Y todo por un like Capítulo 25
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Capítulo 25

El silencio que siguió al titular fue peor que cualquier grito.

Theo seguía sosteniendo el teléfono.

Maya estaba detrás de Helen, demasiado quieta.

Lillian había dejado de ordenar sus papeles.

Y Alan no se movía.

Helen leyó otra vez las palabras en la pantalla.

brYCE ATELIER GROUP PREPARA SU CAMPAÑA MÁS PERSONAL TRAS UNA CONTROVERTIDA RELACIÓN ENTRE DIRECCIÓN Y EQUIPO CREATIVO

No había nombres.

No había una acusación directa.

No había una sola frase que pudiera denunciarse como falsa sin abrir, al mismo tiempo, una conversación mucho más incómoda.

Era una insinuación.

Una de esas que se quedan flotando en el aire porque nadie puede agarrarlas del todo, aunque todos entiendan lo que pretenden decir.

Helen sintió el estómago hundirse.

—¿A cuántos medios se lo ha enviado? —preguntó Lillian.

Theo bajó el teléfono.

—Por ahora, a tres periodistas de moda. Dos de Nueva York y una de Londres.

—¿Han publicado algo?

—Todavía no.

Alan habló entonces.

Su voz era baja.

Demasiado controlada.

—¿Quién recibió el mensaje primero?

Theo miró la pantalla.

—Una periodista de The Edit Line. Se llama Marissa Cole.

Lillian levantó la tablet.

—La conozco. No publica rumores sin verificar, pero pregunta antes.

—Entonces llamadla —dijo Alan.

Helen giró hacia él.

—No.

Alan la miró.

—Helen.

—No puedes llamar a una periodista para decirle que ignore una historia sin convertirla en una historia más grande.

—No voy a pedirle que ignore nada.

—¿Entonces qué vas a hacer?

Alan sostuvo su mirada.

—Dar una respuesta.

Helen notó que su pecho se tensaba.

—¿Qué respuesta?

El silencio se abrió otra vez.

Theo miró a Lillian.

Maya observó a Helen.

Todos parecían entender que aquella pregunta no era solo profesional.

Alan apoyó las manos sobre la mesa.

—La verdad.

Helen tragó saliva.

—¿Qué parte de la verdad?

Alan no respondió enseguida.

Y esa pausa le dolió más de lo que esperaba.

Porque ya conocía aquel gesto.

El instante en que él decidía qué podía decir y qué debía seguir guardando.

La antigua versión de Alan habría cerrado el tema con una frase impecable. Habría dicho que el equipo creativo trabajaba con autonomía, que la campaña había superado todas las pruebas y que las decisiones se tomaban según los estándares de la compañía.

Todo eso sería cierto.

Y no bastaría.

—No quiero que hables de mí como si fuera una parte del problema que hay que contener —dijo Helen.

Alan dio un paso hacia ella.

—No pienso hacer eso.

—Entonces no tomes una decisión delante de todos sin preguntarme qué quiero hacer.

La frase cayó en la sala con una claridad incómoda.

Maya bajó la mirada.

Theo dejó de respirar, al menos de forma visible.

Alan se quedó quieto.

Helen sintió que le subía calor al rostro, pero no apartó la mirada.

No iba a permitir que Daniel la convirtiera en un rumor.

Tampoco iba a permitir que Alan la protegiera de una forma que la dejara fuera de su propia historia.

—Tienes razón —dijo él.

Helen cerró los ojos un instante.

—No digas eso si después vas a hacer lo que quieras.

—No lo haré.

—Alan.

Él no apartó los ojos de ella.

—No lo haré.

La segunda vez sonó distinta.

No como un intento de calmarla.

Como una decisión.

Lillian carraspeó con suavidad.

—Necesitamos actuar antes de que esa filtración aparezca publicada.

Helen giró hacia ella.

—¿Qué opciones tenemos?

Lillian respondió de inmediato.

—Tres.

Levantó un dedo.

—Primera: ignorarlo. Riesgo alto. El silencio puede parecer una confirmación.

Otro dedo.

—Segunda: responder con un comunicado corporativo que subraye el proceso creativo, los resultados de mercado y la estructura del equipo.

Un tercer dedo.

—Tercera: ofrecer una entrevista controlada antes de que alguien más escriba el relato por nosotros.

Theo soltó aire.

—La entrevista tiene más riesgo.

—Sí —dijo Lillian—. Pero también nos permite dar contexto.

Helen miró a Alan.

Él no hablaba.

Esperaba.

Dejándola pensar.

Aquello era nuevo.

Y, pese a todo, le agradeció que lo hiciera.

—¿Con quién sería la entrevista? —preguntó.

Theo consultó el teléfono.

—Marissa Cole. Tiene credibilidad, entiende moda y no suele escribir piezas amarillistas. Pero hará preguntas incómodas.

Maya levantó una ceja.

—¿Y qué periodista no las haría?

—Una mala —contestó Theo.

Helen pensó en el titular.

En Daniel.

En los correos que probablemente ya estaban circulando por Londres.

En la posibilidad de que, antes de que acabara la noche, media industria supiera que había una historia entre el director general y una mujer del equipo creativo.

No había ninguna relación oficial.

No había nada que pudieran mostrar.

Pero tampoco podía fingir que no había ocurrido nada.

Alan era Elliot.

Alan era el hombre que había entrado en su casa, preguntado por su planta y escuchado sus ideas como si fueran importantes.

Y Helen ya no quería que otros definieran aquello por ellos.

—Aceptamos la entrevista —dijo.

Todos la miraron.

Alan frunció el ceño.

—Helen, no tienes que—

Ella levantó una mano.

No para callarlo.

Para pedirle que escuchara.

—No quiero una entrevista para hablar de nosotros como si fuéramos una historia de oficina. Quiero una entrevista sobre la campaña. Sobre el equipo. Sobre cómo nació la idea.

Theo se inclinó hacia delante.

—Eso puede funcionar.

Helen continuó.

—Y quiero que quede claro que mi trabajo no depende de Alan. Que la campaña no salió adelante porque él me eligiera. Salió adelante porque funcionó.

Lillian asintió despacio.

—Eso es defendible.

—Y si preguntan por una relación personal —añadió Helen—, no vamos a mentir. Pero tampoco vamos a darles algo que no les pertenece.

Alan la miraba con una intensidad que Helen intentó ignorar.

No pudo.

—¿Qué dirías? —preguntó él.

Helen respiró hondo.

—Diría que trabajamos juntos en una campaña que ha tenido éxito. Que cualquier conversación sobre mi vida privada no cambia los datos, el equipo ni la historia que queremos contar.

Theo levantó el teléfono.

—Voy a escribirlo antes de que alguien con autoridad diga una palabra como “alineamiento”.

Lillian lo miró.

—Theo.

—Ya estoy trabajando.

Maya se acercó a Helen y le rozó la mano con los dedos.

Un gesto mínimo.

Pero Helen lo agradeció.

—¿Estás segura? —susurró.

Helen miró de nuevo la pantalla del teléfono de Theo.

El titular seguía ahí.

Daniel había querido que dudara.

Que se escondiera.

Que Alan la envolviera con una defensa tan fuerte que pareciera que no podía mantenerse en pie sola.

No iba a darle eso.

—No —dijo Helen—. Pero voy a hacerlo.

La entrevista se organizó para esa misma tarde.

Theo consiguió que Marissa Cole aceptara reunirse en un café discreto de Long Island City, a quince minutos de las oficinas.

Lillian preparó una lista de mensajes clave que Helen leyó tres veces sin memorizar ninguno.

Alan revisó los documentos de cumplimiento interno con un equipo legal que hablaba con demasiada prudencia de “potenciales riesgos reputacionales”.

Maya se encargó de lo que ella llamó “la parte importante”.

A las cuatro, apareció en el baño de la oficina con una bolsa de maquillaje y una expresión decidida.

—Si vas a tener una entrevista con una periodista de moda, no puedes llevar cara de haber pasado cuarenta minutos buscando una salida de emergencia detrás de una impresora.

Helen, sentada frente al espejo, la miró.

—No he buscado una salida de emergencia.

Maya le puso corrector bajo los ojos.

—Todavía.

—No necesito parecer perfecta.

—No vas a parecer perfecta. Vas a parecer tú después de haber dormido, bebido agua y tomado decisiones sensatas.

Helen levantó una ceja.

—¿Eso existe?

—Hoy sí.

Durante un rato, Maya trabajó en silencio.

Peinó las ondas de Helen con los dedos, suavizó el maquillaje y eligió para ella una blusa azul profunda, pantalón negro y el abrigo camel que Helen había descartado dos noches antes.

—Pensaba que este era demasiado amable —dijo Helen al mirarse.

Maya se colocó detrás de ella.

—No es amable. Es elegante. Hay diferencia.

Helen miró el reflejo.

Seguía pareciendo ella.

Pero una versión que no había pasado la mañana esperando que todo explotara.

—¿Y Alan? —preguntó Maya.

Helen la miró por el espejo.

—¿Qué pasa con Alan?

—¿Viene a la entrevista?

—Sí.

Maya se quedó quieta.

—Eso puede ser complicado.

—Ya.

—¿Quieres que vaya contigo?

Helen pensó en ello.

Quiso decir que sí.

Que tener a Maya cerca haría todo más fácil.

Pero la entrevista trataba de su trabajo. De la campaña. De lo que ella había construido.

Y también trataba, aunque nadie quisiera decirlo, de la distancia entre Helen y Alan.

Necesitaba enfrentarlo sin esconderse detrás de su amiga.

—No —dijo al fin—. Pero espérame después.

Maya sonrió.

—Siempre.

El café estaba casi vacío cuando Helen llegó.

Tenía paredes de ladrillo visto, mesas pequeñas de madera clara y una fila de plantas junto a las ventanas. Marissa Cole esperaba al fondo, junto a una taza de té y una libreta abierta.

Era una mujer de unos cuarenta años, con cabello rizado recogido en un moño alto, gafas de montura oscura y una chaqueta de cuero sobre un vestido negro. Tenía una forma de mirar que no parecía invasiva, pero sí muy atenta.

Alan llegó dos minutos después.

Llevaba un abrigo negro y una camisa azul oscura sin corbata.

Cuando vio a Helen, no dijo nada durante un instante.

Solo la miró.

Y Helen tuvo que recordarse que estaban allí por trabajo.

—Estás muy bien —dijo él al fin.

Ella notó el calor subirle al rostro.

—Gracias.

Alan pareció darse cuenta de que aquello podía sonar demasiado personal.

—Quiero decir… para la entrevista.

Helen levantó una ceja.

—Eso lo ha mejorado muchísimo.

Él soltó una respiración que se pareció a una risa.

Marissa se levantó.

—Helen Norton. Alan Bryce. Gracias por venir.

Se saludaron.

Alan esperó a que Helen eligiera dónde sentarse.

Ella tomó la silla frente a Marissa.

Alan se sentó a su lado, no demasiado cerca.

La distancia era profesional.

También dolorosamente consciente.

Marissa abrió la libreta.

—Antes de empezar, quiero aclarar algo. No me interesa escribir una historia de rumores. Si ese fuera mi objetivo, ya habría publicado el mensaje que me enviaron esta mañana.