Y todo por un like Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

Theo abrió la puerta.

—Lillian quiere veros en la Lantern Room. Maya ya está allí. También legal, recursos humanos y comunicación.

Helen apretó los dedos alrededor de la correa de su bolso.

—¿Recursos humanos?

Theo bajó la voz.

—No es un interrogatorio.

—Eso no ayuda.

—Lo sé. Lo siento.

Helen caminó hacia el ascensor con Alan y Theo.

Las puertas se abrieron.

Los tres entraron.

Durante unos segundos, nadie habló.

Theo miró de Helen a Alan.

—Antes de que lleguemos arriba, quiero deciros algo.

Alan levantó los ojos.

Theo dejó escapar aire.

—Daniel está intentando obligarnos a reaccionar con miedo. Si nos encerramos, parecemos culpables. Si atacamos, parecemos desesperados. Si negamos demasiado, alimentamos el relato.

Helen lo miró.

—¿Y qué hacemos?

Theo sostuvo la mirada de ambos.

—Decimos la verdad, con límites.

Alan cruzó los brazos.

—Eso es más fácil de decir que de hacer.

Theo sonrió sin humor.

—Lo sé. Por eso es tan irritante que sea una buena estrategia.

Las puertas se abrieron en la planta dieciocho.

La Lantern Room estaba encendida.

A través de las paredes de cristal, Helen vio a Maya sentada junto a Lillian. Había dos personas de legal, una mujer de recursos humanos y una especialista de comunicación que Helen no conocía.

La escena parecía una reunión.

Pero a Helen le recordó demasiado a un juicio.

Se detuvo antes de entrar.

Alan hizo lo mismo.

—Helen —dijo él.

Ella no lo miró.

—No me digas que todo va a salir bien.

—No iba a hacerlo.

Helen cerró los ojos un instante.

—Bien.

Alan bajó la voz.

—Solo quería decirte que no voy a responder nada sobre ti sin que lo decidamos juntos.

Helen abrió los ojos.

Lo miró.

—Gracias.

Alan asintió.

Theo abrió la puerta.

—Vale. Entramos, hablamos y evitamos que nadie use la palabra “narrativa” más de cinco veces.

Lillian levantó la vista desde la mesa.

—Theo.

—Ya he usado una.

Helen respiró hondo.

Y entró.

La reunión duró casi dos horas.

Primero, la especialista de comunicación explicó lo que ya sabían: el artículo se estaba compartiendo rápido dentro de los círculos de moda, pero aún no había llegado a medios generalistas.

Había preguntas pendientes de periodistas.

Había dos blogs intentando conseguir confirmación.

Y alguien había enviado una versión del mismo texto a una cuenta anónima de redes que vivía de publicar rumores de celebridades y ejecutivos.

Helen no entendía por qué alguien querría saber tanto sobre ella.

No era famosa.

No tenía una vida pública.

Hasta hacía tres semanas, la mayor tensión de su jornada consistía en decidir si su jefe la consideraba brillante o un accidente administrativo con zapatos equivocados.

Ahora había personas discutiendo su nombre como si fuera una variable de riesgo.

La mujer de recursos humanos habló después.

Se llamaba Priya Shah. Tenía una voz tranquila y una carpeta llena de documentos.

—Tenemos que separar dos cuestiones —dijo—. La percepción pública y la relación laboral.

Helen sintió que el cuerpo se le ponía rígido.

Priya continuó.

—Alan no es el supervisor directo de Helen.

Lillian lo es. Eso es importante. Pero, como director general, Alan tiene influencia final sobre decisiones generales de estructura, compensación y promoción.

Por transparencia, debemos establecer una separación formal mientras exista cualquier posibilidad de relación personal entre ambos.

Helen miró a Alan.

Él no parecía sorprendido.

Eso le dolió un poco.

No porque la medida fuera injusta.

Porque él ya debía de haber pensado en ella.

Y no se lo había dicho.

Alan debió de leerlo en su cara.

—Lo estaba preparando —dijo.

Helen se quedó quieta.

—¿Qué?

—Iba a hablar contigo mañana. Antes de que saliera esto.

Priya abrió una carpeta.

—El señor Bryce propuso ayer que cualquier decisión relacionada con Helen Norton quede asignada a Lillian Price y a un comité independiente de personas y talento. No participará en evaluaciones, revisiones salariales, promociones ni asignación de proyectos de Helen.

Helen no sabía qué sentir.

Una parte de ella sintió alivio.

Otra se enfadó.

Otra, más pequeña, tuvo miedo de que todo aquello cambiara el lugar que había conseguido dentro de la empresa.

—¿Eso significa que me apartan de la campaña? —preguntó.

Lillian levantó la vista.

—No.

La respuesta fue inmediata.

Firme.

—Helen sigue siendo la responsable creativa de Éclat Nocturne. La estructura cambia para proteger su autonomía, no para reducirla.

Helen miró a Priya.

—¿Y si no quiero que cambie nada?

Priya sostuvo su mirada.

—Entiendo la reacción. Pero esta medida no depende de que haya una relación confirmada. Depende de evitar cualquier apariencia de conflicto de interés y de garantizar que nadie pueda cuestionar la legitimidad de tu trabajo.

Helen apretó los labios.

La frase era razonable.

Le molestaba que fuera razonable.

Porque Daniel había conseguido que algo personal se convirtiera en un procedimiento.

Alan habló.

—No quiero que esto te quite nada.

Helen lo miró.

—Pero ya me ha quitado algo.

Él no respondió.

No porque no tuviera nada que decir.

Porque sabía que era verdad.

La reunión siguió.

Decidieron publicar una respuesta breve esa misma noche:

Bryce Atelier Group confirma que Éclat Nocturne ha sido desarrollado y validado mediante un proceso creativo y de mercado liderado por un equipo multidisciplinar.

Para asegurar la máxima transparencia, cualquier decisión profesional relativa a Helen Norton se mantiene bajo supervisión independiente de la dirección ejecutiva.

La empresa no hará comentarios sobre asuntos personales de sus empleados.

Theo leyó el texto en voz alta.

—Es muy correcto.

—Ese es el objetivo —dijo Lillian.

—También es tremendamente aburrido.

—Ese es el objetivo.

Helen debería haberse sentido protegida.

En parte, lo estaba.

Pero la palabra asuntos personales le hizo un daño inesperado.

Porque era cierto.

Alan era un asunto personal.

Y, hasta entonces, ni siquiera habían conseguido decidir qué eran el uno para el otro.

Maya se inclinó hacia ella.

—¿Quieres salir un momento?

Helen negó con la cabeza.

—No.

No quería llorar en un pasillo.

No quería que alguien la mirara con pena.

No quería que Daniel Carter, desde donde estuviera, pudiera imaginar que había logrado hacerla huir.

La reunión terminó pasadas las nueve.

Priya se fue primero. Después legal. La especialista de comunicación llamó a los medios. Lillian empezó a enviar instrucciones a todos los departamentos implicados.

Theo se quedó junto a la puerta.

Maya no se movió.

Solo quedaron Helen, Alan, Maya, Theo y Lillian.

Helen recogió su bolso.

—Voy a irme a casa.

Maya se puso de pie de inmediato.

—Voy contigo.

Helen asintió.

Antes de salir, miró a Alan.

Él seguía junto a la mesa.

Parecía agotado.

No físicamente. Algo más profundo.

Como si se hubiera pasado el día intentando evitar que todo se rompiera y acabara de descubrir que algunas grietas no podían cerrarse con una decisión bien tomada.

—Helen —dijo.

Ella se detuvo.

Alan no se acercó.

No intentó convertir aquel momento en una escena.

—Mañana no tienes que venir a la oficina si no quieres.

Helen soltó una risa baja.

—¿Eso es una orden o una sugerencia?

Alan pensó un segundo.

—Una sugerencia.

—Entonces no.

Él levantó la vista.

Helen sostuvo su mirada.

—No voy a desaparecer porque alguien haya decidido que mi nombre es útil para un titular.

Algo cambió en el rostro de Alan.

Orgullo, quizá.

Dolor.

Las dos cosas.

—De acuerdo —dijo.

Helen asintió.

Maya puso una mano suave en su espalda.

No para empujarla.

Solo para recordarle que no estaba sola.

Helen salió de la Lantern Room.

No miró atrás hasta llegar a los ascensores.

Cuando lo hizo, Alan seguía junto a la mesa, bajo la luz blanca de la sala, rodeado de documentos que hablaban de ella como si su vida pudiera resolverse con un protocolo.

Las puertas del ascensor se abrieron.

Maya entró primero.

Helen la siguió.

Cuando se cerraron, el móvil vibró en su bolso.

Pensó que sería otro correo.

Otro mensaje de Theo.

Otra alerta.

Pero era una notificación distinta.

De Facebook.

Helen se quedó helada.

La cuenta de Maggie Bloom había recibido un mensaje nuevo.

No de Elliot Reed.

De una persona desconocida.

El remitente era Daniel Carter.

Y el mensaje decía:

Daniel: Siempre es peligroso creer que conoces de verdad a alguien detrás de una pantalla.