Capítulo 27 #3
El parque seguía lleno de vida alrededor. Una niña perseguía burbujas cerca de un árbol. Un perro grande intentaba sentarse sobre una hoja que el viento arrastraba. Un hombre mayor leía un periódico como si el mundo pudiera continuar siendo sencillo.
—¿Por qué no me lo contaste? —preguntó Helen.
Alan levantó la mirada.
No había defensa en sus ojos.
Eso casi dolió más.
—Porque Daniel no había usado esa información desde entonces. Porque no quería que su presencia entrara en algo que para mí era… importante.
Helen apretó los labios.
—¿Elliot era importante?
Alan sostuvo su mirada.
—Hablar contigo lo era.
La respuesta la tocó.
También la enfadó.
—No puedes decirme cosas bonitas cada vez que tengo una razón para estar enfadada.
—No estoy intentando decir algo bonito.
—Alan.
Él bajó la mirada.
—No quería que supieras que Daniel conocía el perfil porque temía que pensaras que todo estaba contaminado desde el principio.
Helen sintió la presión en el pecho.
—¿Y lo estaba?
Alan tardó demasiado.
No mucho.
Solo lo suficiente.
—No por él —dijo finalmente—. Pero sí por mí. Porque yo decidí seguir usando Elliot después de sospechar que Maggie eras tú. Eso ya lo sabes. No hay una versión de esta historia en la que no haya cometido un error.
Helen lo miró.
Había esperado encontrar una nueva mentira.
Un detalle oculto que demostrara que Daniel tenía razón.
Pero Alan no estaba negando nada. No estaba pidiendo que ella olvidara lo que había pasado.
Solo estaba allí.
Sin perfil.
Sin discurso.
Sin esconderse.
—¿Hay algo más? —preguntó Helen.
Alan mantuvo la mirada.
—No.
Ella lo observó unos segundos.
—No quiero una respuesta rápida.
—No te la estoy dando rápida.
—Quiero una respuesta completa.
Alan asintió.
—Esta es la respuesta completa.
Helen respiró hondo.
El viento movió una hoja hasta sus zapatos.
La miró un instante.
—No sé si puedo confiar en que no hay más cosas.
Alan no apartó la mirada.
—No puedo exigirte que lo hagas.
—No.
—Solo puedo seguir diciéndote la verdad aunque llegue tarde.
Helen sintió que algo se quebraba y se recomponía al mismo tiempo.
No era perdón.
No todavía.
Pero tampoco era la distancia limpia que había temido.
—Daniel quería que creyera que seguías escondiendo algo de mí —dijo.
—Lo sé.
—Y durante unas horas lo consiguió.
Alan miró sus manos.
—Lo siento.
Helen negó con la cabeza.
—No quiero que te disculpes por lo que Daniel hace.
Alan levantó la vista.
—No me disculpo por él.
—¿Entonces por qué?
La respuesta tardó solo un segundo.
—Porque le facilité una forma de hacerte daño.
Helen no supo qué decir.
Porque era cierto.
Porque Alan no había escrito el mensaje. No había filtrado nada. No había hecho que Daniel eligiera utilizar una herida que conocía.
Pero había creado la herida.
Y, por primera vez, hablaba de ella sin pedir que Helen la cerrara deprisa.
—Gracias por decírmelo —murmuró.
Alan asintió.
—Gracias por preguntármelo.
Se quedaron en silencio.
Helen miró a su alrededor.
El banco donde había empezado todo.
La misma madera.
El mismo árbol.
La misma sensación de que una pequeña decisión podía cambiar una historia entera.
—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó.
Alan la miró.
—¿Qué?
—Que todavía me gusta esta banca.
Por un momento, él no entendió.
Luego sonrió.
Una sonrisa baja, cansada, real.
—Eso sí que es una prueba de carácter.
Helen lo miró de reojo.
—No te rías.
—No me río de ti.
—Te estás riendo.
—Un poco.
Ella soltó aire.
Y, contra toda lógica, también sonrió.
Solo un instante.
Pero bastó para que Alan la mirara como si acabara de recibir algo que no merecía.
Helen se puso de pie.
—Tengo que volver.
Alan se levantó también.
—Sí.
—Tenemos un lanzamiento en menos de dos semanas.
—Y una campaña que proteger.
Helen sostuvo su mirada.
—No. Una campaña que hacer bien.
Alan asintió.
—Tienes razón.
Helen levantó una ceja.
—No te acostumbres.
Alan sonrió apenas.
—Lo intentaré.
Caminaron de vuelta hacia el edificio.
No se tocaron.
No hablaron demasiado.
Pero, cuando llegaron a la puerta lateral de Bryce Atelier Group, Helen se detuvo.
—Alan.
Él se giró.
—No voy a dejar la campaña.
El rostro de Alan cambió.
No fue alivio puro.
Había respeto, cautela y algo que parecía orgullo.
—No esperaba que lo hicieras.
—Bien.
—Pero me alegra oírlo.
Helen asintió.
—A mí también.
Antes de entrar, su teléfono vibró.
Era un correo de Lillian.
El asunto decía:
PRESENTACIÓN FINAL DEL EVENTO — REUNIÓN CON CONSEJO. 10:00.
Helen abrió el mensaje.
Leyó la primera línea.
Luego se quedó quieta.
—¿Qué pasa? —preguntó Alan.
Helen le mostró la pantalla.
El correo era breve.
Por solicitud del consejo, Helen Norton deberá presentar personalmente el concepto de lanzamiento de Éclat Nocturne ante los miembros reunidos.
Helen levantó los ojos.
Alan no dijo que la ayudaría.
No dijo que lo arreglaría.
Solo preguntó:
—¿Quieres hacerlo?
Helen pensó en la primera presentación.
En la carpeta abierta.
En el café derramado.
En la sensación de que todos podían ver sus errores antes de escuchar sus ideas.
Luego pensó en Daniel Carter.
En Victoria.
En la campaña.
En la mujer que entraba en casa, se quitaba los zapatos y volvía a ser ella.
—Sí —dijo Helen—. Quiero hacerlo.