Capítulo 29 #2
Y, aun así, Helen sintió que podía imaginarla pensando en llegar a casa.
—Te gusta —dijo Alan detrás de ella.
Helen se giró.
—Sí.
Él miró la fotografía.
—Es parecida a una de las que guardas en esa carpeta roja.
Helen parpadeó.
—¿Te fijaste?
Alan pareció arrepentirse de haberlo dicho.
—No quería invadir—
—No has invadido nada.
La frase salió antes de que pudiera pensarlo demasiado.
Alan la miró con cautela.
Helen bajó la mirada hacia la fotografía.
—La carpeta es vergonzosa.
—No lo es.
—Tiene entradas de cine, frases de revistas, fotos que imprimo en casa y recortes de sitios a los que ni siquiera he ido.
Alan sostuvo su mirada.
—Eso no la hace vergonzosa.
—La hace un poco adolescente.
—La hace alguien que observa.
Helen se quedó quieta.
El espacio alrededor seguía lleno de técnicos midiendo distancias y comprobando enchufes. Sienna discutía con un responsable del edificio sobre la carga eléctrica. Un hombre de seguridad revisaba salidas de emergencia.
Pero el comentario de Alan hizo que todo pareciera más silencioso.
—Maggie Bloom habría dicho algo más inteligente —murmuró Helen.
Alan no sonrió.
—Helen Norton está diciendo algo importante.
Ella levantó los ojos.
Alan no se acercó.
No tocó su mano.
Solo estaba allí, con esa expresión que ya no le parecía distante. Le parecía cuidadosa.
—A veces creo que Maggie era la versión de mí que sabía exactamente quién quería ser —dijo Helen.
Alan guardó silencio.
—Y Helen es la que se queda quieta antes de entrar en una sala, piensa que va a decir algo estúpido y termina imaginando todas las formas posibles de salir sin que nadie lo note.
Alan apoyó una mano en el respaldo de una silla cercana.
—No creo que sean dos personas distintas.
Helen soltó una risa leve.
—Claro que lo son.
—No.
—Alan—
—Maggie no es una versión mejor de ti. Es una parte de ti que se sentía segura porque no estaba mirando a nadie a los ojos.
Helen se quedó callada.
La frase no era cruel.
Era cierta.
Y, por eso, dolía un poco.
Alan continuó.
—Helen es quien ha hecho la campaña. Quien ha entrado en una sala con el consejo y ha defendido una idea ante personas que intentaban convertirla en otra cosa. Maggie habría escrito algo brillante después. Pero Helen estuvo allí.
Helen sintió que el nudo de su garganta crecía.
No quería llorar delante de él.
No porque fuera vergonzoso.
Porque todavía no sabía qué hacer con la forma en que él la veía.
—No tienes que decirme estas cosas para compensar lo demás —dijo.
Alan bajó la mirada.
—No lo hago para compensar nada.
—Entonces, ¿por qué?
Él levantó los ojos.
—Porque son verdad.
La respuesta fue tan sencilla que Helen no tuvo defensa.
Sienna apareció desde el otro extremo del espacio.
—Helen, necesito que mires esto.
Helen se giró.
—Voy.
Antes de alejarse, miró de nuevo a Alan.
Él permanecía junto a la fotografía.
No parecía haber ganado una conversación.
No parecía esperar nada a cambio.
Y eso era lo que más miedo le daba.
La visita técnica duró dos horas.
El espacio funcionaba.
No de forma perfecta. Había que sustituir parte de la iluminación, añadir generadores de respaldo, reforzar una salida lateral y reducir el número de asistentes para cumplir con el aforo.
Pero funcionaba.
La zona de entrada podía ser la ciudad.
La plataforma al fondo podía convertirse en casa.
Y entre ambas, una instalación de espejos verticales permitiría que cada invitado se viera atravesando el recorrido.
Cuando llegaron a la parte central del espacio, Helen se detuvo frente a uno de los ventanales.
El río se extendía oscuro bajo un cielo gris. Al otro lado, Manhattan se levantaba brillante y distante.
Alan se colocó a su lado.
—¿Qué piensas? —preguntó.
Helen miró el reflejo de ambos en el cristal.
No estaban cerca.
No demasiado.
Dos figuras en un espacio vacío, con la ciudad detrás.
—Que esto es mejor —dijo.
Alan levantó una ceja.
—¿Mejor que el almacén anterior?
—Sí.
—¿Por qué?
Helen señaló el agua.
—Porque no parece que estemos intentando demostrar nada.
Alan observó el río.
—Eso puede ser difícil para Bryce Atelier Group.
Helen sonrió.
—Entonces quizá le venga bien practicar.
Alan soltó una risa baja.
Durante unos segundos, se quedaron mirando la ciudad.
La tensión entre ellos seguía allí.
Pero ya no era solo dolorosa.
Había algo más tranquilo.
Una posibilidad.
Helen no sabía todavía si estaba preparada para tocarla.
Su teléfono vibró.
Era un mensaje de Theo.
Theo: Tengo una noticia buena y otra potencialmente irritante.
Theo: La buena: Priya ha confirmado que Daniel no podrá participar en el evento ni comunicarse oficialmente en nombre de Bryce Atelier.
Theo: La irritante: ha pedido una reunión con el consejo esta noche.
Helen leyó el mensaje una vez más.
Alan miró la pantalla.
—¿Qué ocurre?
Helen se lo mostró.
La expresión de Alan se endureció, pero no de la forma antigua.
No parecía que fuera a salir corriendo a controlar la situación.
Parecía que estaba calculando cómo impedir que Daniel volviera a convertir una conversación en un arma.
—¿Qué va a decirles? —preguntó Helen.
Alan miró hacia el río.
—No lo sé.
—¿Crees que intentará atacar la campaña?
—Sí.
Helen guardó el teléfono.
—Entonces tenemos que terminar esta propuesta antes de que él tenga tiempo de contarles que no funcionará.
Alan asintió.
—Sí.
Helen se volvió hacia Sienna.
—Necesito el plano final de “Ciudad. Casa. Tú” antes de las nueve.
Sienna levantó la vista.
—Eso es dentro de tres horas.
—Lo sé.
—Helen.
—¿Podemos hacerlo?
Sienna la observó un instante.
Luego sonrió.
—Claro que podemos.
Maya, que acababa de llegar con una bolsa de telas y una expresión de triunfo, levantó un rollo de lino color crema.
—Y he encontrado el tejido perfecto para que la zona de casa no parezca una revista de decoración escrita por un robot.
Theo apareció por videollamada en el teléfono de Helen.
—¿He llegado al momento en que todos hacemos imposibles con presupuestos limitados?
—Sí —respondió Helen.
Theo sonrió.
—Mi especialidad.
Alan se quedó a unos pasos de ella.
Helen lo miró.
—¿Qué?
Él negó con la cabeza.
—Nada.
Helen levantó una ceja.
—Ya hemos hablado de eso.
Alan sonrió apenas.
—Estaba pensando que haces que todo el mundo quiera trabajar más.
Helen se quedó quieta.
Aquello no era una declaración de amor.
No era un gesto grande.
Pero, en ese momento, mientras el equipo se movía a su alrededor y la ciudad se reflejaba en las ventanas, le pareció más peligroso que muchas otras cosas.
—Entonces no te quedes mirando —dijo—. Ayuda.
Alan la observó.
—¿Qué necesitas?
Helen señaló la entrada.
—Llama a seguridad y confirma que podemos abrir la puerta principal para el recorrido. No quiero que nadie entre como si estuviera llegando a una conferencia de inversores.
Alan asintió.
—Hecho.
Y se alejó.
Helen lo vio hablar con el responsable de seguridad.
No tomando el control.
No convirtiendo la idea en algo suyo.
Solo haciendo la parte que ella le había pedido.
Por primera vez desde que Daniel Carter había empezado a romper cosas desde lejos, Helen sintió que el evento podía sobrevivir.
No porque todo estuviera bajo control.
Sino porque, al fin, no estaba sola intentando sostenerlo.
Al final de la tarde, cuando el cielo empezó a oscurecer sobre el río, Sienna extendió el plano actualizado sobre una mesa de trabajo.
La zona de entrada brillaba con pequeñas luces de ciudad.
La parte central se llenaba de espejos.
Al fondo, la casa aparecía bajo una ventana iluminada.
Ciudad.
Casa.
Tú.
Helen observó el diseño.
Luego levantó la vista.
—Es perfecto.
Theo apareció de nuevo por la pantalla del teléfono.
—No digas eso en voz alta. Atraes problemas.
Maya sonrió.
—Demasiado tarde.
El teléfono de Alan vibró.
Él lo miró.
La expresión de su rostro cambió.
Helen sintió que el estómago volvía a tensarse.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Alan levantó la vista.
—Daniel ya ha hablado con el consejo.
Helen se acercó.
—¿Y?
Alan guardó silencio un segundo.
Después dijo:
—Quiere que la empresa abra una investigación formal sobre nosotros antes del lanzamiento.