Capítulo 27 #2
Comieron en silencio durante unos minutos.
No era un silencio incómodo.
Era el tipo de silencio que solo existe con alguien que no necesita que llenes cada espacio.
Helen pensó en Alan.
En la primera conversación con Elliot.
En el banco del parque.
En la forma en que se había quedado quieto cuando ella le pidió que no decidiera por ella.
En el gesto de su mano deteniéndose antes de tocarla.
En su mirada durante la reunión, cuando había dejado que Helen hablara por sí misma.
No sabía si eso era suficiente.
No sabía si alguna vez podría serlo.
Pero sabía que no quería que Daniel Carter decidiera que aquello estaba perdido.
—Voy a hablar con Alan mañana —dijo.
Maya dejó el tenedor.
—Bien.
—No para preguntarle por Daniel.
—Me parece sensato.
—Voy a preguntarle por Elliot.
Maya frunció el ceño.
—¿No te lo explicó ya?
—Me explicó por qué creó el perfil. Me explicó por qué no me dijo quién era cuando empezó a sospechar.
Helen miró por la ventana.
—Pero nunca le pregunté si hubo algo más. Si Daniel tuvo algo que ver. Si Elliot estaba conectado a algo que yo no conozco.
Maya asintió lentamente.
—Eso sí es una pregunta tuya.
—Sí.
—Y mereces una respuesta completa.
Helen sintió que la garganta se le cerraba.
No lloró.
No esa noche.
Solo respiró hondo y siguió comiendo.
A la mañana siguiente, Helen llegó a Bryce Atelier Group a las ocho y diez.
No porque quisiera demostrar nada.
Porque no había dormido demasiado y a las siete ya estaba vestida, sentada en el sofá y mirando la planta como si pudiera darle instrucciones.
Maya llegó media hora después con dos cafés.
—¿Has hablado con Alan?
Helen negó con la cabeza.
—Todavía no.
—¿Vas a hacerlo?
Helen miró hacia el despacho de Alan.
La puerta seguía cerrada.
—Sí.
—¿Quieres que vaya contigo?
Helen sonrió débilmente.
—No creo que una conversación sobre secretos, perfiles falsos y confianza mejore con público.
—No lo sé. Yo podría tomar notas.
Helen cogió el café.
—Gracias.
Maya se sentó en el borde del escritorio.
—Solo recuerda una cosa.
Helen levantó la vista.
—No tienes que aceptar una respuesta incompleta solo porque viene envuelta en una voz bonita y un traje caro.
Helen soltó una risa.
—Eso ha sido muy específico.
—He observado algunas cosas.
A las ocho y cuarenta y cinco, la puerta del despacho de Alan se abrió.
Él salió con una carpeta en la mano.
Llevaba un traje oscuro, camisa blanca y un aspecto cansado que no conseguía ocultar del todo. Había una sombra leve bajo sus ojos. La clase de cansancio que no se arreglaba con café.
Al verla, se detuvo.
No parecía sorprendido.
Como si hubiera sabido que aquella conversación llegaría.
—Buenos días —dijo.
Helen se puso de pie.
—Buenos días.
Maya miró el reloj.
Luego fingió revisar un correo.
Alan dio un paso hacia Helen.
—¿Podemos hablar?
Helen sostuvo su mirada.
Durante un segundo, tuvo miedo.
No de él.
De escuchar algo que hiciera imposible volver atrás.
Pero también sabía que vivir con preguntas era otra forma de dejar que alguien controlara su historia.
—Sí —dijo—. Pero no aquí.
Alan asintió de inmediato.
—¿Dónde?
Helen miró hacia los ascensores.
Después hacia la planta abierta de oficinas, las pantallas, el ruido de la gente empezando a trabajar.
No quería otra conversación encerrada en un despacho.
No quería que él tuviera la ventaja de un espacio que le pertenecía.
—Vamos a caminar —dijo.
Alan la miró un instante.
Luego asintió.
—De acuerdo.
Maya observó cómo ambos se dirigían hacia los ascensores.
Cuando Helen pasó a su lado, le tocó apenas el brazo.
—Respira —susurró.
Helen asintió.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Alan entró primero.
Helen lo siguió.
No estaban solos.
Dos personas de finanzas iban dentro, hablando de previsiones trimestrales como si no existiera nada más importante en el mundo.
Helen agradeció que fuera así.
Le dio unos segundos para ordenar las palabras.
Cuando salieron al vestíbulo, Alan la siguió sin preguntar a dónde iban.
Cruzaron la calle.
Caminaron hacia el parque pequeño donde Helen había visto la banca de la foto por primera vez.
El mismo parque.
El mismo sendero.
Pero era de día.
Había madres con carritos, gente corriendo, perros tirando de correas y hojas secas acumuladas junto a los bordes del camino.
La banca estaba vacía.
Helen se sentó.
Alan se quedó de pie un segundo, esperando.
Ella señaló el extremo opuesto.
—Puedes sentarte.
Alan lo hizo.
Hubo un silencio breve.
No incómodo.
Solo serio.
Helen apoyó las manos sobre el abrigo.
—Daniel me escribió a Maggie Bloom.
Alan bajó la mirada.
—Theo me lo dijo.
—No le contesté.
—Bien.
Helen lo miró.
—No quiero que respondas por mí.
Alan levantó los ojos.
—No lo haré.
—Lo sé.
La frase pareció sorprenderlo.
Helen respiró hondo.
—Pero necesito preguntarte algo.
Alan se quedó quieto.
—Pregúntame.
—¿Daniel sabía que tú eras Elliot Reed?
La pregunta se quedó suspendida entre ambos.
Alan no respondió de inmediato.
Y Helen sintió el miedo volver.
No con fuerza.
Con precisión.
—Sí —dijo él al fin.
Helen se quedó inmóvil.
No era la respuesta que quería.
Tampoco era exactamente una sorpresa.
—¿Desde cuándo?
Alan apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—Desde antes de que tú y yo habláramos.
Helen frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Alan miró hacia el sendero.
—Daniel descubrió el perfil hace años. No porque quisiera encontrarlo. Estaba revisando una estrategia digital y reconoció una fotografía que yo había compartido en una conversación privada.
Helen sintió que el cuerpo se le tensaba.
—¿Y qué hizo?
—Nada al principio.
—¿Nada?
—Me lo dijo. Me preguntó por qué necesitaba una cuenta falsa. Le expliqué que quería tener un espacio donde no fuera Alan Bryce.
Helen lo miró.
—¿Y lo entendió?
Alan soltó una risa seca.
—Dijo que lo entendía.
La respuesta no necesitaba explicación.
—Pero no lo entendía.
—No. Lo archivó.
Helen miró la banca.
—¿Para usarlo después?
Alan asintió.
—Supongo que sí.
Helen permaneció en silencio.