
—No quiero defenderlo.
Lillian levantó una ceja.
—¿Entonces?
Helen respiró hondo.
La respuesta le llegó con una claridad que no esperaba.
—Quiero saber que no está haciendo lo mismo que antes.
Priya frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
Helen miró la carpeta negra sobre la mesa.
—A decidir solo qué es lo mejor para todos. A pensar que tiene que cargar con todo. A convertir cada error en una razón para apartarse de la gente que le importa.
Lillian la observó.
No con dureza.
Con comprensión.
Eso era nuevo.
—Está en la sala de consejo del edificio —dijo Lillian—. Pero no interrumpa la reunión.
Helen asintió.
—No lo haré.
Priya parecía a punto de objetar.
Lillian la miró.
—Déjela.
El trayecto hasta Bryce Atelier Group le pareció demasiado lento.
Maya condujo porque Helen había dicho que estaba bien para hacerlo y Maya había respondido que esa frase no tenía validez legal.
Theo se sentó detrás, revisando mensajes en el teléfono.
Nadie habló durante los primeros minutos.
La ciudad pasaba tras las ventanillas: peatones, obras, taxis, bicicletas, personas cargando bolsas, gente entrando y saliendo de oficinas sin saber que, para Helen, todo parecía más nítido y más frágil de lo habitual.
Finalmente, Theo levantó la vista.
—No deberías sentir que tienes que salvar a Alan.
Helen miró por la ventana.
—No quiero salvarlo.
—Bien.
—Quiero evitar que se castigue como si desaparecer fuera una forma de arreglar las cosas.
Theo guardó silencio.
Maya la miró de reojo desde el asiento del conductor.
—Eso sí suena mucho a querer a alguien.
Helen apretó los labios.
—No empieces.
—No he empezado nada.
—Maya.
Ella sonrió apenas.
—Solo digo que puedes estar enfadada con alguien y querer que haga las cosas bien. No son emociones incompatibles.
Helen no respondió.
Porque sabía que era verdad.
La sala del consejo estaba en la planta treinta y dos.
Helen no había estado allí nunca.
Era más sobria que la Lantern Room. Menos luminosa. Más silenciosa. Las paredes estaban revestidas de madera oscura y los ventanales mostraban Queens y Manhattan como dos mundos separados por el río.
La puerta estaba cerrada.
Una asistente ejecutiva permanecía sentada junto a ella con un portátil abierto.
Helen se acercó.
—Hola. Necesito hablar con Alan Bryce.
La mujer levantó la vista.
—Está en una reunión del consejo.
—Lo sé.
—No puedo interrumpirla.
Helen asintió.
—No quiero que la interrumpa. Solo quiero saber si ha terminado.
La asistente la observó un segundo.
Luego miró algo en la pantalla.
—Lleva dentro cuarenta y cinco minutos.
Helen se sentó en una de las sillas del pasillo.
Maya se quedó a su lado.
Theo se apoyó contra la pared, excepcionalmente callado.
El tiempo pasó despacio.
Cada vez que se abría una puerta al fondo del corredor, Helen levantaba la vista.
Cada vez que sonaba un ascensor, el corazón le daba un golpe.
A los veinte minutos, Lillian llegó.
No dijo nada.
Solo se sentó al otro lado del pasillo con su tablet sobre las rodillas.
Helen la miró.
—¿No tienes trabajo?
Lillian alzó los ojos.
—Siempre.
—Entonces, ¿por qué estás aquí?
Lillian tardó un segundo.
—Porque es un momento relevante para la empresa.
Helen supo que no era toda la verdad.
No insistió.
Finalmente, la puerta de la sala del consejo se abrió.
Salió primero una mujer del consejo. Después el hombre de la corbata burdeos. Luego otros dos miembros. No parecían enfadados. Tampoco especialmente satisfechos.
Parecían pensativos.
Helen se puso de pie.
Alan salió el último.
No llevaba chaqueta.
La corbata estaba aflojada.
Tenía el rostro cansado.
Cuando la vio, se detuvo.
Durante un segundo, Helen no supo qué hacer.
La norma de no contacto esencial aún no se había levantado formalmente.
Había abogados.
Recursos humanos.
Personas mirando.
Pero Alan no se acercó.
No dio por hecho nada.
Solo dijo:
—Hola.
La sencillez de esa palabra le hizo un nudo en la garganta.
—Hola.
Lillian se levantó.
—¿Cuál ha sido la decisión?
Alan miró a todos.
Luego habló.
—El consejo mantiene la confianza en mi gestión. Daniel queda fuera de cualquier proceso relacionado con la empresa. La campaña sigue adelante.
Theo soltó el aire de golpe.
Maya cerró los ojos un segundo.
Helen no reaccionó.
Seguía mirando a Alan.
—¿Y tú? —preguntó.
Alan entendió la pregunta.
Bajó la mirada.
—He aceptado una revisión externa de procedimientos y mantendré la separación de cualquier decisión profesional que tenga que ver contigo.
Helen asintió lentamente.
—Eso ya lo sabíamos.
Alan levantó la vista.
—Sí.
—¿Qué más?
Hubo un silencio corto.
Lillian no se movió.
Maya miró al suelo.
Theo se enderezó.
Alan habló más bajo.
—He dicho al consejo que no voy a pedir que nadie proteja mi posición a costa de la tuya.
Helen sintió que algo se apretaba dentro de ella.
—¿Qué significa eso?
—Que, si en algún momento se considera que mi presencia puede perjudicar tu desarrollo profesional o tu credibilidad, no voy a usar mi cargo para decidir por ti qué es aceptable.
Helen lo miró.
—¿Y eso te parece una solución?
Alan bajó la cabeza.
—No. Me parece una consecuencia.
La respuesta le dolió.
Porque había aprendido a reconocer cuando él hablaba desde la culpa.
Y no quería que su relación con él siguiera construyéndose sobre castigos.
—No tienes que ofrecerte como si fueras un problema que hay que apartar —dijo.
Alan levantó la vista.
—No estoy intentando apartarme de ti.
—Entonces deja de hablar como si lo estuvieras.
La frase salió más alta de lo que pretendía.
La asistente ejecutiva volvió a mirar desde su mesa.
Theo carraspeó.
Maya se acercó un poco a Helen.
Pero Alan no se defendió.
—Tienes razón —dijo.
Helen cerró los ojos.
—Por favor, no empieces con eso.
La boca de Alan se curvó apenas.
—Lo siento.
—Eso tampoco.