Capítulo 28 #2
—¿Por qué está tan segura de que esto será recordado?
Helen no respondió de inmediato.
Pensó en todo lo que había pasado desde aquella mañana en que había llegado tarde.
En una carpeta equivocada.
En una banca.
En un like.
En una conversación que no sabía si debía haber existido, pero que había cambiado algo dentro de ella.
—Porque no estamos intentando hacer que las personas miren una campaña y se sientan menos —dijo—. Estamos intentando que miren una campaña y se acuerden de algo suyo.
El silencio que siguió fue distinto.
Más cálido.
Más atento.
La mujer de traje blanco cerró su carpeta.
—Gracias, señorita Norton.
Helen asintió.
—Gracias.
Lillian tomó la palabra.
—Solicitamos aprobación definitiva del concepto de evento y del lanzamiento global con la adaptación de formatos acordada.
Los miembros del consejo intercambiaron algunas miradas.
Helen no podía leerlas.
No sabía si aquello era bueno o malo.
Alan seguía al otro extremo de la mesa.
No le hacía falta mirarlo para saber que estaba allí.
Victoria habló primero.
—Mi voto es favorable.
Helen sintió que el aire regresaba a sus pulmones.
El hombre de la corbata burdeos levantó la mano.
—Favorable, con seguimiento de impacto durante las primeras setenta y dos horas.
La directiva de la división asiática asintió.
—Favorable.
La mujer de traje blanco miró a Helen.
—Favorable. La propuesta tiene una identidad clara.
El último miembro del consejo, un hombre de rostro serio que no había hablado en toda la reunión, consultó el documento una vez más.
Después cerró la carpeta.
—Favorable.
Lillian soltó aire.
Theo se llevó una mano al pecho como si acabara de sobrevivir a un accidente aéreo.
Helen permaneció quieta.
No sabía qué hacer.
No podía saltar.
No podía reír.
No podía mirar a Maya porque Maya no estaba en la sala y, aun así, Helen sabía que habría estado llorando de orgullo y haciendo bromas al mismo tiempo.
Victoria se dirigió a Alan.
—El lanzamiento está aprobado.
Alan asintió.
—Gracias.
Luego miró a Helen.
Solo un segundo.
Pero su expresión tenía algo que le hizo olvidar por completo la sala.
Orgullo.
No por él.
Por ella.
Y Helen sintió que, por primera vez, podía aceptarlo sin pensar que debía devolverle algo a cambio.
Cuando la reunión terminó, el consejo salió de la Lantern Room hablando de presupuestos, prensa y prioridades de distribución.
Victoria se despidió desde Londres con una inclinación leve de cabeza.
—Buen trabajo, Helen.
Helen se acercó a la pantalla, aún con el mando de la presentación en la mano.
—Gracias.
—No pierdas la claridad cuando empiecen los ensayos. Es lo primero que suele desaparecer cuando todo se acelera.
La pantalla se apagó.
Lillian guardó sus documentos.
—La propuesta queda aprobada. El equipo tendrá la escaleta final antes de las cinco.
Theo soltó una carcajada.
—Lillian, creo que acabamos de ganar una batalla histórica. Puedes permitirte una frase con una emoción.
Lillian lo miró.
—Ya he dicho “buen trabajo” dos veces esta semana. No abuse.
Theo levantó las manos.
—Lo anoto para el archivo.
Lillian se acercó a Helen.
Durante un momento, Helen no supo qué esperar.
Lillian no abrazaba a la gente.
Lillian no hacía discursos.
Lillian miró el panel que aún mostraba la frase final de la presentación.
—Ha defendido bien su concepto.
Helen tragó saliva.
—Gracias.
Lillian asintió.
—Y ha respondido mejor de lo que esperaba ante las preguntas.
Helen levantó una ceja.
—¿Eso es confianza?
—Es una evaluación.
—Entiendo.
Lillian la miró un instante más.
—No se acostumbre a necesitar que alguien le diga que merece estar en una sala antes de hablar. Es una pérdida de tiempo.
Luego se alejó.
Helen se quedó quieta.
Theo se acercó por detrás.
—Ha dicho que confía en ti.
—No ha dicho eso.
—Theo-traducción simultánea: exactamente eso.
Helen sonrió.
—¿Dónde está Maya?
—En producción. Está intentando impedir que alguien convierta la zona “Casa” en una exposición de cojines de diseño.
—Eso parece importante.
—Lo es. La civilización depende de ello.
Theo se dirigió hacia la puerta.
—Voy a enviar a comunicación la versión buena de la historia antes de que Daniel invente otra.
Helen se giró.
—Theo.
Él se detuvo.
—Gracias.
Theo sonrió, esta vez sin ironía.
—No me des las gracias todavía. Tenemos un lanzamiento que montar y una prensa que alimentar sin que nos muerda.
Cuando salió, solo quedaron Helen y Alan.
La sala se volvió extrañamente silenciosa.
Helen dejó el mando sobre la mesa.
Alan se acercó.
No con prisa.
No como si acabara de decidir que aquel era el momento de decir algo importante.
Solo se acercó lo suficiente para que ella pudiera verle bien los ojos.
—Lo has hecho muy bien —dijo.
Helen levantó una ceja.
—Eso ya me lo has dicho varias veces en situaciones distintas.
—Porque sigues haciéndolo.
Ella lo observó.
—No me ayudaste.
Alan negó con la cabeza.
—No.
—No hablaste por mí.
—No.
—No intentaste arreglarlo antes de que pudiera responder.
—No.
Helen soltó una respiración suave.
—Estoy orgullosa de ti.
La expresión de Alan cambió.
Fue mínima.
Pero Helen vio que la frase le llegaba con más fuerza de la que esperaba.
—Gracias —dijo él.
—No te acostumbres.
Alan sonrió.
—Eso sí parece una frase que debería aprenderme.
Helen miró la pantalla apagada.
Después al panel con las últimas imágenes del evento.
—Ahora es cuando todo puede salir mal, ¿verdad?
Alan se colocó a su lado.
No la tocó.
Pero sus manos quedaron cerca sobre el borde de la mesa.
—Probablemente.
Helen soltó una risa.
—Qué tranquilizador.
—No te voy a mentir.
—Bien.
Alan guardó silencio un momento.
—Pero tampoco tienes que hacer todo sola.
Helen miró su mano.
Después la de él.
La distancia era pequeña.
Visible.
Elegida.
—Eso lo estamos aprendiendo los dos —dijo.
Alan asintió.
—Sí.
Antes de que ninguno pudiera añadir algo más, la puerta se abrió.
Theo asomó la cabeza con el teléfono en alto.
—No quiero arruinar este momento que parece muy serio y muy silencioso, pero tenemos un problema técnico.
Helen cerró los ojos.
—Claro que lo tenemos.
Theo entró.
—El almacén junto al East River ha tenido una inspección de seguridad esta mañana.
Alan se volvió hacia él.
—¿Y?
Theo bajó el teléfono.
—La instalación eléctrica de una de las zonas no cumple normativa para el montaje de proyecciones.
Helen frunció el ceño.
—¿Eso se puede arreglar?
Theo hizo una pausa.
Demasiado larga.
—Sí.
Helen esperó.
—Pero la inspección ha suspendido temporalmente el permiso para el evento hasta que se revise todo el espacio.
La alegría de la reunión se apagó dentro de Helen.
El lanzamiento estaba aprobado.
La campaña estaba lista.
Y, de repente, el lugar donde todo debía ocurrir podía desaparecer.
Alan no miró a Helen buscando una solución.
Solo preguntó:
—¿Qué necesitamos saber primero?
Theo respiró hondo.
—Si tenemos un evento dentro de dos semanas o una crisis completa.