Y todo por un like Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

A las cinco, el equipo de escenografía discutía si las luces de ciudad debían proyectarse sobre paredes o reflejarse en paneles de cristal.

A las seis, alguien de sonido propuso reproducir grabaciones reales del metro de Nueva York. Theo dijo que eso podía ser “artísticamente honesto o una forma muy cara de generar ansiedad colectiva”.

A las seis y veinte, Helen recibió un mensaje de Lillian.

El señor Bryce quiere revisar la propuesta del evento antes de enviarla a Victoria. Sala 4.

Helen miró el teléfono durante unos segundos.

Maya, que estaba junto a ella revisando opciones de vestuario para Nora, levantó la vista.

—¿Vas?

—Es trabajo.

—Sí.

—No empieces.

—No he empezado nada.

Helen cogió la carpeta.

—Eso es peor. Cuando no empiezas nada, significa que estás pensando demasiado.

Maya sonrió.

—Solo te diré una cosa.

Helen esperó.

—No reduzcas todo lo que haces con Alan a “es trabajo” solo porque te da miedo que no lo sea.

Helen la miró.

—No todo tiene que ser romántico.

—No. Pero algunas cosas pueden serlo sin dejar de ser importantes.

Helen no respondió.

Se dirigió a la Sala 4.

Alan ya estaba allí cuando entró.

No llevaba chaqueta. La corbata estaba aflojada. Tenía un portátil abierto frente a él y una taza de café que parecía llevar demasiado tiempo olvidada sobre la mesa.

Helen se detuvo en la puerta.

—¿Has comido?

Alan levantó la vista.

—¿Qué?

—Nada. Es una pregunta normal.

—Sí. He comido.

Helen se sentó frente a él.

—Bien.

Alan miró la carpeta que llevaba.

—¿Qué traes?

—La propuesta para el evento.

—Theo me ha enviado una versión preliminar.

—Theo no sabe escribir “preliminar” sin añadir tres notas dramáticas.

Alan pareció a punto de sonreír.

—Eso también lo sé.

Helen abrió la carpeta.

Durante los siguientes cuarenta minutos, hablaron solo del evento.

Del recorrido.

De las proyecciones.

De la música.

De las entrevistas.

De cómo explicar la campaña sin convertirla en una conferencia.

Fue fácil.

Demasiado fácil.

Helen hablaba y Alan escuchaba. Alan hacía preguntas que mejoraban las ideas sin apropiarse de ellas. Ella discutía cuando no estaba de acuerdo. Él no se ofendía.

A veces sus manos se acercaban a la misma hoja.

A veces los dos se inclinaban sobre una imagen y el espacio entre ellos parecía reducirse de forma inexplicable.

Pero siguieron trabajando.

Hasta que Alan señaló una de las últimas páginas.

—¿Esto es para el cierre?

Helen asintió.

En la hoja había una frase proyectada sobre una imagen de ventana iluminada.

No tienes que convertirte en otra persona para sentirte inolvidable.

Alan leyó la frase dos veces.

—Es buena.

Helen se quedó mirando la mesa.

—No sé si es demasiado.

—No.

—Puede parecer una frase de autoayuda.

—No si todo lo anterior la sostiene.

Helen levantó la vista.

Alan la estaba mirando.

No como director general.

No como alguien revisando una propuesta.

Como si aquella frase hubiera tocado algo más profundo.

—¿Qué? —preguntó ella.

Alan bajó la mirada hacia el papel.

—Nada.

Helen soltó aire.

—Alan.

Él se quedó quieto.

—No puedes volver a decir “nada” como si esa fuera una respuesta suficiente.

La expresión de Alan cambió ligeramente.

No se cerró.

No se defendió.

Solo pareció más expuesto.

—Estaba pensando que esa frase también me habría venido bien hace años.

Helen no esperaba aquella respuesta.

—¿Por qué?

Alan apoyó las manos sobre la mesa.

—Porque pasé mucho tiempo creyendo que, para dirigir la empresa, tenía que convertirme en alguien imposible de alcanzar.

Helen lo miró en silencio.

—Y lo conseguiste —dijo al fin.

Alan dejó escapar una risa sin humor.

—Sí.

—Pero no te hizo feliz.

Él sostuvo su mirada.

—No.

La palabra salió baja.

Sincera.

Helen no sabía qué hacer con ella.

Había momentos en que quería decirle que entendía. Que ella también había creado una versión de sí misma para sobrevivir: Maggie Bloom, más rápida, más divertida, más libre.

Pero Alan ya lo sabía.

Y quizá esa era la parte más extraña.

Que la persona que había visto sus dos versiones seguía sentada frente a ella, intentando conocerla sin exigir nada.

—No quiero que vuelvas a hacerte imposible de alcanzar —dijo Helen.

Alan no apartó la mirada.

—No quiero hacerlo.

El silencio cambió.

La sala parecía demasiado pequeña.

El ruido de la oficina llegaba amortiguado desde fuera, como si perteneciera a otro mundo.

Helen sintió que el corazón le latía en la garganta.

Alan dio un paso hacia ella.

No demasiado.

Solo lo suficiente para que ella pudiera retroceder si quería.

No lo hizo.

—Helen —dijo él.

Ella levantó la vista.

—¿Sí?

Alan parecía a punto de decir algo.

Entonces la puerta se abrió de golpe.

Theo apareció con una carpeta en una mano y una expresión excesivamente seria.

—Tenemos un problema.

Helen cerró los ojos.

Alan se apartó un poco.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

Theo levantó la carpeta.

—Daniel Carter ha enviado una propuesta de guion para el evento a Victoria.

Helen frunció el ceño.

—¿Una propuesta de guion?

Theo asintió.

—Sí.

—¿Y por qué es un problema?

Theo miró a Alan.

Luego a Helen.

—Porque ha eliminado la parte de la casa.

El silencio cayó sobre la Sala 4.

Helen tomó la carpeta que Theo le tendía.

Abrió el documento.

Las primeras páginas describían un evento impecable.

Luces.

Modelos.

Música.

Cristal.

Terrazas.

Una ciudad que parecía no tener tráfico, cansancio ni mujeres quitándose los zapatos después de un día largo.

La campaña seguía llamándose Éclat Nocturne.

Pero no era la misma campaña.

No era su historia.

Y, al final del documento, bajo la línea de aprobación, aparecía una frase que Helen reconoció de inmediato.

Una visión revisada para reforzar la exclusividad de la marca.

Helen levantó la vista.

Alan ya no tenía el gesto abierto de unos segundos antes.

Volvía a ser el hombre que todos temían cuando algo amenazaba aquello que consideraba importante.

Pero, esta vez, Helen no sintió miedo.

Sintió ganas de luchar.