Capítulo 27
Helen leyó el mensaje una vez.
Después otra.
Daniel: Siempre es peligroso creer que conoces de verdad a alguien detrás de una pantalla.
El ascensor continuó bajando.
Diecisiete.
Dieciséis.
Quince.
Maya, que estaba mirando su propio teléfono, notó el cambio en la expresión de Helen.
—¿Qué pasa?
Helen no respondió enseguida.
Le tendió el móvil.
Maya leyó el mensaje.
La mirada se le endureció.
—No contestes.
—No iba a hacerlo.
—Bien.
—Pero sabe lo de Maggie.
Maya devolvió el teléfono con cuidado.
—Daniel trabajó en estrategia digital. Puede haber tenido acceso a muchas cosas.
—La cuenta de Maggie no tenía relación con Bryce Atelier Group.
—No directamente.
Helen apoyó la espalda contra la pared del ascensor.
El aire parecía haberse vuelto más estrecho.
Daniel no había dicho nada concreto. Como siempre.
No había amenazado.
No había explicado cómo había encontrado la cuenta.
Solo había dejado una frase diseñada para hacer exactamente lo que estaba haciendo.
Sembrar una duda.
Abrir una puerta que Helen ya había intentado cerrar.
—Quiere que piense que Alan me ha ocultado algo más —dijo.
Maya asintió.
—Sí.
—¿Y si lo ha hecho?
Maya la miró.
—Eso no lo sabemos.
Helen apretó el teléfono entre las manos.
—No quiero volver a sentirme como una idiota.
La expresión de Maya cambió.
Dejó de parecer enfadada con Daniel y pasó a parecer triste por ella.
—No eres una idiota, Helen.
—Me enamoré de alguien que me hablaba cada noche sin decirme quién era.
—Te enamoraste de una persona que te escuchaba. Eso no te hace idiota.
—También era mi jefe.
—No era tu jefe directo.
Helen levantó una ceja.
—Maya.
—Ya sé. No mejora todo. Pero no reduces una historia entera a su peor decisión.
Las puertas se abrieron en la planta baja.
Helen salió sin responder.
El vestíbulo estaba más tranquilo que antes. La prensa había desaparecido de la entrada principal, aunque la seguridad seguía hablando por radio junto al mostrador.
Maya caminó a su lado.
—Vamos a hacer tres cosas —dijo.
Helen la miró.
—¿Ahora tienes un plan?
—Claro. Soy tu amiga. Tengo un kit de emergencia emocional y otro con imperdibles.
—No sabía que existía el primero.
—Incluye carbohidratos, mala leche y sentido común.
Helen soltó una risa breve.
La primera desde que había visto el mensaje.
Maya continuó.
—Primero: hacemos una captura de pantalla. Segundo: se la mandamos a Theo y a Priya. Tercero: no le damos a Daniel ni una respuesta, ni una emoción, ni una palabra que pueda convertir en una nueva historia.
Helen miró la pantalla.
—¿Y Alan?
Maya no respondió de inmediato.
Aquello ya era una respuesta.
—Alan tiene que saberlo —dijo Helen.
—Sí.
—Pero no sé si quiero hablar con él.
—Entonces no hables con él esta noche.
Helen sintió una punzada de culpa.
—No quiero castigarlo.
—No estás castigando a nadie. Estás intentando pensar.
Las puertas automáticas se abrieron al acercarse.
El aire húmedo de la noche entró desde la calle.
Helen se detuvo antes de salir.
—¿Y si Daniel tiene razón?
Maya se puso delante de ella.
—Daniel no necesita tener razón para conseguir lo que quiere. Solo necesita que tú te preguntes si la tiene.
Helen bajó la mirada.
La frase se le quedó dentro.
Porque era verdad.
Daniel no la conocía lo suficiente para saber qué pensaba. Pero sí sabía exactamente dónde tocar para hacerla dudar.
El apartamento de Helen estaba en silencio cuando llegó.
Maya insistió en acompañarla.
No porque Helen no pudiera estar sola. No porque alguien hubiera dicho que existía un peligro real. Simplemente porque aquella noche nadie quería que se sentara frente a una pantalla con una noticia abierta y una pregunta girando en la cabeza.
La planta junto a la ventana seguía inclinada hacia la luz de la calle.
Helen dejó el bolso en el suelo.
Luego dejó el abrigo sobre una silla.
Después se quedó quieta en mitad del salón.
Todo era igual.
La manta azul.
La lámpara torcida.
La carpeta roja en la estantería.
La taza que había olvidado lavar por la mañana.
Y, sin embargo, el apartamento parecía diferente.
Como si alguien hubiera escrito una versión de su vida que no reconocía y la hubiera dejado circulando por internet.
Maya fue directamente a la cocina.
—¿Tienes comida?
Helen la siguió.
—Tengo pasta.
—Eso no responde.
—Tengo pasta, queso, aceitunas y una bolsa de patatas con una fecha que prefiero no comprobar.
Maya abrió la nevera.
—Esto parece una prueba de supervivencia.
—He tenido una semana complicada.
—Eso no te autoriza a vivir como una poeta francesa sin ingresos.
Helen se apoyó en la encimera.
—No sabía que los poetas franceses comían aceitunas.
—No lo sé. Pero parece que sí.
Maya sacó una botella de agua y dos vasos.
Helen observó cómo llenaba los dos.
No había dramatismo en sus movimientos.
No había grandes frases de amistad.
Solo Maya haciendo algo práctico porque era lo que sabía hacer cuando todo se volvía demasiado grande.
—¿Has mandado la captura? —preguntó.
Helen sacó el teléfono.
Había escrito un correo a Theo y a Priya, pero no lo había enviado.
El asunto decía:
Mensaje recibido de Daniel Carter a una cuenta personal.
Debajo había adjuntado la captura.
No añadía explicaciones.
No quería describir por correo lo que estaba pensando.
No quería que nadie interpretara sus palabras como una acusación, una prueba o una invitación a investigar una parte de su vida que ya sentía demasiado expuesta.
Maya miró la pantalla.
—Está bien.
Helen apretó enviar.
El mensaje salió.
Durante unos segundos, las dos se quedaron mirando la pantalla como si esperaran que algo cambiara.
No cambió nada.
El apartamento seguía siendo pequeño.
La calle seguía mojada.
La planta seguía sin nombre.
—Ahora bloquea a Daniel —dijo Maya.
Helen dudó.
—¿Y si necesitamos que siga escribiendo?
Maya la miró.
—¿Para qué?
—Para que quede constancia.
—Ya hay constancia.
Helen observó el nombre de Daniel en la conversación.
No había foto. Solo una imagen gris, neutra.
Una cuenta creada con su nombre real.
Eso le resultaba aún más desagradable.
No se escondía.
No necesitaba esconderse.
Confiaba en que sus palabras fueran suficientes.
Helen bloqueó el perfil.
Luego dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa.
—Hecho.
Maya asintió.
—Bien.
—No me siento mejor.
—No era una solución mágica.
—Eso habría sido útil.
—Sí. Pero no habría sido real.
Helen soltó aire.
A través de la ventana, un autobús pasó al final de la calle. Las luces entraron un instante en el salón y desaparecieron.
Maya se sentó en una de las sillas de la cocina.
—¿Quieres hablar de Alan?
Helen se quedó de pie.
—No sé.
—Entonces habla de lo que no sabes.
Helen miró la mesa.
Había una pequeña marca de pintura cerca de una pata, recuerdo de una tarde en la que había intentado arreglar una silla y había terminado manchando media cocina.
El tipo de detalle que Maggie Bloom habría convertido en una historia divertida.
Helen Norton, en cambio, habría intentado ocultarlo con una carpeta.
—No sé qué quiero de él —dijo al fin.
Maya no la interrumpió.
—Sé que me importa. Sé que cuando entra en una sala, me pongo nerviosa. Sé que me gusta hablar con él y que, a veces, sigo esperando que me escriba aunque ya no exista Elliot.
Maya apoyó los codos sobre la mesa.
—Eso parece bastante claro.
—No. Porque también me enfado con él. Porque no sé si puedo confiar en alguien que creyó que podía separar una mentira de todo lo demás. Porque cada vez que hace algo bueno, una parte de mí piensa que quizá está intentando compensar algo que todavía no entiendo.
Maya guardó silencio.
Helen se sentó frente a ella.
—Y ahora Daniel aparece con un mensaje como ese y consigue que me pregunte si hay algo que Alan no me ha contado.
—Eso es lo que Daniel quería.
—Ya lo sé.
—No, Helen. Saberlo no impide que te afecte. Solo significa que puedes decidir qué hacer con ello.
Helen apoyó las manos sobre la mesa.
—¿Y qué hago?
Maya la miró con firmeza.
—No interrogues a Alan porque Daniel te haya empujado. Habla con Alan porque tú necesitas saber algo.
La frase la dejó quieta.
Era una diferencia pequeña.
Pero importante.
No darle a Daniel el papel de detonante.
No permitir que una manipulación decidiera el ritmo de su relación con Alan.
Helen miró el teléfono boca abajo.
—¿Y si le pregunto y no me gusta la respuesta?
Maya se encogió de hombros.
—Entonces tendrás una respuesta real con la que decidir.
Helen soltó una risa cansada.
—Eso es aterrador.
—Sí.
—No eres especialmente buena tranquilizando.
—No estoy aquí para tranquilizarte. Estoy aquí para asegurarme de que no te conviertas en una versión más pequeña de ti misma para que los demás estén cómodos.
Helen levantó la vista.
Maya sonrió un poco.
—Y también para preparar pasta.
A las diez y veintitrés, Theo respondió al correo.
Theo: He recibido la captura. Priya y legal también.
Theo: No respondas a Daniel bajo ninguna circunstancia.
Theo: Estamos revisando cómo pudo localizar esa cuenta y si ha utilizado información obtenida durante su etapa en la empresa.
Theo: Antes de que preguntes: Alan ya está informado. No ha pedido ninguna acción sin hablar con Priya y conmigo.
Theo: Sí, sé que eso merece una pegatina de progreso emocional.
Helen leyó el correo dos veces.
Maya se inclinó hacia ella.
—¿Qué dice?
Helen se lo mostró.
Maya levantó una ceja.
—Theo está creciendo.
—Theo cree que todo necesita una pegatina.
—En este caso, tiene razón.
Helen dejó el teléfono sobre la mesa.
La frase sobre Alan se quedó dando vueltas en su cabeza.
No ha pedido ninguna acción sin hablar con Priya y conmigo.
No era una gran declaración.
No era una solución.
Pero era un cambio.
Alan sabía que Daniel había cruzado una línea y no había intentado responder con una decisión unilateral. No había llamado a abogados, a medios o a Victoria sin preguntar nada.
Había hecho exactamente lo que le había prometido.
Era extraño que un gesto tan básico pudiera significar tanto.
Maya sirvió la pasta en dos platos.
—Come.
Helen miró el plato.
—No tengo hambre.
—No te he preguntado.
—Eso es muy Lillian de tu parte.
—Gracias. Lo consideraré un cumplido.