Y todo por un like Capítulo 24
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Capítulo 24

Helen leyó la propuesta de Daniel Carter sin sentarse.

No porque quisiera parecer firme.

Porque, si se sentaba, temía que las piernas dejaran de sostenerla.

El documento tenía veintidós páginas. Veintidós páginas de una campaña que usaba el nombre de Éclat Nocturne, el presupuesto de Éclat Nocturne y parte de las fotografías de Éclat Nocturne, pero que había perdido todo lo que la hacía reconocible.

No había una mujer llegando a casa.

No había zapatos en una mano.

No había una ventana abierta ni una respiración al final de un día demasiado largo.

Había luces de ciudad.

Cristal.

Siluetas imposibles.

Un salón lleno de personas que parecían haber nacido sabiendo dónde colocar una copa de champán.

Helen pasó una página.

Después otra.

En una de las últimas, Daniel había incluido una frase para la presentación a prensa:

“Éclat Nocturne representa a la mujer que domina la noche sin pedirle permiso a nadie.”

Helen se quedó mirando aquellas palabras.

No era una frase terrible.

Ese era el problema.

Era elegante. Segura. Fácil de vender.

Y no significaba nada.

Theo permanecía junto a la puerta, con los brazos cruzados. Maya había llegado detrás de él sin que Helen la oyera entrar. Miraba el documento por encima de su hombro con una expresión cada vez más ofendida.

Alan no hablaba.

No se movía.

La sala parecía haber quedado demasiado pequeña para contener el silencio.

—Ha borrado todo —dijo Helen al fin.

Theo dejó escapar aire lentamente.

—No todo.

Helen levantó la vista.

Theo señaló una página.

—Ha mantenido el frasco.

Maya lo miró.

—Theo.

—Lo sé. No era el momento.

Helen volvió a la primera hoja.

Una visión revisada para reforzar la exclusividad de la marca.

No era una revisión.

Era una sustitución.

Daniel no quería mejorar la campaña. Quería convertirla en algo que él entendiera. Algo que pudiera controlar. Algo que no exigiera que nadie mirara demasiado de cerca.

Helen sintió que la rabia desplazaba poco a poco al miedo.

—¿Victoria ha aprobado esto? —preguntó.

Alan respondió sin apartar la vista del documento.

—No todavía.

—Entonces no podemos dejar que lo haga.

Alan levantó la cabeza.

El tono de Helen lo detuvo un instante.

—No lo hará —dijo él.

Helen cerró la carpeta.

—No.

Alan frunció levemente el ceño.

—¿No?

—No vas a decir “no lo hará” como si la decisión fuera solo tuya.

Alan permaneció quieto.

Maya bajó la mirada.

Theo dejó de jugar con el bolígrafo.

Helen tomó aire.

No quería discutir con Alan. No después de lo que habían hablado minutos antes. No después de que él hubiera reconocido que llevaba años intentando parecer imposible de alcanzar.

Pero aquello era importante.

La campaña era importante.

Y, por primera vez, Helen sabía que no podía defenderla escondida detrás de nadie.

—La historia no es tuya —continuó—. Tampoco es de Daniel. Es del equipo. Es de Nora, de Sienna, de Maya, de las personas que respondieron a las pruebas y dijeron que entendían exactamente lo que queríamos contar.

Alan sostuvo su mirada.

—Lo sé.

—Entonces no la defiendas por mí.

La mandíbula de Alan se tensó.

Helen vio que estaba intentando no reaccionar como habría reaccionado antes. No tomar el control. No decidir la siguiente jugada antes de que los demás pudieran hablar.

—¿Qué propones? —preguntó.

Helen parpadeó.

No esperaba que cediera tan pronto.

Maya sonrió apenas.

Theo levantó las cejas.

Helen dejó la carpeta sobre la mesa.

—Quiero responder con una propuesta mejor.

Theo se inclinó hacia delante.

—Eso ya me gusta.

—No con un correo defensivo —continuó Helen—. No quiero enviar un documento diciendo que Daniel no entiende la campaña. Eso haría que pareciera una pelea de estilos.

—¿Y qué quieres hacer? —preguntó Alan.

Helen miró la propuesta de Daniel.

La ciudad perfecta.

La fiesta perfecta.

La mujer perfecta.

Todo lo que Bryce Atelier Group había hecho antes, reunido en un mismo archivo brillante y vacío.

Entonces pensó en su apartamento.

En Nora junto a la ventana.

En la planta que había terminado apareciendo en la toma final sin pedir permiso.

En las respuestas de las mujeres que habían visto la campaña y habían dicho que se sentían reconocidas.

—Quiero que la presentación en vivo no sea un evento sobre una campaña —dijo—. Quiero que sea una prueba de que la campaña ya existe fuera de esta empresa.

Theo inclinó la cabeza.

—Explícalo.

Helen caminó hacia el panel de inspiración que seguía apoyado contra una pared.

Había varias fotografías de rodaje: la calle de Astoria, el salón, la ventana, la escena de los zapatos.

—Daniel quiere llenar el espacio de modelos y luces porque cree que el lujo necesita estar lejos. Bien. Vamos a dejarle las luces.

Maya sonrió.

—Eso suena peligroso.

—Pero no habrá modelos fingiendo que son intocables —continuó Helen—. Habrá mujeres reales. No como una campaña de inclusión mal planteada. No como una acción de marketing donde alguien les presta una historia durante quince minutos.

Alan la observaba con atención.

Helen siguió.

—Quiero invitar a algunas de las participantes de los grupos de prueba. A la arquitecta de París, a la mujer de Madrid que habló de volver a escucharse, a las mujeres de Nueva York que conectaron con la idea. No para subirlas a un escenario y pedirles que expliquen su vida.

Theo apoyó las manos sobre la mesa.

—¿Entonces para qué?

—Para que estén allí. Para que la prensa vea que la campaña no se ha inventado desde una sala de juntas. Que existe una conversación real detrás.

Maya se acercó al panel.

—Podrían recorrer el espacio antes de la presentación.

—Sí. Y al final, cuando se proyecte la campaña, no quiero una voz en off grandilocuente. Quiero que aparezcan sus respuestas.

Theo abrió mucho los ojos.

—Las respuestas de las pruebas.

Helen asintió.

—Sin nombres. Sin caras. Solo frases.

Maya ya estaba sacando el teléfono.

—Tengo algunas guardadas.

—“Cuando cierro la puerta de casa” —dijo Helen—. “Cuando dejo de fingir que no estoy cansada”. “Cuando me pongo música y cocino para mí sola”.

Theo repetía las frases en voz baja, imaginando ya la puesta en escena.

Alan permanecía en silencio.

Helen lo miró.

—¿Qué?

Él tardó un segundo.

—Nada.

Helen dejó escapar aire.

—Alan.

La expresión de él cambió apenas.

—Estoy intentando no interrumpirte.

—No tienes que interrumpirme. Pero sí puedes decir lo que piensas.

Alan miró las fotografías.

—Creo que es arriesgado.

Helen levantó una ceja.

—Lo esperaba.

—No porque sea una mala idea.

—Sigue.

—Porque convierte el evento en algo que no podremos controlar del todo.

Helen asintió.

—Exactamente.

Alan cruzó los brazos.

—Y eso puede incomodar a inversores, medios y miembros del consejo.

—Exactamente.

Theo sonrió.

—Está empezando a gustarte, ¿verdad?

Alan lo miró.

Theo levantó una mano.

—No he dicho nada.

Helen dio un paso hacia Alan.

—El problema es que Daniel sabe controlar una sala. Sabe cómo hacer que todo parezca inevitable porque él ya ha decidido qué debe sentir la gente.

Alan sostuvo su mirada.

—Sí.

—No quiero competir con él haciendo lo mismo.

El silencio cambió.

Helen bajó la voz.

—Quiero que el evento sea honesto. Que alguien entre y piense en su propia vida, no en una que nunca podrá tener.

Alan la observó durante varios segundos.

No como una jefa observa a una empleada.

No como un hombre que esperaba tener una respuesta.

Como alguien que estaba viendo una idea cobrar forma delante de él.

—Hazlo —dijo.

Helen se quedó inmóvil.

—¿Así de fácil?

Alan inclinó la cabeza.

—No va a ser fácil.

—Ya.

—Pero hazlo.

Theo soltó una risa de incredulidad.

—Esto empieza a parecer una empresa funcional. No sé cómo sentirme.

Maya le dio un golpe suave con el codo.

—Te acostumbrarás.

Alan abrió la carpeta de Daniel y la empujó hacia Theo.

—Prepara una respuesta para Victoria. No como rechazo. Como propuesta alternativa de experiencia de lanzamiento.

Theo se acercó a la mesa.

—¿Quieres que use la palabra “experiencia”?

Helen lo miró.

—Solo si prometes no escribir “emocional” detrás.

—No puedo hacer promesas imposibles.

Maya levantó el teléfono.

—Yo llamo a Sienna. Si vamos a rediseñar un evento, necesitamos saber si alguien puede transformar un almacén industrial en una ciudad, una casa y un momento existencial en menos de dos semanas.

—Y sin que parezca una exposición de muebles —añadió Helen.

—Ese detalle lo añadiré al informe —dijo Theo.

Alan miró a Helen.

—¿Quieres que Lillian esté en esta conversación?

Helen lo pensó.

Era una pregunta real.

Una elección.

No un movimiento calculado para protegerla.

—Sí —dijo—. Quiero que esté. Y quiero que Victoria vea la propuesta antes de que Daniel pueda contarle una versión distinta.

Alan asintió.

—De acuerdo.

Helen sostuvo su mirada un momento más.

Algo se relajó dentro de ella.

No porque todo estuviera arreglado.

No lo estaba.

Daniel seguía teniendo influencia. Victoria podía seguir considerando la idea demasiado arriesgada. El evento podía convertirse en un desastre público si alguien intentaba convertirlo en una batalla de egos.

Pero Alan no había tomado la decisión por ella.

Había preguntado.

Y ella había respondido.

A las siete y veinte de la tarde, la Sala 4 parecía un pequeño centro de operaciones.

Sienna participaba por videollamada desde un estudio de Astoria.

Lillian estaba de pie junto a la pantalla con una libreta llena de anotaciones.

Maya revisaba opciones de vestuario que permitieran a las invitadas parecer elegantes sin parecer que las habían colocado en un catálogo.

Theo discutía con un proveedor de iluminación por teléfono.

—No quiero niebla artificial —decía—. Ya tenemos suficiente confusión emocional sin añadir humo de discoteca.

Helen estaba frente a un panel digital donde había escrito tres palabras:

Ciudad. Casa. Tú.

Alan se acercó por detrás.

No demasiado.

Aún respetaba ese espacio prudente que había aprendido a dejar.

—¿Eso es el recorrido? —preguntó.

Helen asintió.

—La ciudad representa todo lo que se espera de ti. Ruido, prisas, luces, mensajes, gente mirándote.

—La casa.

—El sitio donde dejas de actuar.

Alan miró la tercera palabra.

—¿Y tú?

Helen giró hacia él.