Y todo por un like Capítulo 29
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Capítulo 29

La palabra crisis se quedó suspendida en la Lantern Room con una comodidad insultante.

Helen miró a Theo.

Luego a Alan.

Después volvió a mirar a Theo, como si repetir el proceso pudiera hacer que alguien añadiera una frase tranquilizadora.

Nadie lo hizo.

—¿Cuánto tiempo tenemos para resolverlo? —preguntó Lillian.

Theo revisó el correo en su teléfono.

—La inspección ha detectado una sobrecarga en una de las líneas principales y una instalación provisional que no estaba incluida en el permiso inicial. Hasta que no revisen el sistema completo, no podemos montar proyecciones, estructura de sonido ni iluminación de gran formato.

Helen frunció el ceño.

—¿Una instalación provisional?

—Eso dice el informe.

Alan extendió la mano.

—Enséñamelo.

Theo le pasó el teléfono.

Alan leyó el mensaje en silencio.

Helen observó su rostro.

No cambió demasiado.

Pero ella ya conocía los detalles: el leve endurecimiento de la mandíbula, la quietud excesiva en sus hombros, esa forma de mirar una pantalla como si pudiera obligar a la información a organizarse mejor.

—¿Cuándo se realizó esa instalación? —preguntó Alan.

—Ayer por la tarde, según el informe.

Lillian dejó escapar aire.

—Ayer no había montaje previsto.

Theo levantó la vista.

—Exacto.

La sala quedó en silencio.

Helen sintió que algo frío le recorría la espalda.

No quería decirlo.

No quería convertir cada contratiempo en una nueva sospecha sobre Daniel Carter.

Pero aquella instalación no autorizada aparecía justo después de la filtración, justo después de que Daniel hubiera intentado cambiar el concepto del lanzamiento y justo antes de que el consejo aprobara la propuesta de Helen.

Era demasiada coincidencia.

—¿Quién tenía acceso al espacio? —preguntó.

Theo revisó otro mensaje.

—Producción, proveedores de iluminación, seguridad del edificio y los asesores externos registrados para el evento.

—¿Daniel estaba registrado? —preguntó Helen.

Theo levantó los ojos.

—Sí.

Alan dejó el teléfono sobre la mesa.

No dijo nada.

Helen se giró hacia él.

—No.

Alan la miró.

—No he dicho nada.

—Pero lo estás pensando.

—Estoy pensando que necesitamos pruebas.

—Eso no significa que no lo sospeches.

Él sostuvo su mirada.

—Lo sospecho.

La honestidad de la respuesta le cortó la respiración durante un instante.

Alan continuó.

—Pero no voy a acusarlo de nada sin saberlo.

Helen asintió lentamente.

Aquello no era lo que habría hecho semanas atrás.

El Alan de antes habría llamado a seguridad, habría exigido registros, habría tomado la situación como una amenaza personal contra la empresa y contra ella.

El hombre frente a ella seguía siendo meticuloso, poderoso y muy capaz de organizar una respuesta en cuestión de minutos.

Pero estaba esperando.

No para pedirle permiso.

Para hacer las cosas bien.

Lillian recuperó la atención de la sala.

—Necesitamos dos planes. El primero: investigar la incidencia y recuperar el espacio si es posible. El segundo: encontrar una alternativa antes de que los proveedores empiecen a cancelar agendas.

Theo levantó una mano.

—Tengo una lista de espacios disponibles.

Helen lo miró.

—¿Ya?

Theo se encogió de hombros.

—Trabajo en comunicación. Vivo preparado para que una gala se convierta en una evacuación o que una alfombra roja se inunde.

Maya entró en ese momento, con una caja de muestras de telas bajo un brazo y el teléfono pegado a la oreja.

—No, no quiero una pared color topo. Quiero una pared que parezca una ciudad al final de la tarde, no el interior de una clínica privada.

Se detuvo al ver las caras.

—¿Qué ha pasado?

Theo levantó el móvil.

—Inspección. Permiso suspendido. Posible problema eléctrico. Crisis completa.

Maya parpadeó.

—Claro.

Dejó la caja sobre la mesa.

—¿Puedo dar por hecho que no es una crisis que se arregle con cinta de doble cara y una llamada agresiva a un proveedor?

—Todavía no lo sabemos —dijo Lillian.

Maya miró a Helen.

—¿Estás bien?

Helen pensó en responder que sí.

Pero la pregunta era demasiado sencilla para esconderse detrás de ella.

—Estoy intentando estarlo.

Maya asintió.

—Eso sirve por ahora.

Durante la siguiente hora, Bryce Atelier Group dejó de parecer una empresa de moda y empezó a funcionar como una central de operaciones.

Sienna llegó desde Astoria con el abrigo todavía puesto y una carpeta llena de planos. Lillian tomó el control de proveedores. Theo hizo llamadas a espacios culturales, hoteles, galerías y almacenes. Priya Shah se reunió con legal y seguridad para revisar los registros de acceso al recinto.

Alan no se encerró en su despacho.

Eso fue lo primero que Helen notó.

Se quedó en la Sala 4 con el equipo, escuchando informes, haciendo preguntas concretas y dejando que las personas responsables de cada área respondieran antes de intervenir.

No ocupaba el centro de la mesa.

No hacía falta.

La habitación parecía gravitar hacia él de todos modos.

Helen estaba sentada junto a Maya, revisando las opciones de espacios alternativos.

—Este tiene disponibilidad —dijo Theo, proyectando una ficha en la pantalla—. Antiguo teatro en Brooklyn. Techos altos, escenario, buena entrada para prensa.

Helen miró las fotografías.

Todo era terciopelo oscuro, lámparas doradas y una escalera de mármol demasiado perfecta.

—No.

Theo giró hacia ella.

—¿No?

—Parece que vamos a presentar una colección de joyas robadas.

Maya inclinó la cabeza.

—No es del todo malo.

—No es Éclat Nocturne —dijo Helen—. Es demasiado teatral. La gente entra y entiende que está en un evento. Quiero que entre y olvide dónde está durante unos minutos.

Sienna pasó a la siguiente opción.

—Galería en DUMBO. Espacio abierto, mucha luz, permisos sencillos.

Helen miró el plano.

—Demasiado limpio.

—¿Demasiado limpio? —repitió Theo.

—No hay nada que se pueda convertir en ciudad. Ni en casa. Parece una tienda que todavía no ha decidido qué vende.

Theo tomó notas.

—Eso es exactamente lo que diré al propietario.

Lillian levantó los ojos.

—No lo dirás.

—Lo pensaré con mucha fuerza.

La tercera opción era una antigua estación de ferris reconvertida en espacio de eventos.

Tenía paredes de ladrillo, vigas de acero, ventanas grandes y una vista parcial del East River.

Helen se inclinó hacia la pantalla.

—Espera.

Sienna amplió las imágenes.

El lugar no era perfecto. Tenía columnas que interrumpían el espacio, una entrada demasiado estrecha y una plataforma elevada junto al fondo.

Pero había algo en él.

Algo vivido.

Algo que no parecía construido para impresionar, sino para haber tenido una vida antes de convertirse en un evento.

—¿Dónde está? —preguntó Helen.

—Hunters Point —respondió Sienna—. Long Island City.

Helen levantó la vista.

—En Queens.

Theo asintió.

—Sí.

—¿Está disponible?

—La organización tiene una exposición de fotografía hasta el viernes. Después queda libre.

Lillian frunció el ceño.

—El montaje tendría que hacerse en muy poco tiempo.

—Podemos hacerlo —dijo Sienna.

Helen siguió mirando las fotografías.

Había una imagen del interior al atardecer.

La luz entraba por los ventanales y se reflejaba sobre el suelo de hormigón pulido. Al fondo se veía una parte del río y, más allá, Manhattan como una línea de edificios lejanos.

No era una postal.

No necesitaba serlo.

—Es ese —dijo.

La sala se quedó callada.

Theo levantó una ceja.

—¿Estás segura?

Helen miró el plano.

Después miró a Alan.

Él no respondió.

Solo esperaba.

—Sí —dijo ella—. La ciudad no tiene que ser una imagen perfecta. Puede estar ahí fuera. Cerca. Como algo que has dejado atrás durante unas horas.

Maya se acercó a la pantalla.

—Podemos construir la zona de “Ciudad” en la entrada. Luces reflejadas en cristal. Sonido. Mensajes proyectados.

Sienna empezó a tomar notas.

—Y la plataforma del fondo puede convertirse en “Casa”. No una casa literal. Solo una ventana, una silla, una lámpara, una mesa…

Helen asintió.

—Y una pared que parezca un pasillo de edificio. La gente cruza la ciudad, entra en casa y luego se ve reflejada.

Theo se giró hacia Lillian.

—Es más barato que el almacén original.

Lillian lo miró.

—Eso no es necesariamente una ventaja si el resultado es peor.

—No será peor —dijo Helen.

La frase salió antes de que pudiera revisarla.

No sonó arrogante.

Sonó decidida.

Alan levantó la vista hacia ella.

—¿Qué necesitas para que no sea peor? —preguntó.

Helen lo miró.

No preguntó qué podía hacer él.

No le ofreció resolverlo.

Le preguntó qué necesitaba.

Y, de forma extraña, eso fue lo que le permitió pensar con claridad.

—Tiempo de montaje. Sienna al frente de producción. Maya en vestuario y recorrido visual. Theo con prensa y narrativa. Lillian con proveedores y presupuesto.

Theo levantó la mano.

—¿Y tú?

Helen apoyó un dedo sobre la imagen del espacio.

—Yo voy a estar allí desde el primer día.

Alan asintió.

—De acuerdo.

Lillian cerró su carpeta.

—Entonces tenemos una alternativa. Theo, reserva provisional. Sienna, visita técnica esta tarde. Maya, prepara materiales visuales. Helen, quiero el nuevo recorrido de experiencia antes de mañana. Alan, seguridad y permisos.

Alan se incorporó ligeramente.

—Priya y legal ya están trabajando en ello.

Lillian lo miró.

—Perfecto. Pero no necesito que lo haga todo usted. Necesito que resuelva lo que solo puede resolver usted.

Alan sostuvo su mirada.

Por una fracción de segundo, Helen pensó que alguien más se habría sentido ofendido.

Alan no.

—Entendido.

Maya se inclinó hacia Helen y susurró:

—Creo que Lillian acaba de poner límites al director general.

Helen miró al frente.

—Y ha sobrevivido.

—Eso sí que es una campaña inspiradora.

A las tres y cuarto, Helen y Alan llegaron a Hunters Point con Sienna, dos técnicos de producción y una especialista de seguridad.

El antiguo embarcadero estaba casi vacío.

Aún había fotografías colgadas de la exposición que terminaba ese fin de semana: retratos urbanos, calles mojadas, personas esperando trenes, ventanas encendidas en edificios lejanos.

Helen se detuvo frente a una de ellas.

Era una imagen de una mujer de espaldas, con un abrigo claro y una bolsa de papel en una mano. Estaba bajo una marquesina mientras llovía.

No se le veía la cara.