Capítulo 26
Helen no abrió la noticia de inmediato.
El titular brillaba en la pantalla de su teléfono con la crueldad pulida de las cosas diseñadas para ser compartidas.
ALAN brYCE Y HELEN NORTON, EN EL CENTRO DE LOS RUMORES SObrE ÉCLAT NOCTURNE…
Debajo había una fotografía de Alan saliendo de Bryce Atelier Group dos días antes.
Y otra, más pequeña, de Helen entrando en el edificio con Maya.
No estaban juntos en ninguna de las imágenes.
No hacía falta.
Las palabras ya habían hecho el trabajo.
Daniel Carter permanecía frente a ellos con esa expresión tranquila que empezaba a resultarle insoportable. Como si él no hubiera provocado nada. Como si solo fuese el mensajero de una desgracia inevitable.
Alan habló primero.
—¿Has enviado tú esa información?
Daniel inclinó la cabeza.
—No tengo por qué responder a esa acusación.
—No te he acusado. Te he hecho una pregunta.
—Y yo te he dado una respuesta.
Helen cerró los ojos un segundo.
La forma en que Daniel hablaba tenía algo calculado. No necesitaba elevar la voz. No necesitaba amenazar. Todo lo que decía parecía diseñado para obligar a la otra persona a reaccionar primero.
Alan dio un paso hacia él.
Helen le sujetó la muñeca.
Fue un gesto pequeño.
Pero Alan se detuvo de inmediato.
La miró.
Helen negó con la cabeza.
No porque Daniel no mereciera una respuesta.
Porque no quería que aquella calle se convirtiera en una escena. No quería que alguien sacara el teléfono. No quería que, al día siguiente, apareciera otro titular sobre el CEO de Bryce Atelier Group enfrentándose a un antiguo colaborador por una mujer de su equipo.
Eso era exactamente lo que Daniel quería.
—No vamos a hacer esto aquí —dijo Helen.
Daniel la observó.
—No tienes por qué estar preocupada, Helen. La historia todavía puede manejarse.
Helen sintió un escalofrío.
—No uses esa palabra.
—¿Cuál?
—Manejarse.
Daniel sonrió apenas.
—No pretendía ofenderte.
—Ese es uno de tus problemas —respondió Helen—. Crees que, si algo suena educado, deja de ser ofensivo.
Por primera vez, la sonrisa de Daniel perdió firmeza.
Alan no dijo nada.
Seguía mirando a Helen.
No con sorpresa.
Con una atención que le dio fuerza.
Daniel ajustó la carpeta que llevaba bajo el brazo.
—Solo os he avisado para que no os pille desprevenidos. En una empresa como Bryce Atelier, la percepción importa.
—La percepción importa —dijo Helen—. Pero no tanto como la verdad.
Daniel soltó una risa baja.
—Eso es una frase bonita.
—No es una frase. Es una advertencia.
La calle quedó en silencio durante un segundo.
Un taxi pasó por delante de ellos. El reflejo de sus luces rojas cruzó el asfalto húmedo. Desde la librería llegó el sonido leve de una campanilla al abrirse la puerta.
Daniel miró a Alan.
—Tienes una reunión con el consejo mañana por la mañana. Te recomiendo que llegues con una explicación preparada.
Alan sostuvo su mirada.
—No necesito consejos tuyos.
Daniel inclinó la cabeza.
—Siempre has necesitado demasiadas cosas de demasiada gente. Ese fue tu problema.
Helen sintió el cambio en Alan antes de verlo.
La tensión en sus hombros.
La forma en que la mandíbula se le endureció.
Pero esta vez no avanzó.
No respondió con rabia.
No hizo nada que Daniel pudiera utilizar después.
—Buenas noches, Daniel —dijo Alan.
Daniel se quedó quieto.
Era evidente que esperaba otra cosa.
Un conflicto.
Una amenaza.
Una prueba de que aún podía hacerle perder el control.
No la obtuvo.
—Buenas noches —repitió Alan.
Daniel miró a Helen una última vez.
—Cuídate.
Helen sostuvo su mirada.
—Lo estoy haciendo.
Daniel se giró y cruzó la calle hacia el coche negro.
No se volvió.
No necesitaba hacerlo. Parecía demasiado convencido de haber dejado detrás una bomba con temporizador.
Helen esperó hasta que el vehículo arrancó y desapareció entre el tráfico.
Solo entonces bajó la mirada hacia su teléfono.
Alan habló con voz baja.
—No tienes que abrirla.
Helen soltó aire.
—Ya existe.
—No significa que tengas que leerla.
—Y no leerla no significa que vaya a desaparecer.
Alan se quedó a su lado.
No tocó su mano.
No intentó quitarle el móvil.
Solo esperó.
Helen abrió el enlace.
La página tardó un segundo en cargar.
Demasiado tiempo.
Después apareció el artículo.
No tenía grandes acusaciones. No hablaba de una relación confirmada. Usaba expresiones como fuentes cercanas a la compañía, una conexión privada que podría haber influido en la dirección de la campaña y una empleada emergente cuya cercanía al director general ha despertado preguntas internas.
Cada frase estaba escrita con una prudencia repulsiva.
No afirmaban nada.
Solo colocaban suficientes insinuaciones para que cualquier lector construyera el resto.
Helen leyó hasta el final.
Había una línea sobre la propuesta inicial de Alan de utilizar su apartamento para el rodaje. Otra sobre la entrevista que acababan de conceder a Marissa Cole. Mencionaban el lanzamiento de Éclat Nocturne y el cambio de tono de la campaña como si todo tuviera una explicación secreta.
La frase final era la peor.
Bryce Atelier Group no ha respondido aún a las preguntas sobre la relación entre Bryce y Norton ni sobre los protocolos internos aplicables a su colaboración.
Helen cerró la página.
No quería llorar.
No porque fuera incapaz.
Porque no quería regalarle a Daniel ni siquiera eso, aunque él no estuviera delante.
—Han conseguido que parezca que todo lo que he hecho tiene una nota al pie con tu nombre —dijo.
Alan tardó un segundo en responder.
—No lo parece para las personas que conocen tu trabajo.
Helen soltó una risa breve.
Sin alegría.
—No estoy segura de que a internet le interese conocer mi trabajo.
—A mí sí.
Ella levantó la mirada.
Alan parecía serio. Demasiado serio. Pero no había lástima en sus ojos.
Había algo peor y mejor.
Respeto.
—No quiero que esto te haga pensar que tienes que alejarte de la campaña —dijo él.
Helen se quedó quieta.
—No he dicho que vaya a hacerlo.
—Lo sé.
—Entonces no respondas a una decisión que no he tomado.
Alan asintió despacio.
—Tienes razón.
Helen apretó los labios.
—¿Sabes qué es lo más frustrante?
—Probablemente varias cosas.
—No quiero que tengas razón tan rápido.
Una sonrisa cansada apareció en la boca de Alan.
—Lo intento.
—No lo intentes tanto.
Alan la miró.
Y, por un instante, Helen estuvo a punto de sonreír también.
La ciudad seguía pasando a su alrededor. La lluvia había dejado una capa brillante sobre las aceras. Un grupo de estudiantes salió riendo de un local cercano. La librería seguía abierta, cálida detrás de las ventanas.
Todo continuaba.
Eso le pareció extraño.
Que una parte de tu vida pudiera cambiar de forma tan brusca y, aun así, alguien siguiera eligiendo novelas en una estantería iluminada.
El teléfono de Alan empezó a vibrar.
Luego el de Helen.
Después ambos otra vez.
Mensajes.
Correos.
Notificaciones.
Maya.
Theo.
Lillian.
Probablemente media oficina.
Helen miró la pantalla del suyo.
Maya: ¿Estás con Alan?
Maya: No contestes todavía. Solo dime que no estás sola.
Helen notó un nudo en la garganta.
Escribió:
Helen: Estoy con él. Estoy bien.
La respuesta llegó enseguida.
Maya: Perfecto.
Maya: Entonces no hagas ninguna declaración pública, no lances ningún teléfono y vuelve a la oficina. Lillian está reuniendo al equipo.
Helen enseñó el mensaje a Alan.
Él leyó la última línea.
—Tenemos que volver.
Helen guardó el teléfono.
—Sí.
Empezaron a caminar.
Durante los primeros pasos, no se tocaron.
Luego Helen pisó una zona de adoquines mojados y su botín resbaló un poco.
Alan la sostuvo por el codo antes de que perdiera el equilibrio.
El gesto fue rápido.
Instintivo.
Sus manos se quedaron ahí un segundo más de lo necesario.
Helen levantó la mirada.
Alan retiró la mano enseguida.
—Lo siento.
Helen tragó saliva.
—No hace falta que te disculpes por evitar que me caiga.
Alan pareció considerar la frase.
—No estaba seguro de dónde estaba el límite.
Helen sintió una punzada de tristeza.
No quería que todo entre ellos se convirtiera en un terreno lleno de señales de peligro.
Pero tampoco quería volver atrás.
—El límite no es que me ayudes —dijo—. El límite es que decidas por mí.
Alan la miró.
—Entiendo.
—Y que no uses esa cara de director general herido para hacerme sentir culpable por decirlo.
La boca de Alan se curvó apenas.
—Eso parece una regla bastante específica.
—Es porque tengo experiencia reciente.
—Lo tendré en cuenta.
Y, por primera vez desde que había abierto el artículo, Helen sonrió.
Fue una sonrisa pequeña.
Pero fue suya.
Cuando llegaron a Bryce Atelier Group, el vestíbulo ya no parecía el mismo.
Había dos personas de prensa junto a la entrada. Un fotógrafo esperaba en la acera, protegido bajo un paraguas negro. El equipo de seguridad hablaba con recepción en voz baja.
Helen se detuvo al verlos.
El corazón empezó a golpearle con fuerza.
Alan también se detuvo.
No se colocó delante de ella.
No intentó guiarla con una mano en la espalda.
Solo la miró.
—¿Qué necesitas?
La pregunta fue tan sencilla que Helen tardó un instante en responder.
No qué hago.
No déjame solucionarlo.
Qué necesitas.
—Entrar por otra puerta —dijo.
Alan asintió.
—De acuerdo.
No llamó a nadie.
No ordenó nada.
Se acercó a seguridad y habló durante unos segundos. Después regresó.
—Hay un acceso lateral por el aparcamiento. Theo está esperando allí.
Helen lo miró.
—¿Y tú?
Alan sostuvo su mirada.
—Voy contigo si quieres.
No había presión en su voz.
No había una respuesta correcta.
Helen notó que podía decirle que no.
Podía atravesar aquella puerta sola.
Y, sin embargo, no quería.
No porque necesitara que él la rescatara.
Porque no quería estar sola.
—Ven conmigo —dijo.
Alan asintió.
—Está bien.
Caminaron hasta el acceso lateral.
La puerta era metálica, sin logotipos ni cristales. Una salida de servicio que Helen había visto muchas veces sin prestarle atención.
Theo los esperaba allí con una expresión que mezclaba preocupación y el cansancio de alguien que ya había enviado doce correos de crisis.
—Me alegra veros enteros —dijo.
Helen levantó una ceja.
—Qué forma tan tranquilizadora de recibir a la gente.
—Estoy trabajando en ello.