Capítulo 25 #2
Helen sintió un pequeño alivio.
—Gracias.
—Me interesa la campaña —continuó Marissa—. Y me interesa saber por qué parece haber generado una reacción tan intensa dentro de la compañía.
Alan miró a Helen.
Otra vez, no la interrumpió.
Esperó.
Helen apoyó las manos sobre la mesa.
—Porque cuenta una historia diferente de la que suele contar una firma como Bryce Atelier Group.
Marissa inclinó la cabeza.
—¿Diferente cómo?
Helen respiró.
Había ensayado respuestas corporativas.
Podía hablar de tendencias, segmentación, consumo aspiracional y evolución de la identidad de marca.
Pero miró por la ventana.
Vio la calle mojada, a una mujer cruzando con una bolsa de tela y un niño que intentaba pisar los charcos.
Y dijo la verdad.
—Porque estamos acostumbrados a ver el lujo como algo que existe lejos de nosotros.
Como una vida perfecta al otro lado de un cristal.
Esta campaña quiere decir que algo bello también puede formar parte de una vida normal.
Que una mujer no necesita cambiar su historia para sentirse especial dentro de ella.
Marissa escribió unas palabras.
—Eso suena más personal que corporativo.
Helen sonrió un poco.
—Probablemente porque lo es.
Marissa miró a Alan.
—¿Estás de acuerdo?
Alan no respondió de inmediato.
Helen supo que estaba eligiendo cada palabra.
Pero, cuando habló, no sonó distante.
—Sí. Y creo que esa es la razón por la que está funcionando.
Marissa cerró la libreta durante un segundo.
—He visto los datos preliminares. Son muy positivos. Pero también he recibido comentarios que cuestionan si esta campaña refleja una dirección creativa o una situación personal dentro de la empresa.
El aire se volvió más frío.
Helen sintió que Alan se tensaba a su lado.
Marissa no miró de uno a otro con curiosidad barata. Solo esperaba una respuesta.
Helen tomó aire.
—La campaña se ha desarrollado con un equipo completo. Producción, imagen, estrategia, casting, comunicación. Ha pasado pruebas de audiencia en varios mercados y ha obtenido resultados sólidos.
Marissa asintió.
—Eso responde a la parte corporativa.
—Sí.
—¿Y la personal?
Helen sostuvo la mirada de la periodista.
Por un segundo, pensó en decir que no había nada que comentar.
Que su vida privada no era relevante.
Que cualquier otra pregunta debía dirigirse a recursos humanos o a una pared.
Pero no quería sonar como si estuviera escondiendo algo.
Tampoco quería regalarlo.
—Hay cosas personales que no pertenecen a una entrevista sobre un perfume —dijo—. Pero sí puedo decir que nadie me ha dado esta campaña. La he trabajado. La he defendido. Y seguiría defendiendo la misma idea aunque Alan Bryce no estuviera sentado a mi lado.
El silencio que siguió fue breve.
Marissa miró a Alan.
—¿Quieres añadir algo?
Alan apoyó las manos sobre la mesa.
—Solo que estoy de acuerdo con Helen.
Ella lo miró.
Él no se giró hacia ella.
Pero Helen entendió el esfuerzo que había detrás de esa frase.
No habló por ella.
No explicó sus sentimientos.
No negó cosas que nadie tenía derecho a preguntar.
Solo confirmó lo esencial.
Marissa abrió de nuevo la libreta.
—Eso es bastante claro.
Theo habría dicho que “bastante claro” era una victoria.
Helen decidió creerlo.
La entrevista duró veinticinco minutos más.
Hablaron del lanzamiento, del espacio junto al East River, de la idea de convertir el evento en un recorrido entre ciudad, casa y autenticidad. Marissa preguntó por Nora Hale, por las participantes de los grupos de prueba y por el riesgo de alejarse del imaginario clásico de lujo.
Helen respondió.
Alan añadió datos cuando era necesario.
Y, poco a poco, la conversación dejó de sentirse como una defensa.
Empezó a parecer lo que debía haber sido desde el principio.
Una historia sobre una campaña.
Cuando terminaron, Marissa cerró la libreta.
—Creo que ya tengo la pieza.
Helen se levantó.
—Gracias por escucharnos.
Marissa sonrió.
—Gracias por no tratarme como si fuera una amenaza.
Theo habría tenido una respuesta ingeniosa.
Helen solo dijo:
—La verdad es que esta semana estamos intentando hacer muchas cosas mejor.
Marissa miró a Alan.
—Se nota.
Al salir del café, la lluvia había parado.
La calle seguía brillante.
Helen se ajustó el abrigo y respiró aire frío.
Alan caminó a su lado durante unos metros sin hablar.
No era un silencio incómodo.
Pero estaba lleno.
—Has estado muy bien —dijo él.
Helen sonrió sin mirarlo.
—Ya me lo has dicho hoy.
—Lo diré otra vez si hace falta.
Ella lo miró de reojo.
—Eso puede volverse peligroso.
Alan ralentizó el paso.
—Helen.
Ella se detuvo.
Él también.
Estaban junto a una esquina, bajo una farola apagada y frente a una librería pequeña que aún tenía luces encendidas dentro.
El escaparate mostraba novelas, cuadernos, una máquina de escribir antigua y un cartel escrito a mano que decía:
HISTORIAS QUE MERECEN SER CONTADAS
Helen leyó la frase.
Después miró a Alan.
—¿Qué?
Alan parecía menos seguro que en la entrevista.
Algo que, hasta hacía unas semanas, habría considerado imposible.
—Gracias por no dejar que hablara por ti.
Helen tragó saliva.
—Gracias por no intentarlo.
Él asintió.
—Estoy aprendiendo.
—Ya lo sé.
Por un momento, ninguno dijo nada.
La ciudad pasaba a su alrededor.
Una bicicleta cruzó la calle. Un taxi frenó junto a la esquina. Alguien salió de la librería con una bolsa de papel bajo el brazo.
Alan levantó la mano, como había hecho después de la reunión con Daniel.
Pero se detuvo antes de tocarla.
Helen lo miró.
No había prisa.
No había cámaras.
No había un perfil falso entre ambos.
Ella dio un paso más cerca.
Alan rozó con los dedos la manga de su abrigo, justo a la altura de la muñeca.
Nada más.
Un contacto pequeño.
Cuidadoso.
Helen sintió que el corazón le latía demasiado deprisa.
—No quiero que esto parezca una estrategia —dijo él.
Ella levantó la mirada.
—Entonces no lo conviertas en una.
Alan soltó una risa leve.
—Esa es una respuesta muy difícil para alguien como yo.
—Lo sé.
—¿Y qué hago?
Helen lo observó.
Durante tanto tiempo, había pensado que Alan tenía respuestas para todo.
Ahora veía que no.
Y, de forma extraña, eso le daba más confianza que cualquier gesto perfecto.
—Empieza por no decidir lo que significa antes de que ocurra —dijo.
Alan asintió lentamente.
—Puedo intentarlo.
Helen sonrió.
—Eso ya es bastante.
El teléfono de Alan vibró.
Los dos miraron la pantalla.
Él no lo sacó.
Helen levantó una ceja.
—¿No vas a mirar?
Alan sostuvo su mirada.
—No ahora.
La respuesta le produjo una sensación cálida y peligrosa.
Entonces el teléfono de Helen vibró también.
Ella sacó el suyo.
Era un mensaje de Maya.
Maya: ¿Cómo ha ido?
Maya: Y no me contestes “profesionalmente”.
Helen soltó una risa.
Alan la miró.
—¿Maya?
—Siempre.
—¿Qué ha dicho?
Helen guardó el teléfono.
—Que quiere saber cómo ha ido.
Alan levantó una ceja.
—¿Y cómo ha ido?
Helen miró la librería.
Después la calle.
Después a él.
—Profesionalmente, muy bien.
Alan sonrió.
—¿Y no profesionalmente?
Helen se acercó apenas un poco.
—Todavía estamos aprendiendo.
Alan bajó la mirada hacia ella.
Su mano seguía cerca de la suya.
No la tocaba.
No del todo.
Pero Helen supo que los dos sentían el espacio entre sus dedos.
Entonces, desde el otro lado de la calle, alguien llamó a Alan por su nombre.
—¡Bryce!
Los dos se giraron.
Daniel Carter estaba de pie junto a un coche negro, con una carpeta bajo el brazo y una expresión demasiado tranquila.
Alan dejó de sonreír.
Helen sintió que la calle volvía a enfriarse.
Daniel cruzó hasta ellos sin prisa.
—Qué casualidad —dijo.
Helen no creyó ni una palabra.
Daniel miró a Alan.
Después a Helen.
La distancia mínima entre sus manos no pasó desapercibida.
—Espero no interrumpir nada importante.
Alan dio un paso adelante.
No para tapar a Helen.
Solo para dejar claro que Daniel debía hablarle de frente.
—¿Qué quieres? —preguntó.
Daniel sostuvo su mirada.
—Quería avisarte de que la periodista a la que habéis dado la entrevista no es la única que ha recibido información.
Helen se quedó inmóvil.
Daniel continuó.
—Hay otra historia circulando. Esta vez con nombres.
El teléfono de Helen vibró en su mano.
Una alerta de noticias apareció en la pantalla.
Y, bajo el titular, podía leer las primeras palabras antes de abrirlo:
ALAN brYCE Y HELEN NORTON, EN EL CENTRO DE LOS RUMORES SObrE ÉCLAT NOCTURNE…